Un nuevo viaje había sucedido y, sin inconveniente alguno, arribamos a la terminal de ómnibus de Yangón a las 5 de la mañana, nos despedimos de Alex y Simon y resolvimos nuestra ida a Kinpún, hallando un servicio que partiría una hora más tarde nomás. Así que después de aquellas doce horas de viaje, sucederían otras cuatro, las cuales terminaron resultando siete, en efecto, nuestro micro quedó varado tras romperse una de las campanas de sus ruedas traseras (nos corregirás, Chuli, si llegásemos a equivocarnos, por favor) por lo que tuvimos que aguardar que otro vehículo arribase y tomase su posta para dejarnos en Kyaikto donde trasbordamos a otro ómnibus que si nos permitió llegar a la localidad en cuestión.
Se trata de un pueblo muy pequeño por lo que no nos costó demasiado hallar un lugar donde hospedarnos y, de esta forma, llegamos a Pann Myo Thu Inn, un guesthouse que se asemejaba a una casa de familia, atendido por una agradable pareja que se desvivió para que disfrutásemos nuestra estadía. Después de almorzar, paseamos por Kinpún, Hernán se divirtió viendo jugar al fútbol-volley a un grupo de apasionados jóvenes que, a fin de demostrar sus habilidades, habían transformado sus longyi en taparrabos, y disfrutamos de la tranquilidad del pueblo, yéndonos a dormir temprano ya que, al día siguiente, debíamos madrugar.
Después de desayunar, de esta forma, nos dirigimos a la terminal de säwngthäews gigantes –nos resulta muy difícil hallar un nombre que identifique a los medios de transporte birmanos–, en efecto, se trataban de camiones equipados por hileras de maderas que servían de asientos y llegaban a ocuparse por unas cincuenta personas. Amontonados iniciamos un trayecto ascendente de curvas que nos permitió arribar a un punto desde donde accederíamos a la cima aunque una indicación errónea malgastó nuestras energías y nos condujo a un templo alternativo que habríamos terminado catalogando “The Fake Golden Rock”.
Volvimos a foja cero y encaramos un nuevo ascenso a lo largo de una hora de pronunciada pendiente, llegando a la entrada del recinto donde debimos abonar aquellos tickets que permitirían nuestro ingreso –difiriendo de la suerte tenida durante nuestra visita a Mandalay y Bagán–. Unos metros adelante más, logramos divisar a la gran roca dorada debido a las láminas de oro que, a modo de ofrendas, cubren a la misma, que suspendida y coronada por una stupa, motiva numerosas peregrinaciones. Se trata de un lugar místico, sagrado para los birmanos –incluso muchos espacios se hallan vedados para las mujeres–, que nos sorprendió y superó ampliamente nuestras débiles expectativas debido a las negativas referencias otorgadas por otros turistas. Allí permanecimos un par de horas que fueron sucedidas por otras cuatro de caminata, en efecto, decidimos retornar a Kinpún a pie a lo largo de 13 kilómetros de descenso que resintieron nuestras rodillas. Una vez arribados, repusimos energías ingiriendo un curry de cordero con arroz, legumbres y vegetales y descansamos ya que, al día siguiente, debíamos encarar nuestro definitivo retorno a Yangón.
Así sucedió y sin mediar contratiempos, nos hallamos nuevamente en la terminal de ómnibus de la ciudad, desde donde optamos por un colectivo de línea para arribar a la Sule Paya. Un pernocte nos separaba de nuestro vuelo de regreso a Bangkok por lo que, una vez allí, nos dirigimos al mismo guesthouse donde nos habíamos hospedado anteriormente y dedicamos nuestro último día para descansar y disfrutar de sus puestos callejeros de comida y sus petit teterías que ya nos resultan familiares.
Y llegó aquel día que no deseábamos: Myanmar nos había fascinado, nos había permitido conocer a personas que difícilmente olvidaremos y, ahora, debíamos marcharnos. Así que tras desayunar compartiendo una nueva conversación junto a Myint Kyaw, aquel guía de habla hispana que nos despediría obsequiándonos un café birmano, dispusimos gastar nuestros últimos kyats en artículos de aseo que siempre necesitamos y, acto seguido, nos dirigimos al aeropuerto junto a un canadiense que, desinteresadamente, nos ofreció compartir su taxi a cambio de unos absurdos kyats que habíamos conservado a fin de movilizarnos en colectivo y, una vez allí, disfrutamos un típico cigarrillo birmano acompañado por aquella agua incrementadora de IQ que nos habían compartido Alex y Simon y así, con nuestras mentes y pulmones renovados, abordamos al vuelo que nos permitiría arribar a Bangkok y, por ende, proseguir nuestra aventura.
Carla & Hernán