16 de junio de 2012

... Omán! (primera parte)


Sí, los tres –porque Pablo quiso acompañarnos del primer al último minuto en Dubai– amanecimos a la hora del anuncio del alba que, al igual que siempre, oíamos por parte de la mezquita ubicada a metros del departamento; un último desayuno compartido, esta vez, de pie en la cocina; montamos al auto nuestras alivianadas mochilas –gracias al peso que le dejamos a Pablo–y nos dirigimos al punto de partida del ómnibus a Muscat; allí, nos despedimos de Pablo y, puntualmente, arrancamos y arribamos, a la hora, al puesto migratorio de salida, seguidamente, al puesto de aduanas de Omán donde, anecdóticamente, ubicaron a los equipajes en el piso para que un perro realizara sus tareas… un perro que se vio atraído a nuestras mochilas… quizás, al vestigio del olor a las especias de India o a los espirales mata-mosquitos de Sri Lanka o, simplemente, a la mugre del mundo… sintéticamente, un perro que activó nuestra imaginación y, por ende, un poco nuestros nervios también; y, por último, al puesto migratorio de ingreso adonde, sin inconvenientes, gestionamos nuestras visas on-arrival… oficialmente, nos encontrábamos en Omán.
Alrededor del mediodía, arribamos a Muscat o, más precisamente, a la estación de ómnibus ubicada en Ruwi; negociamos un taxi, acertadamente, ya que Muscat no posee un sistema público de transportes muy óptimo (lo cual no significa que los omaníes viajen como animales de granja sino que, al contrario, no arrancan y, ni siquiera, aceptan a pasajeros de pie abordo del ómnibus) y conocimos al hotel reservado por Internet (ya que, sabíamos, Omán sería de los más costosos países del viaje, por ende, no aguardamos a la negociación cara-a-cara) que, suertudamente, ganó a nuestras exigencias y, más aún, a nuestras expectativas… dos ambientes súper equipados, incluyendo una cocina con electrodomésticos aunque sin utensilios por lo que nos vimos obligados a usar a la pava eléctrica como olla (porque, salvo por aquellos shawarma, optamos por lo “casero” para conservar a los riales), pantalla de LCD, servicio de Internet por cable –ingresado a través de la ventana de la habitación– y, lo más importante, aire acondicionado ilimitado… nuestro amigo más necesitado porque, de hecho, nunca sentimos un calor mayor al de Muscat… una sensación de opresión que, no obstante, no abatiría a las ganas de salir a pasear por lo que aprovechamos a los –más tolerables– primer y último momentos del día.
 No hay comparativo para Muscat: su arquitectura –incluso aquella más moderna– conserva sus aires originales; una ciudad que no se ubica sobre una planicie ni un valle, ni siquiera rodeada sino, literalmente, salpicada por montañas rocosas que, sumadas a otros artificiales separadores –como gigantescos portones– propician a la distinción de áreas: a la ya mencionada Ruwi, ausente de atractivos, que alberga a la numerosa inmigración de indios y, a su vez, sirve como nudo de transportes; a lo largo de Sultan Qaboos St. se ven más y mejores ejemplos de arquitectura siendo, sin lugar a dudas, su gigantesca Grand Mosque, uno de los mayores atractivos de Muscat, a la cual arribamos tras subirnos, primero, al camión del distribuidor de bidones de agua que nos acercó a la parada de minibuses y, segundo, al minibus adonde Muhammed, otro omaní amante del fútbol, nos sirvió como guía de viajes; por su parte, la corniche de Mutrah sería, para nosotros, uno de los lugares más agradables de la ciudad que, a su vez, nos dio acceso a la magnífica Old City, amurallada, adonde se ubica un atípico palacio, el del Sultán.
A ambos nos gustó Muscat –aunque, quizás, un poco más a Hernán–, igualmente, nos sentimos agradados a partir de sus personas que poco se asemejan a las del vecino Dubai porque aquí, Occidente, se siente lejos: mientras que la mayor parte de los hombres visten dishdasha (una especie de túnica, generalmente, de color blanco) y turbante o, más comúnmente, kumar (un gorrito muy particular), no se ven mujeres sin hiyab (pañuelo a la cabeza) o burka (velo que les cubre su rostro también), en síntesis, se trata de una sociedad más conservadora aunque no menos abierta al turismo, de hecho, si bien los hombres ignoraron a Carla al evitar su contacto (no le hablaban, no la miraban e, incluso, no se subían “a solas” al ascensor), no serían menos atentos, respetuosos, simpáticos y serviciales… aunque no aceptáramos todos los servicios que nos ofrecieron en Muscat (si no, pregúntenle a Hernán por la propuesta del indio).
Al final, quisimos regalarnos un día de playa –apta para turistas– a orillas del golfo de Omán; así, un taxi nos acercó al adorable Omán Dive Center desde donde accedimos al mar, sus piscinas y sus reposeras a la sombra y desde donde retornamos abordo del automóvil del omaní y su hijo, quienes aceptaron acercarnos al área de Ruwi aunque, al final, nos dejaran –ni más ni menos– en la puerta del apart-hotel.
Son muchas las opciones de turismo por Omán, no obstante, nuestro acotado presupuesto nos vuelve a limitar, por ello, optamos por dirigirnos abordo de otro ómnibus nocturno a la lejana, a la segunda de las más importantes ciudades del país, Salalah.

Carla & Hernán