Ya habíamos comprobado que viajar en colectivo no resultaba imposible aunque, aún no habituados a la ciudad, llegar a la distante estación de ómnibus de Yangón no nos resultaría muy sencillo por lo que, cómodamente, decidimos llegar al punto de venta de pasajes ubicado a unas diez cuadras de la Sule Paya, desde donde partiría una säwngthäews versión birmana que nos llevaría por un módico importe. Así sucedió aunque, adicionalmente, tuvimos la suerte de compartir dicho trayecto con Alexander y Simon, un par de amigos dinamarqueses muy agradables quienes, justamente, habían contratado nuestro mismo autobús a fin de llegar a nuestro mismo destino, Kalaw.
Ignorábamos cuán óptimo podía resultar un ómnibus birmano aunque no poseíamos grandes expectativas y tras visualizar motores y demás autopartes desparramados por toda la estación, perdimos cualquier ilusión hasta que, finalmente, hayamos nuestro micro, el cual no sólo poseía gomas impecables y se encontraba pulcrísimo sino que, además, nos ofrecía un kit viajero (cepillo de dientes y dentífrico) y agua de cortesía y, a su vez, se hallaba equipado con aire acondicionado y pantalla LCD, o sea que aquella catramina que imaginábamos terminó siendo moderna y segura como para asombrarnos. Asimismo sorprendente nos resultó su entretenimiento onboard: videos de covers de temas occidentales traducidos e interpretados por birmanos acaparaban la atención de los demás pasajeros (mujeres y hombres, niños y ancianos, incluso monjes) y musicalizaron nuestro viaje durante horas a volúmenes inimaginables y, seguidamente, películas cuyos guiones inentendibles para nuestros oídos resultaron evidentes para nuestros ojos y divertidas para nuestras mentes.
Durante quince horas de viaje hubo más factores desconcertantes: caminos impecables, un gigante parador de ruta que encandilaba y resultaba atendido por niños de diez años aproximadamente, límites de velocidad respetados y Nay Pyi Taw, capital de Myanmar determinada y construida para su gobierno militar, donde no se ven personas –literalmente– aunque sí pueden apreciarse modernos caserones, veredas relucientes, fuentes iluminadas, importantes áreas verdes, refinados hoteles y una stupa tan colosal como aquella de Yangón.
Sí, finalmente, llegamos a Kalaw y dado que mediaba la madrugada, no dimos muchas vueltas y junto a Alex y Simon y dos amigos franceses, Anna y Minh, nos dirigimos a un guesthouse ubicado a pocos metros que, si bien estéticamente agradable, nos terminaría resultando bastante extraño, en efecto, mientras desayunábamos a la mañana siguiente junto a los dinamarqueses, percibimos a una señora deambulando por un pasillo… yendo y viniendo, una y otra vez… Acto seguido, sus hijos (a partir de ahora serán “los hermanos nepalíes”) se acercaron y ofrecieron sus servicios de guía de trekking, acertadamente, ya que Kalaw sería nuestro punto de partida hacia el lago Inlay y, si bien nos resultaron aceptables, no quisimos dejar de realizar un relevamiento, el cual nos permitió llegar a Jimmy y su, nunca más acorde, home office de “Ever Smile” quien tras ofrecernos una mejor tarifa y, principalmente, resultarnos muy agradable a todos –ya habíamos definido que realizaríamos esta travesía junto a Alex y Simon–, acordamos sería nuestro guía.
Ahora sí… jamás, jamás imaginamos que un pueblo tan pequeño pudiera albergar una competencia tan atroz, de hecho, ni bien los hermanos nepalíes supieron sobre nuestra elección, desplegaron una serie de artimañas a fin de modificar nuestro parecer aunque vanamente por lo que se vieron obligados a mostrar aquel as bajo sus mangas: un e-mail impreso, incluso plastificado, que relataba una estafa perpetrada por Jimmy, y firmado por una mujer alemana llamada “Monika”. Aquella reacción de los hermanos nepalíes nos resultó tan nefasta y nos transmitió una energía tan negativa que decidimos salir a pasear, por primera vez durante nuestro viaje, llevando absolutamente todos nuestros objetos de valor –augurio genuino si consideramos que, 24 horas más tarde, alguien hizo desaparecer a las zapatillas de Minh de la puerta de su habitación–.
Más allá de todo, nuestra salida de trekking ya había sido resuelta por lo que pudimos dedicar el resto del día a pasear por Kalaw, un pueblo que nos resultó simpático gracias a su grandiosa gastronomía, unos engendros que usan como vehículos –y enloquecieron a Hernán– y, desde ya, sus amigables moradores. Asimismo volvimos a preparar nuestro equipaje ya que debíamos sentirnos livianos –más livianos– por lo que acomodamos un par de mudas y nuestros objetos de valor dentro de nuestras mínimas mochilas y enviamos todo lo demás a Nyaungshwe, pueblo a 60 kilómetros, adonde llegaríamos después de tres días de caminata. O sea que aquellas brutales mochilas que partieron desde Buenos Aires quedaron momentáneamente desplazadas por dos miniaturas que nos hicieron sentir tan cómodos como desprendidos y, sí, por qué no, libres!
