Un ómnibus
sería, esta vez, nuestro medio de transporte a Dambulla… uno que, al igual que
cualquier otro ómnibus srilankés, no sobresaldría ni por su comodidad ni por su
modernidad mas sí por sus imágenes “psicodélicas” de Buda que titilaban ante
cada “stop”.
Y llegamos a
la ciudad de Dambulla aunque, ni al arribo ni a la partida, identificáramos a
la misma como tal sino, más acertadamente, como una ruta adonde se ubican
atractivos y servicios y, a partir de la cual, surgen aisladas residencias como
Rainbow Inn, un guesthouse rodeado por abundante vegetación cuyo único ambiente
adaptado para albergar turistas sería adorable y grande como para compartirlo
junto a una araña que, por suerte, nunca se vio con Carla, un murciélago que,
al parecer, no quiso irse a dormir solo, un indeciso sapo que andaba de
ambiente en ambiente y, sí, unos cuantos mosquitos que se acercaban a nosotros
al atardecer… al menos los monos serían respetuosos de la intimidad y no
sobrepasarían al límite del balcón.
Dos grandes intereses perseguimos a lo largo
de nuestra visita a Dambulla; así, primeramente, nos acercamos a la gigantesca
imagen dorada de Buda que supone al ingreso del “Royal Rock Temple”, una serie
de cuevas que albergan ancestrales imágenes, pintadas y talladas, de Buda… un
concepto similar al arte de Datong (China) aunque incomparable sin nos
remitimos a sus gamas de colores o su tamaño.
Y sí, nos
gustaron mucho… tanto o, quizás, más que el elegido, aquel atractivo ubicado a
pocos kilómetros de Dambulla que ganó a Anuradhapura y Polonnaruwa, Sigiriya;
un precio de entrada que sería violento como su surgimiento de la absoluta
planicie; una roca que, a la distancia, no se ve más que como una roca aunque,
acercándonos a la misma, aparecen sus secretos… aberturas, escaleras, pasillos
que sirvieron como palacio aunque, antes, como monasterio de cuya época datan
unas pinturas de insegura utilidad para los monjes; asimismo, obligados a
vestirnos acordemente a las avispas grandes como pulgares que albergan sus
paredes, ascendimos a la “Roca del León” donde visualizamos ruinas y,
obviamente, más panorámicas de las –siempre verdes– tierras del interior de Sri
Lanka.
Dambulla y su
vecina Sigiriya supusieron una última dosis de cultura por lo que, a partir de
ahora, dimos inicio al capítulo que quisimos pero que no fue… porque soportamos
al más inaguantable de todos los traslados en Sri Lanka para llegar a Uppuveli,
donde negociamos un alojamiento simple, muy simple, aunque ubicado a metros de
la playa que, al fin y al cabo, sería nuestro imán al momento de resolver
nuestro último objetivo del país… y lo fue aunque, más no sea, gracias a la mañana
que aprovechamos porque, al rato de la misma, surgieron los problemas para
Carla y, un poco más tarde, para Hernán que, al parecer, no quiso quedarse
atrás: alta temperatura e insoportable malestar a los cuales se sumaron náuseas
gracias al –supimos, más tarde, erróneo– diagnóstico del Dr. Ganaikabahu del
Hospital de Trincomalee; así, pasamos del “rice and curry” del primer día, al
simple plato de pasta del segundo –que, anecdóticamente, nos vio junto al guía
de buceo de Koh Tao (Tailandia)–, y al puré y tostadas de los siguientes; y del
absoluto reposo que no sirvió al –más que acertado– anticipado retorno a
Colombo abordo, por primera vez, del vagón de primera clase de servicio del tren
al cual ascendimos antes que nadie –y no, justamente, por ansiosos– y que, sin
saberlo, sería un sinónimo de tortura para Carla debido al –inexplicable y no menos insoportable– picor de “las manos” que rozó su locura.
Arribados a
Colombo, aguardamos que amaneciera e iniciamos al “tour sobre tuk-tuk”: uno de la
estación de trenes de Fort al hotel de Mt. Lavinia, otro al Nawaloka Medical
Center donde asistieron a Carla aunque, al ver sus análisis de sangre,
sugirieron se trasladara –y así lo haríamos, lógicamente, arriba del tuk-tuk–
al Nawaloka Hospital adonde la inacción de las recepcionistas sobrepasó a la
paciencia de Hernán quien, al grito de “emergency, emergency”, atrajo la
atención y consiguió que atendieran al espectro de Carla; un médico de urgencias
afirmó su diagnóstico, dengue, y, por consiguiente, su orden de internación –que
supuso al segundo robo en Sri Lanka– aunque, a la vez, una atención
irreprochable: análisis de los más múltiples, un amplio menú de –siempre
picantes– comidas y una atención al picor de manos que, poco a poco, se iría
desvaneciendo. Así, a vísperas de la segunda noche e imprevistamente para
nosotros, la Dra. Yamuna Ranaweera anunció su alta a Carla quien, sin compañía
–ni siquiera de rupias srilankesas– se vio obligada a irrumpir al reposo de
Hernán que, a su vez, seguía a las atinadas indicaciones del médico del
Nawaloka Medical Center a quien volvió –adrede– a visitar.
Odiosas
gestiones administrativas e inoportunas comunicaciones a cargo del indio que
intermediaba a la asistencia al viajero siguieron, asimismo, más análisis de
sangre que, primero, aseguraron la recuperación del dengue –no explícito– de
Hernán y, segundo, la de Carla y, por consiguiente, celebramos –ambos resultado
y cumple mes #16 de viaje– y ajustamos nuestro itinerario: una reprogramación
del próximo aéreo (y, sí, de lo aparejado al mismo… no, Pablo?) y una
ampliación del mes de visado (y se nos siguen yendo las rupias srilankesas sin
que queramos).
Uno y otro día
dedicado a la recuperación de energías, acompañándolos por siestas que seguían
a los amaneceres, sin saltear ningún desayuno, almuerzo, merienda o cena y
dándole al Glucolin, sintiéndonos atendidos por el viejo del hotel que no sería
como nuestros viejos pero que, al fin y al cabo, se preocupó por nosotros, y
preparándonos porque, inevitablemente, íbamos a abandonar a Sri Lanka, un país
cuyos acogida y adiós serían incomparables a ningún otro, no obstante, no opacarían
nuestro viaje a través de la isla que alberga tanto… un destino imposiblemente
más verde que vimos como adorable para mieleros –siempre y cuando vayan
aprovisionados de Off!–.
Sri Lanka supone
al final del gran e inolvidable capítulo “Lejano Oriente” porque ya nos
disponemos a subirnos al avión que nos trasladará al destino #101 del viaje que
será, a la vez, el #1 de la poco programada travesía a partir de la cual
seguiremos gastando suelas por Medio Oriente.
Carla & Hernán
