31 de mayo de 2011

... Myanmar! (última parte)


     Un nuevo viaje había sucedido y, sin inconveniente alguno, arribamos a la terminal de ómnibus de Yangón a las 5 de la mañana, nos despedimos de Alex y Simon y resolvimos nuestra ida a Kinpún, hallando un servicio que partiría una hora más tarde nomás. Así que después de aquellas doce horas de viaje, sucederían otras cuatro, las cuales terminaron resultando siete, en efecto, nuestro micro quedó varado tras romperse una de las campanas de sus ruedas traseras (nos corregirás, Chuli, si llegásemos a equivocarnos, por favor) por lo que tuvimos que aguardar que otro vehículo arribase y tomase su posta para dejarnos en Kyaikto donde trasbordamos a otro ómnibus que si nos permitió llegar a la localidad en cuestión.
     Se trata de un pueblo muy pequeño por lo que no nos costó demasiado hallar un lugar donde hospedarnos y, de esta forma, llegamos a Pann Myo Thu Inn, un guesthouse que se asemejaba a una casa de familia, atendido por una agradable pareja que se desvivió para que disfrutásemos nuestra estadía. Después de almorzar, paseamos por Kinpún, Hernán se divirtió viendo jugar al fútbol-volley a un grupo de apasionados jóvenes que, a fin de demostrar sus habilidades, habían transformado sus longyi en taparrabos, y disfrutamos de la tranquilidad del pueblo, yéndonos a dormir temprano ya que, al día siguiente, debíamos madrugar.
     Después de desayunar, de esta forma, nos dirigimos a la terminal de säwngthäews gigantes –nos resulta muy difícil hallar un nombre que identifique a los medios de transporte birmanos–, en efecto, se trataban de camiones equipados por hileras de maderas que servían de asientos y llegaban a ocuparse por unas cincuenta personas. Amontonados iniciamos un trayecto ascendente de curvas que nos permitió arribar a un punto desde donde accederíamos a la cima aunque una indicación errónea malgastó nuestras energías y nos condujo a un templo alternativo que habríamos terminado catalogando “The Fake Golden Rock”.
     Volvimos a foja cero y encaramos un nuevo ascenso a lo largo de una hora de pronunciada pendiente, llegando a la entrada del recinto donde debimos abonar aquellos tickets que permitirían nuestro ingreso –difiriendo de la suerte tenida durante nuestra visita a Mandalay y Bagán–. Unos metros adelante más, logramos divisar a la gran roca dorada debido a las láminas de oro que, a modo de ofrendas, cubren a la misma, que suspendida y coronada por una stupa, motiva numerosas peregrinaciones. Se trata de un lugar místico, sagrado para los birmanos –incluso muchos espacios se hallan vedados para las mujeres–, que nos sorprendió y superó ampliamente nuestras débiles expectativas debido a las negativas referencias otorgadas por otros turistas. Allí permanecimos un par de horas que fueron sucedidas por otras cuatro de caminata, en efecto, decidimos retornar a Kinpún a pie a lo largo de 13 kilómetros de descenso que resintieron nuestras rodillas. Una vez arribados, repusimos energías ingiriendo un curry de cordero con arroz, legumbres y vegetales y descansamos ya que, al día siguiente, debíamos encarar nuestro definitivo retorno a Yangón.
     Así sucedió y sin mediar contratiempos, nos hallamos nuevamente en la terminal de ómnibus de la ciudad, desde donde optamos por un colectivo de línea para arribar a la Sule Paya. Un pernocte nos separaba de nuestro vuelo de regreso a Bangkok por lo que, una vez allí, nos dirigimos al mismo guesthouse donde nos habíamos hospedado anteriormente y dedicamos nuestro último día para descansar y disfrutar de sus puestos callejeros de comida y sus petit teterías que ya nos resultan familiares.
     Y llegó aquel día que no deseábamos: Myanmar nos había fascinado, nos había permitido conocer a personas que difícilmente olvidaremos y, ahora, debíamos marcharnos. Así que tras desayunar compartiendo una nueva conversación junto a Myint Kyaw, aquel guía de habla hispana que nos despediría obsequiándonos un café birmano, dispusimos gastar nuestros últimos kyats en artículos de aseo que siempre necesitamos y, acto seguido, nos dirigimos al aeropuerto junto a un canadiense que, desinteresadamente, nos ofreció compartir su taxi a cambio de unos absurdos kyats que habíamos conservado a fin de movilizarnos en colectivo y, una vez allí, disfrutamos un típico cigarrillo birmano acompañado por aquella agua incrementadora de IQ que nos habían compartido Alex y Simon y así, con nuestras mentes y pulmones renovados, abordamos al vuelo que nos permitiría arribar a Bangkok y, por ende, proseguir nuestra aventura.

Carla & Hernán         

27 de mayo de 2011

... Myanmar! (cuarta parte)


