12 de mayo de 2011

... Myanmar! (primera parte)


     Air Asia # 3770 o sea, nuestro vuelo, partía a las 7.15 horas de la mañana por lo que considerando que debíamos estar en el aeropuerto dos horas antes y contemplando la hora de viaje hasta allí, decidimos abandonar Bangkok durante la tarde anterior y aprovechar las facilidades del aeropuerto (aire acondicionado, agua de bebedero y mucha información visual que aseguran entretenimiento) a la vez que ahorrábamos una noche de alojamiento. Así que tras algunas horas de sueño optimizadas gracias al uso de nuestras bolsas de dormir que, sin pudor alguno, no dejamos de extender, llegó la hora de realizar el check-in y embarcar al vuelo que nos dejaría en Yangón, principal puerta de entrada a Myanmar.
     De esta forma, después de una hora de vuelo sin trastornos, llegamos al aeropuerto internacional aunque pequeño y relativamente moderno, pasamos los controles migratorios, recogimos nuestras mochilas y salteando a los taxistas que se hallan dentro del aeropuerto, salimos del mismo y aguardamos uno regular que, se suponía, sería más económico. Así se acercó un destartalado Mazda de los años ’80 y tras acordar tarifa, nos dirigimos a la Sule Paya, pagoda de céntrica ubicación en la ciudad.
     Ya desde arriba del taxi, Yangón nos ofrecía una imagen diferente a cualquier otro lugar visitado antes: autos antiguos y ruinosos cuyos volantes se ubican tanto a la derecha como a la izquierda, calles destruidas por partes, práctica ausencia de edificios altos, mujeres de rostros pintados (que luego supimos se trataría de thanaka o maquillaje tradicional) y hombres usando longyi (faldas largas) fuera de los templos. Información difícil de comprender si se considera que Yangón resultó capital de Myanmar hasta 2005, lo cual genera sensaciones más aún difíciles de transmitir.  
     Una vez arribados a la Sule Paya y tras rechazar a los cambistas callejeros cuya habilidad para engañar resulta conocida, iniciamos nuestro relevamiento de alojamientos juntos, gracias al peso de nuestras mochilas que lo permitía, llegando a un adorable guesthouse, una casa reciclada donde abundan la madera y demás detalles orientales. Asimismo debíamos abastecernos de kyats (moneda de Myanmar) aunque aquel mercado que nos habían recomendado para hacerlo se hallaba cerrado dicho día por lo que nos derivaron a un hotel donde optamos por cambiar unos pocos dólares debido al desfavorable tipo de cambio que nos ofrecían.
     Ahora sí, ya estábamos listos para comenzar a descubrir paulatinamente Yangón y dedicamos un primer día a andar por sus alrededores. Así comenzamos a familiarizarnos con sus grises calles rebosantes de mugre y, por que no, ratas también; sus antiguos edificios precedidos por generadores eléctricos desde cuyas ventanas cuelgan sogas que sirven de ascensor para bolsas o timbre; sus bares que no son más que mesitas y sillitas de plástico (iguales a aquéllas en jardines de infantes) donde nunca falta una jarra de té; y sus gentes cuyas miradas pierden protagonismo ante sus naturales sonrisas que por más dientes que falten o teñidas que estén gracias a las hojas de tabaco mezclado con vaya a saber uno qué cosa que las vuelven rojas, son hermosas.
     A la mañana siguiente nos encontrábamos desayunando cuando comenzamos a oír una conversación en español: se trataba de Manuel, un chileno que trabajaba para viajar y, Myint Kyaw, un guía birmano que manejaba asombrosamente nuestro idioma. De esta forma nos unimos a la conversación y, lógicamente, Myint Kyaw no dejó de ofrecernos sus servicios. Nos encontramos, entonces, ante una disyuntiva: debíamos destinar algunos dólares a fin de obtener una guiada por una ciudad y, a la vez, cuántas veces más en la vida nos encontraríamos en Myanmar y un guía birmano de habla hispana estaría aguardando nuestra respuesta tras ofrecernos un itinerario incluyendo atractivos que jamás supusimos visitar?  Desde ya que prevaleció esta segunda premisa y tras aceptar movilizarnos en colectivo en vez en taxi, lo cual nos permitiría ahorrar algunos dólares más allá de sumarle atractivo a la experiencia, dimos comienzo a una activísima jornada.
     Inicialmente Myint Kyaw nos acompañó al mercado adonde cambiar divisas y consiguió una mejora del último dígito y, posteriormente, visitamos al templo del Buda reclinado cuyas dimensiones resultan tan sorprendentes como su fisonomía; una pagoda donde se hayan los restos de dos monjes famosos custodiados por un Buda “psicodélico” (las imágenes de Buda suelen adornarse con luces de colores) y repleta de más Budas donados por otras naciones; una cueva donde se discutieron las enseñanzas de Buda tras su muerte y hoy, reformada, sigue sirviendo de espacio de conferencias internacionales sobre budismo; un templo donde se hallan tres elefantes blancos, símbolo de buena suerte; una pagoda que alberga una gran imagen de Buda de mármol; un mercado de frutas y verduras; y, finalmente, llegamos a Shwedagon Paya, uno de los íconos budistas por excelencia, la cual se jacta de ser la pagoda más antigua del mundo, cuya construcción se remonta a los tiempos en vida de Buda. 
     Más allá de permitirnos conocer lugares impensados acompañados por minuciosas explicaciones, Myint Kyaw nos habló acerca de la vida de los birmanos y, gracias a la impunidad que nos brindaba hablar sin que nadie nos entendiera, respondió nuestras preguntas acerca del gobierno militar que rige en Myanmar desde décadas. Asimismo nos enseñó a leer los números en birmano. Y así, extasiados de información, terminó nuestra más que optimizada visita por los alrededores inmediatos de la ciudad dejando, sin lugar a dudas, huella en nuestras memorias.
     Dedicamos, finalmente, nuestro último día en Yangón para dotarnos de algunos kyats más, comprar nuestros pasajes de ómnibus a Kalaw, nuestro próximo destino, y dejarnos llevar por el ritmo de esta ciudad que acaparó desde un principio nuestra atención y, poco a poco, iría abarcando nuestros corazones también.

Carla & Hernán