12 de junio de 2012

... Emiratos Árabes Unidos!


Si aguardábamos al momento de irnos de Sri Lanka? No. No obstante, llegamos al aeropuerto de Colombo un tanto adelantados, a las cuatro de la tarde o, más precisamente, doce horas antes del vuelo… antelación que al día de hoy, suponemos, sigue siendo un agujero negro a la mente del señor de seguridad del aeropuerto… y, sinceramente, no hay mucho más que explicar: ya vimos mucho –y más de lo querido– de Colombo por lo que, ya que aceptamos a la invitación del señor del hotel de Mt. Lavinia, aprovechamos del desayuno por la reinauguración del restaurante y, acto seguido, iniciamos a la “carrera de postas” que nos devolvió al aeropuerto adonde quisimos aguardar serena aunque, a la vez, incómodamente (porque, a lo largo de diez horas, nuestro ambiente se limitaría a la sala de entrada del aeropuerto) al momento del check-in que sería, sabíamos, más inquietante aunque, al fin y al cabo, igual a otros.
Así, al tiempo programado en el aeropuerto se sumó más a partir del despegue retrasado del Boeing 737-800 de FlyDubai y, por ende, más sueño por lo que, una vez que apoyamos nuestras asentaderas, nos dormimos y, por suerte, nos despertamos justo a tiempo para ver a la península de Arabia desde arriba del avión: a las arenas del Sultanato de Omán que, a los pocos minutos, serían las arenas del objetivo primero de Medio Oriente, Emiratos Árabes Unidos, un destino que, supusimos, sería incomparable… y lo fue a partir del cambio de cultura, de paisaje y, mayormente para nosotros, de compañía porque ya no seríamos sólo Carla y Hernán: allí, a la salida del aeropuerto de Dubai, nos aguardaba Pablo… y que lindo que se siente volver a ver un ser querido!
Nos sentíamos revolucionados y, sí, nos sobraban motivos porque, a la alegría del reencuentro siguieron anormalidades del viaje: no negociamos un tuk-tuk sino que nos subimos al auto de Pablo; no miramos al mapa de la ciudad sino que, simplemente, oímos a Pablo; no analizamos opciones de alojamiento aunque, sí, a la distribución del departamento de Pablo que sería nuestro “hotel” (porque no queremos invadirlo tanto y llamarlo “casa”) y su habitación que sería, ni más ni menos, “nuestra” habitación.
Así que, al título de “amigo” sumamos al de “sponsor” a Pablo, al de “anfitrión” y, un poco más tarde, al de “guía” ya que, asimismo, nos acompañaría a montones de paseos por Dubai: nos acercamos al hotel de lujo Burj Al Arab y al vecino Souk Madinat Jumeirah, un shopping ambientado como zoco; anduvimos a lo largo de Palm Island y, literalmente, ya que ingresamos a través del “tronco” y nos dirigimos a la medialuna que rodea a las “hojas”, desde donde vimos al este, al soberbio Atlantis Hotel y, al oeste, al golfo Pérsico; paseamos por Dubai Marina, un complejo de rascacielos que incluye, además, un área gastronómica y una playa adonde arribamos al atardecer; aprendimos sobre la historia de Dubai a partir del prolijo Dubai Museum; nos subimos a la pequeña barca que atravesó al creek, depositándonos en Deira, donde visitamos sus sofisticados zocos (como el de oro o el de especias); ingresamos, a pedido de Hernán, al estadio de Al Wasl; visitamos al Dubai Mall, el shopping más grande del mundo que, a propósito, alberga un acuario y una gigantesca pista de patinaje sobre hielo, y se ubica alrededor de la torre más alta del mundo, Burj Khalifa de 828 metros, la cual se alza a partir de la majestuosas aguas danzantes que, obviamente, vimos en acción; aprovechamos a las panorámicas desde arriba del teleférico del Creekside Park (que, anecdóticamente, abordamos gracias al llamado telefónico que Pablo realizara al empleado que, debido al viento –que no había–, probablemente, andada gozando del no-programado día libre).
Así, Dubai seguía generando imágenes que poco vimos a lo largo de los países visitados anteriormente y que, sintéticamente, se nominarían “lujo”… porque, sí, sobra dinero en Dubai: un sinfín de shoppings que albergan a negocios más que exclusivos de accesorios, joyas y vestimenta; Aston Martin’s, Ferrari’s y Rolls-Royce’s que vagan al mismo tiempo que muestran sus patentes que suman más prestigio al dueño del automóvil; ni la zona más simple de viviendas sería, para nosotros, ingrata a la vista, de hecho, nosotros nos sentíamos ingratos a la vista del resto debido a las gastadas ropas.
