28 de noviembre de 2011

... Nepal! (primera parte)


Abandonar China a través del único puesto migratorio de Tíbet no supuso ningún nerviosismo aunque sí implicó algunas novedades, primeramente, nuestra guía que nos acompañó y, una vez más, mostró nuestros permisos; asimismo nos asesoró y, gracias a ello, negamos poseer una guía de viajes de China al agente migratorio que, incoherentemente, nos la habría retenido.
Ya desde Zangmu, las imágenes a la frontera nepalí nos resultaban sumamente contrastantes y significativamente más evidentes apenas cruzamos al Puente de la Amistad y arribamos a la ciudad de Kodari: animales sueltos que andaban por todos lados, casas de chapa, gente sin zapatos y, sí, mugre, mucha mugre.
Obtener nuestra visa on-arrival, por su parte, no nos resultó más ordenado, de hecho, una vez que hallamos a la austera oficina sponsoreada por Pepsi (?), completamos unos formularios y un agente pegó nuestras visas a nuestros pasaportes aunque, una vez reintegrados a nosotros, descubrimos que la información de Hernán, su número de pasaporte, resultaba incorrecta, lo cual solucionaron muy simplemente: tachadura y sobre-escritura; posteriormente ingresamos a la oficina del simpático supervisor quien agregó un par de mamarrachos más al pasaporte de Hernán y admitió nuestro ingreso a Nepal, asimismo, nos asesoró acerca del ómnibus que nos trasladaría a Kathmandú, en efecto, a las dos horas partiríamos rumbo a la capital del país abordo de un ómnibus tan caótico como todo lo demás que nos rodeaba; aunque también divertido gracias a nuestros jóvenes conductor y ayudante que se encargaron de musicalizar nuestras horas de viaje así como a montones de policías que ascendieron a lo largo del camino, realizaban sus controles y solicitaban a los muchachos del techo a que descendieran del mismo aunque éstos volverían a subirse dos kilómetros más adelante.
Ya sea por la cantidad de interrupciones (a los controles se agrega gente que ascendía y descendía del ómnibus) como por las condiciones de la ruta (un angosto camino de ripio, zigzagueante debido a la presencia de montañas) arribamos a Kathmandú (que distaba a 120 kilómetros de Kodari) a las siete horas de viaje. Ya había anochecido por lo que nosotros, sin guía de viajes ni mapa de la ciudad, optamos por un taxi (cuya tarifa resolvió –a favor nuestro– un policía que intermedió sin que nadie lo invitara a la negociación) y, siguiendo una recomendación, nos dirigimos al área de Paknajol adonde nos alojaríamos y nos reencontraríamos a la ducha de agua caliente que no veíamos desde Beijing.
Y así sucedió un primer día que, por más caótico que nos haya resultado, nos generó una energía muy positiva que antecedería momentos impensados por nosotros, de hecho, quisimos tramitar nuestra visa de India, por consiguiente, nos dirigimos a su embajada en Kathmandú adonde no seríamos los únicos argentinos.
Año 2009; la mamá de Hernán, Cristina, le regaló para su cumpleaños #32 un libro titulado “Atrapa Tu Sueño” que relata la historia de una pareja de argentinos que viajó desde Argentina a Alaska abordo de un auto antiguo, un Graham del año 1928; un regalo muy significativo ya que nosotros nos encontrábamos persiguiendo nuestro sueño; supimos, posteriormente, que aquella pareja de argentinos, después de doce años desde su primera travesía, seguía viajando, ahora junto a sus hijos, abordo del mismo auto alrededor del mundo aunque jamás imaginamos que nuestros destinos pudieran cruzarse, de hecho, mientras aguardábamos nuestro turno para tramitar la visa de India, conocimos a la familia Zapp y nos sentimos apoderados por un montón de sensaciones.
Aún no habíamos salido del asombro cuando nos invitaron a su alojamiento donde compartimos una tarde a pura conversación y, al día siguiente, paseamos por Kathmandú, nos invitaron a tomar mate con galletas con dulce de leche a su alojamiento donde, asimismo, nos propusieron –y nosotros aceptamos– subirnos a su Graham por unos días, de esta forma, después de una sesión a través de las calles de Kathmandú donde actuamos de doble –Carla– y fotógrafo –Hernán–, iniciamos nuestro paseo junto a la “familia del libro abordo del auto del libro”. Ir arriba del Graham, descubrimos, tiene sus implicancias, por un lado, un ritmo muy tranquilo debido a la velocidad del auto que, a su vez, genera un exceso de miradas aunque, para nosotros, no dejó de tratarse de una aventura muy divertida, de hecho, imposible que nos resultara otra cosa cuando viajábamos rodeados por Pampa (9), Tehue (6), Paloma (4) y Walabi (2) Zapp.     
Al atardecer, Herman Zapp propuso que acampáramos, por tanto, nos detuvimos a unos metros de un arroyo y dio paso a la magia: la parte trasera del Graham pasó a ser una cocina donde Candelaria Zapp preparó unos spaghetti, su techo se alzó y pasó a ser una habitación donde dormiríamos nosotros junto a los dos niños más grandes mientras que sus asientos se acomodaron como una cama gigante para los demás integrantes de la familia Zapp.
Al otro día, después de desayunar mate y panqueques de banana, regresamos a la ruta; anduvimos al mismo ritmo aunque más tiempo; nos detuvimos ante una “telejaula” (un teleférico con aspecto de jaula) y seguimos andando al desvío que nos interesaba adonde nos aguardaba un camino ascendente, tan ascendente que necesitamos darle una ayudita al Graham que Hernán utilizó como excusa para seguir andando arriba de su estribo; sus vistas, por su parte, nos resultaron majestuosas al igual que nuestro destino, Bandipur, que nos enamoró a todos gracias a su arquitectura, su ausencia de motores y, por supuesto, sus montañas.
A la hora de hospedarnos, optamos por un alojamiento distinto al de los Zapp, sin embargo, no dejamos de vernos ni un solo día para compartir comidas (algunas argentinas como, por ejemplo, papa y huevo duro, y otras nepalíes), festejos (nuestro cumple mes de viaje #10 y el cumple #4 de Paloma que lo tuvo todo –disfraces, globos, regalos, torta y velitas–) y paseos (Hernán, Herman, Pampa y Tehue se dedicaron al montañismo mientras que Carla, Candelaria, Paloma y Walabi visitaron una feria atiborrada de jóvenes).
A los Zapp nos sentimos agradecidos porque nos abrieron sus puertas a su familia, porque nos permitieron reencontrarnos al mate y otras costumbres argentinas. Y si hablamos de argentinos, imposible que dejemos de relatar nuestra última noche en Bandipur donde, sorprendentemente, nos encontramos un grupo de cinco matrimonios que nos invitaron una cena y nos regalaron un momento inolvidable que recargó, más aún, nuestras energías.
Y llegó la despedida: Herman Zapp retornaría a Kathmandú para recoger sus visas para India e, inmediatamente después, retornaría a Bandipur adonde lo aguardaría su familia; mientras que nosotros también retornaríamos a Kathmandú aunque, desde allí, nos dirigiríamos al punto de partida del trekking que elegimos y que, quizás, debido a sus raíces de niño explorador, despierta tanta pero tanta ansiedad a Hernán… y tantas preguntas acerca de su resistencia a Carla.

