Aquel ómnibus que nos trasladaría a Mandalay provenía desde Taunggyi, una ciudad de relativa importancia que distaba a algunos kilómetros desde nuestra ubicación, por tal motivo, optamos por algo parecido a un tuk-tuk tailandés aunque de mayores dimensiones, a fin de arribar desde Nyaungshwe a la intersección de rutas adonde lo abordaríamos. Alex y Simon, por su parte, también se dirigirían a dicha ciudad y, si bien nos había resultado imposible conseguir asientos en un mismo vehículo, ambos servicios partían a similares horarios, por lo que mientras aguardábamos a los mismos, aprovechamos para enseñarles a jugar a la escoba del quince.
Justamente debido a la falta de disponibilidad de lugares, no tuvimos muchas opciones de asientos por lo que nuestro viaje resultó completamente inaguantable: última fila, asientos no reclinables y desatornillados –por lo que, ante cada frenada, Carla debía sujetarse a fin de evitar salir disparada–, mucho pero mucho calor debido al aire acondicionado descompuesto a mitad del camino, ventanas selladas y, desde ya, nuestra exclusiva ubicación sobre el motor del micro y un camino ruinoso y zigzagueante que aportó a los malestares de Carla.
Así sucedieron ocho horas de viaje hasta que, finalmente, llegamos a las 3 de la madrugada a la terminal de ómnibus de Mandalay, muy oscura aunque repleta de taxistas que aguardaban a potenciales clientes. Un säwngthäews nos trasladó al hotel que afortunadamente habíamos reservado un día antes, donde nos reencontramos con ambos dinamarqueses que llegaron increíble y sincronizadamente junto a nosotros y, sorpresivamente, fuimos beneficiados por una noche gratis de alojamiento, de hecho, nos permitieron ingresar a la habitación a la madrugada por más que no nos fueran a cobrar dicho pernocte, por lo que más allá de aquella tortuosa travesía, nuestra jornada culminó fantásticamente.
Dedicamos un par de días a descubrir los atractivos de Mandalay, ciudad que nos pareció grande, muy ruidosa y menos interesante que Yangón. De cualquier forma, nos resultó destacable la Maha Muni Paya, pagoda que alberga una veneradísima imagen de Buda cuya fisonomía lavan a diario (incluso conservan aquella agua sagrada) y se encuentra algo deformada debido a las superpuestas láminas de oro aplicadas a modo de ofrendas, y donde conocimos a un monje que, amablemente, nos guió a través de rincones del recinto que, sin mediar explicación, jamás hubieran llamado nuestra atención, ocupados por imágenes sagradas, maquetas gigantes y pinturas antiquísimas; experiencia que habría sido perfecta si no fuese porque, finalmente, dicho monje nos solicitó una donación que nosotros ya habíamos definido dejarle aunque exigiéndonos un mínimo de 20 dólares –según nos dijera, una módica suma considerando que solían ser de 100 dólares–, lo cual nos pareció absurdo y, si bien insistimos tomase nuestro dinero, éste ofendidamente se negó a hacerlo. Así, amargados, nos marchamos de aquel maravilloso templo aunque, después de algunos días, aprendimos que aquél no habría sido más que un falso monje, lo cual, dichosamente, restó importancia a la anécdota.
Asimismo visitamos un mercado, caminamos alrededor del gigantesco Palacio y Fortaleza de la ciudad y ascendimos a la Colina de Mandalay, donde se halla un surtido de astrólogos, imponentes imágenes de Buda y vendedores, y desde donde se obtienen vistas panorámicas de la ciudad.
De igual forma, pretendimos conocer los alrededores de la ciudad y, junto a Alex y Simon, alquilamos un taxi, uno de los tantos Mazda que alucinan a Hernán, y visitamos tres ciudades históricas: Sagaing, repleta de templos, desde donde obtuvimos nuevas vistas panorámicas; Inwa, repleta de más templos, cuyo ambiente rural nos resultó un tanto más interesante; y Amarapura, donde se haya el puente de U Bein, un puente de teca cuyos 1,2 kilómetros lo transforman en el más largo del mundo, transitado por monjes, vendedores y demás transeúntes que brindan un espectáculo único.
Quizás haya sido porque Hernán añoró sus días expedicionarios alrededor del lago Inlay o, incluso, debido a los malhumores de Carla producto de diversas molestias que seguían aquejándola, de cualquier forma, abandonar Mandalay no nos costó demasiado y tras compartir una cena a modo de despedida de Alex y Simon, dos personajes que trascendieron durante nuestra estadía y difícilmente olvidaremos, dispusimos nuestro viaje fluvial rumbo a Bagán, la ciudad de las stupas, debiendo madrugar demasiado puesto nuestro ferry zarparía a las 5 de la mañana… podremos levantarnos?
Carla & Hernán