1 de junio de 2012

... Sri Lanka! (última parte)


Un ómnibus sería, esta vez, nuestro medio de transporte a Dambulla… uno que, al igual que cualquier otro ómnibus srilankés, no sobresaldría ni por su comodidad ni por su modernidad mas sí por sus imágenes “psicodélicas” de Buda que titilaban ante cada “stop”.
Y llegamos a la ciudad de Dambulla aunque, ni al arribo ni a la partida, identificáramos a la misma como tal sino, más acertadamente, como una ruta adonde se ubican atractivos y servicios y, a partir de la cual, surgen aisladas residencias como Rainbow Inn, un guesthouse rodeado por abundante vegetación cuyo único ambiente adaptado para albergar turistas sería adorable y grande como para compartirlo junto a una araña que, por suerte, nunca se vio con Carla, un murciélago que, al parecer, no quiso irse a dormir solo, un indeciso sapo que andaba de ambiente en ambiente y, sí, unos cuantos mosquitos que se acercaban a nosotros al atardecer… al menos los monos serían respetuosos de la intimidad y no sobrepasarían al límite del balcón.
 Dos grandes intereses perseguimos a lo largo de nuestra visita a Dambulla; así, primeramente, nos acercamos a la gigantesca imagen dorada de Buda que supone al ingreso del “Royal Rock Temple”, una serie de cuevas que albergan ancestrales imágenes, pintadas y talladas, de Buda… un concepto similar al arte de Datong (China) aunque incomparable sin nos remitimos a sus gamas de colores o su tamaño.
Y sí, nos gustaron mucho… tanto o, quizás, más que el elegido, aquel atractivo ubicado a pocos kilómetros de Dambulla que ganó a Anuradhapura y Polonnaruwa, Sigiriya; un precio de entrada que sería violento como su surgimiento de la absoluta planicie; una roca que, a la distancia, no se ve más que como una roca aunque, acercándonos a la misma, aparecen sus secretos… aberturas, escaleras, pasillos que sirvieron como palacio aunque, antes, como monasterio de cuya época datan unas pinturas de insegura utilidad para los monjes; asimismo, obligados a vestirnos acordemente a las avispas grandes como pulgares que albergan sus paredes, ascendimos a la “Roca del León” donde visualizamos ruinas y, obviamente, más panorámicas de las –siempre verdes– tierras del interior de Sri Lanka.
Dambulla y su vecina Sigiriya supusieron una última dosis de cultura por lo que, a partir de ahora, dimos inicio al capítulo que quisimos pero que no fue… porque soportamos al más inaguantable de todos los traslados en Sri Lanka para llegar a Uppuveli, donde negociamos un alojamiento simple, muy simple, aunque ubicado a metros de la playa que, al fin y al cabo, sería nuestro imán al momento de resolver nuestro último objetivo del país… y lo fue aunque, más no sea, gracias a la mañana que aprovechamos porque, al rato de la misma, surgieron los problemas para Carla y, un poco más tarde, para Hernán que, al parecer, no quiso quedarse atrás: alta temperatura e insoportable malestar a los cuales se sumaron náuseas gracias al –supimos, más tarde, erróneo– diagnóstico del Dr. Ganaikabahu del Hospital de Trincomalee; así, pasamos del “rice and curry” del primer día, al simple plato de pasta del segundo –que, anecdóticamente, nos vio junto al guía de buceo de Koh Tao (Tailandia)–, y al puré y tostadas de los siguientes; y del absoluto reposo que no sirvió al –más que acertado– anticipado retorno a Colombo abordo, por primera vez, del vagón de primera clase de servicio del tren al cual ascendimos antes que nadie –y no, justamente, por ansiosos– y que, sin saberlo, sería un sinónimo de tortura para Carla debido al –inexplicable y no menos insoportable– picor de “las manos” que rozó su locura.
Arribados a Colombo, aguardamos que amaneciera e iniciamos al “tour sobre tuk-tuk”: uno de la estación de trenes de Fort al hotel de Mt. Lavinia, otro al Nawaloka Medical Center donde asistieron a Carla aunque, al ver sus análisis de sangre, sugirieron se trasladara –y así lo haríamos, lógicamente, arriba del tuk-tuk– al Nawaloka Hospital adonde la inacción de las recepcionistas sobrepasó a la paciencia de Hernán quien, al grito de “emergency, emergency”, atrajo la atención y consiguió que atendieran al espectro de Carla; un médico de urgencias afirmó su diagnóstico, dengue, y, por consiguiente, su orden de internación –que supuso al segundo robo en Sri Lanka– aunque, a la vez, una atención irreprochable: análisis de los más múltiples, un amplio menú de –siempre picantes– comidas y una atención al picor de manos que, poco a poco, se iría desvaneciendo. Así, a vísperas de la segunda noche e imprevistamente para nosotros, la Dra. Yamuna Ranaweera anunció su alta a Carla quien, sin compañía –ni siquiera de rupias srilankesas– se vio obligada a irrumpir al reposo de Hernán que, a su vez, seguía a las atinadas indicaciones del médico del Nawaloka Medical Center a quien volvió –adrede– a visitar.
Odiosas gestiones administrativas e inoportunas comunicaciones a cargo del indio que intermediaba a la asistencia al viajero siguieron, asimismo, más análisis de sangre que, primero, aseguraron la recuperación del dengue –no explícito– de Hernán y, segundo, la de Carla y, por consiguiente, celebramos –ambos resultado y cumple mes #16 de viaje– y ajustamos nuestro itinerario: una reprogramación del próximo aéreo (y, sí, de lo aparejado al mismo… no, Pablo?) y una ampliación del mes de visado (y se nos siguen yendo las rupias srilankesas sin que queramos).
Uno y otro día dedicado a la recuperación de energías, acompañándolos por siestas que seguían a los amaneceres, sin saltear ningún desayuno, almuerzo, merienda o cena y dándole al Glucolin, sintiéndonos atendidos por el viejo del hotel que no sería como nuestros viejos pero que, al fin y al cabo, se preocupó por nosotros, y preparándonos porque, inevitablemente, íbamos a abandonar a Sri Lanka, un país cuyos acogida y adiós serían incomparables a ningún otro, no obstante, no opacarían nuestro viaje a través de la isla que alberga tanto… un destino imposiblemente más verde que vimos como adorable para mieleros –siempre y cuando vayan aprovisionados de Off!–.
Sri Lanka supone al final del gran e inolvidable capítulo “Lejano Oriente” porque ya nos disponemos a subirnos al avión que nos trasladará al destino #101 del viaje que será, a la vez, el #1 de la poco programada travesía a partir de la cual seguiremos gastando suelas por Medio Oriente.

Carla & Hernán