Carla & Hernán          

21 de noviembre de 2011

... China! (última parte)


A la noche con calefacción de Shigatse siguió otra sorpresa: un impresionante desayuno tipo “buffet” que disfrutamos como si hubiese sido el primero –de hecho se trató del primero– y el último durante nuestros meses andando por el mundo.
Así dimos inicio a otra jornada que, sabíamos, sería igualmente intensa a la anterior; retomamos la ruta desde donde seguimos visualizando –aunque cada vez más dispersas– poblaciones e, incluso, cruzamos a peregrinos que, increíblemente, avanzaban al costado del camino realizando postraciones totales; seguimos atravesando pasos de montaña, en efecto, alcanzamos al más alto ubicado a 5,248 metros de altura; y, de repente, detrás de las montañas que nos acompañaron a lo largo de ambas jornadas, surgieron otras alineadas e inmaculadamente nevadas: se trataba de la cadena de los Himalayas desde donde surgía, imperiosamente, la silueta del Monte Everest. Y seguimos andando; abandonamos al asfalto y, pocos kilómetros más adelante, ingresamos al área protegida del Qomolangma (nombre tibetano del Monte Everest); un serpenteante camino de ripio nos permitió alcanzar uno de los puntos panorámicos más majestuosos: ahí, ante nosotros, se erguían inmejorablemente (gracias al clima que no podría haber resultado más perfecto) algunos de los picos más altos del mundo tales como Makalu (8,463 msnm), Lhotse (8,516 msnm) y, por supuesto, Everest (8,844 msnm).
Y la travesía continuaba; nos seguimos acercando más y más a las montañas y, después de dos horas andando, arribamos al último destino del día, Rongbuk, un monasterio cuyo telón de fondo no podría resultar más solemne: su solo protagonista, el Monte Everest, surge al final y queda enmarcado por su propio entorno montañoso. Un poco más allá del monasterio, se encuentra un predio donde se ubican las carpas del Campo Base del Everest (EBC) aunque, debido a la proximidad del invierno, ya no quedaban ni vestigios de las mismas, mientras que, unos kilómetros más adelante, nos detuvimos en otro punto panorámico, sin lugar a dudas, el más próximo al Monte Everest.
Obnubilados, sí, así nos sentíamos, de hecho, ignoramos por completo la sugerencia de nuestra guía –quien insistió para que pernoctásemos en un pueblo a menor altura– y, después que, parcamente, Hernán le informara “we are going to sleep here”, nos hospedamos en un refugio ubicado opuestamente al monasterio, de esta forma, nos dedicamos a contemplar al Everest, visitamos al monasterio y gozamos del atardecer que, una vez más agradecidos al clima, nos resultó insuperable aunque, poco después del mismo, nos vimos tentados –por no decir obligados por el frío– a ingresar al refugio adonde no seríamos los únicos extranjeros, en efecto, nos acompañaban un –algo presumido– cineasta norteamericano, su agradable camarógrafo alemán y su equipo de once sherpas nepalíes, otro trío de turistas procedentes de alguna ciudad de China y, más tarde, se sumó un grupo de excursionistas que arribaban desde Nepal.
Y prosiguió una noche que resultó tan mágica como su antecedente día; afuera nos aguardaba una tenue imagen del Everest debido a sus nieves que simulaban iluminarse, probablemente, gracias a la luz generada por un manto de miles de estrellas inmensamente superior a cualquier otro visto durante nuestras vidas mientras que adentro nos sentimos igualmente gratificados por un agradable ambiente y una austera habitación que no poseía ningún tipo de calefacción, no obstante, no nos resultó del todo fría.
Al día siguiente, nuevamente, debimos madrugar, no sólo a causa de nuestras ganas de observar al amanecer sobre –o, mejor dicho, por detrás de– las montañas sino, además, a las intenciones de nuestra –desobedecida– guía y conductor, así, iniciamos un camino de regreso que nos recondujo al asfalto, arribamos a Tinggri, un pueblo que adoramos gracias a sus increíbles vistas a los Himalayas; la imagen de la cadena montañosa nos siguió acompañando a nuestras espaldas aunque, poco a poco, se iría perdiendo, de hecho, después del último paso de montaña, iniciamos un camino de descenso a lo largo del cual nos vimos sorprendidos por otro paisaje, sumamente verde  e, incluso, algo caluroso, y nos encontramos al río Matsang Zangpo cuyo cauce nos condujo a Zangmu, una híbrida población –ni china ni tibetana ni nepalí– que sería nuestra puerta de salida y que, extrañamente, nos recordó a Yuanyang, es decir, a la primera de las ciudades de China que visitamos ya hace casi tres meses atrás.
Así nos despedimos del Tíbet, un cierre de oro –en el doble sentido de la palabra– a nuestro paso por China, un país que acaparó tanto nuestra atención que ahora, a metros y minutos de ingresar al país #12 del itinerario, no poseemos ni idea sobre nuestros próximos pasos aunque, sabemos, nuestro siguiente “hogar” se ubicará, si o si, dentro de las fronteras de Nepal.

Carla & Hernán          

19 de noviembre de 2011

... China! (décimo quinta parte)


