28 de abril de 2011

... Tailandia! (séptima parte)


     Durante nuestro recorrido motorizado por Samui, identificamos dos posibles puertos de salida a Koh Phangan: desde Tonsai arribaríamos a Thong Sala, principal puerto de la isla, y desde Bo Phut Beach, a Hat Rin que, si bien no se trataría de la playa más espectacular, resultaba una alternativa adonde pasar nuestros próximos días. De esta forma, arreglamos que un säwngthäews nos recogiera y llevara al muelle, donde obtuvimos nuestros pasajes de ferry y sin trastorno alguno, nos dispusimos a disfrutar del trayecto desde su cubierta donde, a propósito, conocimos a una simpatiquísima pareja suizo-italiana que visitaba por cuarta vez esta isla y, a su vez, tenía intenciones de visitar Sudamérica por lo que intercambiando recomendaciones, nuestro viaje fluyó y sin darnos cuenta, ya habíamos arribado al muelle de Hat Rin.
     Se trata de una pequeña península donde se diferencian dos playas: por un lado, Sunset Beach que alberga al muelle y playas no muy agradables y, por otro lado, Sunrise Beach, donde tiene lugar una de las mayores fiestas en la playa del mundo, Full Moon Party, en la cual la música, el alcohol y el flúor nunca faltan. Desde ya que semejante negocio dio lugar a otros tales como Half Moon Party o Black Moon Party aunque, sin lugar a dudas, ninguna atrae a tantos miles de visitantes como aquella primera que posee un calendario previsto para cada año.
     Sin haberlo previsto, afortunadamente, nuestro arribo a Phangan no coincidió con ninguna fiesta por lo que sólo había algunos pocos turistas en Hat Rin, mucho de los cuales resultaron israelíes, en efecto, jamás supusimos semejante oferta gastronómica israelita así como música judía ambientando restaurantes u otros espacios comunes. Sabíamos, entonces, que podíamos conseguir una óptima tarifa de alojamiento aunque jamás imaginamos que motivados por simple curiosidad llegaríamos a un complejo y tras una larga disputa por su precio, terminásemos abonando menos que nunca antes por un moderno hotel cuyo mayor atributo fue, sin lugar a dudas, su piscina.
     Con relación a sus playas, Sunrise Beach, particularmente, nos habría sorprendido ya que lejos de guardar similitudes con su vecina Koh Samui como habríamos supuesto, sus arenas son finas y sus aguas más cristalinas. Asimismo tuvimos intenciones de conocer otras playas, de hecho, teníamos muy buenas referencias de aquellas ubicadas al norte de Phangan aunque debíamos alquilar una motocicleta y nos encontrábamos algo fiacosos para ello por lo que, sumando otras cuestiones (rutas destruidas, rumores sobre policías que intentan obtener ventajas de turistas, gasolina más cara que nunca y exigencia de dejar nuestros pasaportes a modo de garantía), nos sentimos avanzados por estas condiciones y permitimos que éstas tomaran la decisión por nosotros.
     Alternando playa y piscina, entonces, pasaron nuestros días asemejándonos a turistas de vacaciones más que sátrapas sin más ropa limpia para ponerse. Asimismo festejamos nuestro tercer mes de viaje. Y mentalizándonos que resta poco a nuestra travesía playera, cargamos nuestras mochilas para dirigirnos y disfrutar de Koh Tao, nuestra última isla del paradisíaco sur tailandés.

Carla & Hernán         

25 de abril de 2011

... Tailandia! (sexta parte)


