9 de marzo de 2012

... India! (décimo segunda parte)


La ida a Bikaner implicaría un detalle impensado aunque, a la vez, mejor que planeado: optamos por un servicio nocturno de ómnibus para ahorrar otra noche de alojamiento sólo que éste anduvo más rápido que lo pautado y arribamos a las cuatro de la mañana a Bikaner; sin mayores comodidades más que un tablón dispuesto a modo de asiento en el puesto de la ruta donde seríamos depositados, nos resignamos a aguardar al amanecer pero un “tuk-tukero” nos vio, insistió y ganó –o ganamos todos– ya que aceptamos su traslado a algún alojamiento si y sólo si no abonábamos aquella noche… y así sucedió: anduvo algunos kilómetros a una casa, golpeó una puerta y, al rato, salió un joven, siguió un intercambio aunque ajeno de palabras y nos señalaron nuestra habitación que poco tenía de hotel… gigante, se asemejaba a la del tío –que no tuvimos– vuelto militar pero que, por las dudas, la abuela quiso conservar tal cual original: anticuado mobiliario cubierto por polvo, una televisión más antigua que la de la casa de nuestros abuelos y una cuantas fotografías, blanco y negro, que decoraban las paredes.
Quisimos incluir a Bikaner a nuestro itinerario, impulsados por una única curiosidad, Karni Mata, un templo adonde las ratas son adoradas; un colectivo nos trasladó allí y, arriba del mismo, conocimos un par de jóvenes, agradables y conversadores como auténticos indios, que nos servirían de guías a lo largo de nuestra visita. Afuera, Karni Mata se muestra como cualquier otro templo hindú pero adentro… adentro no… ni bien traspasamos su puerta de ingreso, visualizamos ratas y, a medida que avanzamos, más y más que procurábamos no pisarlas; peregrinos sirven ofrendas como leche y aguardan que la suerte llegue a sus vidas, ya sea gracias a algún roedor que pise sus pies (detalle: se ingresa sin calzado al igual que cualquier otro templo hindú) o visualizando a algún espécimen albino, lo cual, esto último, sería lo que, por suerte, viviría Hernán –porque Carla no resistió y salió al exterior antes de tiempo–.
Y tras esta experiencia sumamente significativa, siguió otra distinta aunque igualmente movilizante: Holi o inicio de la primavera, cuya conmemoración posee dos momentos: uno espiritual y familiar, otro puramente festivo. Así, a las cuatro de la mañana, el dueño del alojamiento golpeó a nuestra puerta y nos invitó a sumarnos al primero: un gran fuego encendido y, alrededor del mismo, su familia reunida y un músico invitado; una serie de rituales sucedieron, algunos personales como atarse una pulsera o pintarse un “tercer ojo” y otros relacionados al fuego como arrojar cocos como ofrendas o dar vueltas alrededor del mismo; y el fuego se apagó y, con este, aquella ceremonia que pasaría a su segundo momento una vez amanecido: similar al carnaval, los indios salen a la calles y se arrojan polvo de henna de colores; quisimos, por nuestra parte, ir al centro para vivir aquella experiencia pero los muchachos se pusieron pesados –y más aún con Carla– por lo que aceptamos no sería un momento apropiado para mujeres y volvimos al alojamiento donde, para nuestra sorpresa (pues, sí, sería un hotel aunque en construcción y sin otros huéspedes más que nosotros), aparecieron un montón de extranjeros que, por algún motivo, optaron a la terraza de nuestro alojamiento como punto de reunión… y de fiesta, de esas fiestas que no nos gustan tanto a la cual asistieron, incluso, un enviado del periódico de Bikaner y una murga; por suerte, aquellos extranjeros se irían pronto y nosotros gozaríamos de Holi, viendo pasar a los descontrolados indios, aunque protegidos desde nuestro “bunker”.
Vivir Holi en Bikaner nos gustó (ya sea porque su tamaño no nos apabulló o porque nuestro destino quiso que sea un alojamiento manejado por una familia e hindú adonde nos hospedáramos) aunque, a la vez, coartó nuestro paseo por la ciudad, por ende, dedicamos un día extra para andar por su casco antiguo y su mercado, ninguno muy espectacular pero, sí, innegablemente pintorescos.
Ahora sí, más de tres días, Bikaner, no podía retenernos aunque, curiosamente, sí permitirnos conocer a más gente y, esta vez, agradable como el rosarino Daniel y el quilmeño Federico, ambos residentes en España, quienes compartirían junto a nosotros un –apretado– traslado en tuk-tuk a la estación de trenes pues ambas partes abandonaríamos a la ciudad: mientras los muchachos se dirigirían a la ya visitada Jaisalmer, nosotros lo haríamos al último déjà vu del viaje para Hernán y último destino rajasthaní para ambos, Jaipur.

Carla & Hernán