Ni ómnibus ni tren, esta vez, una 4x4 sería nuestro siguiente medio de transporte adonde no habría más turistas que nosotros por lo que sólo nos veríamos acompañados por nuestra guía y nuestro conductor. Aquella muchacha tibetana era simpática aunque medianamente conversadora, correcta aunque, por momentos, distraída y, otras veces, impuntual, no obstante, resultó ser quien primero arribaría a nuestro hotel. Nosotros aguardábamos en la recepción del mismo mientras bebíamos un té y nos impregnábamos del olor a hierbas incineradas que, junto al de las velas de manteca, son tan característicos del Tíbet.
Y, ni bien arribado nuestro conductor, partimos. Aún no había amanecido. Nos adentramos a una moderna autopista (la misma que conduce al aeropuerto) mientras que dejábamos atrás a Lhasa; nos desviamos de la misma y seguimos andando por rutas cuyas condiciones, igualmente óptimas a lo largo del trayecto, nos sorprendieron; y nos sumergimos en la montaña; un camino zigzagueante nos permitió arribar al primero de los pasos ubicado a 5,000 metros de altura desde donde visualizamos al lago Yamdrok, sagrado para los tibetanos (aunque no para los chinos que, según nuestra guía, utilizan para pescar), genera peregrinaciones alrededor del mismo al igual que una stupa sólo que sus dimensiones resultan, lógicamente, incomparables. Y seguimos ascendiendo y alcanzamos al siguiente de los pasos acompañado por un glaciar a 5,560 metros de altura y, como siempre, montones de banderas de oración y, a partir del mismo, iniciamos un camino descendente que atravesó una represa que dio origen a un lago de aguas turquesas y nos condujo a Gyantse, una población donde destaca un monasterio dominado por una stupa que alberga cámaras repletas de pinturas y permite vistas panorámicas.
Ya, desde arriba de nuestro vehículo, seguimos visualizando más poblaciones que, sin importar sus dimensiones, incluyen un monasterio visible a la distancia gracias a su ubicación o, quizás, a ese gigantesco e inmaculado paredón donde se despliega al thangka durante uno de sus más importantes festivales religiosos.
Al atardecer, llegamos a Shigatse aunque, antes de dirigirnos al alojamiento, visitamos al Monasterio de Tashilunpo donde se conservan las tumbas de los sucesivos Panchen Lama; su arquitectura, similar a otros monasterios, no nos impactó, no obstante, nos regaló uno de los momentos más conmovedores del día: una sala repleta de monjes (hablamos de cientos de monjes) que rezaban al unísono, sus voces repetían las enseñanzas de Buda que se oían como un estremecedor canto.
Shigatse –o al menos aquellas áreas de Shigatse que visitamos– nos gustó mucho: más allá de dos amplias y modernas avenidas donde se ubican montones de panaderías y puestos que venden papas y salchichas fritas, la ciudad resulta un sinfín de callejuelas tradicionales a través de las cuales se pasean personajes únicamente tibetanos (ni chinos ni militares).
Y la cuenta regresiva ya se había iniciado: nos quedaban pocas horas en Tíbet, por ende, abandonaríamos –formalmente– a China, un país que imprimió un capítulo importantísimo no sólo del viaje sino de nuestras vidas aunque, aún, nos resta una cita, una visita a un punto del mundo que siempre imaginamos y que ahora, como si se tratara parte de un sueño, surgirá ante nosotros.

Carla & Hernán          

18 de noviembre de 2011

... China! (décimo cuarta parte)