Ya listos para emprender nuestra aventura, conocimos a Yati, una singapurense muy expresiva que había arribado unas horas atrás y se sumaría a nuestro grupo, quedando conformado, de esta forma, magníficamente!
Nuestro primer día de trekking resultó bastante sencillo. Arrancamos a las 9 de la mañana y nos internamos en las praderas, caminamos durante dos horas aproximadamente hasta que un camionero amigo de Jimmy se ofreció a darnos un empujoncito, propuesta que encantó a nuestro guía puesto, de esta forma, tomaría distancia del grupo de los hermanos nepalíes, el cual habría terminado formado por unas diez personas, e iba unos metros delante nuestro nomás. Así que montados sobre su carga y tras, llamativamente, dejarles un humo negro a los otros tras nuestro paso –“take that!”–, llegamos a un punto panorámico, donde almorzamos unas tortillas de maíz acompañadas por curry de vegetales, y hablamos y nos divertimos mucho más cuando supimos que los hermanos nepalíes habían mostrado misma evidencia (aquel e-mail impreso y plastificado firmado por “Monika”) a Alex y Simon, suscitándonos similares reacciones y suposiciones –digamos que ni el aspecto de Jimmy ni su casa nos permitían pensar que fuera protagonista de una estafa por 30 mil dólares–.
Algo pipones retomamos nuestra marcha aunque mediando la tarde comenzó a lloviznar por lo que aprovechando nuestra cercanía a una aldea, Jimmy solicitó a un conocido si podía refugiarnos. Así que mientras el diluvio duró, nosotros permanecimos resguardados, tomando té y, utilizando a Jimmy como intérprete, nos divertimos junto al señor de 70 años que nos había abierto las puertas de su casa sin aguardar absolutamente nada a cambio.
Sequitos continuamos caminando y topamos con las vías del tren que atraviesan al país, llegando a una de sus estaciones donde fuimos testigos de la agitación que se genera tras un arribo, en efecto, los habitantes de alrededores subsisten gracias al intercambio que les permiten aquellos pocos servicios que llegan al pueblo. Además de civiles y monjes, un par de vagones venían colmados de militares quienes dados su autoridad y sus niveles de alcohol consumido, generaron alguna que otra situación incómoda. Y si bien Jimmy dispuso marcharnos antes que la locomotora, la cual se encontraba demorada debido a desperfectos mecánicos en alguno de sus vagones, aquella experiencia constituirá un momento realmente inolvidable para nosotros.
Se aproximaba el atardecer cuando llegamos a la casa de familia que nos albergaría esa primera noche que, si bien rústica, nos resultó adorable! Y donde bajo la luz de las velas nos sirvieron un banquete formado por sopas, arroz, muchos vegetales y un curry de pescado tan pero tan sabroso que incluso Hernán repitió tres veces, mientras que disfrutando del postre, una especie de turrones locales, Jimmy se lució con trucos de magia con naipes y compartimos diversas charlas, sucediendo aquello que jamás hubiéramos podido pronosticar y, sorpresivamente, nuestro guía dijo el nombre, ese nombre que nunca aguardamos oír saliendo de su boca: “Monika”. Así que mientras miradas cómplices cruzábamos y risas conteníamos, Jimmy nos contó esa misma historia que habíamos leído en aquel e-mail impreso y plastificado mostrado por los hermanos nepalíes aunque, según su versión, el estafador habría resultado Sam, otro guía de trekking y gastronómico de Kalaw. Aquella se trató de una velada inolvidable y después que Jimmy se fuera a dormir, sucedieron horas de tertulias donde no faltó “Monika”, quien pasaría a convertirse en una especie de compañera fantasmagórica para nosotros, yéndonos a recostar a nuestros lechos (un par de frazadas prolijamente dispuestas sobre el piso de madera y cercadas por un mosquitero) recién cuando se terminase la luz de la última vela.
Amanecimos después de una noche, paradójicamente, dura aunque reconfortante y tras un suculento desayuno compuesto por infusiones, frutas y panqueques, iniciamos nuestra segunda jornada de trekking, un poco más severa que aquélla anterior, en la cual atravesamos pequeños poblados de diversas etnias que otorgarían autenticidad al paisaje. Desafortunadamente Jimmy se vio obligado a abandonarnos momentáneamente, debido a una fuerte molestia que aquejaba una de sus piernas, quedando nosotros a cargo del cocinero, un nepalí que ya nos había demostrado sus habilidades culinarias y, ahora, nos dejaría ver su identificación con el correcaminos, en efecto, llegamos a nuestra siguiente parada una hora antes de lo previsto. Allí, una casa de familia donde nos recibieron una señora y sus nietos, descansamos mientras el cocinero preparaba nuestro almuerzo, un abundante plato de fideos salteados con vegetales y coronados por un huevo, y disfrutamos una sobremesa alargada debido a la tormenta que se desatara, jugando con aquellos niños de quienes, ineludiblemente, nos habríamos enamorado.