     Sí que pudimos! Alrededor de las 4.30 horas de la mañana ya nos encontrábamos listos para rumbear al muelle de Mandalay. Optamos por un Mazda que compartimos junto a una pareja de amigos norteamericanos quienes realizarían misma travesía y, tras algunos minutos andando, arribamos al embarcadero. Aún reinaba la oscuridad. Salteamos algunos tablones, atravesamos un ferry atracado y, finalmente, hallamos aquél que nos transportaría a Bagán, subimos al primer piso y nos ubicamos en el sector “vip” ocupado por sillas de plástico exclusivas para extranjeros mientras que los birmanos se amontonaban en el piso de madera, situación doblemente incómoda ya que, por un lado, nos recordó a aquella vivida por Guevara y Granado y relatada en Diarios de Motocicleta y, por otro lado, nuestros distintivos asientos no resultaban muy confortables por lo que no pasó demasiado tiempo para que nosotros y algunos de los otros turistas (seríamos un total de diez extranjeros junto a una pareja de españoles y otra de holandeses, un par de amigos estadounidenses y dos chicas más, una canadiense y otra eslovaca) optásemos por echarnos sobre aquellos listones también.
     Así transcurrieron 15 horas de navegación por el río Ayeryawady, dominadas por temperaturas que ascendían a medida que pasaban los minutos y nos obligaban a ubicarnos donde soplase una mínima brisa. Asimismo no faltaron vendedores, en efecto, nuestro itinerario incluía atraques donde montones de personas aguardaban para, posteriormente, abordar nuestro ferry, ofrecer sus productos a los pasajeros y descender rápidamente ni bien sonase la bocina indicando que volvería a zarpar.
     Anecdóticamente quisimos comprar unas bananas aunque aquella vendedora insistió en cobrarnos dos veces su precio, situación que si bien frecuente para cualquier turista en cualquier parte del mundo, nos resultó por demás violenta ya que ni siquiera titubeó al decirnos que los “ingleses” debíamos abonar el doble que los birmanos y, sintiéndonos de alguna manera discriminados, ya habíamos decidido soportar nuestro hambre cuando una señora que había sido testigo de la conversación, nos ofreció sus bananas al precio para locales, las cuales aceptamos y, desde ya, disfrutamos por doble.
     Ya había vuelto a anochecer cuando arribamos a Bagán por lo que, rápidamente debido nuestro agotamiento, resolvimos seguir a tres de los europeos que irían tras una recomendación que, finalmente, hallaron y después de desatar un tsunami de requisitos que desbordaron al encargado del guesthouse, acordaron una tarifa a condición de marcharse al otro día, lo cual difirió de nuestra intención por lo que debimos sobrellevar una arduísima nueva negociación a la mañana siguiente, debiendo persuadir no sólo a una señora de rígida actitud sino, además, a dos señoras mayores que se hallaban sentadas a la derecha de la anterior y filtraban todas las decisiones, las cuales transmitían mediante un sutil meneo de cabezas, jugando un papel de “jurado” tan extremista –y divertido para nosotros a la vez– que incluso definirían qué programa de televisión debíamos ver desde nuestra habitación (gracias a las existencia de un control remoto centralizado).
     Ahora bien, dado que la zona arqueológica de Bagán comprende tres pueblos –Nyaung U, Nueva Bagán y Antigua Bagán– decidimos alquilar un par de bicicletas a fin de recorrerla, decisión que no podría haber resultado más acertada ya que, tratándose de un área desértica, hubiésemos terminado deshidratados al intentarlo hacerlo a pie (consumíamos, a modo de referencia, unos ocho litros de agua diarios).
     Muchos de los templos de Bagán se remontan al siglo XIII aunque existen algunos anteriores y otros posteriores también. De cualquier forma, más allá de su época de construcción, nos resultaron realmente sorprendentes debido a su cantidad, desde ya si consideramos que se tratan de 4000 templos diseminados por apenas 42 km2, y su singularidad ya que por más stupas que hayamos visitado, no dejamos nunca de descubrir diferencias: algunos templos son pequeños, otros gigantes; algunos son rústicos, otros inmaculadamente blancos y otros destacan por sus dorados; algunos se hallan impecables, otros ruinosos; algunos poseen figuras de Buda de diversas fisonomías, otros pinturas más o menos conservadas y otros altares lamentablemente vacíos (Bagán resultó históricamente arrasada, incluso, afectada debido a terremotos); algunos siempre poseen visitantes (aunque nunca son demasiados) y otros, simplemente, se hallan vacíos.
     Así transcurrió un primer día, en el cual intentamos visitar aquellos templos más importantes. Asimismo conocimos a Khin Maung Oo y San San Win, un adorable matrimonio que atendía un restaurante llamado Santhidar, donde decidimos almorzar, afortunadamente, no sólo por aquellas suculentas ensaladas que nos sirvieron sino porque compartimos una agradable conversación junto a ambos, quienes se interesaron tanto por nosotros como por presentarnos a su hijo por fotos, un joven de quince años que se hallaba estudiando en Mandalay y generaba un inmensurable orgullo a sus padres que, realmente, nos emocionó. Su generosidad resultaba auténtica y culminó siendo evidente cuando regalaron a Carla un abanico que le habían facilitado anteriormente debido a la falta de luz y, consecuentemente, de ventiladores (hay cortes del suministro a diario), y además una artesanía. Nos retiramos dudando acerca de su conveniencia económica a partir de nuestra visita y sin saber que dicha pareja trascendería más aún nuestra existencia.
     Al terminar nuestra primera jornada, nos interrumpió una tormenta que nos obligó a refugiarnos en un monasterio aunque, una vez menguada, dejó que disfrutásemos un inolvidable atardecer. Así, exhaustos, llegamos al pueblo donde aprovechamos para cenar y, posteriormente, disfrutar unas Dagon que, sin lugar a dudas, resultaron las cervezas más económicas de nuestras vidas (menos de 2,50 pesos argentinos por pinta) junto a la pareja de españoles, la eslovaca y un canadiense que se había unido al grupo del ferry e hizo llorar de risa a Carla.
     Amanecimos, al día siguiente, temprano a fin de aprovechar la frescura matutina aunque, vanamente, ya que pocos kilómetros después Carla percató que iba andando sobre una de sus llantas por lo que tuvimos que ir marcha atrás al pueblo y solicitar al señor de la bicicletería un nuevo rodado, lo cual no sólo no nos generó ningún cargo extra sino que, además, habríamos recibido sus anonadantes disculpas debido al inconveniente. Ya habíamos dispuesto que visitaríamos algunos templos más alejados dicho día por lo que pedaleamos durante horas y llegamos a un área más desértica aún, repleta de más templos, algunos de los cuales se asemejaban a cuevas donde no resultaba extraño cruzarse alguna serpiente y otros, aterrazados, nos permitieron disfrutar de vistas panorámicas únicas. Después de un atardecer algo nublado, decidimos dirigimos rumbo al restaurante Santhidar, donde nos recibieron, nuevamente, mostrando genuinas sonrisas y, posteriormente, agasajaron con jugos de frutas que acompañarían al delicioso curry que habíamos elegido para cenar. Una vez más, nos hicieron sentir muy cómodos y, asimismo, volvieron a sorprender cuando recibimos su invitación para volver al día siguiente y compartir una comida junto a ellos, proposición que, sin duda alguna, aceptamos.
     Aquella mañana siguiente nos dirigimos a la terminal de ómnibus desde donde partiría un säwngthäews que nos dejaría a pocos kilómetros del monte Popa, uno de nuestros objetivos para aquel día, y desde donde otro säwngthäews nos conduciría a su base aunque, debido a la ausencia de otros viajeros, este último no operó y no tuvimos más alternativa que optar por una moto-taxi, la cual terminaría aportando una auténtica experiencia a la travesía. Aquel monte se caracteriza debido a su peculiar forma, la presencia de monos que militan sus escaleras a la cima y un templo de significativa importancia religiosa aunque relativa belleza estética –para nosotros–, donde abundan más imágenes de nats (espíritus que adquieren forma humana) que Budas. Un par de horas de permanencia resultaron suficientes y retornamos a Bagán, donde volvimos a alquilar unas bicicletas –cuya tarifa Hernán supo regatear gracias a su capacidad para escribir números en birmano y, consecuentemente, robar risas– y tras divisar a Alex y Simon generándose un felicísimo reencuentro, volvimos a dirigirnos y transitar por aquella impecable avenida que, supimos luego, resultaba exclusiva para militares –y turistas– y llegamos a restaurante Santhidar donde tomaría lugar nuestra vespertina cita. Aquella constituyó una experiencia única que difícilmente podremos transmitir con palabras; nos sirvieron un banquete que anticipó un interminable intercambio de regalos: Khin Maung Oo regaló una pintura a Hernán mientras que San San Win entregó un par de perlas a Carla, nosotros les obsequiamos un portarretrato que habíamos comprado horas atrás a fin que colocasen una foto de su hijo aunque, percibimos, no tuvo un efecto muy sorprendente, por ende, improvisamos otro regalo, un billete de 5 pesos argentinos que, anecdóticamente, un artista birmano nos había solicitado cambiar por dólares días atrás, acompañado por una reseña de la figura del Gral. San Martín, lo cual conmovió a la pareja y, acto seguido, Khin Maung Oo devolvió mismo gesto, obsequiándonos un antiguo billete que poseía una imagen del Gral. Aung San, adorado líder de la independencia birmana de 1948. Así les presentamos a nuestras familias por fotos y sucedieron horas de conversaciones, matizadas por una calidez humana que nuestras contaminadas mentes intentaron inútilmente justificar ya que ni siquiera al momento de pretender abonar nuestra cena, se demostraron interesados por lo que nos generaron un preponderante sentimiento de deuda, provocando que Hernán se quitase impulsivamente su remera al momento de despedirnos y obsequiase para su hijo, acto que enterneció a la pareja mientras nosotros comprobábamos que no había materialismo que pudiese importar más que aquel momento vivido.
     Jamás imaginamos que nuestro cumple-mes #4 sucedería de esta forma y terminaría más llamativamente aún ya que, minutos después de haber abandonado a nuestros anfitriones, topamos un grupo de jóvenes que, obviando aquella respuesta-reflejo, argentino = Messi, nos identificó con Andrés Calamaro: un birmano fanático del cantante que nos pidió unos minutos a fin de acompañarlo mientras interpretaba “Flaca” junto a su guitarra, cuya letra en castellano y significado en inglés/birmano sabía de memoria.
     Sin lugar a dudas, Bagán nos sentó fantásticamente a ambos aunque Carla demostró, además, un indudable favoritismo por dicha ciudad. Así dedicamos un último día a descansar y vagar por sus calles y, una última noche, a divertirnos junto a los dinamarqueses y al recién llegado Minh, a quienes les enseñamos a jugar al truco mientras seguíamos hidratando nuestros cuerpos con Dagon.
     Ambos sentimos un poco de nostalgia al momento de abandonar Bagán ya que, de alguna forma, implicaba que, además, nos acercábamos a la despedida de Myanmar, de cualquier manera, dicha angustia se disipó momentáneamente cuando descubrimos que compartiríamos un nuevo viaje junto a Alex y Simon, quienes habían resuelto adelantar su retorno a Yangón mientras que nosotros utilizaríamos dicha ciudad como trampolín para arribar a nuestro último destino, Kinpún y su Roca Dorada.

