Dos trenes nos trasladarían por más de
3,600 kilómetros desde Datong a Lhasa, la capital de la Región Autónoma del
Tíbet. Así abordamos al primero de los servicios y después de veintidós horas
de viaje acompañadas por paisajes montañosos y otras curiosidades como
“casas-cueva”, llegamos a Lanzhou donde, debido al cansancio que acumulábamos
como a la proximidad de la noche, nos limitamos a hallar un alojamiento
inmediato a la estación de trenes y un supermercado donde abastecernos de
víveres ya que aún nos restarían transitar unos 2,200 kilómetros por lo que, al
día siguiente, nos subimos al último de los trenes que cogeríamos en China: más
moderno que otros, poseía un sistema de calefacción y oxigenación debido a la
altura que alcanzaríamos (por lo que también debimos aceptar una especie de
declaración donde se detallaban los riesgos inherentes a la altura); el
paisaje, por su parte, nos resultó progresivamente más alucinante a medida que
las horas transcurrían: más desierto, menos árido y más alto, mucho más alto
(superamos 5,000 metros de altura); mientras que nuestros compañeros de vagón
serían muy agradables, principalmente, uno curioso que se acercó a Hernán y
otro, un joven miembro de la Escuela Militar, que resultaba trasladado a Lhasa
y constituiría, digamos, una óptima introducción al Tíbet.
1949. La República Popular de China usurpó
la región del Tíbet; su Revolución Cultural generó muertes y muchas pérdidas
(se destruyeron escrituras, imágenes y templos); Dalai Lama (máximo representante
político y religioso del Tíbet), al igual que otros tibetanos, se exiliaron; la
declarada Región Autónoma del Tíbet quedó sometida a su control, no obstante,
después de sesenta y dos años, su gobierno sigue siendo inaceptado –incluso
internacionalmente– por lo que se mantiene “alerta” y atiborra de militares a
la región.
Así, ni bien arribados a la moderna
estación de trenes, un soldado nos “invitó” a abandonarla rápidamente y nos
dirigimos a su ingreso. Los 3,700 metros de altura de Lhasa no nos habían
afectado y su adorable temperatura nos animó a aguardar despreocupadamente que
nos recogieran (quienquiera visitar al Tíbet, debe tramitar un permiso para
ingresar a Lhasa y otro para transitar más allá de la ciudad y, asimismo,
poseer un itinerario organizado por una agencia de viajes que incluya un guía
de turismo) y, al cabo de algunos minutos, apareció nuestra guía, una idónea
joven quien habría compartido una indiscutible conexión con Carla, junto al
reservado y más que experimentado conductor, ambos tibetanos, quienes nos
dieron una bienvenida tibetana (nos regalaron un khata –un pañuelo blanco–) y nos transportaron a nuestro
alojamiento ubicado dentro del área tibetana (se identifican áreas chinas y
tibetanas gracias al gobierno de China que ha fomentado la migración al Tíbet,
de hecho, se presume que, próximamente, la cantidad de migrantes supere a la
población tibetana de Lhasa) que nos resultó adorable: austero aunque animado
gracias a sus diseños pintados, acogedor por más que no tuviera ningún tipo de
sistema de calefacción, regenteado por un grupo de simpáticas tibetanas que,
siempre y cuando nuestro arribo no interrumpiera su momento de baile frente al
televisor, nos servían té de manteca y nos suministraban un termo gigante que,
mágicamente, mantenía al agua caliente a lo largo de toda la gélida noche.
