19 de noviembre de 2011

... China! (décimo quinta parte)


Ni ómnibus ni tren, esta vez, una 4x4 sería nuestro siguiente medio de transporte adonde no habría más turistas que nosotros por lo que sólo nos veríamos acompañados por nuestra guía y nuestro conductor. Aquella muchacha tibetana era simpática aunque medianamente conversadora, correcta aunque, por momentos, distraída y, otras veces, impuntual, no obstante, resultó ser quien primero arribaría a nuestro hotel. Nosotros aguardábamos en la recepción del mismo mientras bebíamos un té y nos impregnábamos del olor a hierbas incineradas que, junto al de las velas de manteca, son tan característicos del Tíbet.
Y, ni bien arribado nuestro conductor, partimos. Aún no había amanecido. Nos adentramos a una moderna autopista (la misma que conduce al aeropuerto) mientras que dejábamos atrás a Lhasa; nos desviamos de la misma y seguimos andando por rutas cuyas condiciones, igualmente óptimas a lo largo del trayecto, nos sorprendieron; y nos sumergimos en la montaña; un camino zigzagueante nos permitió arribar al primero de los pasos ubicado a 5,000 metros de altura desde donde visualizamos al lago Yamdrok, sagrado para los tibetanos (aunque no para los chinos que, según nuestra guía, utilizan para pescar), genera peregrinaciones alrededor del mismo al igual que una stupa sólo que sus dimensiones resultan, lógicamente, incomparables. Y seguimos ascendiendo y alcanzamos al siguiente de los pasos acompañado por un glaciar a 5,560 metros de altura y, como siempre, montones de banderas de oración y, a partir del mismo, iniciamos un camino descendente que atravesó una represa que dio origen a un lago de aguas turquesas y nos condujo a Gyantse, una población donde destaca un monasterio dominado por una stupa que alberga cámaras repletas de pinturas y permite vistas panorámicas.
Ya, desde arriba de nuestro vehículo, seguimos visualizando más poblaciones que, sin importar sus dimensiones, incluyen un monasterio visible a la distancia gracias a su ubicación o, quizás, a ese gigantesco e inmaculado paredón donde se despliega al thangka durante uno de sus más importantes festivales religiosos.
Al atardecer, llegamos a Shigatse aunque, antes de dirigirnos al alojamiento, visitamos al Monasterio de Tashilunpo donde se conservan las tumbas de los sucesivos Panchen Lama; su arquitectura, similar a otros monasterios, no nos impactó, no obstante, nos regaló uno de los momentos más conmovedores del día: una sala repleta de monjes (hablamos de cientos de monjes) que rezaban al unísono, sus voces repetían las enseñanzas de Buda que se oían como un estremecedor canto.
Shigatse –o al menos aquellas áreas de Shigatse que visitamos– nos gustó mucho: más allá de dos amplias y modernas avenidas donde se ubican montones de panaderías y puestos que venden papas y salchichas fritas, la ciudad resulta un sinfín de callejuelas tradicionales a través de las cuales se pasean personajes únicamente tibetanos (ni chinos ni militares).
Y la cuenta regresiva ya se había iniciado: nos quedaban pocas horas en Tíbet, por ende, abandonaríamos –formalmente– a China, un país que imprimió un capítulo importantísimo no sólo del viaje sino de nuestras vidas aunque, aún, nos resta una cita, una visita a un punto del mundo que siempre imaginamos y que ahora, como si se tratara parte de un sueño, surgirá ante nosotros.

Carla & Hernán