29 de junio de 2012

... Egipto! (primera parte)


Y hubo un día en el que pisamos tres continentes: utilizando a las inesperadas millas de la cuenta de Star Alliance de Carla, salimos de Asia a través del aeropuerto de Omán, aterrizamos en Istanbul (Turquía) aunque, al rato, le dijimos “nos vemos” a Europa pues nos subimos al vuelo de Egypt Air rumbo al norte de África y de Egipto, vimos desde arriba al desierto, a la silueta del Nilo y, por último, a la a la capital del país, Cairo.
Allí descendimos, pagamos nuestras visas y, mientras aguardábamos a los equipajes, advertimos que nuestro arribo sería de los más inoportunos (o, quizás, oportunos?) ya que, al mismo tiempo, se anunciaban los resultados de la últimas elecciones presidenciales: la victoria del candidato por los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, supuso la conclusión de la era “Mubarak”; un eje en la historia del país que avivó amargura a unos y optimismo a otros que, poco a poco, se movilizaban a Midan Tahrir, ni más ni menos, nuestro propósito ya que, a pocos metros de allí, se ubican montones de alojamientos; así que quisimos ser más rápidos que los egipcios y, gracias a la ayuda de uno que volvía de Estados Unidos –y que, a propósito, no se veía muy alegre–, nos subimos al ómnibus que, impecablemente, nos situó en el corazón de la plaza, atrayendo a la atención del insistente “cazacomisiones” que nos siguió y, al final, nos ayudó a resolver adonde íbamos a quedarnos, un alojamiento a cargo de atentos jóvenes que, sí o sí, querían agradarnos: aceptaron uno y otro cambio de habitación solicitado por nosotros (debido a la ducha, primero, y al aire acondicionado, después); nos prepararon unos desayunos que, aunque más que simples, los enorgullecían; y nos preguntaron (o, mejor dicho, nos indagaron) adonde nos dirigíamos, día tras día.
Al igual que otras grandes capitales, nos serviría –Cairo– para organizarnos: así, nos subimos al subte que nos acercó a la última, teóricamente, de las embajadas adonde gestionaríamos una visa como turistas, asimismo, a la agencia de viajes adonde obtuvimos (no se pregunta cómo) unas nuevas ISIC (tarjetas de estudiantes); mientras, seguíamos absorbiendo al agradable quilombo de Cairo, una urbe sumamente ruidosa a partir de los altavoces de las mezquitas, el caos del tráfico –y no sólo de automóviles– y los gritos de los egipcios que, además, viven peleando.
Además de Midan Talaat Harb y su mayor atractivo, Kazaz y sus hawawshi (similar a las empanadas), shawarmas y sopas, atravesamos a la –atestada de gente– Midan Tahrir y visitamos al Museo de Egipto, sobrepasado de restos a veces ausentes de explicaciones aunque, indiscutiblemente, un “must see” en Cairo: imágenes, tumbas y, quizás, lo más atrapante, la sala que alberga a los tesoros de la tumba de Tutankhamun (incluyendo a la máscara, probablemente, más conocida del mundo); siguiendo nuestros quehaceres como viajeros, nos alejamos de la zonas más turísticas y nos acercamos a Ramses Station (estación de trenes) y Turgoman Garage (estación de ómnibus) a la vez que seguíamos impregnándonos de Cairo aunque, más aún, al momento de visitar al área islámica: su mercado afuera de las murallas y, al otro lado de las mismas, sus adoquinadas vías, sus atractivos negocios y, por supuesto, sus mezquitas (a una de las cuales accedimos y ascendimos a sus minaretes).
Otra vez nos servimos del subte y llegamos a Giza; siguiendo al egipcio que quiso guiarnos, nos subimos al ómnibus y al minibus, sorteamos a los camelleros y, al final, nos vimos a punto de ingresar al complejo que alberga a la única sobreviviente de las antiguas siete maravillas del mundo; a un lado, Giza, al otro lado, las arenas del desierto, y, ante nosotros, la Gran Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino… una de las postales más vistas del mundo, apasionante e inigualable, innegablemente, inolvidable. A una de las pirámides situadas alrededor de la de Keops ingresamos –y aprendimos acerca del negocio de los vigilantes de las ruinas– aunque, más que ésta, nos sentimos agradados a partir de la experiencia de acercarnos a pie a uno y otro monumento, agasajados gracias a la aguantable temperatura y a la ausencia de turistas, nos retiramos al atardecer.
Ahora, acotándonos a nuestras visas, nos iremos –antes de lo querido– de Cairo, seguiremos al eje del Nilo y llegaremos a Aswan desde donde accederemos al punto más austral de Egipto, al más que recomendado, Abu Simbel.

Carla & Hernán