Sabíamos a qué
nos atendríamos a lo largo de los siguientes días, por tanto, abonamos un
check-out más tarde del hotel en Salalah y, al atardecer, nos subimos al
ómnibus que nos volvería a Muscat, siendo las primeras cinco horas de viaje más
que entretenidas gracias al soldado, un veinteañero al cual le gustaba hablar y
de lo más variado: desde las costumbres del país, al fútbol –y del más
argentino– y el paisaje del camino –ya que, incluso, nos señaló un pozo de
petróleo situado a pleno desierto–.
Una vez en
Ruwi y, probablemente, a causa de la ausencia de turistas por Omán, nos vimos
reconocidos por los empleados de la estación de ómnibus, a quienes les solicitamos ayuda: quisimos dejarles nuestras mochilas (a lo cual accedieron, a
propósito, indicándonos que las ubicáramos junto a la caja –abierta y abundante
de riales– de la oficina de ventas –adonde no se veía ni una persona–)
mientras, nosotros, andábamos a las oficinas de Europcar ubicadas en Radisson
Blu Hotel porque, sí, resolvimos que alquilaríamos un automóvil.
Sin vergüenza,
nos instalamos en la recepción del hotel (léase: un despliegue de cables a
cargo de Carla y una siesta simulada –o supuestamente simulada– a partir de un
libro a cargo de Hernán), aguardando al momento del pick-up del automóvil que
nos tocó; así, abordo del Renault Logan volvimos a Ruwi, subimos a las mochilas
al auto y arrancamos rumbo a Al-Dakhiliyah, supuestamente, una de las regiones
más agradables de Omán, montañosa y repleta de wadi’s (oasis que no se asemejan a los del imaginario sino que
vimos más como valles en el desierto).
Andados 175 kilómetros
a través del impecable camino que se volvía, gradualmente, más atractivo y
apaciguando a la temperatura a partir del uso –aunque no abuso– del aire
acondicionado, arribamos a Nizwa y, casi casi, que nos enamora: una ruina
viviente pues, aquí, su antigua arquitectura –mágicamente restaurada o no– se
ubica junto a la moderna que, a su vez, inspira aires a antiguo; una urbe pequeña
del color de la arena, sometida a la majestuosa presencia del fuerte y del zoco
que visitamos a la tarde y, ante una lógica ausencia de actividad, nuevamente,
al atardecer mientras que al anochecer, nos regalamos otro shawarma y nos
aprestamos a la búsqueda del siguiente alojamiento, simplemente, un estacionamiento
adonde no nos sintiéramos observados pues íbamos a dormir en el automóvil.
Así, incómodos
a partir de la insoportable temperatura y algunos inoportunos mosquitos,
amanecimos; nos servimos –por tercera vez– del baño de la misma estación de
servicio; desayunamos; siendo jueves, regresamos al zoco de Nizwa para ver al
vivo mercado de cabritos que nos acercó a los igualmente simpáticos animales y
omaníes; y volvimos a la ruta ya que nuestro siguiente objetivo sería Bahla,
una localidad similar a Nizwa aunque más conservadora aún y, posteriormente,
Jabreen y su castillo que apreciamos desde afuera, soberbiamente desde abajo,
armoniosamente desde adentro y “verdemente” desde arriba gracias a las
plantaciones de palmeras de dátiles de los alrededores.
Y seguimos
andando: quisimos acercarnos a la más alta de las montañas de Omán, Jebel Shams,
aunque no nos sentimos soportados… ni por la ruta de ripio ni,
consecuentemente, por el seguro del automóvil, ni por lo que nos restaba de
combustible, ni siquiera, por los omaníes que nos sugerían que volviéramos a la
ruta por lo que, siguiendo sus consejos, retomamos a la misma, atravesamos a
las poblaciones de Ibri y Rustaq, nos perdimos y, gracias al omaní que nos guió
desde su automóvil, arribamos antes del atardecer a Sawadi, supuestamente, una
de las más atractivas playas de Omán… y no dudamos que lo sea para los omaníes
porque, a nosotros, no nos atrajo por lo que, al final, sintiéndonos ya un poco
ansiosos, nos acercamos más a Muscat y elegimos, esta vez, al estacionamiento
del McDonalds como alojamiento aunque, a partir de la abominable temperatura,
pasamos más tiempo adentro del local de hamburguesas, jugando a “hundir a los
barcos del enemigo” entre cafés y, por ende, atrayendo a la atención de los
jóvenes que veían a dos extranjeros diseñando cuadrículas, apaciblemente, a
mitad de la madrugada en las afueras de Muscat.
E iniciamos a
la recta final: ingresamos a la ciudad, nos dirigimos al mismo hotel, otra vez,
reservado por Internet adonde situamos a nuestras mochilas que, por suerte, ni
cargamos a lo largo de los últimos días, volvimos al Radisson Blu Hotel, nos
despedimos de nuestra “casa rodante” y nos subimos al taxi compartido que nos
volvió al hotel en Ruwi, adonde nos internamos para aspirar aire acondicionado
y zambullirnos al más perfecto de los edredones… queríamos ganar más energías
(y de las físicas porque nuestras mentes se veían relajadas después de la
vuelta en auto) pues, al día siguiente, abandonaríamos a la península de Arabia
y volaríamos a África para ver, seguramente, un único país… un país que remite
a los más primarios deseos de viaje de Carla, que aviva su alegría… una alegría
que, antes o después, propagará a Hernán… ya vamos en camino, Egipto!
Carla & Hernán
+de+Nizwa,+Al-Dakhiliyah+Region.jpg)