29 de junio de 2012

... Egipto! (primera parte)


Y hubo un día en el que pisamos tres continentes: utilizando a las inesperadas millas de la cuenta de Star Alliance de Carla, salimos de Asia a través del aeropuerto de Omán, aterrizamos en Istanbul (Turquía) aunque, al rato, le dijimos “nos vemos” a Europa pues nos subimos al vuelo de Egypt Air rumbo al norte de África y de Egipto, vimos desde arriba al desierto, a la silueta del Nilo y, por último, a la a la capital del país, Cairo.
Allí descendimos, pagamos nuestras visas y, mientras aguardábamos a los equipajes, advertimos que nuestro arribo sería de los más inoportunos (o, quizás, oportunos?) ya que, al mismo tiempo, se anunciaban los resultados de la últimas elecciones presidenciales: la victoria del candidato por los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, supuso la conclusión de la era “Mubarak”; un eje en la historia del país que avivó amargura a unos y optimismo a otros que, poco a poco, se movilizaban a Midan Tahrir, ni más ni menos, nuestro propósito ya que, a pocos metros de allí, se ubican montones de alojamientos; así que quisimos ser más rápidos que los egipcios y, gracias a la ayuda de uno que volvía de Estados Unidos –y que, a propósito, no se veía muy alegre–, nos subimos al ómnibus que, impecablemente, nos situó en el corazón de la plaza, atrayendo a la atención del insistente “cazacomisiones” que nos siguió y, al final, nos ayudó a resolver adonde íbamos a quedarnos, un alojamiento a cargo de atentos jóvenes que, sí o sí, querían agradarnos: aceptaron uno y otro cambio de habitación solicitado por nosotros (debido a la ducha, primero, y al aire acondicionado, después); nos prepararon unos desayunos que, aunque más que simples, los enorgullecían; y nos preguntaron (o, mejor dicho, nos indagaron) adonde nos dirigíamos, día tras día.
Al igual que otras grandes capitales, nos serviría –Cairo– para organizarnos: así, nos subimos al subte que nos acercó a la última, teóricamente, de las embajadas adonde gestionaríamos una visa como turistas, asimismo, a la agencia de viajes adonde obtuvimos (no se pregunta cómo) unas nuevas ISIC (tarjetas de estudiantes); mientras, seguíamos absorbiendo al agradable quilombo de Cairo, una urbe sumamente ruidosa a partir de los altavoces de las mezquitas, el caos del tráfico –y no sólo de automóviles– y los gritos de los egipcios que, además, viven peleando.
Además de Midan Talaat Harb y su mayor atractivo, Kazaz y sus hawawshi (similar a las empanadas), shawarmas y sopas, atravesamos a la –atestada de gente– Midan Tahrir y visitamos al Museo de Egipto, sobrepasado de restos a veces ausentes de explicaciones aunque, indiscutiblemente, un “must see” en Cairo: imágenes, tumbas y, quizás, lo más atrapante, la sala que alberga a los tesoros de la tumba de Tutankhamun (incluyendo a la máscara, probablemente, más conocida del mundo); siguiendo nuestros quehaceres como viajeros, nos alejamos de la zonas más turísticas y nos acercamos a Ramses Station (estación de trenes) y Turgoman Garage (estación de ómnibus) a la vez que seguíamos impregnándonos de Cairo aunque, más aún, al momento de visitar al área islámica: su mercado afuera de las murallas y, al otro lado de las mismas, sus adoquinadas vías, sus atractivos negocios y, por supuesto, sus mezquitas (a una de las cuales accedimos y ascendimos a sus minaretes).
Otra vez nos servimos del subte y llegamos a Giza; siguiendo al egipcio que quiso guiarnos, nos subimos al ómnibus y al minibus, sorteamos a los camelleros y, al final, nos vimos a punto de ingresar al complejo que alberga a la única sobreviviente de las antiguas siete maravillas del mundo; a un lado, Giza, al otro lado, las arenas del desierto, y, ante nosotros, la Gran Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino… una de las postales más vistas del mundo, apasionante e inigualable, innegablemente, inolvidable. A una de las pirámides situadas alrededor de la de Keops ingresamos –y aprendimos acerca del negocio de los vigilantes de las ruinas– aunque, más que ésta, nos sentimos agradados a partir de la experiencia de acercarnos a pie a uno y otro monumento, agasajados gracias a la aguantable temperatura y a la ausencia de turistas, nos retiramos al atardecer.
Ahora, acotándonos a nuestras visas, nos iremos –antes de lo querido– de Cairo, seguiremos al eje del Nilo y llegaremos a Aswan desde donde accederemos al punto más austral de Egipto, al más que recomendado, Abu Simbel.