Ahora bien, si Pablo volaba, quien nos mimaba sería Agnes, su prometida, ya sea, mostrándonos más de Dubai (como al museo Sheik Saeed Al Maktoum House) u organizando de las más agradables comidas: sopa de lentejas o pasta preparados por Pablo y, a modo de postre, una de las muchas tortas de Agnes o, incluso, invitándonos a algunos de los más atractivos restaurantes, como Warehouse, adonde vivimos un momento muy argentino o, al más exclusivo aún, Icho, un restaurante japonés adonde nos sentimos agasajados gracias al show del chef y a las vistas panorámicas desde el piso #49.
O sea que, una vez más, la gastronomía sería protagonista del viaje ya que, a lo dicho, agregamos montones de comidas preparadas “en casa”, otros tantos “pollos veloces” junto a los primeros hummus de Medio Oriente y un poco de “chatarra” también porque, sí, Carla y Pablo, obviamente, repitieron “su clásico”. Y hubo más y más argentino: alfajores Terrabusi, La Yapa y Vauquita que avivaron nuestros corazones al igual que montones de mates a lo largo de tardes o, incluso, madrugadas junto a Alberto, roommate de Pablo, un chaqueño que aportó lo suyo para que nos sintamos así de cómodos.
Igualmente nos quedamos solos y, entonces, abusamos del “laundry” del departamento o miramos TV o visitamos a la piscina o seguimos a las recomendaciones de Agnes y Pablo y paseamos un poco más: nos subimos al ultra-moderno metro de Dubai, visitamos al Mall of the Emirates, un shopping que alberga una pista de esquí, y volvimos a la playa de Dubai Marina para refrescarnos (refrescarnos?) en las aguas del golfo Pérsico; asimismo regresamos al estadio de Al Wasl para ver a la final de la Copa del Golfo entre Al Wasl de Dubai, dirigido por Diego Maradona, y Al Muharraq de Bahrein que, aparte de regalarnos al “show del Diego”, nos juntó con Muhammed, un emiratí a cuyo auto nos subimos para acercarnos a la puerta del estadio, nos invitó unas aguas y nos sirvió como intérprete a lo largo del partido, siendo la actuación del Sheik que pagó a las entradas de todos los hinchas –y, bueh, las de nosotros también– y vistió a la tribuna de los colores del Al Wasl, sumamente más notable que la del equipo que, al final, cayó ante su vecino.
Digamos que vimos todo lo que queríamos ver de Dubai, por ende, otra vez Pablo sería quien nos acompañaría a otros dos de los siete emiratos que componen al país: al menos rico y más conservador Sharjah y al adorable Abu Dhabi de tres grandes protagonistas: su corniche tan azulada, su más que dorado Emirates Palace (y cómo no serlo si exhibe antigüedades del mundo –a la venta– y posee, incluso, ATM’s que expenden oro) y su inmaculada mezquita Sheik Zayed, ni más ni menos, la tercera más grande del mundo (adonde Hernán no quiso ser menos e hizo lo imposible por “disfrazarse”).
Once días que iniciaron al mediodía y se volvieron sumamente intensos gracias a la actividad como a la –más que alta– temperatura aunque soportable a partir de los equipos de aire acondicionado del auto, del departamento, del metro, del museo, de la parada de ómnibus –a los cuales no nos subimos–, del shopping, del supermercado o, resumidamente, de todos lados! Once días por los que queremos volver a decir “gracias”: a Alberto por soportarnos, a Agnes por mimarnos –y, bueh, también por soportarnos– y, principalmente, a Pablo por ayudarnos y presentarnos a su mundo: sus amigos, su casa e, incluso, su trabajo porque, sí, visitamos a las oficinas de Emirates también. Así que, una vez más: gracias, Pablo, por ser parte de nuestro sueño!
Ahora, por más que ambas –almas y mochilas– nos pesen, le diremos adiós a Pablo y, junto al mismo, adiós al placer de lo casero porque seguiremos “beduinando”: nos vamos a Muscat, la capital del –ya sobrevolado– Sultanato de Omán.

Carla & Hernán