Carla & Hernán         

22 de mayo de 2011

... Myanmar! (tercera parte)


     Aquel ómnibus que nos trasladaría a Mandalay provenía desde Taunggyi, una ciudad de relativa importancia que distaba a algunos kilómetros desde nuestra ubicación, por tal motivo, optamos por algo parecido a un tuk-tuk tailandés aunque de mayores dimensiones, a fin de arribar desde Nyaungshwe a la intersección de rutas adonde lo abordaríamos. Alex y Simon, por su parte, también se dirigirían a dicha ciudad y, si bien nos había resultado imposible conseguir asientos en un mismo vehículo, ambos servicios partían a similares horarios, por lo que mientras aguardábamos a los mismos, aprovechamos para enseñarles a jugar a la escoba del quince.
     Justamente debido a la falta de disponibilidad de lugares, no tuvimos muchas opciones de asientos por lo que nuestro viaje resultó completamente inaguantable: última fila, asientos no reclinables y desatornillados –por lo que, ante cada frenada, Carla debía sujetarse a fin de evitar salir disparada–, mucho pero mucho calor debido al aire acondicionado descompuesto a mitad del camino, ventanas selladas y, desde ya, nuestra exclusiva ubicación sobre el motor del micro y un camino ruinoso y zigzagueante que aportó a los malestares de Carla.
     Así sucedieron ocho horas de viaje hasta que, finalmente, llegamos a las 3 de la madrugada a la terminal de ómnibus de Mandalay, muy oscura aunque repleta de taxistas que aguardaban a potenciales clientes. Un säwngthäews nos trasladó al hotel que afortunadamente habíamos reservado un día antes, donde nos reencontramos con ambos dinamarqueses que llegaron increíble y sincronizadamente junto a nosotros y, sorpresivamente, fuimos beneficiados por una noche gratis de alojamiento, de hecho, nos permitieron ingresar a la habitación a la madrugada por más que no nos fueran a cobrar dicho pernocte, por lo que más allá de aquella tortuosa travesía, nuestra jornada culminó fantásticamente.
     Dedicamos un par de días a descubrir los atractivos de Mandalay, ciudad que nos pareció grande, muy ruidosa y menos interesante que Yangón. De cualquier forma, nos resultó destacable la Maha Muni Paya, pagoda que alberga una veneradísima imagen de Buda cuya fisonomía lavan a diario (incluso conservan aquella agua sagrada) y se encuentra algo deformada debido a las superpuestas láminas de oro aplicadas a modo de ofrendas, y donde conocimos a un monje que, amablemente, nos guió a través de rincones del recinto que, sin mediar explicación, jamás hubieran llamado nuestra atención, ocupados por imágenes sagradas, maquetas gigantes y pinturas antiquísimas; experiencia que habría sido perfecta si no fuese porque, finalmente, dicho monje nos solicitó una donación que nosotros ya habíamos definido dejarle aunque exigiéndonos un mínimo de 20 dólares –según nos dijera, una módica suma considerando que solían ser de 100 dólares–, lo cual nos pareció absurdo y, si bien insistimos tomase nuestro dinero, éste ofendidamente se negó a hacerlo. Así, amargados, nos marchamos de aquel maravilloso templo aunque, después de algunos días, aprendimos que aquél no habría sido más que un falso monje, lo cual, dichosamente, restó importancia a la anécdota.
     Asimismo visitamos un mercado, caminamos alrededor del gigantesco Palacio y Fortaleza de la ciudad y ascendimos a la Colina de Mandalay, donde se halla un surtido de astrólogos, imponentes imágenes de Buda y vendedores, y desde donde se obtienen vistas panorámicas de la ciudad.
     De igual forma, pretendimos conocer los alrededores de la ciudad y, junto a Alex y Simon, alquilamos un taxi, uno de los tantos Mazda que alucinan a Hernán, y visitamos tres ciudades históricas: Sagaing, repleta de templos, desde donde obtuvimos nuevas vistas panorámicas; Inwa, repleta de más templos, cuyo ambiente rural nos resultó un tanto más interesante; y Amarapura, donde se haya el puente de U Bein, un puente de teca cuyos 1,2 kilómetros lo transforman en el más largo del mundo, transitado por monjes, vendedores y demás transeúntes que brindan un espectáculo único.
     Quizás haya sido porque Hernán añoró sus días expedicionarios alrededor del lago Inlay o, incluso, debido a los malhumores de Carla producto de diversas molestias que seguían aquejándola, de cualquier forma, abandonar Mandalay no nos costó demasiado y tras compartir una cena a modo de despedida de Alex y Simon, dos personajes que trascendieron durante nuestra estadía y difícilmente olvidaremos, dispusimos nuestro viaje fluvial rumbo a Bagán, la ciudad de las stupas, debiendo madrugar demasiado puesto nuestro ferry zarparía a las 5 de la mañana… podremos levantarnos?

