10 de noviembre de 2011

... China! (décimo tercera parte)


La estación de trenes más grande de Asia se encuentra en Beijing y, justamente desde allí, partiría nuestro tren nocturno a Datong donde, ni bien arribados, nos sentimos sometidos por una única sensación: frío. Aún no había amanecido y, dado que Datong no posee una gran iluminación, no identificamos más que dos hoteles que no se adaptaban a nuestro presupuesto, por ende, optamos por ingresar –o, mejor dicho, infiltrarnos puesto necesitábamos un pasaje–  a la sala de espera de la estación de trenes donde, un poco más calentitos, aguardamos al amanecer.
Atípico resultó nuestro paso por Datong, primero, por su duración, de hecho, no hay turistas, prácticamente, que pasen más de una noche mientras que nosotros le dedicamos unas cuatro; asimismo nuestras actividades incluyeron mucho más que visitas y, de esta forma, nos dedicamos a descansar como a organizar nuestros próximos movimientos (lo cual implicaría asiduas conexiones a Internet, idas a la oficina de pasajes de trenes y rastreo de ATM’s); y, por último, debido a la naturaleza de la ciudad que no resulta muy agradable, no obstante, posee un casco antiguo rodeado por una gigantesca muralla –ambos sometidos a una absoluta restauración al momento de nuestra visita– que acapararon nuestra atención mientras que sus simpáticas gentes, poco acostumbradas a los turistas, nos hicieron sentir más que bienvenidos.
Ahora bien, lo realmente fascinante se encuentra a algunos kilómetros de la ciudad. Así, abordo de un minibus de CITS, abandonamos Datong, transitamos un camino de montaña salpicado por nieves y llegamos al milenario Templo Colgante cuya antigüedad, arquitectura (desde su interior se nota cómo sus pilares se mueven) y ubicación nos resultaron impresionantes. Y aún restaba más por lo que, abordo del mismo minibus, nos dirigimos a las Grutas de Yungang. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, se trata de cincuenta y un cuevas  (de las cuales se puede acceder a veinte) que datan del año 400 d.C. y albergan más de cincuenta mil imágenes de piedra de Buda cuyas dimensiones varían desde diecisiete metros a unos pocos centímetros, sin lugar a dudas, una de las muestras de arte budista más increíbles que vimos, sin igual al atardecer, que, así como tantos otros atractivos, los chinos supieron conservar o restaurar y acompañar por armoniosas instalaciones que despertaron, una y otra vez, nuestra admiración y nuestro respeto.
Y el día que tanto soñamos llegó; abandonar Datong, la última ciudad que visitaríamos de China, nos generaría nostalgia aunque, a la vez, ansiedad y muchísimas expectativas ante nuestro siguiente destino, una porción controvertida del país, un tanto inaccesible debido a su costo como a su ubicación pero que despertó siempre nuestro interés por lo que hoy, sin poder creerlo aún, iniciamos nuestro viaje rumbo a lo que será la mejor de las despedidas: nos vamos al Tíbet.

Carla & Hernán