Carla & Hernán          

24 de junio de 2012

... Omán! (última parte)


Sabíamos a qué nos atendríamos a lo largo de los siguientes días, por tanto, abonamos un check-out más tarde del hotel en Salalah y, al atardecer, nos subimos al ómnibus que nos volvería a Muscat, siendo las primeras cinco horas de viaje más que entretenidas gracias al soldado, un veinteañero al cual le gustaba hablar y de lo más variado: desde las costumbres del país, al fútbol –y del más argentino– y el paisaje del camino –ya que, incluso, nos señaló un pozo de petróleo situado a pleno desierto–.
Una vez en Ruwi y, probablemente, a causa de la ausencia de turistas por Omán, nos vimos reconocidos por los empleados de la estación de ómnibus, a quienes les solicitamos ayuda: quisimos dejarles nuestras mochilas (a lo cual accedieron, a propósito, indicándonos que las ubicáramos junto a la caja –abierta y abundante de riales– de la oficina de ventas –adonde no se veía ni una persona–) mientras, nosotros, andábamos a las oficinas de Europcar ubicadas en Radisson Blu Hotel porque, sí, resolvimos que alquilaríamos un automóvil.
Sin vergüenza, nos instalamos en la recepción del hotel (léase: un despliegue de cables a cargo de Carla y una siesta simulada –o supuestamente simulada– a partir de un libro a cargo de Hernán), aguardando al momento del pick-up del automóvil que nos tocó; así, abordo del Renault Logan volvimos a Ruwi, subimos a las mochilas al auto y arrancamos rumbo a Al-Dakhiliyah, supuestamente, una de las regiones más agradables de Omán, montañosa y repleta de wadi’s (oasis que no se asemejan a los del imaginario sino que vimos más como valles en el desierto).
Andados 175 kilómetros a través del impecable camino que se volvía, gradualmente, más atractivo y apaciguando a la temperatura a partir del uso –aunque no abuso– del aire acondicionado, arribamos a Nizwa y, casi casi, que nos enamora: una ruina viviente pues, aquí, su antigua arquitectura –mágicamente restaurada o no– se ubica junto a la moderna que, a su vez, inspira aires a antiguo; una urbe pequeña del color de la arena, sometida a la majestuosa presencia del fuerte y del zoco que visitamos a la tarde y, ante una lógica ausencia de actividad, nuevamente, al atardecer mientras que al anochecer, nos regalamos otro shawarma y nos aprestamos a la búsqueda del siguiente alojamiento, simplemente, un estacionamiento adonde no nos sintiéramos observados pues íbamos a dormir en el automóvil.
Así, incómodos a partir de la insoportable temperatura y algunos inoportunos mosquitos, amanecimos; nos servimos –por tercera vez– del baño de la misma estación de servicio; desayunamos; siendo jueves, regresamos al zoco de Nizwa para ver al vivo mercado de cabritos que nos acercó a los igualmente simpáticos animales y omaníes; y volvimos a la ruta ya que nuestro siguiente objetivo sería Bahla, una localidad similar a Nizwa aunque más conservadora aún y, posteriormente, Jabreen y su castillo que apreciamos desde afuera, soberbiamente desde abajo, armoniosamente desde adentro y “verdemente” desde arriba gracias a las plantaciones de palmeras de dátiles de los alrededores.
Y seguimos andando: quisimos acercarnos a la más alta de las montañas de Omán, Jebel Shams, aunque no nos sentimos soportados… ni por la ruta de ripio ni, consecuentemente, por el seguro del automóvil, ni por lo que nos restaba de combustible, ni siquiera, por los omaníes que nos sugerían que volviéramos a la ruta por lo que, siguiendo sus consejos, retomamos a la misma, atravesamos a las poblaciones de Ibri y Rustaq, nos perdimos y, gracias al omaní que nos guió desde su automóvil, arribamos antes del atardecer a Sawadi, supuestamente, una de las más atractivas playas de Omán… y no dudamos que lo sea para los omaníes porque, a nosotros, no nos atrajo por lo que, al final, sintiéndonos ya un poco ansiosos, nos acercamos más a Muscat y elegimos, esta vez, al estacionamiento del McDonalds como alojamiento aunque, a partir de la abominable temperatura, pasamos más tiempo adentro del local de hamburguesas, jugando a “hundir a los barcos del enemigo” entre cafés y, por ende, atrayendo a la atención de los jóvenes que veían a dos extranjeros diseñando cuadrículas, apaciblemente, a mitad de la madrugada en las afueras de Muscat.
E iniciamos a la recta final: ingresamos a la ciudad, nos dirigimos al mismo hotel, otra vez, reservado por Internet adonde situamos a nuestras mochilas que, por suerte, ni cargamos a lo largo de los últimos días, volvimos al Radisson Blu Hotel, nos despedimos de nuestra “casa rodante” y nos subimos al taxi compartido que nos volvió al hotel en Ruwi, adonde nos internamos para aspirar aire acondicionado y zambullirnos al más perfecto de los edredones… queríamos ganar más energías (y de las físicas porque nuestras mentes se veían relajadas después de la vuelta en auto) pues, al día siguiente, abandonaríamos a la península de Arabia y volaríamos a África para ver, seguramente, un único país… un país que remite a los más primarios deseos de viaje de Carla, que aviva su alegría… una alegría que, antes o después, propagará a Hernán… ya vamos en camino, Egipto!