Dos trenes nos trasladarían por más de 3,600 kilómetros desde Datong a Lhasa, la capital de la Región Autónoma del Tíbet. Así abordamos al primero de los servicios y después de veintidós horas de viaje acompañadas por paisajes montañosos y otras curiosidades como “casas-cueva”, llegamos a Lanzhou donde, debido al cansancio que acumulábamos como a la proximidad de la noche, nos limitamos a hallar un alojamiento inmediato a la estación de trenes y un supermercado donde abastecernos de víveres ya que aún nos restarían transitar unos 2,200 kilómetros por lo que, al día siguiente, nos subimos al último de los trenes que cogeríamos en China: más moderno que otros, poseía un sistema de calefacción y oxigenación debido a la altura que alcanzaríamos (por lo que también debimos aceptar una especie de declaración donde se detallaban los riesgos inherentes a la altura); el paisaje, por su parte, nos resultó progresivamente más alucinante a medida que las horas transcurrían: más desierto, menos árido y más alto, mucho más alto (superamos 5,000 metros de altura); mientras que nuestros compañeros de vagón serían muy agradables, principalmente, uno curioso que se acercó a Hernán y otro, un joven miembro de la Escuela Militar, que resultaba trasladado a Lhasa y constituiría, digamos, una óptima introducción al Tíbet.
1949. La República Popular de China usurpó la región del Tíbet; su Revolución Cultural generó muertes y muchas pérdidas (se destruyeron escrituras, imágenes y templos); Dalai Lama (máximo representante político y religioso del Tíbet), al igual que otros tibetanos, se exiliaron; la declarada Región Autónoma del Tíbet quedó sometida a su control, no obstante, después de sesenta y dos años, su gobierno sigue siendo inaceptado –incluso internacionalmente– por lo que se mantiene “alerta” y atiborra de militares a la región.
Así, ni bien arribados a la moderna estación de trenes, un soldado nos “invitó” a abandonarla rápidamente y nos dirigimos a su ingreso. Los 3,700 metros de altura de Lhasa no nos habían afectado y su adorable temperatura nos animó a aguardar despreocupadamente que nos recogieran (quienquiera visitar al Tíbet, debe tramitar un permiso para ingresar a Lhasa y otro para transitar más allá de la ciudad y, asimismo, poseer un itinerario organizado por una agencia de viajes que incluya un guía de turismo) y, al cabo de algunos minutos, apareció nuestra guía, una idónea joven quien habría compartido una indiscutible conexión con Carla, junto al reservado y más que experimentado conductor, ambos tibetanos, quienes nos dieron una bienvenida tibetana (nos regalaron un khata –un pañuelo blanco–) y nos transportaron a nuestro alojamiento ubicado dentro del área tibetana (se identifican áreas chinas y tibetanas gracias al gobierno de China que ha fomentado la migración al Tíbet, de hecho, se presume que, próximamente, la cantidad de migrantes supere a la población tibetana de Lhasa) que nos resultó adorable: austero aunque animado gracias a sus diseños pintados, acogedor por más que no tuviera ningún tipo de sistema de calefacción, regenteado por un grupo de simpáticas tibetanas que, siempre y cuando nuestro arribo no interrumpiera su momento de baile frente al televisor, nos servían té de manteca y nos suministraban un termo gigante que, mágicamente, mantenía al agua caliente a lo largo de toda la gélida noche.
