21 de noviembre de 2011

... China! (última parte)


A la noche con calefacción de Shigatse siguió otra sorpresa: un impresionante desayuno tipo “buffet” que disfrutamos como si hubiese sido el primero –de hecho se trató del primero– y el último durante nuestros meses andando por el mundo.
Así dimos inicio a otra jornada que, sabíamos, sería igualmente intensa a la anterior; retomamos la ruta desde donde seguimos visualizando –aunque cada vez más dispersas– poblaciones e, incluso, cruzamos a peregrinos que, increíblemente, avanzaban al costado del camino realizando postraciones totales; seguimos atravesando pasos de montaña, en efecto, alcanzamos al más alto ubicado a 5,248 metros de altura; y, de repente, detrás de las montañas que nos acompañaron a lo largo de ambas jornadas, surgieron otras alineadas e inmaculadamente nevadas: se trataba de la cadena de los Himalayas desde donde surgía, imperiosamente, la silueta del Monte Everest. Y seguimos andando; abandonamos al asfalto y, pocos kilómetros más adelante, ingresamos al área protegida del Qomolangma (nombre tibetano del Monte Everest); un serpenteante camino de ripio nos permitió alcanzar uno de los puntos panorámicos más majestuosos: ahí, ante nosotros, se erguían inmejorablemente (gracias al clima que no podría haber resultado más perfecto) algunos de los picos más altos del mundo tales como Makalu (8,463 msnm), Lhotse (8,516 msnm) y, por supuesto, Everest (8,844 msnm).
Y la travesía continuaba; nos seguimos acercando más y más a las montañas y, después de dos horas andando, arribamos al último destino del día, Rongbuk, un monasterio cuyo telón de fondo no podría resultar más solemne: su solo protagonista, el Monte Everest, surge al final y queda enmarcado por su propio entorno montañoso. Un poco más allá del monasterio, se encuentra un predio donde se ubican las carpas del Campo Base del Everest (EBC) aunque, debido a la proximidad del invierno, ya no quedaban ni vestigios de las mismas, mientras que, unos kilómetros más adelante, nos detuvimos en otro punto panorámico, sin lugar a dudas, el más próximo al Monte Everest.
Obnubilados, sí, así nos sentíamos, de hecho, ignoramos por completo la sugerencia de nuestra guía –quien insistió para que pernoctásemos en un pueblo a menor altura– y, después que, parcamente, Hernán le informara “we are going to sleep here”, nos hospedamos en un refugio ubicado opuestamente al monasterio, de esta forma, nos dedicamos a contemplar al Everest, visitamos al monasterio y gozamos del atardecer que, una vez más agradecidos al clima, nos resultó insuperable aunque, poco después del mismo, nos vimos tentados –por no decir obligados por el frío– a ingresar al refugio adonde no seríamos los únicos extranjeros, en efecto, nos acompañaban un –algo presumido– cineasta norteamericano, su agradable camarógrafo alemán y su equipo de once sherpas nepalíes, otro trío de turistas procedentes de alguna ciudad de China y, más tarde, se sumó un grupo de excursionistas que arribaban desde Nepal.
Y prosiguió una noche que resultó tan mágica como su antecedente día; afuera nos aguardaba una tenue imagen del Everest debido a sus nieves que simulaban iluminarse, probablemente, gracias a la luz generada por un manto de miles de estrellas inmensamente superior a cualquier otro visto durante nuestras vidas mientras que adentro nos sentimos igualmente gratificados por un agradable ambiente y una austera habitación que no poseía ningún tipo de calefacción, no obstante, no nos resultó del todo fría.
Al día siguiente, nuevamente, debimos madrugar, no sólo a causa de nuestras ganas de observar al amanecer sobre –o, mejor dicho, por detrás de– las montañas sino, además, a las intenciones de nuestra –desobedecida– guía y conductor, así, iniciamos un camino de regreso que nos recondujo al asfalto, arribamos a Tinggri, un pueblo que adoramos gracias a sus increíbles vistas a los Himalayas; la imagen de la cadena montañosa nos siguió acompañando a nuestras espaldas aunque, poco a poco, se iría perdiendo, de hecho, después del último paso de montaña, iniciamos un camino de descenso a lo largo del cual nos vimos sorprendidos por otro paisaje, sumamente verde  e, incluso, algo caluroso, y nos encontramos al río Matsang Zangpo cuyo cauce nos condujo a Zangmu, una híbrida población –ni china ni tibetana ni nepalí– que sería nuestra puerta de salida y que, extrañamente, nos recordó a Yuanyang, es decir, a la primera de las ciudades de China que visitamos ya hace casi tres meses atrás.
Así nos despedimos del Tíbet, un cierre de oro –en el doble sentido de la palabra– a nuestro paso por China, un país que acaparó tanto nuestra atención que ahora, a metros y minutos de ingresar al país #12 del itinerario, no poseemos ni idea sobre nuestros próximos pasos aunque, sabemos, nuestro siguiente “hogar” se ubicará, si o si, dentro de las fronteras de Nepal.

Carla & Hernán