Carla & Hernán          

19 de junio de 2012

... Omán! (segunda parte)


Sincerándonos: incluimos a Salalah al itinerario, primeramente, porque aquellos mil kilómetros que nos separaban serían sorteados abordo del accesible (gracias, probablemente, al precio del petróleo) servicio nocturno de ómnibus, por ende, aliviaríamos al ajustado presupuesto en Omán, por supuesto, al ahorrarnos una noche de alojamiento (o dos noches porque, incluso, supusimos a la del regreso). Así, nos subimos al servicio –sumamente masculino– de las siete de la tarde aunque, debido a la rotura del aire acondicionado y, lógicamente, a la presencia de Carla, ultimamos al trayecto abordo del siguiente servicio reservado para mujeres y sus posibles acompañantes… o sea, sus niños o sus maridos.
Atravesamos al desierto llamado “Empty Quarter”, una extensión de la región de Arabia Saudita y, al amanecer, nos adentramos a las tierras de Dhofar; arribados a Salalah, nos servimos de la –aún agradable– temperatura y nos dirigimos a pie al alojamiento, otra vez, reservado a través de Internet adonde, simplemente, no nos aguardaban: no poseían registro alguno de nuestra reserva y, sin disponibilidad, ni siquiera una alternativa a la misma aunque no nos quejamos porque, antes de lo pensado, nos acompañaron a otra versión del mismo alojamiento ubicado a metros del primero adonde nos otorgaron un tres ambientes al mismo precio del monoambiente reservado por Internet por lo que seguimos, ininterrumpidamente, aprovechando al ritmo de lo casero.
A ver… qué sabíamos de Salalah? Que se ubicaba a pocos kilómetros de la frontera del –abolido del itinerario– Yemen y, a su vez, a orillas del golfo de Arabia, que agrupaba a las implicancias de la región y, más aún, arribando junto al khareef (época de lluvias): más humedad, por ende, más vegetación y –apenas un poco– menos de temperatura. O sea que, supusimos, el paisaje de Salalah nos agradaría aunque, no, esta vez, no acertamos al pronóstico: insulsa Salalah de áreas de plantaciones no más que regulares; algunas ruinas o, más precisamente, las ruinas del puerto de Al Baleed, que aparentemente son agradables, al menos, a través de las rejas; zocos menos atractivos que los de Muscat (a excepción de los negocios de inciensos que siguen a la tradición, pues, sería Salalah una de las puntas de la antigua Ruta del Incienso); indeseables playas de agitadas aguas grises y una costanera acorde al resto del paisaje, no obstante, nos acercó a lo más lindo de la ciudad, su gente, porque, al atardecer, montones de varones (y de los más excéntricos ya que, a partir de la historia y de la ubicación en el globo, una importante presencia de inmigración de África “tiñe” a las calles de Salalah) se dirigen a la misma (a las mujeres no se las ve o se las ve adentro de los automóviles), acomodan sus ojotas al borde de la vereda y sitúan sus reposeras mirando al mar, beben té y fuman sheesha (pipa de agua) o juegan a las cartas o al fútbol.
Ahora… que Salalah no sea de las más agradables de las ciudades –para nosotros, por supuesto–, no implica que nos arrepintamos de visitarla: no vivimos al viaje como al racconto de “atractivos del mundo” sino como al generador de aprendizajes y sensaciones, sintéticamente, vivencias… y, al momento, no hay semejante a la “vivencia Salalah”.
Y, siguiendo a la “vivencia Al-Dakhiliyah”, volveremos a Muscat y, desde allí, afrontaremos a la última parte de Omán que, si Allah nos acompaña, animará a nuestros seres que quieren –y no pueden– reponerse de 510 días del más agotador y, a la vez, más hermoso de los trajines de nuestras vidas.

