A la noche con calefacción de Shigatse
siguió otra sorpresa: un impresionante desayuno tipo “buffet” que disfrutamos
como si hubiese sido el primero –de hecho se trató del primero– y el último
durante nuestros meses andando por el mundo.
Así dimos inicio a otra jornada que,
sabíamos, sería igualmente intensa a la anterior; retomamos la ruta desde donde
seguimos visualizando –aunque cada vez más dispersas– poblaciones e, incluso,
cruzamos a peregrinos que, increíblemente, avanzaban al costado del camino
realizando postraciones totales; seguimos atravesando pasos de montaña, en
efecto, alcanzamos al más alto ubicado a 5,248 metros de altura; y, de repente, detrás de
las montañas que nos acompañaron a lo largo de ambas jornadas, surgieron otras
alineadas e inmaculadamente nevadas: se trataba de la cadena de los Himalayas
desde donde surgía, imperiosamente, la silueta del Monte Everest. Y seguimos
andando; abandonamos al asfalto y, pocos kilómetros más adelante, ingresamos al
área protegida del Qomolangma (nombre tibetano del Monte Everest); un
serpenteante camino de ripio nos permitió alcanzar uno de los puntos
panorámicos más majestuosos: ahí, ante nosotros, se erguían inmejorablemente
(gracias al clima que no podría haber resultado más perfecto) algunos de los
picos más altos del mundo tales como Makalu (8,463 msnm), Lhotse (8,516 msnm) y,
por supuesto, Everest (8,844 msnm).
Y la travesía continuaba; nos seguimos
acercando más y más a las montañas y, después de dos horas andando, arribamos
al último destino del día, Rongbuk, un monasterio cuyo telón de fondo no podría
resultar más solemne: su solo protagonista, el Monte Everest, surge al final y
queda enmarcado por su propio entorno montañoso. Un poco más allá del
monasterio, se encuentra un predio donde se ubican las carpas del Campo Base
del Everest (EBC) aunque, debido a la proximidad del invierno, ya no quedaban
ni vestigios de las mismas, mientras que, unos kilómetros más adelante, nos
detuvimos en otro punto panorámico, sin lugar a dudas, el más próximo al Monte
Everest.
Obnubilados, sí, así nos sentíamos, de
hecho, ignoramos por completo la sugerencia de nuestra guía –quien insistió
para que pernoctásemos en un pueblo a menor altura– y, después que, parcamente,
Hernán le informara “we are going to sleep here”, nos hospedamos en un
refugio ubicado opuestamente al monasterio, de esta forma, nos dedicamos a
contemplar al Everest, visitamos al monasterio y gozamos del atardecer que, una
vez más agradecidos al clima, nos resultó insuperable aunque, poco después del
mismo, nos vimos tentados –por no decir obligados por el frío– a ingresar al
refugio adonde no seríamos los únicos extranjeros, en efecto, nos acompañaban
un –algo presumido– cineasta norteamericano, su agradable camarógrafo alemán y su
equipo de once sherpas nepalíes, otro trío de turistas procedentes de alguna
ciudad de China y, más tarde, se sumó un grupo de excursionistas que arribaban
desde Nepal.
Y prosiguió una noche que resultó tan
mágica como su antecedente día; afuera nos aguardaba una tenue imagen del
Everest debido a sus nieves que simulaban iluminarse, probablemente, gracias a
la luz generada por un manto de miles de estrellas inmensamente superior a
cualquier otro visto durante nuestras vidas mientras que adentro nos sentimos
igualmente gratificados por un agradable ambiente y una austera habitación que
no poseía ningún tipo de calefacción, no obstante, no nos resultó del todo
fría.
Al día siguiente, nuevamente, debimos
madrugar, no sólo a causa de nuestras ganas de observar al amanecer sobre –o,
mejor dicho, por detrás de– las montañas sino, además, a las intenciones de
nuestra –desobedecida– guía y conductor, así, iniciamos un camino de regreso
que nos recondujo al asfalto, arribamos a Tinggri, un pueblo que adoramos
gracias a sus increíbles vistas a los Himalayas; la imagen de la cadena
montañosa nos siguió acompañando a nuestras espaldas aunque, poco a poco, se
iría perdiendo, de hecho, después del último paso de montaña, iniciamos un
camino de descenso a lo largo del cual nos vimos sorprendidos por otro paisaje,
sumamente verde e, incluso, algo caluroso, y nos encontramos al río
Matsang Zangpo cuyo cauce nos condujo a Zangmu, una híbrida población –ni china
ni tibetana ni nepalí– que sería nuestra puerta de salida y que, extrañamente,
nos recordó a Yuanyang, es decir, a la primera de las ciudades de China que
visitamos ya hace casi tres meses atrás.
Así nos despedimos del Tíbet, un cierre de
oro –en el doble sentido de la palabra– a nuestro paso por China, un país que
acaparó tanto nuestra atención que ahora, a metros y minutos de ingresar al
país #12 del itinerario, no poseemos ni idea sobre nuestros próximos pasos
aunque, sabemos, nuestro siguiente “hogar” se ubicará, si o si, dentro de las
fronteras de Nepal.
Carla & Hernán