Carla & Hernán         

18 de mayo de 2011

... Myanmar! (segunda parte)


     Ya habíamos comprobado que viajar en colectivo no resultaba imposible aunque, aún no habituados a la ciudad, llegar a la distante estación de ómnibus de Yangón no nos resultaría muy sencillo por lo que, cómodamente, decidimos llegar al punto de venta de pasajes ubicado a unas diez cuadras de la Sule Paya, desde donde partiría una säwngthäews versión birmana que nos llevaría por un módico importe. Así sucedió aunque, adicionalmente, tuvimos la suerte de compartir dicho trayecto con Alexander y Simon, un par de amigos dinamarqueses muy agradables quienes, justamente, habían contratado nuestro mismo autobús a fin de llegar a nuestro mismo destino, Kalaw.
     Ignorábamos cuán óptimo podía resultar un ómnibus birmano aunque no poseíamos grandes expectativas y tras visualizar motores y demás autopartes desparramados por toda la estación, perdimos cualquier ilusión hasta que, finalmente, hayamos nuestro micro, el cual no sólo poseía gomas impecables y se encontraba pulcrísimo sino que, además, nos ofrecía un kit viajero (cepillo de dientes y dentífrico) y agua de cortesía y, a su vez, se hallaba equipado con aire acondicionado y pantalla LCD, o sea que aquella catramina que imaginábamos terminó siendo moderna y segura como para asombrarnos. Asimismo sorprendente nos resultó su entretenimiento onboard: videos de covers de temas occidentales traducidos e interpretados por birmanos acaparaban la atención de los demás pasajeros (mujeres y hombres, niños y ancianos, incluso monjes) y musicalizaron nuestro viaje durante horas a volúmenes inimaginables y, seguidamente, películas cuyos guiones inentendibles para nuestros oídos resultaron evidentes para nuestros ojos y divertidas para nuestras mentes.
     Durante quince horas de viaje hubo más factores desconcertantes: caminos impecables, un gigante parador de ruta que encandilaba y resultaba atendido por niños de diez años aproximadamente, límites de velocidad respetados y Nay Pyi Taw, capital de Myanmar determinada y construida para su gobierno militar, donde no se ven personas –literalmente– aunque sí pueden apreciarse modernos caserones, veredas relucientes, fuentes iluminadas, importantes áreas verdes, refinados hoteles y una stupa tan colosal como aquella de Yangón.
     Sí, finalmente, llegamos a Kalaw y dado que mediaba la madrugada, no dimos muchas vueltas y junto a Alex y Simon y dos amigos franceses, Anna y Minh, nos dirigimos a un guesthouse ubicado a pocos metros que, si bien estéticamente agradable, nos terminaría resultando bastante extraño, en efecto, mientras desayunábamos a la mañana siguiente junto a los dinamarqueses, percibimos a una señora deambulando por un pasillo… yendo y viniendo, una y otra vez… Acto seguido, sus hijos (a partir de ahora serán “los hermanos nepalíes”) se acercaron y ofrecieron sus servicios de guía de trekking, acertadamente, ya que Kalaw sería nuestro punto de partida hacia el lago Inlay y, si bien nos resultaron aceptables, no quisimos dejar de realizar un relevamiento, el cual nos permitió llegar a Jimmy y su, nunca más acorde, home office de “Ever Smile” quien tras ofrecernos una mejor tarifa y, principalmente, resultarnos muy agradable a todos –ya habíamos definido que realizaríamos esta travesía junto a Alex y Simon–, acordamos sería nuestro guía.
     Ahora sí… jamás, jamás imaginamos que un pueblo tan pequeño pudiera albergar una competencia tan atroz, de hecho, ni bien los hermanos nepalíes supieron sobre nuestra elección, desplegaron una serie de artimañas a fin de modificar nuestro parecer aunque vanamente por lo que se vieron obligados a mostrar aquel as bajo sus mangas: un e-mail impreso, incluso plastificado, que relataba una estafa perpetrada por Jimmy, y firmado por una mujer alemana llamada “Monika”. Aquella reacción de los hermanos nepalíes nos resultó tan nefasta y nos transmitió una energía tan negativa que decidimos salir a pasear, por primera vez durante nuestro viaje, llevando absolutamente todos nuestros objetos de valor –augurio genuino si consideramos que, 24 horas más tarde, alguien hizo desaparecer a las zapatillas de Minh de la puerta de su habitación–.
     Más allá de todo, nuestra salida de trekking ya había sido resuelta por lo que pudimos dedicar el resto del día a pasear por Kalaw, un pueblo que nos resultó simpático gracias a su grandiosa gastronomía, unos engendros que usan como vehículos –y enloquecieron a Hernán– y, desde ya, sus amigables moradores. Asimismo volvimos a preparar nuestro equipaje ya que debíamos sentirnos livianos –más livianos– por lo que acomodamos un par de mudas y nuestros objetos de valor dentro de nuestras mínimas mochilas y enviamos todo lo demás a Nyaungshwe, pueblo a 60 kilómetros, adonde llegaríamos después de tres días de caminata. O sea que aquellas brutales mochilas que partieron desde Buenos Aires quedaron momentáneamente desplazadas por dos miniaturas que nos hicieron sentir tan cómodos como desprendidos y, sí, por qué no, libres!
     Ya listos para emprender nuestra aventura, conocimos a Yati, una singapurense muy expresiva que había arribado unas horas atrás y se sumaría a nuestro grupo, quedando conformado, de esta forma, magníficamente!
     Nuestro primer día de trekking resultó bastante sencillo. Arrancamos a las 9 de la mañana y nos internamos en las praderas, caminamos durante dos horas aproximadamente hasta que un camionero amigo de Jimmy se ofreció a darnos un empujoncito, propuesta que encantó a nuestro guía puesto, de esta forma, tomaría distancia del grupo de los hermanos nepalíes, el cual habría terminado formado por unas diez personas, e iba unos metros delante nuestro nomás. Así que montados sobre su carga y tras, llamativamente, dejarles un humo negro a los otros tras nuestro paso –“take  that!”–, llegamos a un punto panorámico, donde almorzamos unas tortillas de maíz acompañadas por curry de vegetales, y hablamos y nos divertimos mucho más cuando supimos que los hermanos nepalíes habían mostrado misma evidencia (aquel e-mail impreso y plastificado firmado por “Monika”) a Alex y Simon, suscitándonos similares reacciones y suposiciones –digamos que ni el aspecto de Jimmy ni su casa nos permitían pensar que fuera protagonista de una estafa por 30 mil dólares–.
     Algo pipones retomamos nuestra marcha aunque mediando la tarde comenzó a lloviznar por lo que aprovechando nuestra cercanía a una aldea, Jimmy solicitó a un conocido si podía refugiarnos. Así que mientras el diluvio duró, nosotros permanecimos resguardados, tomando té y, utilizando a Jimmy como intérprete, nos divertimos junto al señor de 70 años que nos había abierto las puertas de su casa sin aguardar absolutamente nada a cambio.
     Sequitos continuamos caminando y topamos con las vías del tren que atraviesan al país, llegando a una de sus estaciones donde fuimos testigos de la agitación que se genera tras un arribo, en efecto, los habitantes de alrededores subsisten gracias al intercambio que les permiten aquellos pocos servicios que llegan al pueblo. Además de civiles y monjes, un par de vagones venían colmados de militares quienes dados su autoridad y sus niveles de alcohol consumido, generaron alguna que otra situación incómoda. Y si bien Jimmy dispuso marcharnos antes que la locomotora, la cual se encontraba demorada debido a desperfectos mecánicos en alguno de sus vagones, aquella experiencia constituirá un momento realmente inolvidable para nosotros.