Y, poco a poco, descubrimos Lhasa; caminamos a lo largo de la maraña de callejuelas que rodeaban nuestro alojamiento y, posteriormente, nos dedicamos a los grandes íconos de la ciudad; visitamos Norbulingka, el palacio de verano del Dalai Lama, un área que alberga jardines, residencias y templos igualmente austeros aunque místicos; y, posteriormente, alcanzamos a la máxima representación de la ciudad, al Potala, residencia de invierno del Dalai Lama y sede de su gobierno, cuya ubicación junto a la única vía de acceso que poseía antiguamente Lhasa, otorga un aspecto imponente; no hubo un día que no quedásemos anonadamos ante su imagen que, afortunadamente, se encontraba renovada –recién pintada– al momento de nuestra visita; asimismo ingresamos al recinto que alberga documentos e imágenes de Buda, una muestra de transportes del Dalai Lama que incluye a la bicicleta para niños que aparece en la película “Siete Años en el Tíbet”, salas y tumbas de oro y piedras preciosas donados por la población donde reposan restos de Dalai Lamas que, excepcionalmente, se salvaron de los daños de la Revolución Cultural; nos sentimos inundados por su mística.
Y aún no habíamos llegado al lugar más impresionante de la ciudad, el templo Jokhang, que alberga reliquias religiosas que hacen del mismo al lugar más importante para los tibetanos, de hecho, son los tibetanos quienes otorgan magia a Lhasa: manos que siempre sostienen rosarios o ruedas de oración, ríos de peregrinos que, diariamente, giran alrededor de íconos religiosos, ante los cuales presentan sus ofrendas –banderas de oración, hierbas que incineran o velas– y realizan medias postraciones o postraciones totales –de tres a mil por día–; los tibetanos son generosos y nunca niegan una limosna (incluso, anecdóticamente, hemos visto como un mendigo donaba a otro más necesitado).
Al frente del templo Jokhang se ubica la plaza Barkor, dominada por militares que registran a cada adolescente o monje que pretende atravesarla ya que son, supuestamente, los promotores de las protestas aunque también pueden registrar las cámaras fotográficas de turistas, como le sucedió a Hernán, no sabemos, si por portación de barba y pelos largos o por simple vanidad del agente de policía quien creyera que había sido fotografiado (a nuestro poco interés se sumó nuestra guía que, una y otra vez, nos pidió que nos abstuviéramos) mientras que, alrededor de la plaza Barkor, se extiende un mercado que destaca por su diversidad: alimentos –carnes, vegetales y productos secos–, aplicaciones de oro para dientes, artículos religiosos –desde rosarios a manteca que se utiliza para velas– y piedras.
Y visitamos al Monasterio de Sera que se distingue debido a sus daños después de la Revolución Cultural, sus dimensiones (albergaba alrededor de 6,000 monjes antes de 1949 aunque ahora se limiten a algo más de 500 por restricción del gobierno de China) y su situación rodeada de montañas. Y lo más curioso, un patio de debates, un lugar donde los monjes discuten –aunque poco convencionalmente– las enseñanzas de Buda.
Ya nos disponíamos a partir rumbo al lago Namtso cuando nos vimos sorprendidos por una nevada que generaría una cancelación de su visita y, consecuentemente, una extensión a nuestros días paseando por Lhasa, de esta forma, volvimos a cada uno de los íconos ya visitados, nos perdimos por otras partes de la ciudad antigua, topamos una serie de peregrinos que ingresaban a una casa donde, descubriríamos, se hallaba un templo a cuya imagen se ofrendaban una serie de licores, reconocimos un área musulmana, ingresamos al bar de té donde montones de tibetanos jugaban a los dados a los golpes, nos seguimos deleitando con la gastronomía tibetana (carne de yak, momos, papas asadas y thukpas) y nos alejamos a los márgenes de la ciudad y caminamos a lo largo del río Kyichu.
Sabemos que Lhasa no pasará inadvertida: desde nuestro arribo que quisimos acompañar con aquel vino que nos debíamos a nuestra nostálgica partida, nos vimos una y otra vez sacudidos ante las imágenes que sucedían ante nosotros y que nos demostraron que, ni la Revolución Cultural ni las restricciones impuestas por el gobierno de China supusieron la pérdida de la identidad de los tibetanos.
Y aún queda más del Tíbet: nuestras siguientes paradas serán a lo largo del cordón montañoso más alto del planeta.

