27 de mayo de 2011

... Myanmar! (cuarta parte)


     Sí que pudimos! Alrededor de las 4.30 horas de la mañana ya nos encontrábamos listos para rumbear al muelle de Mandalay. Optamos por un Mazda que compartimos junto a una pareja de amigos norteamericanos quienes realizarían misma travesía y, tras algunos minutos andando, arribamos al embarcadero. Aún reinaba la oscuridad. Salteamos algunos tablones, atravesamos un ferry atracado y, finalmente, hallamos aquél que nos transportaría a Bagán, subimos al primer piso y nos ubicamos en el sector “vip” ocupado por sillas de plástico exclusivas para extranjeros mientras que los birmanos se amontonaban en el piso de madera, situación doblemente incómoda ya que, por un lado, nos recordó a aquella vivida por Guevara y Granado y relatada en Diarios de Motocicleta y, por otro lado, nuestros distintivos asientos no resultaban muy confortables por lo que no pasó demasiado tiempo para que nosotros y algunos de los otros turistas (seríamos un total de diez extranjeros junto a una pareja de españoles y otra de holandeses, un par de amigos estadounidenses y dos chicas más, una canadiense y otra eslovaca) optásemos por echarnos sobre aquellos listones también.
     Así transcurrieron 15 horas de navegación por el río Ayeryawady, dominadas por temperaturas que ascendían a medida que pasaban los minutos y nos obligaban a ubicarnos donde soplase una mínima brisa. Asimismo no faltaron vendedores, en efecto, nuestro itinerario incluía atraques donde montones de personas aguardaban para, posteriormente, abordar nuestro ferry, ofrecer sus productos a los pasajeros y descender rápidamente ni bien sonase la bocina indicando que volvería a zarpar.
     Anecdóticamente quisimos comprar unas bananas aunque aquella vendedora insistió en cobrarnos dos veces su precio, situación que si bien frecuente para cualquier turista en cualquier parte del mundo, nos resultó por demás violenta ya que ni siquiera titubeó al decirnos que los “ingleses” debíamos abonar el doble que los birmanos y, sintiéndonos de alguna manera discriminados, ya habíamos decidido soportar nuestro hambre cuando una señora que había sido testigo de la conversación, nos ofreció sus bananas al precio para locales, las cuales aceptamos y, desde ya, disfrutamos por doble.
     Ya había vuelto a anochecer cuando arribamos a Bagán por lo que, rápidamente debido nuestro agotamiento, resolvimos seguir a tres de los europeos que irían tras una recomendación que, finalmente, hallaron y después de desatar un tsunami de requisitos que desbordaron al encargado del guesthouse, acordaron una tarifa a condición de marcharse al otro día, lo cual difirió de nuestra intención por lo que debimos sobrellevar una arduísima nueva negociación a la mañana siguiente, debiendo persuadir no sólo a una señora de rígida actitud sino, además, a dos señoras mayores que se hallaban sentadas a la derecha de la anterior y filtraban todas las decisiones, las cuales transmitían mediante un sutil meneo de cabezas, jugando un papel de “jurado” tan extremista –y divertido para nosotros a la vez– que incluso definirían qué programa de televisión debíamos ver desde nuestra habitación (gracias a las existencia de un control remoto centralizado).
     Ahora bien, dado que la zona arqueológica de Bagán comprende tres pueblos –Nyaung U, Nueva Bagán y Antigua Bagán– decidimos alquilar un par de bicicletas a fin de recorrerla, decisión que no podría haber resultado más acertada ya que, tratándose de un área desértica, hubiésemos terminado deshidratados al intentarlo hacerlo a pie (consumíamos, a modo de referencia, unos ocho litros de agua diarios).