     Amanecimos alrededor de las 7 de la mañana sin saber que se trataría de un nuevo larguísimo día de viaje: seis horas andando en minibus a fin de llegar a la ciudad de Surat Thani, dos horas de espera en una agencia de viajes, treinta minutos sobre otro minibus que nos llevó a un punto adonde completamos un registro de pasajeros y trasbordamos a un micro, otra hora andando hasta el puerto de Donsak, donde tuvimos una nueva hora de espera hasta embarcar al ferry que después de menos de dos horas, nos dejaría en Koh Samui, nuestro primer destino del golfo de Tailandia. Lo positivo? Semejantes trayectos nos permiten conocer a otros viajeros y, de esta forma, pasamos agradables ratos con Ignacio y Susana, una pareja de chilenos que realmente padecieron este periplo y, una vez arriba del ferry, disfrutamos de una extensa charla con un par de amigos italianos con quienes nos sentimos muy a gusto.
     Uf, llegamos a Samui aunque Tonsai, su puerto, no posee agradables playas por lo que una vez allí negociamos un säwngthäews junto a la pareja de chilenos y, finalmente, llegamos a aquella elegida por nosotros: Lamai Beach. Desde ya que, para dicho entonces, ya había anochecido y nosotros, una vez más, no sabíamos ni dónde estábamos parados por lo que Carla aguardó sentadita en la puerta de un FamilyMart (alternativa a la plaga de minimercados 7-Eleven que hay por Sudeste Asiático) al cuidado de nuestras mochilas mientras que Hernán se encargó de la búsqueda del alojamiento llegando a un hotel regentado por un par de señoras mayores, a quienes cayó en simpatía y, tras haber dejado atrás a la temporada alta, logró conseguir una tarifa acorde a nuestro presupuesto por más que sus comodidades superasen ampliamente nuestras expectativas: agua de cortesía, aire acondicionado, duchas con agua caliente, heladera y wi-fi gratis.
     Samui sería como una hermana menor para Phuket. Su “paisaje” incluye más de lo mismo aunque a menor escala: muchos bares, prostitutas y ladyboys, McDonalds y otras marcas de comida rápida, señores occidentales junto a jóvenes tailandesas y demás turistas.
     Si bien no son paradisíacas como algunas de las ya recorridas, sus playas ofrecen su propio encanto. Lamai fue caminada de punta a punta y, a fin de acceder al resto, optamos acertadamente, ya que se trata de la isla más grande del golfo tailandés, por alquilar una motocicleta. Así paseamos por la desarrollada Chaweng Beach donde hayamos a un artista herrero, pasamos por otras playas adonde aprovechamos para refrescarnos y Carla, por qué no, buscar alguna óptima palmera bajo la cual sestear, y llegamos hasta Mae Nam Beach, una de las playas ubicadas al norte de la isla que terminó siendo nuestra preferida gracias a su serenidad y sus vistas a Koh Phangan. Además visitamos al templo del Gran Buda, nos adentramos para ver una cascada de 80 metros de altura, recorrimos un pueblo musulmán de pescadores y conocimos a las Grandmother y Grandfather Rocks, un par de rocas famosas cuyos nombres se deducen por sus formas.
     No podemos decir que la rutina playera genere cansancio aunque sí nos lo ha provocado saltar de isla en isla tan rápidamente por lo que, una vez en Samui, decidimos prolongar una noche nuestra estadía, aprovechar su asequible oferta gastronómica y, de esta forma, reunir energías a fin de llegar a Koh Phangan, isla ubicada a pocos kilómetros al norte, dirección a la cual, por ahora, seguimos fijando nuestro rumbo.

Carla & Hernán         

21 de abril de 2011

... Tailandia! (quinta parte)


     No sabemos si será porque, poco a poco, vamos asimilando dinámicas locales o porque nuestros ritmos se van aletargando pero, de una u otra o ambas formas, llegar a Phuket nos resultó bastante relajado! Salimos del guesthouse y aguardamos un säwngthäews al cual solicitamos, así como si fuese un taxi, nos condujera a la terminal de ómnibus de la ciudad. Una vez allí adquirimos con apenas veinte minutos de antelación, nuestros pasajes de minibus a Phuket Town, llegando según planeado a su terminal de ómnibus desde donde iniciamos una caminata de diez minutos hasta la terminal de buses locales y, sin inconveniente alguno, hallamos al colectivo que nos dejaría finalmente en Patong Beach. Si bien cansador, sí, al igual que cualquier otro traslado, resultó muy gratificante haber ahorrado dinero tras arreglárnosla por sí solos.
     Una vez en Patong Beach, nos dispusimos a ubicar un lugar adonde dormir… Sabíamos que Phuket Town nos habría ofrecido alternativas más económicas aunque, por un lado, consideramos que no tenía mucho sentido alojarnos lejos de la playa y, por otro lado, jamás imaginamos que Patong Beach nos resultaría tan cara! Así que después de un largo rastreo a cargo de Carla, optamos por un hotel cuyos servicios (incluyendo un frigobar que nos permitió stockearnos de cervezas) justificaban su tarifa.
     Sin lugar a dudas, Patong Beach no nos sorprendió puesto sabíamos adonde íbamos aunque, desde ya, tampoco nos impactó muy positivamente: sus playas bañadas por un mar agitado se encuentran atestadas de turistas que reposan sobre alguna de las muchísimas reposeras distribuidas a lo largo de la playa para, posteriormente, deambular por su desarrolladísimo centro, donde resulta más sencillo conseguir un Big Mac que un arroz frito, mientras no dejan de visualizarse señores mostrándose junto a alguna acompañante tailandesa a la cual, por lo general, suelen doblar en edad y triplicar en peso. Asimismo no resulta extraño cruzarse, de vez en cuando, con algún mendigo, personaje que al momento no había ingresado en escena.
     Al llegar la noche, se adhieren a la agitada rutina de Patong, un gran número de bares, según Hernán para todos los gustos aunque según Carla sólo para hombres, muchos animados por chicas que bailan, algunos pocos aptos para todo público donde pueden presentarse bandas de música en vivo y otros lúgubres donde simplemente emborracharse. Además aparecen chicas y ladyboys y más ladyboys que ofrecen sus servicios a los occidentales que a su búsqueda salen. Nosotros, desde ya, no quisimos perdernos semejante espectáculo de varietés y salimos a tomar algo aunque nuestra noche, que había comenzado con algunas cuantas cervezas en el hotel, no resultó maratónica y culminó a las pocas horas después.
     Quisimos llevarnos otra impresión de Phuket y tratándose de la isla de mayor tamaño de Tailandia, alquilamos una motocicleta y conocimos otras playas tales como Kata y Karon que, si bien desarrolladas, resultan mucho más exclusivas, y Surin, adorable playa de aguas cristalinas que, desde ya, no desaprovechamos. Alejándonos de la costa, nuestro hambre ya podía oírse –al igual que verse Carla con su consecuente malhumor–, por lo que optamos por un puesto callejero donde devoramos unos exquisitos salteados de arroz preparados por una simpatiquísima señora quien, adicionalmente, nos agasajó con unas deliciosas sopas. Ya con nuestros corazones contentos, visitamos al Wat Phra Thong, templo budista que alberga una figura de Buda semi-enterrada ya que, según dice su leyenda, todas aquellas personas que intentaron excavarla, sucumbieron al poco tiempo. Por su parte, debido a la presencia de acantilados, Phuket posee varios miradores naturales por lo que, finalmente, nos dirigimos a un par de ellos desde donde obtuvimos bonitas vistas; asimismo nos hubiera gustado ascender a otro punto panorámico coronado por un Buda blanco gigante, lo cual nos resultó lamentablemente imposible ya que nos vimos acorralados por ambas inminentes noche y deshidratación de nuestra temporal “poderosa”.
     Así nos despedimos no sólo de Phuket sino, también, de la bella costa de Andamán, llevándonos inolvidables recuerdos y un lindo bronceado, a fin de inmergirnos en el golfo de Tailandia donde intentaremos explorar algunas de sus islas, siendo la primera de las mismas Koh Samui.