Carla & Hernán          

10 de noviembre de 2011

... China! (décimo tercera parte)


La estación de trenes más grande de Asia se encuentra en Beijing y, justamente desde allí, partiría nuestro tren nocturno a Datong donde, ni bien arribados, nos sentimos sometidos por una única sensación: frío. Aún no había amanecido y, dado que Datong no posee una gran iluminación, no identificamos más que dos hoteles que no se adaptaban a nuestro presupuesto, por ende, optamos por ingresar –o, mejor dicho, infiltrarnos puesto necesitábamos un pasaje–  a la sala de espera de la estación de trenes donde, un poco más calentitos, aguardamos al amanecer.
Atípico resultó nuestro paso por Datong, primero, por su duración, de hecho, no hay turistas, prácticamente, que pasen más de una noche mientras que nosotros le dedicamos unas cuatro; asimismo nuestras actividades incluyeron mucho más que visitas y, de esta forma, nos dedicamos a descansar como a organizar nuestros próximos movimientos (lo cual implicaría asiduas conexiones a Internet, idas a la oficina de pasajes de trenes y rastreo de ATM’s); y, por último, debido a la naturaleza de la ciudad que no resulta muy agradable, no obstante, posee un casco antiguo rodeado por una gigantesca muralla –ambos sometidos a una absoluta restauración al momento de nuestra visita– que acapararon nuestra atención mientras que sus simpáticas gentes, poco acostumbradas a los turistas, nos hicieron sentir más que bienvenidos.
Ahora bien, lo realmente fascinante se encuentra a algunos kilómetros de la ciudad. Así, abordo de un minibus de CITS, abandonamos Datong, transitamos un camino de montaña salpicado por nieves y llegamos al milenario Templo Colgante cuya antigüedad, arquitectura (desde su interior se nota cómo sus pilares se mueven) y ubicación nos resultaron impresionantes. Y aún restaba más por lo que, abordo del mismo minibus, nos dirigimos a las Grutas de Yungang. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, se trata de cincuenta y un cuevas  (de las cuales se puede acceder a veinte) que datan del año 400 d.C. y albergan más de cincuenta mil imágenes de piedra de Buda cuyas dimensiones varían desde diecisiete metros a unos pocos centímetros, sin lugar a dudas, una de las muestras de arte budista más increíbles que vimos, sin igual al atardecer, que, así como tantos otros atractivos, los chinos supieron conservar o restaurar y acompañar por armoniosas instalaciones que despertaron, una y otra vez, nuestra admiración y nuestro respeto.
Y el día que tanto soñamos llegó; abandonar Datong, la última ciudad que visitaríamos de China, nos generaría nostalgia aunque, a la vez, ansiedad y muchísimas expectativas ante nuestro siguiente destino, una porción controvertida del país, un tanto inaccesible debido a su costo como a su ubicación pero que despertó siempre nuestro interés por lo que hoy, sin poder creerlo aún, iniciamos nuestro viaje rumbo a lo que será la mejor de las despedidas: nos vamos al Tíbet.