     Muchos de los templos de Bagán se remontan al siglo XIII aunque existen algunos anteriores y otros posteriores también. De cualquier forma, más allá de su época de construcción, nos resultaron realmente sorprendentes debido a su cantidad, desde ya si consideramos que se tratan de 4000 templos diseminados por apenas 42 km2, y su singularidad ya que por más stupas que hayamos visitado, no dejamos nunca de descubrir diferencias: algunos templos son pequeños, otros gigantes; algunos son rústicos, otros inmaculadamente blancos y otros destacan por sus dorados; algunos se hallan impecables, otros ruinosos; algunos poseen figuras de Buda de diversas fisonomías, otros pinturas más o menos conservadas y otros altares lamentablemente vacíos (Bagán resultó históricamente arrasada, incluso, afectada debido a terremotos); algunos siempre poseen visitantes (aunque nunca son demasiados) y otros, simplemente, se hallan vacíos.
     Así transcurrió un primer día, en el cual intentamos visitar aquellos templos más importantes. Asimismo conocimos a Khin Maung Oo y San San Win, un adorable matrimonio que atendía un restaurante llamado Santhidar, donde decidimos almorzar, afortunadamente, no sólo por aquellas suculentas ensaladas que nos sirvieron sino porque compartimos una agradable conversación junto a ambos, quienes se interesaron tanto por nosotros como por presentarnos a su hijo por fotos, un joven de quince años que se hallaba estudiando en Mandalay y generaba un inmensurable orgullo a sus padres que, realmente, nos emocionó. Su generosidad resultaba auténtica y culminó siendo evidente cuando regalaron a Carla un abanico que le habían facilitado anteriormente debido a la falta de luz y, consecuentemente, de ventiladores (hay cortes del suministro a diario), y además una artesanía. Nos retiramos dudando acerca de su conveniencia económica a partir de nuestra visita y sin saber que dicha pareja trascendería más aún nuestra existencia.
     Al terminar nuestra primera jornada, nos interrumpió una tormenta que nos obligó a refugiarnos en un monasterio aunque, una vez menguada, dejó que disfrutásemos un inolvidable atardecer. Así, exhaustos, llegamos al pueblo donde aprovechamos para cenar y, posteriormente, disfrutar unas Dagon que, sin lugar a dudas, resultaron las cervezas más económicas de nuestras vidas (menos de 2,50 pesos argentinos por pinta) junto a la pareja de españoles, la eslovaca y un canadiense que se había unido al grupo del ferry e hizo llorar de risa a Carla.
     Amanecimos, al día siguiente, temprano a fin de aprovechar la frescura matutina aunque, vanamente, ya que pocos kilómetros después Carla percató que iba andando sobre una de sus llantas por lo que tuvimos que ir marcha atrás al pueblo y solicitar al señor de la bicicletería un nuevo rodado, lo cual no sólo no nos generó ningún cargo extra sino que, además, habríamos recibido sus anonadantes disculpas debido al inconveniente. Ya habíamos dispuesto que visitaríamos algunos templos más alejados dicho día por lo que pedaleamos durante horas y llegamos a un área más desértica aún, repleta de más templos, algunos de los cuales se asemejaban a cuevas donde no resultaba extraño cruzarse alguna serpiente y otros, aterrazados, nos permitieron disfrutar de vistas panorámicas únicas. Después de un atardecer algo nublado, decidimos dirigimos rumbo al restaurante Santhidar, donde nos recibieron, nuevamente, mostrando genuinas sonrisas y, posteriormente, agasajaron con jugos de frutas que acompañarían al delicioso curry que habíamos elegido para cenar. Una vez más, nos hicieron sentir muy cómodos y, asimismo, volvieron a sorprender cuando recibimos su invitación para volver al día siguiente y compartir una comida junto a ellos, proposición que, sin duda alguna, aceptamos.