     Se aproximaba el atardecer cuando llegamos a la casa de familia que nos albergaría esa primera noche que, si bien rústica, nos resultó adorable! Y donde bajo la luz de las velas nos sirvieron un banquete formado por sopas, arroz, muchos vegetales y un curry de pescado tan pero tan sabroso que incluso Hernán repitió tres veces, mientras que disfrutando del postre, una especie de turrones locales, Jimmy se lució con trucos de magia con naipes y compartimos diversas charlas, sucediendo aquello que jamás hubiéramos podido pronosticar y, sorpresivamente, nuestro guía dijo el nombre, ese nombre que nunca aguardamos oír saliendo de su boca: “Monika”. Así que mientras miradas cómplices cruzábamos y risas conteníamos, Jimmy nos contó esa misma historia que habíamos leído en aquel e-mail impreso y plastificado mostrado por los hermanos nepalíes aunque, según su versión, el estafador habría resultado Sam, otro guía de trekking y gastronómico de Kalaw. Aquella se trató de una velada inolvidable y después que Jimmy se fuera a dormir, sucedieron horas de tertulias donde no faltó “Monika”, quien pasaría a convertirse en una especie de compañera fantasmagórica para nosotros, yéndonos a recostar a nuestros lechos (un par de frazadas prolijamente dispuestas sobre el piso de madera y cercadas por un mosquitero) recién cuando se terminase la luz de la última vela.
     Amanecimos después de una noche, paradójicamente, dura aunque reconfortante y tras un suculento desayuno compuesto por infusiones, frutas y panqueques, iniciamos nuestra segunda jornada de trekking, un poco más severa que aquélla anterior, en la cual atravesamos pequeños poblados de diversas etnias que otorgarían autenticidad al paisaje. Desafortunadamente Jimmy se vio obligado a abandonarnos momentáneamente, debido a una fuerte molestia que aquejaba una de sus piernas, quedando nosotros a cargo del cocinero, un nepalí que ya nos había demostrado sus habilidades culinarias y, ahora, nos dejaría ver su identificación con el correcaminos, en efecto, llegamos a nuestra siguiente parada una hora antes de lo previsto. Allí, una casa de familia donde nos recibieron una señora y sus nietos, descansamos mientras el cocinero preparaba nuestro almuerzo, un abundante plato de fideos salteados con vegetales y coronados por un huevo, y disfrutamos una sobremesa alargada debido a la tormenta que se desatara, jugando con aquellos niños de quienes, ineludiblemente, nos habríamos enamorado.
     Prosiguieron horas difíciles de caminata, no sólo debido a nuestro cansancio que, poco a poco, comenzaba a hacerse sentir sino, además, al ritmo inalcanzable que llevaba nuestro nuevo guía. Y tal cual había sucedido antes, llegamos al monasterio budista albergado por un monje adulto y veintidós niños, adonde pasaríamos la siguiente noche, mucho antes de lo previsto. Allí nos reencontramos con Jimmy, descansamos, conocimos a un masajista cuya tarea habría tenido mágicos efectos sobre la pierna de nuestro guía y, posteriormente, habría adoptado a Alex como conejillo de indias, degustamos una nueva cuantiosa cena y nos reímos mucho en compañía del cocinero, quien se entretuvo sacándonos fotos y, sin hablar ni una palabra de inglés, demostró su “preferencia” hacia los rubios del grupo. Asimismo se asentó un nuevo capítulo de la enmarañada historia de Kalaw ya que allí mismo se hospedó el grupo de los hermanos nepalíes, generándose tragicómicas situaciones, por ejemplo, Jimmy nos indicó, casualmente, que dicha noche no dejásemos nuestras zapatillas afuera del templo y durmiésemos junto a éstas; Carla y Yati fueron sorprendidas cuando salían del baño a plena oscuridad por uno de los hermanos nepalíes que aguardaba por ellas a fin de divulgar más chusmeríos; una cámara de fotos del grupo de los hermanos nepalíes se dio por desaparecida a la mañana siguiente tras nuestra partida, despertando consecuentemente suposiciones; entre otras.
     Aún no había amanecido cuando los monjecitos comenzaron a orar a gritos y, lógicamente, nos despertaron aunque lejos de molestarnos, nos sentimos gratificados. Y tras desayunar, iniciamos nuestro último día de trekking, más corto que los anteriores aunque dificultoso debido a la presencia de piedras y pendientes y, desde ya, nuestro agotamiento también. Asimismo nuestra ruta resultaba alternativa por lo que, supuestamente, obviaríamos abonar la entrada al área del lago Inlay aunque, sorpresivamente, topamos a un cobrador que aguardaba por nosotros quien, según averiguara Jimmy, habría sido enviado al medio de la nada a partir de un llamado anónimo desde Kalaw que vaticinaba nuestro itinerario –para este entonces, nuestra capacidad de imaginación se veía ampliamente superada por el culebrón de Kalaw–.
     Finalmente llegamos al lago Inlay, cuyo atractivo no resulta intrínseco –inevitablemente nuestro imaginario nos remite y obliga a comparar con nuestros lagos argentinos– sino que se relaciona a su entorno, repleto de campos de arroz y otras plantaciones y, por supuesto, a las poblaciones de alrededores que utilizan al mismo como forma de aseo, fuente de alimento y vía de transporte. Una pequeña barcaza nos aguardaba para trasladarnos a Nyaungshwe aunque, previamente, visitamos una isla donde se halla una fábrica de paraguas artesanales y, asimismo, trabajan algunas mujeres de la etnia padaung o “cuello de jirafa”, cuya existencia resulta popularmente más conocida en Tailandia aunque son originalmente birmanas. Después fuimos transportados a otra isla donde compartimos nuestro último almuerzo juntos y, una vez arribados al pueblo, nos despedimos de Jimmy, el cocinero y Yati quien retornaba a Singapur, deshaciéndose parcialmente este grupo que tuvo una química increíble y permitió, sin lugar a dudas, que disfrutásemos más aún esta experiencia.
     Una vez instalados, nos reencontramos con nuestros equipajes y, desde ya, con aquella instalación llamada “ducha”, la cual nos resultó realmente reconfortante. Aprovechamos un primer día para reponer fuerzas –aunque no resultaría suficiente para Carla– y después de desayunar junto a Alex y Simon, a la mañana siguiente,  dispusimos caminar por los alrededores del lago aunque nos vimos tentados a “hacer dedo” y, de esta forma, nos subimos a uno de esos autos-tractores que tanto le gustan a Hernán mientras que un camionero nos invitó a su destartalado vehículo sin piso por partes, acortando nuestro camino de regreso, siempre haciéndonos sentir que, por más poco tengan para dar y más allá de cualquier impedimento lingüístico, no dejan de abrirnos sus puertas y demostrarnos su generosidad, sin pedirnos nada a cambio, y respondiendo a nuestros agradecimientos con sinceras sonrisas.
     Así obligados por nuestra acotada visa y nuestra fecha de vuelo reservado, más allá de la fatiga muscular que afectaba a Carla, resolvimos nuestra partida de Nyaungshwe rumbo a Mandalay, antigua capital y segunda mayor ciudad de Myanmar.