Carla & Hernán          

5 de noviembre de 2011

... China! (décimo segunda parte)


La estadía en Beijing estuvo dividida, no sólo porque a mitad de la misma tuvimos que irnos de China para no sobrepasar la estancia permitida por nuestra visa sino porque, además, pasamos por momentos de aciertos y grandes desaciertos que nos generaron un sinfín de sensaciones que intentaremos ordenar a lo largo del relato.
La joven que nos atendió en la oficina de turismo de Suzhou no hablaba inglés aunque sí utilizaba un traductor online, por tanto, nos resultó más que específica: a un par de cuadras del hotel debíamos subirnos al colectivo 811 y, después de veintitrés paradas, nos encontraríamos en la estación norte de trenes de Suzhou. El tren? Impecable! Bah… qué podríamos decir si demoró apenas seis horas para trasladarnos por más de 1,200 kilómetros?
Ahora bien, la prioridad en Beijing sería, primeramente, definir nuestra salida de China. Mongolia había sido descartado después del retraso de Guangzhou, por tanto, Corea del Sur había pasado a ser la alternativa más preponderante por lo que, una vez arribados a Beijing, intentaríamos subirnos a otro tren que nos condujera a la ciudad de Tianjin desde donde accederíamos al puerto de salida de los barcos a Corea del Sur donde, supuestamente, debíamos comprar nuestros pasajes. Así sucedió sólo que no nos resultó necesario conectar en Beijing ya que, una vez abordo del ultra-rápido, descubrimos que Tianjin sería parte de su recorrido por lo que descendimos del mismo al arribar a su estación y, rápidamente, resolvimos un traslado en auto (una especie de remise sin licencia) a la ciudad de TangGu desde donde un taxi nos acercó al puerto donde no nos aguardaba ninguna bienvenida, en efecto, se negaron a vendernos los pasajes de barco a Corea del Sur, alegando que sólo aceptaban a chinos o coreanos y, como respuesta a nuestra insistencia, que no tenían disponibilidad, de esta forma, nuestro plan A quedaba descartado por lo que nos dirigimos a la terminal de trenes de TangGu desde donde abordamos al tren que, definitivamente, nos dejaría en Beijing.
Llegar a Beijing nos resultó emocionante e, incluso, nos alejó del malhumor que nos había generado nuestro fracaso en TangGu. Desde la estación sur de trenes de Beijing, nos subimos a línea #4 de la red de subtes de la ciudad que, descubrimos, se había ampliado impresionantemente (una línea circular y otra recta había en 2007 mientras que, ahora, aquella recta se encontraba extendida y, encima, unas diez líneas más se incorporaron al sistema de subtes) y, sin ayuda de mapas sino, simplemente, valiéndonos de nuestros recuerdos, llegamos al hotel adonde nos habíamos hospedado cinco años atrás y donde quisimos volver a hospedarnos por más que implicara desembolsar más yuanes de lo debido.
Las ganas de pasear por Beijing resultaron subyugadas por la necesidad de resolver nuestra salida y reingreso a China. Así, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la oficina de asuntos migratorios (PSB) donde solicitamos una extensión de la vigente estadía aunque, debido a la cantidad de requisitos, descartamos aquella posibilidad y aceptamos que, sí o sí, un aéreo debía llevarnos a otro país y devolvernos a China para utilizar nuestra tercera y última entrada permitida por nuestro visado, de esta forma, dedicamos un segundo día a analizar opciones de vuelos, no nos vencimos y seguimos insistiendo hasta que hallamos uno a Corea del Sur que se adaptaba magníficamente a nuestro presupuesto aunque presentaba dos complicaciones, por un lado, sin querer habíamos ingresado a la web de Air China como “chinos”, por ende, debíamos poseer una tarjeta de crédito de algún banco de China para abonarlo online y, por otro lado, la reserva duraba treinta minutos, por lo que, al día siguiente, amanecimos muy tempranito y, mientras Carla se quedó en el hotel a cargo de la renovación de la reserva, Hernán se dirigió a las oficinas de la línea aérea donde, al principio, se negaron aunque, después que Hernán mostrara sus dientes –y, de alguna forma, se vengara de todos aquellos dientes que viera a lo largo de su historia como empleado de línea aérea–, una supervisora aceptó ingresar su tarjeta de crédito y nuestro pago en efectivo.
