Abandonar China a través del único puesto
migratorio de Tíbet no supuso ningún nerviosismo aunque sí implicó algunas
novedades, primeramente, nuestra guía que nos acompañó y, una vez más, mostró
nuestros permisos; asimismo nos asesoró y, gracias a ello, negamos poseer una
guía de viajes de China al agente migratorio que, incoherentemente, nos la
habría retenido.
Ya desde Zangmu, las imágenes a la
frontera nepalí nos resultaban sumamente contrastantes y significativamente más
evidentes apenas cruzamos al Puente de la Amistad y arribamos a la ciudad de
Kodari: animales sueltos que andaban por todos lados, casas de chapa, gente sin
zapatos y, sí, mugre, mucha mugre.
Obtener nuestra visa on-arrival, por su parte, no
nos resultó más ordenado, de hecho, una vez que hallamos a la austera oficina
sponsoreada por Pepsi (?), completamos unos formularios y un agente pegó
nuestras visas a nuestros pasaportes aunque, una vez reintegrados a nosotros,
descubrimos que la información de Hernán, su número de pasaporte, resultaba
incorrecta, lo cual solucionaron muy simplemente: tachadura y sobre-escritura;
posteriormente ingresamos a la oficina del simpático supervisor quien agregó un
par de mamarrachos más al pasaporte de Hernán y admitió nuestro ingreso a
Nepal, asimismo, nos asesoró acerca del ómnibus que nos trasladaría a
Kathmandú, en efecto, a las dos horas partiríamos rumbo a la capital del país
abordo de un ómnibus tan caótico como todo lo demás que nos rodeaba; aunque
también divertido gracias a nuestros jóvenes conductor y ayudante que se
encargaron de musicalizar nuestras horas de viaje así como a montones de
policías que ascendieron a lo largo del camino, realizaban sus controles y
solicitaban a los muchachos del techo a que descendieran del mismo aunque éstos
volverían a subirse dos kilómetros más adelante.
Ya sea por la cantidad de interrupciones
(a los controles se agrega gente que ascendía y descendía del ómnibus) como por
las condiciones de la ruta (un angosto camino de ripio, zigzagueante debido a
la presencia de montañas) arribamos a Kathmandú (que distaba a 120 kilómetros
de Kodari) a las siete horas de viaje. Ya había anochecido por lo que nosotros,
sin guía de viajes ni mapa de la ciudad, optamos por un taxi (cuya tarifa
resolvió –a favor nuestro– un policía que intermedió sin que nadie lo invitara
a la negociación) y, siguiendo una recomendación, nos dirigimos al área de
Paknajol adonde nos alojaríamos y nos reencontraríamos a la ducha de agua
caliente que no veíamos desde Beijing.
Y así sucedió un primer día que, por más
caótico que nos haya resultado, nos generó una energía muy positiva que
antecedería momentos impensados por nosotros, de hecho, quisimos tramitar
nuestra visa de India, por consiguiente, nos dirigimos a su embajada en
Kathmandú adonde no seríamos los únicos argentinos.
Año 2009; la mamá de Hernán, Cristina, le
regaló para su cumpleaños #32 un libro titulado “Atrapa Tu Sueño” que relata la
historia de una pareja de argentinos que viajó desde Argentina a Alaska abordo
de un auto antiguo, un Graham del año 1928; un regalo muy significativo ya que
nosotros nos encontrábamos persiguiendo nuestro sueño; supimos, posteriormente,
que aquella pareja de argentinos, después de doce años desde su primera
travesía, seguía viajando, ahora junto a sus hijos, abordo del mismo auto
alrededor del mundo aunque jamás imaginamos que nuestros destinos pudieran
cruzarse, de hecho, mientras aguardábamos nuestro turno para tramitar la visa
de India, conocimos a la familia Zapp y nos sentimos apoderados por un montón
de sensaciones.
Aún no habíamos salido del asombro cuando
nos invitaron a su alojamiento donde compartimos una tarde a pura conversación
y, al día siguiente, paseamos por Kathmandú, nos invitaron a tomar mate con
galletas con dulce de leche a su alojamiento donde, asimismo, nos propusieron
–y nosotros aceptamos– subirnos a su Graham por unos días, de esta forma,
después de una sesión a través de las calles de Kathmandú donde actuamos de
doble –Carla– y fotógrafo –Hernán–, iniciamos nuestro paseo junto a la “familia
del libro abordo del auto del libro”. Ir arriba del Graham, descubrimos, tiene
sus implicancias, por un lado, un ritmo muy tranquilo debido a la velocidad del
auto que, a su vez, genera un exceso de miradas aunque, para nosotros, no dejó
de tratarse de una aventura muy divertida, de hecho, imposible que nos
resultara otra cosa cuando viajábamos rodeados por Pampa (9), Tehue (6), Paloma
(4) y Walabi (2) Zapp.
Al atardecer, Herman Zapp propuso que
acampáramos, por tanto, nos detuvimos a unos metros de un arroyo y dio paso a
la magia: la parte trasera del Graham pasó a ser una cocina donde Candelaria
Zapp preparó unos spaghetti, su techo se alzó y pasó a ser una habitación donde
dormiríamos nosotros junto a los dos niños más grandes mientras que sus
asientos se acomodaron como una cama gigante para los demás integrantes de la
familia Zapp.
Al otro día, después de desayunar mate y
panqueques de banana, regresamos a la ruta; anduvimos al mismo ritmo aunque más
tiempo; nos detuvimos ante una “telejaula” (un teleférico con aspecto de jaula)
y seguimos andando al desvío que nos interesaba adonde nos aguardaba un camino
ascendente, tan ascendente que necesitamos darle una ayudita al Graham que
Hernán utilizó como excusa para seguir andando arriba de su estribo; sus
vistas, por su parte, nos resultaron majestuosas al igual que nuestro destino,
Bandipur, que nos enamoró a todos gracias a su arquitectura, su ausencia de
motores y, por supuesto, sus montañas.
A la hora de hospedarnos, optamos por un
alojamiento distinto al de los Zapp, sin embargo, no dejamos de vernos ni un
solo día para compartir comidas (algunas argentinas como, por ejemplo, papa y
huevo duro, y otras nepalíes), festejos (nuestro cumple mes de viaje #10 y el
cumple #4 de Paloma que lo tuvo todo –disfraces, globos, regalos, torta y
velitas–) y paseos (Hernán, Herman, Pampa y Tehue se dedicaron al montañismo
mientras que Carla, Candelaria, Paloma y Walabi visitaron una feria atiborrada
de jóvenes).
A los Zapp nos sentimos agradecidos porque
nos abrieron sus puertas a su familia, porque nos permitieron reencontrarnos al
mate y otras costumbres argentinas. Y si hablamos de argentinos, imposible que
dejemos de relatar nuestra última noche en Bandipur donde, sorprendentemente,
nos encontramos un grupo de cinco matrimonios que nos invitaron una cena y nos
regalaron un momento inolvidable que recargó, más aún, nuestras energías.
Y llegó la despedida: Herman Zapp
retornaría a Kathmandú para recoger sus visas para India e, inmediatamente
después, retornaría a Bandipur adonde lo aguardaría su familia; mientras que
nosotros también retornaríamos a Kathmandú aunque, desde allí, nos dirigiríamos
al punto de partida del trekking que elegimos y que, quizás, debido a sus
raíces de niño explorador, despierta tanta pero tanta ansiedad a Hernán… y
tantas preguntas acerca de su resistencia a Carla.
Carla & Hernán