Carla & Hernán          

16 de junio de 2012

... Omán! (primera parte)


Sí, los tres –porque Pablo quiso acompañarnos del primer al último minuto en Dubai– amanecimos a la hora del anuncio del alba que, al igual que siempre, oíamos por parte de la mezquita ubicada a metros del departamento; un último desayuno compartido, esta vez, de pie en la cocina; montamos al auto nuestras alivianadas mochilas –gracias al peso que le dejamos a Pablo–y nos dirigimos al punto de partida del ómnibus a Muscat; allí, nos despedimos de Pablo y, puntualmente, arrancamos y arribamos, a la hora, al puesto migratorio de salida, seguidamente, al puesto de aduanas de Omán donde, anecdóticamente, ubicaron a los equipajes en el piso para que un perro realizara sus tareas… un perro que se vio atraído a nuestras mochilas… quizás, al vestigio del olor a las especias de India o a los espirales mata-mosquitos de Sri Lanka o, simplemente, a la mugre del mundo… sintéticamente, un perro que activó nuestra imaginación y, por ende, un poco nuestros nervios también; y, por último, al puesto migratorio de ingreso adonde, sin inconvenientes, gestionamos nuestras visas on-arrival… oficialmente, nos encontrábamos en Omán.
Alrededor del mediodía, arribamos a Muscat o, más precisamente, a la estación de ómnibus ubicada en Ruwi; negociamos un taxi, acertadamente, ya que Muscat no posee un sistema público de transportes muy óptimo (lo cual no significa que los omaníes viajen como animales de granja sino que, al contrario, no arrancan y, ni siquiera, aceptan a pasajeros de pie abordo del ómnibus) y conocimos al hotel reservado por Internet (ya que, sabíamos, Omán sería de los más costosos países del viaje, por ende, no aguardamos a la negociación cara-a-cara) que, suertudamente, ganó a nuestras exigencias y, más aún, a nuestras expectativas… dos ambientes súper equipados, incluyendo una cocina con electrodomésticos aunque sin utensilios por lo que nos vimos obligados a usar a la pava eléctrica como olla (porque, salvo por aquellos shawarma, optamos por lo “casero” para conservar a los riales), pantalla de LCD, servicio de Internet por cable –ingresado a través de la ventana de la habitación– y, lo más importante, aire acondicionado ilimitado… nuestro amigo más necesitado porque, de hecho, nunca sentimos un calor mayor al de Muscat… una sensación de opresión que, no obstante, no abatiría a las ganas de salir a pasear por lo que aprovechamos a los –más tolerables– primer y último momentos del día.
 No hay comparativo para Muscat: su arquitectura –incluso aquella más moderna– conserva sus aires originales; una ciudad que no se ubica sobre una planicie ni un valle, ni siquiera rodeada sino, literalmente, salpicada por montañas rocosas que, sumadas a otros artificiales separadores –como gigantescos portones– propician a la distinción de áreas: a la ya mencionada Ruwi, ausente de atractivos, que alberga a la numerosa inmigración de indios y, a su vez, sirve como nudo de transportes; a lo largo de Sultan Qaboos St. se ven más y mejores ejemplos de arquitectura siendo, sin lugar a dudas, su gigantesca Grand Mosque, uno de los mayores atractivos de Muscat, a la cual arribamos tras subirnos, primero, al camión del distribuidor de bidones de agua que nos acercó a la parada de minibuses y, segundo, al minibus adonde Muhammed, otro omaní amante del fútbol, nos sirvió como guía de viajes; por su parte, la corniche de Mutrah sería, para nosotros, uno de los lugares más agradables de la ciudad que, a su vez, nos dio acceso a la magnífica Old City, amurallada, adonde se ubica un atípico palacio, el del Sultán.
A ambos nos gustó Muscat –aunque, quizás, un poco más a Hernán–, igualmente, nos sentimos agradados a partir de sus personas que poco se asemejan a las del vecino Dubai porque aquí, Occidente, se siente lejos: mientras que la mayor parte de los hombres visten dishdasha (una especie de túnica, generalmente, de color blanco) y turbante o, más comúnmente, kumar (un gorrito muy particular), no se ven mujeres sin hiyab (pañuelo a la cabeza) o burka (velo que les cubre su rostro también), en síntesis, se trata de una sociedad más conservadora aunque no menos abierta al turismo, de hecho, si bien los hombres ignoraron a Carla al evitar su contacto (no le hablaban, no la miraban e, incluso, no se subían “a solas” al ascensor), no serían menos atentos, respetuosos, simpáticos y serviciales… aunque no aceptáramos todos los servicios que nos ofrecieron en Muscat (si no, pregúntenle a Hernán por la propuesta del indio).
Al final, quisimos regalarnos un día de playa –apta para turistas– a orillas del golfo de Omán; así, un taxi nos acercó al adorable Omán Dive Center desde donde accedimos al mar, sus piscinas y sus reposeras a la sombra y desde donde retornamos abordo del automóvil del omaní y su hijo, quienes aceptaron acercarnos al área de Ruwi aunque, al final, nos dejaran –ni más ni menos– en la puerta del apart-hotel.
Son muchas las opciones de turismo por Omán, no obstante, nuestro acotado presupuesto nos vuelve a limitar, por ello, optamos por dirigirnos abordo de otro ómnibus nocturno a la lejana, a la segunda de las más importantes ciudades del país, Salalah.