Prosiguieron horas difíciles de caminata, no sólo debido a nuestro cansancio que, poco a poco, comenzaba a hacerse sentir sino, además, al ritmo inalcanzable que llevaba nuestro nuevo guía. Y tal cual había sucedido antes, llegamos al monasterio budista albergado por un monje adulto y veintidós niños, adonde pasaríamos la siguiente noche, mucho antes de lo previsto. Allí nos reencontramos con Jimmy, descansamos, conocimos a un masajista cuya tarea habría tenido mágicos efectos sobre la pierna de nuestro guía y, posteriormente, habría adoptado a Alex como conejillo de indias, degustamos una nueva cuantiosa cena y nos reímos mucho en compañía del cocinero, quien se entretuvo sacándonos fotos y, sin hablar ni una palabra de inglés, demostró su “preferencia” hacia los rubios del grupo. Asimismo se asentó un nuevo capítulo de la enmarañada historia de Kalaw ya que allí mismo se hospedó el grupo de los hermanos nepalíes, generándose tragicómicas situaciones, por ejemplo, Jimmy nos indicó, casualmente, que dicha noche no dejásemos nuestras zapatillas afuera del templo y durmiésemos junto a éstas; Carla y Yati fueron sorprendidas cuando salían del baño a plena oscuridad por uno de los hermanos nepalíes que aguardaba por ellas a fin de divulgar más chusmeríos; una cámara de fotos del grupo de los hermanos nepalíes se dio por desaparecida a la mañana siguiente tras nuestra partida, despertando consecuentemente suposiciones; entre otras.
Aún no había amanecido cuando los monjecitos comenzaron a orar a gritos y, lógicamente, nos despertaron aunque lejos de molestarnos, nos sentimos gratificados. Y tras desayunar, iniciamos nuestro último día de trekking, más corto que los anteriores aunque dificultoso debido a la presencia de piedras y pendientes y, desde ya, nuestro agotamiento también. Asimismo nuestra ruta resultaba alternativa por lo que, supuestamente, obviaríamos abonar la entrada al área del lago Inlay aunque, sorpresivamente, topamos a un cobrador que aguardaba por nosotros quien, según averiguara Jimmy, habría sido enviado al medio de la nada a partir de un llamado anónimo desde Kalaw que vaticinaba nuestro itinerario –para este entonces, nuestra capacidad de imaginación se veía ampliamente superada por el culebrón de Kalaw–.
Finalmente llegamos al lago Inlay, cuyo atractivo no resulta intrínseco –inevitablemente nuestro imaginario nos remite y obliga a comparar con nuestros lagos argentinos– sino que se relaciona a su entorno, repleto de campos de arroz y otras plantaciones y, por supuesto, a las poblaciones de alrededores que utilizan al mismo como forma de aseo, fuente de alimento y vía de transporte. Una pequeña barcaza nos aguardaba para trasladarnos a Nyaungshwe aunque, previamente, visitamos una isla donde se halla una fábrica de paraguas artesanales y, asimismo, trabajan algunas mujeres de la etnia padaung o “cuello de jirafa”, cuya existencia resulta popularmente más conocida en Tailandia aunque son originalmente birmanas. Después fuimos transportados a otra isla donde compartimos nuestro último almuerzo juntos y, una vez arribados al pueblo, nos despedimos de Jimmy, el cocinero y Yati quien retornaba a Singapur, deshaciéndose parcialmente este grupo que tuvo una química increíble y permitió, sin lugar a dudas, que disfrutásemos más aún esta experiencia.
Una vez instalados, nos reencontramos con nuestros equipajes y, desde ya, con aquella instalación llamada “ducha”, la cual nos resultó realmente reconfortante. Aprovechamos un primer día para reponer fuerzas –aunque no resultaría suficiente para Carla– y después de desayunar junto a Alex y Simon, a la mañana siguiente, dispusimos caminar por los alrededores del lago aunque nos vimos tentados a “hacer dedo” y, de esta forma, nos subimos a uno de esos autos-tractores que tanto le gustan a Hernán mientras que un camionero nos invitó a su destartalado vehículo sin piso por partes, acortando nuestro camino de regreso, siempre haciéndonos sentir que, por más poco tengan para dar y más allá de cualquier impedimento lingüístico, no dejan de abrirnos sus puertas y demostrarnos su generosidad, sin pedirnos nada a cambio, y respondiendo a nuestros agradecimientos con sinceras sonrisas.
Así obligados por nuestra acotada visa y nuestra fecha de vuelo reservado, más allá de la fatiga muscular que afectaba a Carla, resolvimos nuestra partida de Nyaungshwe rumbo a Mandalay, antigua capital y segunda mayor ciudad de Myanmar.
Carla & Hernán