Ni ómnibus ni tren, esta vez, una 4x4
sería nuestro siguiente medio de transporte adonde no habría más turistas que
nosotros por lo que sólo nos veríamos acompañados por nuestra guía y nuestro
conductor. Aquella muchacha tibetana era simpática aunque medianamente
conversadora, correcta aunque, por momentos, distraída y, otras veces,
impuntual, no obstante, resultó ser quien primero arribaría a nuestro hotel.
Nosotros aguardábamos en la recepción del mismo mientras bebíamos un té y nos
impregnábamos del olor a hierbas incineradas que, junto al de las velas de
manteca, son tan característicos del Tíbet.
Y, ni bien arribado nuestro conductor,
partimos. Aún no había amanecido. Nos adentramos a una moderna autopista (la
misma que conduce al aeropuerto) mientras que dejábamos atrás a Lhasa; nos
desviamos de la misma y seguimos andando por rutas cuyas condiciones,
igualmente óptimas a lo largo del trayecto, nos sorprendieron; y nos sumergimos
en la montaña; un camino zigzagueante nos permitió arribar al primero de los
pasos ubicado a 5,000 metros de altura desde donde visualizamos al lago
Yamdrok, sagrado para los tibetanos (aunque no para los chinos que, según
nuestra guía, utilizan para pescar), genera peregrinaciones alrededor del mismo
al igual que una stupa sólo que sus dimensiones resultan, lógicamente,
incomparables. Y seguimos ascendiendo y alcanzamos al siguiente de los pasos
acompañado por un glaciar a 5,560 metros de altura y, como siempre, montones de
banderas de oración y, a partir del mismo, iniciamos un camino descendente que
atravesó una represa que dio origen a un lago de aguas turquesas y nos condujo
a Gyantse, una población donde destaca un monasterio dominado por una stupa que
alberga cámaras repletas de pinturas y permite vistas panorámicas.
Ya, desde arriba de nuestro vehículo,
seguimos visualizando más poblaciones que, sin importar sus dimensiones,
incluyen un monasterio visible a la distancia gracias a su ubicación o, quizás,
a ese gigantesco e inmaculado paredón donde se despliega al thangka durante uno
de sus más importantes festivales religiosos.
Al atardecer, llegamos a Shigatse aunque,
antes de dirigirnos al alojamiento, visitamos al Monasterio de Tashilunpo donde
se conservan las tumbas de los sucesivos Panchen Lama; su arquitectura, similar
a otros monasterios, no nos impactó, no obstante, nos regaló uno de los
momentos más conmovedores del día: una sala repleta de monjes (hablamos de
cientos de monjes) que rezaban al unísono, sus voces repetían las enseñanzas de
Buda que se oían como un estremecedor canto.
Shigatse –o al menos aquellas áreas de
Shigatse que visitamos– nos gustó mucho: más allá de dos amplias y modernas
avenidas donde se ubican montones de panaderías y puestos que venden papas y
salchichas fritas, la ciudad resulta un sinfín de callejuelas tradicionales a
través de las cuales se pasean personajes únicamente tibetanos (ni chinos ni
militares).
Y la cuenta regresiva ya se había
iniciado: nos quedaban pocas horas en Tíbet, por ende, abandonaríamos
–formalmente– a China, un país que imprimió un capítulo importantísimo no sólo
del viaje sino de nuestras vidas aunque, aún, nos resta una cita, una visita a
un punto del mundo que siempre imaginamos y que ahora, como si se tratara parte
de un sueño, surgirá ante nosotros.
Carla & Hernán