Carla & Hernán             

12 de junio de 2012

... Emiratos Árabes Unidos!


Si aguardábamos al momento de irnos de Sri Lanka? No. No obstante, llegamos al aeropuerto de Colombo un tanto adelantados, a las cuatro de la tarde o, más precisamente, doce horas antes del vuelo… antelación que al día de hoy, suponemos, sigue siendo un agujero negro a la mente del señor de seguridad del aeropuerto… y, sinceramente, no hay mucho más que explicar: ya vimos mucho –y más de lo querido– de Colombo por lo que, ya que aceptamos a la invitación del señor del hotel de Mt. Lavinia, aprovechamos del desayuno por la reinauguración del restaurante y, acto seguido, iniciamos a la “carrera de postas” que nos devolvió al aeropuerto adonde quisimos aguardar serena aunque, a la vez, incómodamente (porque, a lo largo de diez horas, nuestro ambiente se limitaría a la sala de entrada del aeropuerto) al momento del check-in que sería, sabíamos, más inquietante aunque, al fin y al cabo, igual a otros.
Así, al tiempo programado en el aeropuerto se sumó más a partir del despegue retrasado del Boeing 737-800 de FlyDubai y, por ende, más sueño por lo que, una vez que apoyamos nuestras asentaderas, nos dormimos y, por suerte, nos despertamos justo a tiempo para ver a la península de Arabia desde arriba del avión: a las arenas del Sultanato de Omán que, a los pocos minutos, serían las arenas del objetivo primero de Medio Oriente, Emiratos Árabes Unidos, un destino que, supusimos, sería incomparable… y lo fue a partir del cambio de cultura, de paisaje y, mayormente para nosotros, de compañía porque ya no seríamos sólo Carla y Hernán: allí, a la salida del aeropuerto de Dubai, nos aguardaba Pablo… y que lindo que se siente volver a ver un ser querido!
Nos sentíamos revolucionados y, sí, nos sobraban motivos porque, a la alegría del reencuentro siguieron anormalidades del viaje: no negociamos un tuk-tuk sino que nos subimos al auto de Pablo; no miramos al mapa de la ciudad sino que, simplemente, oímos a Pablo; no analizamos opciones de alojamiento aunque, sí, a la distribución del departamento de Pablo que sería nuestro “hotel” (porque no queremos invadirlo tanto y llamarlo “casa”) y su habitación que sería, ni más ni menos, “nuestra” habitación.
Así que, al título de “amigo” sumamos al de “sponsor” a Pablo, al de “anfitrión” y, un poco más tarde, al de “guía” ya que, asimismo, nos acompañaría a montones de paseos por Dubai: nos acercamos al hotel de lujo Burj Al Arab y al vecino Souk Madinat Jumeirah, un shopping ambientado como zoco; anduvimos a lo largo de Palm Island y, literalmente, ya que ingresamos a través del “tronco” y nos dirigimos a la medialuna que rodea a las “hojas”, desde donde vimos al este, al soberbio Atlantis Hotel y, al oeste, al golfo Pérsico; paseamos por Dubai Marina, un complejo de rascacielos que incluye, además, un área gastronómica y una playa adonde arribamos al atardecer; aprendimos sobre la historia de Dubai a partir del prolijo Dubai Museum; nos subimos a la pequeña barca que atravesó al creek, depositándonos en Deira, donde visitamos sus sofisticados zocos (como el de oro o el de especias); ingresamos, a pedido de Hernán, al estadio de Al Wasl; visitamos al Dubai Mall, el shopping más grande del mundo que, a propósito, alberga un acuario y una gigantesca pista de patinaje sobre hielo, y se ubica alrededor de la torre más alta del mundo, Burj Khalifa de 828 metros, la cual se alza a partir de la majestuosas aguas danzantes que, obviamente, vimos en acción; aprovechamos a las panorámicas desde arriba del teleférico del Creekside Park (que, anecdóticamente, abordamos gracias al llamado telefónico que Pablo realizara al empleado que, debido al viento –que no había–, probablemente, andada gozando del no-programado día libre).