Ay, qué alegría nos generó poseer nuestros pasajes aéreos a Corea del Sur aunque, lamentablemente, qué poco nos duró, de hecho, dos días después atravesamos un momento angustiante, sin lugar a dudas, el más angustiante desde que iniciamos nuestro viaje; una equivocación difícil de aceptar si consideramos nuestros curriculum vitae seguida por una serie de inoportunas decisiones hicieron que, por más esfuerzo que realizara nuestro taxista para arribar a tiempo al aeropuerto, perdiéramos nuestro vuelo a Corea del Sur y, por ende, nos viéramos obligados a comprar dos nuevos pasajes adonde sea; ya no nos importaba el destino sino, simplemente, un aéreo lo más económico posible que nos permitiera salir de China antes que nuestras visas expiraran, optando por uno a Shenzen, sí, volveríamos a Hong Kong al día siguiente, de esta forma, pasamos aquella noche en el aeropuerto de Beijing y, al despertarnos a la mañana siguiente, la mañana del vuelo a Shenzen, nos aguardaba otra sorpresa: absolutamente todos los vuelos se hallaban demorados debido a una niebla un tanto más espesa que aquélla que, habitualmente, tiñe todas las fotos de Beijing, lo cual nos generó más angustias: “qué pasaría si, aquel día, no llegábamos a Hong Kong?”. A la salida, suponemos, no nos generaría mayores inconvenientes más que desembolsar algún que otro yuan a modo de penalidad pero ignorábamos que podía sucedernos cuando intentásemos reingresar al país para terminar nuestro itinerario.
Al final, nuestro vuelo partió, demorado, sí, aunque a tiempo para permitirnos llegar al aeropuerto de Shenzen y, posteriormente, a la frontera de Hong Kong adonde ingresamos, nos mentalizamos que devolveríamos a Hong Kong aquella mala suerte que nos había acompañado desde allí (la infección de Hernán, los obstáculos para comprar nuestros pasajes, la pérdida del vuelo a Corea del Sur) y, después de tres días de distracción y de haber visto a la Chungking Mansions inauguradas tras su remodelación, nos retiramos de la ciudad para subirnos al tren que nos devolvería a Beijing.
Atrapante Beijing… no quisimos perdernos la oportunidad de volver a aquellos lugares visitados unos años antes, por ende, nos perdimos por sus, ahora, restauradísimos hutongs, atravesamos a la plaza Tian'anmen adonde desistimos de ingresar al mausoleo de Mao Tse Tung debido a la cantidad de gente, visitamos a la Ciudad Prohibida, descubrimos al parque Zhongshan, volvimos al Templo del Cielo, nos re-enamoramos del Palacio de Verano y, una y otra vez, nos sorprendimos –y fastidiamos– debido a la cantidad de grupos de turistas –chinos– que, inevitablemente, resultaron protagonistas de muchas de nuestras fotografías.
Por consiguiente, quisimos volver a Simatai, una sección alejada de la Gran Muralla, lo cual nos resultó imposible debido a obras de restauración, por tanto, nos decidimos por Mutianyu y, por suerte, no nos arrepentimos por más que nuestro arribo haya resultado una odisea: nos dirigimos a la terminal de ómnibus y aguardamos al colectivo que nos conduciría o, mejor dicho, supuestamente nos conduciría a Mutianyu, de hecho, una unidad apareció aunque su conductor no nos permitió abordarla y surgió otro persona, una señora de limpieza que sumó agresión a la situación (tironeaba a Carla para que bajase del ómnibus) lo cual violentó a Carla, se generó una situación de tensión (convengamos que nosotros ya veníamos tensionados) que siguió por unos cuantos minutos, Hernán intentaba descifrar aquello que le decían –en chino, obvio– mientras que Carla quedó atrás, llorando, colapsada por la situación (o por la sumatoria de situaciones), lo cual debe haber sensibilizado a su ángel guardián que, al parecer, le envió un representante, un chino que hablaba inglés y que nos sirvió de traductor y que supo explicarnos cómo arribar a Mutianyu: un colectivo nos acercaría a una ciudad y, desde allí, un taxi debería trasladarnos al ingreso de la Gran Muralla; al parecer resultaba simple aunque, se ve que nuestro ángel guardián supuso que no soportaríamos más desilusiones por lo que hizo que pidiéramos a otro pasajero del colectivo que nos avisase adonde debíamos descender quien, no sólo nos indicó a través de sutiles señas y, de esta forma, nos “salvó” del “club de taxistas” que obligaban a descender del colectivo a turistas sino que, además, se trató de un agradable remisero que nos ofreció sus servicios y acercó a nuestro destino después de acordar un importe más que óptimo.
Mutianyu nos alucinó: una sección restaurada de la Gran Muralla que decidimos visitar sin ayuda de sus teleféricos, donde hallamos muy pocos turistas y colores, muchos colores del otoño que nos resultaron conmovedores.
Así nos despedimos de la mágica Beijing, donde pasamos –aunque inadvertidamente– nuestro cumples mes #9 de viaje y donde resolvimos nuestra partida rumbo a Datong, destino que antecederá una muy pero muy esperada y última etapa a lo largo de nuestra vuelta por China.

Carla & Hernán