5 de noviembre de 2011

... China! (décimo segunda parte)


La estadía en Beijing estuvo dividida, no sólo porque a mitad de la misma tuvimos que irnos de China para no sobrepasar la estancia permitida por nuestra visa sino porque, además, pasamos por momentos de aciertos y grandes desaciertos que nos generaron un sinfín de sensaciones que intentaremos ordenar a lo largo del relato.
La joven que nos atendió en la oficina de turismo de Suzhou no hablaba inglés aunque sí utilizaba un traductor online, por tanto, nos resultó más que específica: a un par de cuadras del hotel debíamos subirnos al colectivo 811 y, después de veintitrés paradas, nos encontraríamos en la estación norte de trenes de Suzhou. El tren? Impecable! Bah… qué podríamos decir si demoró apenas seis horas para trasladarnos por más de 1,200 kilómetros?
Ahora bien, la prioridad en Beijing sería, primeramente, definir nuestra salida de China. Mongolia había sido descartado después del retraso de Guangzhou, por tanto, Corea del Sur había pasado a ser la alternativa más preponderante por lo que, una vez arribados a Beijing, intentaríamos subirnos a otro tren que nos condujera a la ciudad de Tianjin desde donde accederíamos al puerto de salida de los barcos a Corea del Sur donde, supuestamente, debíamos comprar nuestros pasajes. Así sucedió sólo que no nos resultó necesario conectar en Beijing ya que, una vez abordo del ultra-rápido, descubrimos que Tianjin sería parte de su recorrido por lo que descendimos del mismo al arribar a su estación y, rápidamente, resolvimos un traslado en auto (una especie de remise sin licencia) a la ciudad de TangGu desde donde un taxi nos acercó al puerto donde no nos aguardaba ninguna bienvenida, en efecto, se negaron a vendernos los pasajes de barco a Corea del Sur, alegando que sólo aceptaban a chinos o coreanos y, como respuesta a nuestra insistencia, que no tenían disponibilidad, de esta forma, nuestro plan A quedaba descartado por lo que nos dirigimos a la terminal de trenes de TangGu desde donde abordamos al tren que, definitivamente, nos dejaría en Beijing.
Llegar a Beijing nos resultó emocionante e, incluso, nos alejó del malhumor que nos había generado nuestro fracaso en TangGu. Desde la estación sur de trenes de Beijing, nos subimos a línea #4 de la red de subtes de la ciudad que, descubrimos, se había ampliado impresionantemente (una línea circular y otra recta había en 2007 mientras que, ahora, aquella recta se encontraba extendida y, encima, unas diez líneas más se incorporaron al sistema de subtes) y, sin ayuda de mapas sino, simplemente, valiéndonos de nuestros recuerdos, llegamos al hotel adonde nos habíamos hospedado cinco años atrás y donde quisimos volver a hospedarnos por más que implicara desembolsar más yuanes de lo debido.
Las ganas de pasear por Beijing resultaron subyugadas por la necesidad de resolver nuestra salida y reingreso a China. Así, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la oficina de asuntos migratorios (PSB) donde solicitamos una extensión de la vigente estadía aunque, debido a la cantidad de requisitos, descartamos aquella posibilidad y aceptamos que, sí o sí, un aéreo debía llevarnos a otro país y devolvernos a China para utilizar nuestra tercera y última entrada permitida por nuestro visado, de esta forma, dedicamos un segundo día a analizar opciones de vuelos, no nos vencimos y seguimos insistiendo hasta que hallamos uno a Corea del Sur que se adaptaba magníficamente a nuestro presupuesto aunque presentaba dos complicaciones, por un lado, sin querer habíamos ingresado a la web de Air China como “chinos”, por ende, debíamos poseer una tarjeta de crédito de algún banco de China para abonarlo online y, por otro lado, la reserva duraba treinta minutos, por lo que, al día siguiente, amanecimos muy tempranito y, mientras Carla se quedó en el hotel a cargo de la renovación de la reserva, Hernán se dirigió a las oficinas de la línea aérea donde, al principio, se negaron aunque, después que Hernán mostrara sus dientes –y, de alguna forma, se vengara de todos aquellos dientes que viera a lo largo de su historia como empleado de línea aérea–, una supervisora aceptó ingresar su tarjeta de crédito y nuestro pago en efectivo.