Así, Dubai seguía generando imágenes que poco vimos a lo largo de los países visitados anteriormente y que, sintéticamente, se nominarían “lujo”… porque, sí, sobra dinero en Dubai: un sinfín de shoppings que albergan a negocios más que exclusivos de accesorios, joyas y vestimenta; Aston Martin’s, Ferrari’s y Rolls-Royce’s que vagan al mismo tiempo que muestran sus patentes que suman más prestigio al dueño del automóvil; ni la zona más simple de viviendas sería, para nosotros, ingrata a la vista, de hecho, nosotros nos sentíamos ingratos a la vista del resto debido a las gastadas ropas.
Ahora bien, si Pablo volaba, quien nos mimaba sería Agnes, su prometida, ya sea, mostrándonos más de Dubai (como al museo Sheik Saeed Al Maktoum House) u organizando de las más agradables comidas: sopa de lentejas o pasta preparados por Pablo y, a modo de postre, una de las muchas tortas de Agnes o, incluso, invitándonos a algunos de los más atractivos restaurantes, como Warehouse, adonde vivimos un momento muy argentino o, al más exclusivo aún, Icho, un restaurante japonés adonde nos sentimos agasajados gracias al show del chef y a las vistas panorámicas desde el piso #49.
O sea que, una vez más, la gastronomía sería protagonista del viaje ya que, a lo dicho, agregamos montones de comidas preparadas “en casa”, otros tantos “pollos veloces” junto a los primeros hummus de Medio Oriente y un poco de “chatarra” también porque, sí, Carla y Pablo, obviamente, repitieron “su clásico”. Y hubo más y más argentino: alfajores Terrabusi, La Yapa y Vauquita que avivaron nuestros corazones al igual que montones de mates a lo largo de tardes o, incluso, madrugadas junto a Alberto, roommate de Pablo, un chaqueño que aportó lo suyo para que nos sintamos así de cómodos.
Igualmente nos quedamos solos y, entonces, abusamos del “laundry” del departamento o miramos TV o visitamos a la piscina o seguimos a las recomendaciones de Agnes y Pablo y paseamos un poco más: nos subimos al ultra-moderno metro de Dubai, visitamos al Mall of the Emirates, un shopping que alberga una pista de esquí, y volvimos a la playa de Dubai Marina para refrescarnos (refrescarnos?) en las aguas del golfo Pérsico; asimismo regresamos al estadio de Al Wasl para ver a la final de la Copa del Golfo entre Al Wasl de Dubai, dirigido por Diego Maradona, y Al Muharraq de Bahrein que, aparte de regalarnos al “show del Diego”, nos juntó con Muhammed, un emiratí a cuyo auto nos subimos para acercarnos a la puerta del estadio, nos invitó unas aguas y nos sirvió como intérprete a lo largo del partido, siendo la actuación del Sheik que pagó a las entradas de todos los hinchas –y, bueh, las de nosotros también– y vistió a la tribuna de los colores del Al Wasl, sumamente más notable que la del equipo que, al final, cayó ante su vecino.
Digamos que vimos todo lo que queríamos ver de Dubai, por ende, otra vez Pablo sería quien nos acompañaría a otros dos de los siete emiratos que componen al país: al menos rico y más conservador Sharjah y al adorable Abu Dhabi de tres grandes protagonistas: su corniche tan azulada, su más que dorado Emirates Palace (y cómo no serlo si exhibe antigüedades del mundo –a la venta– y posee, incluso, ATM’s que expenden oro) y su inmaculada mezquita Sheik Zayed, ni más ni menos, la tercera más grande del mundo (adonde Hernán no quiso ser menos e hizo lo imposible por “disfrazarse”).
Once días que iniciaron al mediodía y se volvieron sumamente intensos gracias a la actividad como a la –más que alta– temperatura aunque soportable a partir de los equipos de aire acondicionado del auto, del departamento, del metro, del museo, de la parada de ómnibus –a los cuales no nos subimos–, del shopping, del supermercado o, resumidamente, de todos lados! Once días por los que queremos volver a decir “gracias”: a Alberto por soportarnos, a Agnes por mimarnos –y, bueh, también por soportarnos– y, principalmente, a Pablo por ayudarnos y presentarnos a su mundo: sus amigos, su casa e, incluso, su trabajo porque, sí, visitamos a las oficinas de Emirates también. Así que, una vez más: gracias, Pablo, por ser parte de nuestro sueño!
Ahora, por más que ambas –almas y mochilas– nos pesen, le diremos adiós a Pablo y, junto al mismo, adiós al placer de lo casero porque seguiremos “beduinando”: nos vamos a Muscat, la capital del –ya sobrevolado– Sultanato de Omán.

