Y hubo un día en
el que pisamos tres continentes: utilizando a las inesperadas millas de la
cuenta de Star Alliance de Carla, salimos de Asia a través del aeropuerto de
Omán, aterrizamos en Istanbul (Turquía) aunque, al rato, le dijimos “nos vemos”
a Europa pues nos subimos al vuelo de Egypt Air rumbo al norte de África y de
Egipto, vimos desde arriba al desierto, a la silueta del Nilo y, por último, a
la a la capital del país, Cairo.
Allí
descendimos, pagamos nuestras visas y, mientras aguardábamos a los equipajes, advertimos
que nuestro arribo sería de los más inoportunos (o, quizás, oportunos?) ya que,
al mismo tiempo, se anunciaban los resultados de la últimas elecciones
presidenciales: la victoria del candidato por los Hermanos Musulmanes, Mohamed
Morsi, supuso la conclusión de la era “Mubarak”; un eje en la historia del país
que avivó amargura a unos y optimismo a otros que, poco a poco, se movilizaban
a Midan Tahrir, ni más ni menos, nuestro propósito ya que, a pocos metros de
allí, se ubican montones de alojamientos; así que quisimos ser más rápidos que
los egipcios y, gracias a la ayuda de uno que volvía de Estados Unidos –y que,
a propósito, no se veía muy alegre–, nos subimos al ómnibus que, impecablemente,
nos situó en el corazón de la plaza, atrayendo a la atención del insistente “cazacomisiones”
que nos siguió y, al final, nos ayudó a resolver adonde íbamos a quedarnos, un
alojamiento a cargo de atentos jóvenes que, sí o sí, querían agradarnos: aceptaron
uno y otro cambio de habitación solicitado por nosotros (debido a la ducha,
primero, y al aire acondicionado, después); nos prepararon unos desayunos que,
aunque más que simples, los enorgullecían; y nos preguntaron (o, mejor dicho,
nos indagaron) adonde nos dirigíamos, día tras día.
Al igual que
otras grandes capitales, nos serviría –Cairo– para organizarnos: así, nos
subimos al subte que nos acercó a la última, teóricamente, de las embajadas
adonde gestionaríamos una visa como turistas, asimismo, a la agencia de viajes
adonde obtuvimos (no se pregunta cómo) unas nuevas ISIC (tarjetas de
estudiantes); mientras, seguíamos absorbiendo al agradable quilombo de Cairo,
una urbe sumamente ruidosa a partir de los altavoces de las mezquitas, el caos
del tráfico –y no sólo de automóviles– y los gritos de los egipcios que,
además, viven peleando.
Además de Midan
Talaat Harb y su mayor atractivo, Kazaz y sus hawawshi (similar a las empanadas), shawarmas y sopas, atravesamos
a la –atestada de gente– Midan Tahrir y visitamos al Museo de Egipto,
sobrepasado de restos a veces ausentes de explicaciones aunque,
indiscutiblemente, un “must see” en Cairo: imágenes, tumbas y, quizás, lo más
atrapante, la sala que alberga a los tesoros de la tumba de Tutankhamun
(incluyendo a la máscara, probablemente, más conocida del mundo); siguiendo
nuestros quehaceres como viajeros, nos alejamos de la zonas más turísticas y
nos acercamos a Ramses Station (estación de trenes) y Turgoman Garage (estación
de ómnibus) a la vez que seguíamos impregnándonos de Cairo aunque, más aún, al
momento de visitar al área islámica: su mercado afuera de las murallas y, al
otro lado de las mismas, sus adoquinadas vías, sus atractivos negocios y, por
supuesto, sus mezquitas (a una de las cuales accedimos y ascendimos a sus
minaretes).
Otra vez nos
servimos del subte y llegamos a Giza; siguiendo al egipcio que quiso guiarnos,
nos subimos al ómnibus y al minibus, sorteamos a los camelleros y, al final,
nos vimos a punto de ingresar al complejo que alberga a la única sobreviviente
de las antiguas siete maravillas del mundo; a un lado, Giza, al otro lado, las
arenas del desierto, y, ante nosotros, la Gran Esfinge y las pirámides de
Keops, Kefrén y Micerino… una de las postales más vistas del mundo, apasionante
e inigualable, innegablemente, inolvidable. A una de las pirámides situadas
alrededor de la de Keops ingresamos –y aprendimos acerca del negocio de los
vigilantes de las ruinas– aunque, más que ésta, nos sentimos agradados a partir
de la experiencia de acercarnos a pie a uno y otro monumento, agasajados
gracias a la aguantable temperatura y a la ausencia de turistas, nos retiramos
al atardecer.
Ahora,
acotándonos a nuestras visas, nos iremos –antes de lo querido– de Cairo,
seguiremos al eje del Nilo y llegaremos a Aswan desde donde accederemos al punto
más austral de Egipto, al más que recomendado, Abu Simbel.
Carla & Hernán
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