Carla & Hernán         

12 de mayo de 2011

... Myanmar! (primera parte)


     Air Asia # 3770 o sea, nuestro vuelo, partía a las 7.15 horas de la mañana por lo que considerando que debíamos estar en el aeropuerto dos horas antes y contemplando la hora de viaje hasta allí, decidimos abandonar Bangkok durante la tarde anterior y aprovechar las facilidades del aeropuerto (aire acondicionado, agua de bebedero y mucha información visual que aseguran entretenimiento) a la vez que ahorrábamos una noche de alojamiento. Así que tras algunas horas de sueño optimizadas gracias al uso de nuestras bolsas de dormir que, sin pudor alguno, no dejamos de extender, llegó la hora de realizar el check-in y embarcar al vuelo que nos dejaría en Yangón, principal puerta de entrada a Myanmar.
     De esta forma, después de una hora de vuelo sin trastornos, llegamos al aeropuerto internacional aunque pequeño y relativamente moderno, pasamos los controles migratorios, recogimos nuestras mochilas y salteando a los taxistas que se hallan dentro del aeropuerto, salimos del mismo y aguardamos uno regular que, se suponía, sería más económico. Así se acercó un destartalado Mazda de los años ’80 y tras acordar tarifa, nos dirigimos a la Sule Paya, pagoda de céntrica ubicación en la ciudad.
     Ya desde arriba del taxi, Yangón nos ofrecía una imagen diferente a cualquier otro lugar visitado antes: autos antiguos y ruinosos cuyos volantes se ubican tanto a la derecha como a la izquierda, calles destruidas por partes, práctica ausencia de edificios altos, mujeres de rostros pintados (que luego supimos se trataría de thanaka o maquillaje tradicional) y hombres usando longyi (faldas largas) fuera de los templos. Información difícil de comprender si se considera que Yangón resultó capital de Myanmar hasta 2005, lo cual genera sensaciones más aún difíciles de transmitir.  
     Una vez arribados a la Sule Paya y tras rechazar a los cambistas callejeros cuya habilidad para engañar resulta conocida, iniciamos nuestro relevamiento de alojamientos juntos, gracias al peso de nuestras mochilas que lo permitía, llegando a un adorable guesthouse, una casa reciclada donde abundan la madera y demás detalles orientales. Asimismo debíamos abastecernos de kyats (moneda de Myanmar) aunque aquel mercado que nos habían recomendado para hacerlo se hallaba cerrado dicho día por lo que nos derivaron a un hotel donde optamos por cambiar unos pocos dólares debido al desfavorable tipo de cambio que nos ofrecían.
     Ahora sí, ya estábamos listos para comenzar a descubrir paulatinamente Yangón y dedicamos un primer día a andar por sus alrededores. Así comenzamos a familiarizarnos con sus grises calles rebosantes de mugre y, por que no, ratas también; sus antiguos edificios precedidos por generadores eléctricos desde cuyas ventanas cuelgan sogas que sirven de ascensor para bolsas o timbre; sus bares que no son más que mesitas y sillitas de plástico (iguales a aquéllas en jardines de infantes) donde nunca falta una jarra de té; y sus gentes cuyas miradas pierden protagonismo ante sus naturales sonrisas que por más dientes que falten o teñidas que estén gracias a las hojas de tabaco mezclado con vaya a saber uno qué cosa que las vuelven rojas, son hermosas.
     A la mañana siguiente nos encontrábamos desayunando cuando comenzamos a oír una conversación en español: se trataba de Manuel, un chileno que trabajaba para viajar y, Myint Kyaw, un guía birmano que manejaba asombrosamente nuestro idioma. De esta forma nos unimos a la conversación y, lógicamente, Myint Kyaw no dejó de ofrecernos sus servicios. Nos encontramos, entonces, ante una disyuntiva: debíamos destinar algunos dólares a fin de obtener una guiada por una ciudad y, a la vez, cuántas veces más en la vida nos encontraríamos en Myanmar y un guía birmano de habla hispana estaría aguardando nuestra respuesta tras ofrecernos un itinerario incluyendo atractivos que jamás supusimos visitar?  Desde ya que prevaleció esta segunda premisa y tras aceptar movilizarnos en colectivo en vez en taxi, lo cual nos permitiría ahorrar algunos dólares más allá de sumarle atractivo a la experiencia, dimos comienzo a una activísima jornada.
     Inicialmente Myint Kyaw nos acompañó al mercado adonde cambiar divisas y consiguió una mejora del último dígito y, posteriormente, visitamos al templo del Buda reclinado cuyas dimensiones resultan tan sorprendentes como su fisonomía; una pagoda donde se hayan los restos de dos monjes famosos custodiados por un Buda “psicodélico” (las imágenes de Buda suelen adornarse con luces de colores) y repleta de más Budas donados por otras naciones; una cueva donde se discutieron las enseñanzas de Buda tras su muerte y hoy, reformada, sigue sirviendo de espacio de conferencias internacionales sobre budismo; un templo donde se hallan tres elefantes blancos, símbolo de buena suerte; una pagoda que alberga una gran imagen de Buda de mármol; un mercado de frutas y verduras; y, finalmente, llegamos a Shwedagon Paya, uno de los íconos budistas por excelencia, la cual se jacta de ser la pagoda más antigua del mundo, cuya construcción se remonta a los tiempos en vida de Buda. 
     Más allá de permitirnos conocer lugares impensados acompañados por minuciosas explicaciones, Myint Kyaw nos habló acerca de la vida de los birmanos y, gracias a la impunidad que nos brindaba hablar sin que nadie nos entendiera, respondió nuestras preguntas acerca del gobierno militar que rige en Myanmar desde décadas. Asimismo nos enseñó a leer los números en birmano. Y así, extasiados de información, terminó nuestra más que optimizada visita por los alrededores inmediatos de la ciudad dejando, sin lugar a dudas, huella en nuestras memorias.
     Dedicamos, finalmente, nuestro último día en Yangón para dotarnos de algunos kyats más, comprar nuestros pasajes de ómnibus a Kalaw, nuestro próximo destino, y dejarnos llevar por el ritmo de esta ciudad que acaparó desde un principio nuestra atención y, poco a poco, iría abarcando nuestros corazones también.