Carla & Hernán         

1 de junio de 2012

... Sri Lanka! (última parte)


Un ómnibus sería, esta vez, nuestro medio de transporte a Dambulla… uno que, al igual que cualquier otro ómnibus srilankés, no sobresaldría ni por su comodidad ni por su modernidad mas sí por sus imágenes “psicodélicas” de Buda que titilaban ante cada “stop”.
Y llegamos a la ciudad de Dambulla aunque, ni al arribo ni a la partida, identificáramos a la misma como tal sino, más acertadamente, como una ruta adonde se ubican atractivos y servicios y, a partir de la cual, surgen aisladas residencias como Rainbow Inn, un guesthouse rodeado por abundante vegetación cuyo único ambiente adaptado para albergar turistas sería adorable y grande como para compartirlo junto a una araña que, por suerte, nunca se vio con Carla, un murciélago que, al parecer, no quiso irse a dormir solo, un indeciso sapo que andaba de ambiente en ambiente y, sí, unos cuantos mosquitos que se acercaban a nosotros al atardecer… al menos los monos serían respetuosos de la intimidad y no sobrepasarían al límite del balcón.
 Dos grandes intereses perseguimos a lo largo de nuestra visita a Dambulla; así, primeramente, nos acercamos a la gigantesca imagen dorada de Buda que supone al ingreso del “Royal Rock Temple”, una serie de cuevas que albergan ancestrales imágenes, pintadas y talladas, de Buda… un concepto similar al arte de Datong (China) aunque incomparable sin nos remitimos a sus gamas de colores o su tamaño.
Y sí, nos gustaron mucho… tanto o, quizás, más que el elegido, aquel atractivo ubicado a pocos kilómetros de Dambulla que ganó a Anuradhapura y Polonnaruwa, Sigiriya; un precio de entrada que sería violento como su surgimiento de la absoluta planicie; una roca que, a la distancia, no se ve más que como una roca aunque, acercándonos a la misma, aparecen sus secretos… aberturas, escaleras, pasillos que sirvieron como palacio aunque, antes, como monasterio de cuya época datan unas pinturas de insegura utilidad para los monjes; asimismo, obligados a vestirnos acordemente a las avispas grandes como pulgares que albergan sus paredes, ascendimos a la “Roca del León” donde visualizamos ruinas y, obviamente, más panorámicas de las –siempre verdes– tierras del interior de Sri Lanka.
Dambulla y su vecina Sigiriya supusieron una última dosis de cultura por lo que, a partir de ahora, dimos inicio al capítulo que quisimos pero que no fue… porque soportamos al más inaguantable de todos los traslados en Sri Lanka para llegar a Uppuveli, donde negociamos un alojamiento simple, muy simple, aunque ubicado a metros de la playa que, al fin y al cabo, sería nuestro imán al momento de resolver nuestro último objetivo del país… y lo fue aunque, más no sea, gracias a la mañana que aprovechamos porque, al rato de la misma, surgieron los problemas para Carla y, un poco más tarde, para Hernán que, al parecer, no quiso quedarse atrás: alta temperatura e insoportable malestar a los cuales se sumaron náuseas gracias al –supimos, más tarde, erróneo– diagnóstico del Dr. Ganaikabahu del Hospital de Trincomalee; así, pasamos del “rice and curry” del primer día, al simple plato de pasta del segundo –que, anecdóticamente, nos vio junto al guía de buceo de Koh Tao (Tailandia)–, y al puré y tostadas de los siguientes; y del absoluto reposo que no sirvió al –más que acertado– anticipado retorno a Colombo abordo, por primera vez, del vagón de primera clase de servicio del tren al cual ascendimos antes que nadie –y no, justamente, por ansiosos– y que, sin saberlo, sería un sinónimo de tortura para Carla debido al –inexplicable y no menos insoportable– picor de “las manos” que rozó su locura.