Y, poco a poco, descubrimos Lhasa;
caminamos a lo largo de la maraña de callejuelas que rodeaban nuestro
alojamiento y, posteriormente, nos dedicamos a los grandes íconos de la ciudad;
visitamos Norbulingka, el palacio de verano del Dalai Lama, un área que alberga
jardines, residencias y templos igualmente austeros aunque místicos; y,
posteriormente, alcanzamos a la máxima representación de la ciudad, al Potala,
residencia de invierno del Dalai Lama y sede de su gobierno, cuya ubicación
junto a la única vía de acceso que poseía antiguamente Lhasa, otorga un aspecto
imponente; no hubo un día que no quedásemos anonadamos ante su imagen que,
afortunadamente, se encontraba renovada –recién pintada– al momento de nuestra
visita; asimismo ingresamos al recinto que alberga documentos e imágenes de
Buda, una muestra de transportes del Dalai Lama que incluye a la bicicleta para
niños que aparece en la película “Siete Años en el Tíbet”, salas y tumbas de
oro y piedras preciosas donados por la población donde reposan restos de Dalai
Lamas que, excepcionalmente, se salvaron de los daños de la Revolución
Cultural; nos sentimos inundados por su mística.
Y aún no habíamos llegado al lugar más
impresionante de la ciudad, el templo Jokhang, que alberga reliquias religiosas
que hacen del mismo al lugar más importante para los tibetanos, de hecho, son
los tibetanos quienes otorgan magia a Lhasa: manos que siempre sostienen
rosarios o ruedas de oración, ríos de peregrinos que, diariamente, giran
alrededor de íconos religiosos, ante los cuales presentan sus ofrendas
–banderas de oración, hierbas que incineran o velas– y realizan medias
postraciones o postraciones totales –de tres a mil por día–; los tibetanos son
generosos y nunca niegan una limosna (incluso, anecdóticamente, hemos visto
como un mendigo donaba a otro más necesitado).
Al frente del templo Jokhang se ubica la
plaza Barkor, dominada por militares que registran a cada adolescente o monje
que pretende atravesarla ya que son, supuestamente, los promotores de las
protestas aunque también pueden registrar las cámaras fotográficas de turistas,
como le sucedió a Hernán, no sabemos, si por portación de barba y pelos largos
o por simple vanidad del agente de policía quien creyera que había sido
fotografiado (a nuestro poco interés se sumó nuestra guía que, una y otra vez,
nos pidió que nos abstuviéramos) mientras que, alrededor de la plaza Barkor, se
extiende un mercado que destaca por su diversidad: alimentos –carnes, vegetales
y productos secos–, aplicaciones de oro para dientes, artículos religiosos
–desde rosarios a manteca que se utiliza para velas– y piedras.
Y visitamos al Monasterio de Sera que se
distingue debido a sus daños después de la Revolución Cultural, sus dimensiones
(albergaba alrededor de 6,000 monjes antes de 1949 aunque ahora se limiten a
algo más de 500 por restricción del gobierno de China) y su situación rodeada
de montañas. Y lo más curioso, un patio de debates, un lugar donde los monjes
discuten –aunque poco convencionalmente– las enseñanzas de Buda.
Ya nos disponíamos a partir rumbo al lago
Namtso cuando nos vimos sorprendidos por una nevada que generaría una
cancelación de su visita y, consecuentemente, una extensión a nuestros días
paseando por Lhasa, de esta forma, volvimos a cada uno de los íconos ya
visitados, nos perdimos por otras partes de la ciudad antigua, topamos una
serie de peregrinos que ingresaban a una casa donde, descubriríamos, se hallaba
un templo a cuya imagen se ofrendaban una serie de licores, reconocimos un área
musulmana, ingresamos al bar de té donde montones de tibetanos jugaban a los
dados a los golpes, nos seguimos deleitando con la gastronomía tibetana (carne
de yak, momos, papas asadas y thukpas) y nos alejamos a los márgenes de la
ciudad y caminamos a lo largo del río Kyichu.
Sabemos que Lhasa no pasará inadvertida:
desde nuestro arribo que quisimos acompañar con aquel vino que nos debíamos a
nuestra nostálgica partida, nos vimos una y otra vez sacudidos ante las
imágenes que sucedían ante nosotros y que nos demostraron que, ni la Revolución
Cultural ni las restricciones impuestas por el gobierno de China supusieron la
pérdida de la identidad de los tibetanos.
Y aún queda más del Tíbet: nuestras
siguientes paradas serán a lo largo del cordón montañoso más alto del planeta.
Carla & Hernán