Carla & Hernán         

9 de mayo de 2011

... Tailandia! (novena parte)


     Salir de Koh Tao nos resultó sencillo: nuestro alojamiento se hallaba a metros del muelle por lo llegamos caminando al mismo. Una vez allí, nos ubicamos en la cubierta del ferry y tras dos horas de viaje amenizadas gracias al espectáculo que nos brindaron unos peces saltarines, llegamos al puerto continental de Chumporn, adonde nos estaría aguardando un ómnibus que nos dejaría a la mañana siguiente en Khao San Rd., mítica calle con oferta mochilera en Bangkok. Así sucedió salvo dos “pequeños” detalles: llegamos a Bangkok a las 2 de la madrugada y nos dejaron sobre una avenida que distaba, teóricamente, a algunos kilómetros de allí. Así que dejando fluir nuestra sangre latina, a diferencia de muchos turistas que optaron por un tuk-tuk o taxi a fin de llegar a sus objetivos, iniciamos una discusión con los choferes quienes, presentimos agobiados, terminaron diciéndonos que Khao San Rd. se encontraba a pocos metros nomás. Incrédulos comenzamos a caminar y tras algunos minutos cruzando borrachos y vagabundos, llegamos a la bendita calle!
     Ahora bien, más allá que buscar alojamiento durante la noche no resulta muy óptimo, se suponía que nos ahorraríamos dicho pernocte arriba del ómnibus por lo que, obstinados, decidimos improvisar una velada en un Burger King mientras aguardábamos que amaneciera, a la cual asistieron además linyeras, turistas borrachos, algún dealer y, por supuesto, empleados del local también.
     Amaneció y Hernán se lanzó a la búsqueda de nuestra próxima morada aunque regresó algo desmoralizado puesto los precios de las habitaciones resultaron superiores a lo esperado. De cualquier forma, nos definimos por una que además de ajustarse a nuestro presupuesto, contaba con nuestro único requisito para los siguientes días: Internet. Sí, necesitábamos tener acceso al ciberespacio ya que Bangkok, más allá de tratarse de un destino por sí mismo, nos serviría como base para organizar nuestra visita a Myanmar. Ni bien instalados, entonces, nos dirigimos a dicha embajada a fin de gestionar su visa, trámite que sin necesidad de intermediarios resultó tan sencillo como veloz y tras apenas dos días hábiles, nos habríamos convertido en ciudadanos argentinos admitidos para ingresar a Myanmar.
     Una vez resuelto dicho tema, nos dispusimos a visitar algunos de los imperdibles de Bangkok, una ciudad que nos resultó gigante y agobiante tanto por su ritmo como por su temperatura y humedad aunque inevitablemente atractiva. Así nos dirigimos al Wat Pho y, camino al mismo, volvimos a encontrarnos con la pareja de ingleses que conocimos en Lipe y reencontramos en Phi Phi y Krabi y tras algunos minutos de charla y muchas risas, seguimos nuestro trayecto arribando al complejo templario donde se haya un gigante Buda recostado cuya belleza enamoró a Carla y volvió a impactar a Hernán. 
     Asimismo dispusimos visitar al Gran Palacio aunque su entrada nos resultaba algo excesiva por lo que, si bien dudamos, optamos por no dejarlo fuera de nuestro programa y, gracias a Buda, aquel día elegido para visitarlo resultó feriado por lo que su entrada, gratuita. De esta forma, pudimos visualizar a la stupa más famosa de Tailandia y conocer –o re-conocer– al venerado Buda de Esmeralda (hecho de jade).
     Aprovechamos para descubrir algunos otros atractivos de la ciudad tales como Wat Arun, un llamativo templo cuya imagen se halla en la moneda de 10 baths; Golden Mount, un complejo templario de significativa importancia religiosa, desde donde se obtienen vistas panorámicas de la ciudad; y, Jim Thompson House Museum, casa donde vivió este norteamericano que renunció a la CIA para radicarse en Tailandia, transformarse en empresario y llenarse de dinero importando telas asiáticas a América aunque desapareciendo misteriosamente durante un paseo por Cameron Highlands (Malasia), visitadas tiempo atrás por nosotros.
     De igual forma, decidimos trasladarnos en ferry a lo largo del protagónico Chao Phraya River, desde donde obtuvimos una imagen diferente de la ciudad. Y caminamos, caminamos mucho por algunos barrios sofisticados como Siam Square y Silom y otros desaliñados como Chinatown, el cual se asemeja a un barrio de Once gigante. Además visitamos al Mercado de Chatuchak, un señor “boli-shopping” y atravesamos una y otra vez Khao San Rd. hasta convertirnos en famosos: un tumulto de personas llamó nuestra atención y averiguamos que se trataría de dos jóvenes actores tailandeses que promocionaban su película “I Love Farang” proponiendo un juego a turistas, quienes debían repetir frases en thai. Así que aprovechando la facilidad fonética de Hernán, dispusimos nuestro plan: Hernán realizaría el ridículo mientras Carla lo filmaría aunque algo falló y sin darnos cuenta nos encontrábamos ambos frente a cámaras de televisión repitiendo frases cursis en thai (Khun Suay Jung Krub = sos hermosa ó Chun Rak Tuh = te quiero). Al menos nos ganamos dos remeras…
     Además Bangkok constituyó un lugar de estabilización puesto aprovechamos nuestro tiempo también para ordenar fotografías, actualizar nuestro blog, hablar frecuentemente con nuestros seres queridos, realizar algunos trámites y averiguaciones online, incluso, llevar ropa a la lavandería. Asimismo dedicamos nuestros últimos días a organizar nuestra visita a Myanmar, la cual constituye un viaje dentro del mismo viaje. De hecho, debido a la ausencia de cajeros automáticos allí, debimos abastecernos de suficientes dólares los cuales debían ser nuevos y, a su vez, debían encontrarse en perfectísimo estado (léase: sin manchas, sin marcas, sin siquiera estar doblados) puesto que, caso contrario, podían ser rechazados en Myanmar, por lo cual nos vimos obligados a emprender un tour por casas de cambio hallando a otros turistas tras mismo objetivo. Igualmente organizamos nuestras mochilas ya que, sabiendo que volveríamos a Bangkok, decidimos dejar a la guarda un bolso o, mejor dicho, uno de nuestros cubre-mochilas, repleto de cosas que no usaríamos para, de esta forma, darle unas vacaciones también a nuestras espaldas.
     Y después de despedirnos de Wilson, un amigo que conocimos en Langkawi (Malasia) y nos acompañó por todas las playas, encaramos nuestro traslado al aeropuerto de Bangkok adonde aguardaríamos para abordar al vuelo que nos llevaría a un destino apenas pronosticado por nosotros que nos despierta muchísimas expectativas… sí, nos vamos a Myanmar!

