La estación de trenes más grande de Asia
se encuentra en Beijing y, justamente desde allí, partiría nuestro tren
nocturno a Datong donde, ni bien arribados, nos sentimos sometidos por una
única sensación: frío. Aún no había amanecido y, dado que Datong no posee una
gran iluminación, no identificamos más que dos hoteles que no se adaptaban a
nuestro presupuesto, por ende, optamos por ingresar –o, mejor dicho,
infiltrarnos puesto necesitábamos un pasaje– a la sala de espera de la
estación de trenes donde, un poco más calentitos, aguardamos al amanecer.
Atípico resultó nuestro paso por Datong,
primero, por su duración, de hecho, no hay turistas, prácticamente, que pasen
más de una noche mientras que nosotros le dedicamos unas cuatro; asimismo
nuestras actividades incluyeron mucho más que visitas y, de esta forma, nos
dedicamos a descansar como a organizar nuestros próximos movimientos (lo cual
implicaría asiduas conexiones a Internet, idas a la oficina de pasajes de
trenes y rastreo de ATM’s); y, por último, debido a la naturaleza de la ciudad
que no resulta muy agradable, no obstante, posee un casco antiguo rodeado por
una gigantesca muralla –ambos sometidos a una absoluta restauración al momento
de nuestra visita– que acapararon nuestra atención mientras que sus simpáticas
gentes, poco acostumbradas a los turistas, nos hicieron sentir más que
bienvenidos.
Ahora bien, lo realmente fascinante se
encuentra a algunos kilómetros de la ciudad. Así, abordo de un minibus de CITS,
abandonamos Datong, transitamos un camino de montaña salpicado por nieves y
llegamos al milenario Templo Colgante cuya antigüedad, arquitectura (desde su
interior se nota cómo sus pilares se mueven) y ubicación nos resultaron
impresionantes. Y aún restaba más por lo que, abordo del mismo minibus, nos
dirigimos a las Grutas de Yungang. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por
UNESCO, se trata de cincuenta y un cuevas (de las cuales se puede acceder
a veinte) que datan del año 400 d.C. y albergan más de cincuenta mil imágenes
de piedra de Buda cuyas dimensiones varían desde diecisiete metros a unos pocos
centímetros, sin lugar a dudas, una de las muestras de arte budista más
increíbles que vimos, sin igual al atardecer, que, así como tantos otros
atractivos, los chinos supieron conservar o restaurar y acompañar por
armoniosas instalaciones que despertaron, una y otra vez, nuestra admiración y
nuestro respeto.
Y el día que tanto soñamos llegó;
abandonar Datong, la última ciudad que visitaríamos de China, nos generaría
nostalgia aunque, a la vez, ansiedad y muchísimas expectativas ante nuestro
siguiente destino, una porción controvertida del país, un tanto inaccesible
debido a su costo como a su ubicación pero que despertó siempre nuestro interés
por lo que hoy, sin poder creerlo aún, iniciamos nuestro viaje rumbo a lo que
será la mejor de las despedidas: nos vamos al Tíbet.
Carla & Hernán