     Aquella mañana siguiente nos dirigimos a la terminal de ómnibus desde donde partiría un säwngthäews que nos dejaría a pocos kilómetros del monte Popa, uno de nuestros objetivos para aquel día, y desde donde otro säwngthäews nos conduciría a su base aunque, debido a la ausencia de otros viajeros, este último no operó y no tuvimos más alternativa que optar por una moto-taxi, la cual terminaría aportando una auténtica experiencia a la travesía. Aquel monte se caracteriza debido a su peculiar forma, la presencia de monos que militan sus escaleras a la cima y un templo de significativa importancia religiosa aunque relativa belleza estética –para nosotros–, donde abundan más imágenes de nats (espíritus que adquieren forma humana) que Budas. Un par de horas de permanencia resultaron suficientes y retornamos a Bagán, donde volvimos a alquilar unas bicicletas –cuya tarifa Hernán supo regatear gracias a su capacidad para escribir números en birmano y, consecuentemente, robar risas– y tras divisar a Alex y Simon generándose un felicísimo reencuentro, volvimos a dirigirnos y transitar por aquella impecable avenida que, supimos luego, resultaba exclusiva para militares –y turistas– y llegamos a restaurante Santhidar donde tomaría lugar nuestra vespertina cita. Aquella constituyó una experiencia única que difícilmente podremos transmitir con palabras; nos sirvieron un banquete que anticipó un interminable intercambio de regalos: Khin Maung Oo regaló una pintura a Hernán mientras que San San Win entregó un par de perlas a Carla, nosotros les obsequiamos un portarretrato que habíamos comprado horas atrás a fin que colocasen una foto de su hijo aunque, percibimos, no tuvo un efecto muy sorprendente, por ende, improvisamos otro regalo, un billete de 5 pesos argentinos que, anecdóticamente, un artista birmano nos había solicitado cambiar por dólares días atrás, acompañado por una reseña de la figura del Gral. San Martín, lo cual conmovió a la pareja y, acto seguido, Khin Maung Oo devolvió mismo gesto, obsequiándonos un antiguo billete que poseía una imagen del Gral. Aung San, adorado líder de la independencia birmana de 1948. Así les presentamos a nuestras familias por fotos y sucedieron horas de conversaciones, matizadas por una calidez humana que nuestras contaminadas mentes intentaron inútilmente justificar ya que ni siquiera al momento de pretender abonar nuestra cena, se demostraron interesados por lo que nos generaron un preponderante sentimiento de deuda, provocando que Hernán se quitase impulsivamente su remera al momento de despedirnos y obsequiase para su hijo, acto que enterneció a la pareja mientras nosotros comprobábamos que no había materialismo que pudiese importar más que aquel momento vivido.
     Jamás imaginamos que nuestro cumple-mes #4 sucedería de esta forma y terminaría más llamativamente aún ya que, minutos después de haber abandonado a nuestros anfitriones, topamos un grupo de jóvenes que, obviando aquella respuesta-reflejo, argentino = Messi, nos identificó con Andrés Calamaro: un birmano fanático del cantante que nos pidió unos minutos a fin de acompañarlo mientras interpretaba “Flaca” junto a su guitarra, cuya letra en castellano y significado en inglés/birmano sabía de memoria.
     Sin lugar a dudas, Bagán nos sentó fantásticamente a ambos aunque Carla demostró, además, un indudable favoritismo por dicha ciudad. Así dedicamos un último día a descansar y vagar por sus calles y, una última noche, a divertirnos junto a los dinamarqueses y al recién llegado Minh, a quienes les enseñamos a jugar al truco mientras seguíamos hidratando nuestros cuerpos con Dagon.
     Ambos sentimos un poco de nostalgia al momento de abandonar Bagán ya que, de alguna forma, implicaba que, además, nos acercábamos a la despedida de Myanmar, de cualquier manera, dicha angustia se disipó momentáneamente cuando descubrimos que compartiríamos un nuevo viaje junto a Alex y Simon, quienes habían resuelto adelantar su retorno a Yangón mientras que nosotros utilizaríamos dicha ciudad como trampolín para arribar a nuestro último destino, Kinpún y su Roca Dorada.

Carla & Hernán