24 de junio de 2012

... Omán! (última parte)


Sabíamos a qué nos atendríamos a lo largo de los siguientes días, por tanto, abonamos un check-out más tarde del hotel en Salalah y, al atardecer, nos subimos al ómnibus que nos volvería a Muscat, siendo las primeras cinco horas de viaje más que entretenidas gracias al soldado, un veinteañero al cual le gustaba hablar y de lo más variado: desde las costumbres del país, al fútbol –y del más argentino– y el paisaje del camino –ya que, incluso, nos señaló un pozo de petróleo situado a pleno desierto–.
Una vez en Ruwi y, probablemente, a causa de la ausencia de turistas por Omán, nos vimos reconocidos por los empleados de la estación de ómnibus, a quienes les solicitamos ayuda: quisimos dejarles nuestras mochilas (a lo cual accedieron, a propósito, indicándonos que las ubicáramos junto a la caja –abierta y abundante de riales– de la oficina de ventas –adonde no se veía ni una persona–) mientras, nosotros, andábamos a las oficinas de Europcar ubicadas en Radisson Blu Hotel porque, sí, resolvimos que alquilaríamos un automóvil.
Sin vergüenza, nos instalamos en la recepción del hotel (léase: un despliegue de cables a cargo de Carla y una siesta simulada –o supuestamente simulada– a partir de un libro a cargo de Hernán), aguardando al momento del pick-up del automóvil que nos tocó; así, abordo del Renault Logan volvimos a Ruwi, subimos a las mochilas al auto y arrancamos rumbo a Al-Dakhiliyah, supuestamente, una de las regiones más agradables de Omán, montañosa y repleta de wadi’s (oasis que no se asemejan a los del imaginario sino que vimos más como valles en el desierto).
Andados 175 kilómetros a través del impecable camino que se volvía, gradualmente, más atractivo y apaciguando a la temperatura a partir del uso –aunque no abuso– del aire acondicionado, arribamos a Nizwa y, casi casi, que nos enamora: una ruina viviente pues, aquí, su antigua arquitectura –mágicamente restaurada o no– se ubica junto a la moderna que, a su vez, inspira aires a antiguo; una urbe pequeña del color de la arena, sometida a la majestuosa presencia del fuerte y del zoco que visitamos a la tarde y, ante una lógica ausencia de actividad, nuevamente, al atardecer mientras que al anochecer, nos regalamos otro shawarma y nos aprestamos a la búsqueda del siguiente alojamiento, simplemente, un estacionamiento adonde no nos sintiéramos observados pues íbamos a dormir en el automóvil.
Así, incómodos a partir de la insoportable temperatura y algunos inoportunos mosquitos, amanecimos; nos servimos –por tercera vez– del baño de la misma estación de servicio; desayunamos; siendo jueves, regresamos al zoco de Nizwa para ver al vivo mercado de cabritos que nos acercó a los igualmente simpáticos animales y omaníes; y volvimos a la ruta ya que nuestro siguiente objetivo sería Bahla, una localidad similar a Nizwa aunque más conservadora aún y, posteriormente, Jabreen y su castillo que apreciamos desde afuera, soberbiamente desde abajo, armoniosamente desde adentro y “verdemente” desde arriba gracias a las plantaciones de palmeras de dátiles de los alrededores.
Y seguimos andando: quisimos acercarnos a la más alta de las montañas de Omán, Jebel Shams, aunque no nos sentimos soportados… ni por la ruta de ripio ni, consecuentemente, por el seguro del automóvil, ni por lo que nos restaba de combustible, ni siquiera, por los omaníes que nos sugerían que volviéramos a la ruta por lo que, siguiendo sus consejos, retomamos a la misma, atravesamos a las poblaciones de Ibri y Rustaq, nos perdimos y, gracias al omaní que nos guió desde su automóvil, arribamos antes del atardecer a Sawadi, supuestamente, una de las más atractivas playas de Omán… y no dudamos que lo sea para los omaníes porque, a nosotros, no nos atrajo por lo que, al final, sintiéndonos ya un poco ansiosos, nos acercamos más a Muscat y elegimos, esta vez, al estacionamiento del McDonalds como alojamiento aunque, a partir de la abominable temperatura, pasamos más tiempo adentro del local de hamburguesas, jugando a “hundir a los barcos del enemigo” entre cafés y, por ende, atrayendo a la atención de los jóvenes que veían a dos extranjeros diseñando cuadrículas, apaciblemente, a mitad de la madrugada en las afueras de Muscat.
E iniciamos a la recta final: ingresamos a la ciudad, nos dirigimos al mismo hotel, otra vez, reservado por Internet adonde situamos a nuestras mochilas que, por suerte, ni cargamos a lo largo de los últimos días, volvimos al Radisson Blu Hotel, nos despedimos de nuestra “casa rodante” y nos subimos al taxi compartido que nos volvió al hotel en Ruwi, adonde nos internamos para aspirar aire acondicionado y zambullirnos al más perfecto de los edredones… queríamos ganar más energías (y de las físicas porque nuestras mentes se veían relajadas después de la vuelta en auto) pues, al día siguiente, abandonaríamos a la península de Arabia y volaríamos a África para ver, seguramente, un único país… un país que remite a los más primarios deseos de viaje de Carla, que aviva su alegría… una alegría que, antes o después, propagará a Hernán… ya vamos en camino, Egipto!

Carla & Hernán