Ay, qué alegría nos generó poseer nuestros pasajes aéreos a Corea del Sur aunque, lamentablemente, qué poco nos duró, de hecho, dos días después atravesamos un momento angustiante, sin lugar a dudas, el más angustiante desde que iniciamos nuestro viaje; una equivocación difícil de aceptar si consideramos nuestros curriculum vitae seguida por una serie de inoportunas decisiones hicieron que, por más esfuerzo que realizara nuestro taxista para arribar a tiempo al aeropuerto, perdiéramos nuestro vuelo a Corea del Sur y, por ende, nos viéramos obligados a comprar dos nuevos pasajes adonde sea; ya no nos importaba el destino sino, simplemente, un aéreo lo más económico posible que nos permitiera salir de China antes que nuestras visas expiraran, optando por uno a Shenzen, sí, volveríamos a Hong Kong al día siguiente, de esta forma, pasamos aquella noche en el aeropuerto de Beijing y, al despertarnos a la mañana siguiente, la mañana del vuelo a Shenzen, nos aguardaba otra sorpresa: absolutamente todos los vuelos se hallaban demorados debido a una niebla un tanto más espesa que aquélla que, habitualmente, tiñe todas las fotos de Beijing, lo cual nos generó más angustias: “qué pasaría si, aquel día, no llegábamos a Hong Kong?”. A la salida, suponemos, no nos generaría mayores inconvenientes más que desembolsar algún que otro yuan a modo de penalidad pero ignorábamos que podía sucedernos cuando intentásemos reingresar al país para terminar nuestro itinerario.
Al final, nuestro vuelo partió, demorado, sí, aunque a tiempo para permitirnos llegar al aeropuerto de Shenzen y, posteriormente, a la frontera de Hong Kong adonde ingresamos, nos mentalizamos que devolveríamos a Hong Kong aquella mala suerte que nos había acompañado desde allí (la infección de Hernán, los obstáculos para comprar nuestros pasajes, la pérdida del vuelo a Corea del Sur) y, después de tres días de distracción y de haber visto a la Chungking Mansions inauguradas tras su remodelación, nos retiramos de la ciudad para subirnos al tren que nos devolvería a Beijing.
Atrapante Beijing… no quisimos perdernos la oportunidad de volver a aquellos lugares visitados unos años antes, por ende, nos perdimos por sus, ahora, restauradísimos hutongs, atravesamos a la plaza Tian'anmen adonde desistimos de ingresar al mausoleo de Mao Tse Tung debido a la cantidad de gente, visitamos a la Ciudad Prohibida, descubrimos al parque Zhongshan, volvimos al Templo del Cielo, nos re-enamoramos del Palacio de Verano y, una y otra vez, nos sorprendimos –y fastidiamos– debido a la cantidad de grupos de turistas –chinos– que, inevitablemente, resultaron protagonistas de muchas de nuestras fotografías.
Por consiguiente, quisimos volver a Simatai, una sección alejada de la Gran Muralla, lo cual nos resultó imposible debido a obras de restauración, por tanto, nos decidimos por Mutianyu y, por suerte, no nos arrepentimos por más que nuestro arribo haya resultado una odisea: nos dirigimos a la terminal de ómnibus y aguardamos al colectivo que nos conduciría o, mejor dicho, supuestamente nos conduciría a Mutianyu, de hecho, una unidad apareció aunque su conductor no nos permitió abordarla y surgió otro persona, una señora de limpieza que sumó agresión a la situación (tironeaba a Carla para que bajase del ómnibus) lo cual violentó a Carla, se generó una situación de tensión (convengamos que nosotros ya veníamos tensionados) que siguió por unos cuantos minutos, Hernán intentaba descifrar aquello que le decían –en chino, obvio– mientras que Carla quedó atrás, llorando, colapsada por la situación (o por la sumatoria de situaciones), lo cual debe haber sensibilizado a su ángel guardián que, al parecer, le envió un representante, un chino que hablaba inglés y que nos sirvió de traductor y que supo explicarnos cómo arribar a Mutianyu: un colectivo nos acercaría a una ciudad y, desde allí, un taxi debería trasladarnos al ingreso de la Gran Muralla; al parecer resultaba simple aunque, se ve que nuestro ángel guardián supuso que no soportaríamos más desilusiones por lo que hizo que pidiéramos a otro pasajero del colectivo que nos avisase adonde debíamos descender quien, no sólo nos indicó a través de sutiles señas y, de esta forma, nos “salvó” del “club de taxistas” que obligaban a descender del colectivo a turistas sino que, además, se trató de un agradable remisero que nos ofreció sus servicios y acercó a nuestro destino después de acordar un importe más que óptimo.
Mutianyu nos alucinó: una sección restaurada de la Gran Muralla que decidimos visitar sin ayuda de sus teleféricos, donde hallamos muy pocos turistas y colores, muchos colores del otoño que nos resultaron conmovedores.
Así nos despedimos de la mágica Beijing, donde pasamos –aunque inadvertidamente– nuestro cumples mes #9 de viaje y donde resolvimos nuestra partida rumbo a Datong, destino que antecederá una muy pero muy esperada y última etapa a lo largo de nuestra vuelta por China.

Carla & Hernán