Sí, los tres
–porque Pablo quiso acompañarnos del primer al último minuto en Dubai–
amanecimos a la hora del anuncio del alba que, al igual que siempre, oíamos por
parte de la mezquita ubicada a metros del departamento; un último desayuno
compartido, esta vez, de pie en la cocina; montamos al auto nuestras alivianadas
mochilas –gracias al peso que le dejamos a Pablo–y nos dirigimos al punto de
partida del ómnibus a Muscat; allí, nos despedimos de Pablo y, puntualmente, arrancamos
y arribamos, a la hora, al puesto migratorio de salida, seguidamente, al puesto
de aduanas de Omán donde, anecdóticamente, ubicaron a los equipajes en el piso
para que un perro realizara sus tareas… un perro que se vio atraído a nuestras
mochilas… quizás, al vestigio del olor a las especias de India o a los
espirales mata-mosquitos de Sri Lanka o, simplemente, a la mugre del mundo…
sintéticamente, un perro que activó nuestra imaginación y, por ende, un poco
nuestros nervios también; y, por último, al puesto migratorio de ingreso
adonde, sin inconvenientes, gestionamos nuestras visas on-arrival… oficialmente, nos encontrábamos en Omán.
Alrededor del
mediodía, arribamos a Muscat o, más precisamente, a la estación de ómnibus
ubicada en Ruwi; negociamos un taxi, acertadamente, ya que Muscat no posee un
sistema público de transportes muy óptimo (lo cual no significa que los omaníes
viajen como animales de granja sino que, al contrario, no arrancan y, ni siquiera,
aceptan a pasajeros de pie abordo del ómnibus) y conocimos al hotel reservado
por Internet (ya que, sabíamos, Omán sería de los más costosos países del viaje,
por ende, no aguardamos a la negociación cara-a-cara) que, suertudamente, ganó
a nuestras exigencias y, más aún, a nuestras expectativas… dos ambientes súper
equipados, incluyendo una cocina con electrodomésticos aunque sin utensilios
por lo que nos vimos obligados a usar a la pava eléctrica como olla (porque,
salvo por aquellos shawarma, optamos
por lo “casero” para conservar a los riales), pantalla de LCD, servicio de
Internet por cable –ingresado a través de la ventana de la habitación– y, lo
más importante, aire acondicionado ilimitado… nuestro amigo más necesitado
porque, de hecho, nunca sentimos un calor mayor al de Muscat… una sensación de
opresión que, no obstante, no abatiría a las ganas de salir a pasear por lo que
aprovechamos a los –más tolerables– primer y último momentos del día.
No hay comparativo para Muscat: su
arquitectura –incluso aquella más moderna– conserva sus aires originales; una
ciudad que no se ubica sobre una planicie ni un valle, ni siquiera rodeada
sino, literalmente, salpicada por montañas rocosas que, sumadas a otros
artificiales separadores –como gigantescos portones– propician a la distinción
de áreas: a la ya mencionada Ruwi, ausente de atractivos, que alberga a la
numerosa inmigración de indios y, a su vez, sirve como nudo de transportes; a
lo largo de Sultan Qaboos St. se ven más y mejores ejemplos de arquitectura
siendo, sin lugar a dudas, su gigantesca Grand Mosque, uno de los mayores
atractivos de Muscat, a la cual arribamos tras subirnos, primero, al camión del
distribuidor de bidones de agua que nos acercó a la parada de minibuses y,
segundo, al minibus adonde Muhammed, otro omaní amante del fútbol, nos sirvió
como guía de viajes; por su parte, la corniche
de Mutrah sería, para nosotros, uno de los lugares más agradables de la ciudad
que, a su vez, nos dio acceso a la magnífica Old City, amurallada, adonde se
ubica un atípico palacio, el del Sultán.
A ambos nos
gustó Muscat –aunque, quizás, un poco más a Hernán–, igualmente, nos sentimos
agradados a partir de sus personas que poco se asemejan a las del vecino Dubai
porque aquí, Occidente, se siente lejos: mientras que la mayor parte de los
hombres visten dishdasha (una especie
de túnica, generalmente, de color blanco) y turbante o, más comúnmente, kumar (un gorrito muy particular), no se
ven mujeres sin hiyab (pañuelo a la
cabeza) o burka (velo que les cubre
su rostro también), en síntesis, se trata de una sociedad más conservadora
aunque no menos abierta al turismo, de hecho, si bien los hombres ignoraron a Carla
al evitar su contacto (no le hablaban, no la miraban e, incluso, no se subían
“a solas” al ascensor), no serían menos atentos, respetuosos, simpáticos y
serviciales… aunque no aceptáramos todos los servicios que nos ofrecieron en
Muscat (si no, pregúntenle a Hernán por la propuesta del indio).
Al final,
quisimos regalarnos un día de playa –apta para turistas– a orillas del golfo de
Omán; así, un taxi nos acercó al adorable Omán Dive Center desde donde
accedimos al mar, sus piscinas y sus reposeras a la sombra y desde donde
retornamos abordo del automóvil del omaní y su hijo, quienes aceptaron acercarnos
al área de Ruwi aunque, al final, nos dejaran –ni más ni menos– en la puerta
del apart-hotel.
Son muchas las
opciones de turismo por Omán, no obstante, nuestro acotado presupuesto nos
vuelve a limitar, por ello, optamos por dirigirnos abordo de otro ómnibus
nocturno a la lejana, a la segunda de las más importantes ciudades del país,
Salalah.
Carla
& Hernán