Arribados a Colombo, aguardamos que amaneciera e iniciamos al “tour sobre tuk-tuk”: uno de la estación de trenes de Fort al hotel de Mt. Lavinia, otro al Nawaloka Medical Center donde asistieron a Carla aunque, al ver sus análisis de sangre, sugirieron se trasladara –y así lo haríamos, lógicamente, arriba del tuk-tuk– al Nawaloka Hospital adonde la inacción de las recepcionistas sobrepasó a la paciencia de Hernán quien, al grito de “emergency, emergency”, atrajo la atención y consiguió que atendieran al espectro de Carla; un médico de urgencias afirmó su diagnóstico, dengue, y, por consiguiente, su orden de internación –que supuso al segundo robo en Sri Lanka– aunque, a la vez, una atención irreprochable: análisis de los más múltiples, un amplio menú de –siempre picantes– comidas y una atención al picor de manos que, poco a poco, se iría desvaneciendo. Así, a vísperas de la segunda noche e imprevistamente para nosotros, la Dra. Yamuna Ranaweera anunció su alta a Carla quien, sin compañía –ni siquiera de rupias srilankesas– se vio obligada a irrumpir al reposo de Hernán que, a su vez, seguía a las atinadas indicaciones del médico del Nawaloka Medical Center a quien volvió –adrede– a visitar.
Odiosas gestiones administrativas e inoportunas comunicaciones a cargo del indio que intermediaba a la asistencia al viajero siguieron, asimismo, más análisis de sangre que, primero, aseguraron la recuperación del dengue –no explícito– de Hernán y, segundo, la de Carla y, por consiguiente, celebramos –ambos resultado y cumple mes #16 de viaje– y ajustamos nuestro itinerario: una reprogramación del próximo aéreo (y, sí, de lo aparejado al mismo… no, Pablo?) y una ampliación del mes de visado (y se nos siguen yendo las rupias srilankesas sin que queramos).
Uno y otro día dedicado a la recuperación de energías, acompañándolos por siestas que seguían a los amaneceres, sin saltear ningún desayuno, almuerzo, merienda o cena y dándole al Glucolin, sintiéndonos atendidos por el viejo del hotel que no sería como nuestros viejos pero que, al fin y al cabo, se preocupó por nosotros, y preparándonos porque, inevitablemente, íbamos a abandonar a Sri Lanka, un país cuyos acogida y adiós serían incomparables a ningún otro, no obstante, no opacarían nuestro viaje a través de la isla que alberga tanto… un destino imposiblemente más verde que vimos como adorable para mieleros –siempre y cuando vayan aprovisionados de Off!–.
Sri Lanka supone al final del gran e inolvidable capítulo “Lejano Oriente” porque ya nos disponemos a subirnos al avión que nos trasladará al destino #101 del viaje que será, a la vez, el #1 de la poco programada travesía a partir de la cual seguiremos gastando suelas por Medio Oriente.

Carla & Hernán