Carla & Hernán         

1 de mayo de 2011

... Tailandia! (octava parte)


     Dado que no hay ferries desde Hat Rin (Koh Phangan) a Koh Tao, tuvimos que contratar un minibus para que nos llevase a Thong Sala (Koh Phangan) y, desde allí, partir rumbo a nuestro siguiente objetivo. Así sucedió aunque dicho trayecto al puerto no resultó muy ameno ya que demoras y solicitudes incoherentes a cargo de un grupo de pasajeros árabes generaron violentas discusiones y crisparon al conductor, quien nos hizo sentir arriba de una montaña rusa aunque, sanos y salvos en Thong Sala, no dejó de disculparse ante nosotros a partir de un trato sumamente amable.
     Mientras aguardábamos embarcar al ferry, conocimos a un par de hermanos franceses quienes llevaban un tiempo viajando por el mundo y, próximamente, visitarían Argentina por lo que ya ubicados en la cubierta del ferry, compartimos anécdotas e intercambiamos información útil de viaje. Asimismo desde allí visualizamos a Koh Tao y, poco a poco nos acercamos, dimos cuenta que sus aguas resultarían aún más cristalinas más allá que su rústico ambiente nos resultaría acogedor, de hecho, sin haber desembarcado aún, Hernán ya estaba planteando prolongar un día nuestra estadía.
     Koh Tao o Isla Tortuga posee grandes pendientes aunque su tamaño resulta reducido por lo que puede recorrerse óptimamente a pie. De esta forma, una vez arribados al puerto en Mae Had Bay, decidimos optimizar tiempos y ahorrar algunos baths y no nos trasladamos para buscar alojamiento. Una vez asentados a pocos metros del muelle, dedicamos nuestros días a descubrir sus playas: al sur se encuentra Shark Point, una agradable bahía desde donde visualizamos una playa semi-privada ya que un complejo de hoteles y rocas dificultaban su acceso aunque no lo impedían y tras una travesía salteando piedras, logramos alcanzar y disfrutar; al este se haya Aow Luek Bay, una pequeña playa de oleaje poderoso; y, al norte paseamos por Sairee Beach, relajadamente desarrollada, ofrece amplia oferta de alojamientos y locales gastronómicos.
     Sabíamos que Tao trata del enclave submarinista donde se expiden la mayor cantidad de certificaciones de buceo anualmente y, si bien suponíamos que su oferta sería grandiosa, ya nos habíamos resignado a la idea de dejar de sumergirnos a fin de mantener nuestro presupuesto. No obstante, una noche topamos una pizarra que promocionaba “buceos por diversión” destinados a certificados y, tentadísimos por su precio, nos acercamos al día siguiente, nuestro último día en Tao y de nuestro periplo por las islas, a fin de conocer mayores detalles y, sin pensarlo demasiado, nos encontramos arriba del barco con unos trajes de neopreno calzados, aguardando para zambullirnos al agua. Muy nerviosos puesto ya habían pasado dos años desde nuestra última experiencia bajo el mar y más nerviosos aún cuando percatamos que habíamos olvidado algunas cuestiones básicas, llegamos a Shark Island, punto recomendado por nuestro guía, un inglés que había dado vuelco a su vida, y tras su orden, Carla se lanzó al furiosísimo mar que se encargó de alejarla del barco, seguidamente por Hernán y ambos, después de algunos minutos de esfuerzo, llegamos a la línea que nos permitió decender unos 20 metros, presentándose un calmo mundo submarino frente a nuestros ojos: paredes submarinas, corales blandos y duros, peces de colores tan variados como sus tamaños y una visibilidad que sorprendió incluso a nuestro guía (imágenes que, lamentablemente, sólo pudieron haber quedado guardadas en nuestras retinas ya nuestros nervios afectaron nuestra atención y olvidamos nuestra “ochentosa” cámara submarina arriba del barco). Una vez consumido nuestro tanque de oxígeno, volvimos a embarcarnos y ni bien Hernán logró reponerse de sus náuseas, disfrutamos del resto del día navegando, comiendo frutas y charlando con Rafael, un venezolano radicado en Barcelona que iba por su primera certificación de buceo. Sinceramente nos sentimos felices y convencidos que no hubiese podido haber una mejor despedida a nuestro circuito playero (por ello… gracias Caro y Juan!!).
     Ya extasiados de playas paradisíacas y atardeceres inolvidables, llegó la hora de dar una abrupta vuelta de página y comenzar un nuevo capítulo y, de esta forma, organizamos nuestro arribo y visita a la capital de Tailandia, Bangkok.

Carla & Hernán