Sincerándonos:
incluimos a Salalah al itinerario, primeramente, porque aquellos mil kilómetros
que nos separaban serían sorteados abordo del accesible (gracias,
probablemente, al precio del petróleo) servicio nocturno de ómnibus, por ende, aliviaríamos
al ajustado presupuesto en Omán, por supuesto, al ahorrarnos una noche de
alojamiento (o dos noches porque, incluso, supusimos a la del regreso). Así,
nos subimos al servicio –sumamente masculino– de las siete de la tarde aunque,
debido a la rotura del aire acondicionado y, lógicamente, a la presencia de
Carla, ultimamos al trayecto abordo del siguiente servicio reservado para mujeres
y sus posibles acompañantes… o sea, sus niños o sus maridos.
Atravesamos al
desierto llamado “Empty Quarter”, una extensión de la región de Arabia Saudita
y, al amanecer, nos adentramos a las tierras de Dhofar; arribados a Salalah,
nos servimos de la –aún agradable– temperatura y nos dirigimos a pie al
alojamiento, otra vez, reservado a través de Internet adonde, simplemente, no
nos aguardaban: no poseían registro alguno de nuestra reserva y, sin
disponibilidad, ni siquiera una alternativa a la misma aunque no nos quejamos
porque, antes de lo pensado, nos acompañaron a otra versión del mismo
alojamiento ubicado a metros del primero adonde nos otorgaron un tres ambientes
al mismo precio del monoambiente reservado por Internet por lo que seguimos,
ininterrumpidamente, aprovechando al ritmo de lo casero.
A ver… qué
sabíamos de Salalah? Que se ubicaba a pocos kilómetros de la frontera del
–abolido del itinerario– Yemen y, a su vez, a orillas del golfo de Arabia, que
agrupaba a las implicancias de la región y, más aún, arribando junto al khareef (época de lluvias): más humedad,
por ende, más vegetación y –apenas un poco– menos de temperatura. O sea que,
supusimos, el paisaje de Salalah nos agradaría aunque, no, esta vez, no
acertamos al pronóstico: insulsa Salalah de áreas de plantaciones no más que
regulares; algunas ruinas o, más precisamente, las ruinas del puerto de Al
Baleed, que aparentemente son agradables, al menos, a través de las rejas; zocos
menos atractivos que los de Muscat (a excepción de los negocios de inciensos
que siguen a la tradición, pues, sería Salalah una de las puntas de la antigua
Ruta del Incienso); indeseables playas de agitadas aguas grises y una costanera
acorde al resto del paisaje, no obstante, nos acercó a lo más lindo de la
ciudad, su gente, porque, al atardecer, montones de varones (y de los más
excéntricos ya que, a partir de la historia y de la ubicación en el globo, una
importante presencia de inmigración de África “tiñe” a las calles de Salalah)
se dirigen a la misma (a las mujeres no se las ve o se las ve adentro de los
automóviles), acomodan sus ojotas al borde de la vereda y sitúan sus reposeras
mirando al mar, beben té y fuman sheesha
(pipa de agua) o juegan a las cartas o al fútbol.
Ahora… que
Salalah no sea de las más agradables de las ciudades –para nosotros, por
supuesto–, no implica que nos arrepintamos de visitarla: no vivimos al viaje
como al racconto de “atractivos del
mundo” sino como al generador de aprendizajes y sensaciones, sintéticamente,
vivencias… y, al momento, no hay semejante a la “vivencia Salalah”.
Y, siguiendo a
la “vivencia Al-Dakhiliyah”, volveremos a Muscat y, desde allí, afrontaremos a
la última parte de Omán que, si Allah nos acompaña, animará a nuestros seres
que quieren –y no pueden– reponerse de 510 días del más agotador y, a la vez,
más hermoso de los trajines de nuestras vidas.
Carla & Hernán