Carla & Hernán         

18 de abril de 2011

... Tailandia! (cuarta parte)


     Dicen que a quién madruga… y llegar temprano al ferry que nos conduciría al puerto continental de Krabi nos permitió conseguir una ubicación inmejorable y disfrutar del trayecto echados en la parte delantera de la cubierta del mismo. Asimismo desde allí logramos visualizar a la pareja de supuestos ingleses que conocimos en Koh Lipe y volvimos a encontrar en Koh Phi Phi, subiendo a nuestro mismo ferry! Aunque ahora, tras seguidilla de coincidencias, no sólo compartimos bromas sino alguna que otra conversación también.
     Después de dos horas de viaje, arribamos al nuevo muelle de la ciudad, aún en construcción y, desde allí optamos por un säwngthäews (pick-up equipada con dos filas de asientos) a fin de llegar al centro de la ciudad, donde nuestra búsqueda de alojamiento resultó acotada ya que optamos por aquella primera y única opción relevada: una habitación privada de guesthouse donde nos sentimos cómodos, mas allá que no reinara el buen gusto, la cual, además, nos pareció baratísima!
     Si bien no resulta una atracción en sí misma, Krabi posee una afluencia constante de turistas debido a su posición estratégica, siendo nudo de comunicaciones entre ambas costas, la de Andamán y la del golfo. Nosotros, igualmente, quisimos quedarnos aquí y aprovechar para absorber su cotidianeidad, pasear por su costanera adornada por manglares, divertirnos en sus mercados, disfrutar de sus paisajes y visitar sus alrededores.
     A fin de alcanzar algunos puntos de interés, volvimos a alquilar una motocicleta (no importa si fuese automática o no… esta vez no tuvimos éxito al regatear su precio) y llegamos al Tiger Cave Temple, un templo budista ubicado sobre la cima de una formación rocosa, al cual Hernán logró alcanzar tras ascender 1237 escalones y altísimos escalones (mientras Carla desistió al 357 debido a un violento bajón de presión) y desde donde pudo visualizar al gran Buda y stupa dorados así como vistas de los promontorios calizos que dominan al paisaje de la costa de Andamán. Asimismo visitamos otras playas tales como Nopparat Thara y Ao Nang, las cuales no resultan muy atractivas, no obstante, se hallan altamente desarrolladas y ofrecen gran variedad de servicios así como un animado centro comercial y gastronómico.
     Otra playa que resultó objeto de nuestro interés fue Railay, incomunicada con el resto del continente debido a las paredes de rocas que la rodean, por lo que, incluso, sólo puede accederse a la misma por agua. Allí disfrutamos una jornada completa, atravesando sus complejos más o menos exclusivos (a propósito, habríamos reconfirmado que se tratara de una decisión acertada no pernoctar allí), paseando de una playa a otra, una de las cuales nos habría resultado muy atractiva si no fuese por la cantidad de rocas que alfombran su costa, lo cual genera cierto fastidio al intentar bañarse en sus aguas.
     Aunque haya sido lugar de conflicto para nuestra pareja –difícilmente saldríamos airosos del viaje, no?–, nuestro amor y ganas lograron subsanar nuestras diferencias por lo que, finalmente, nos terminamos llevando un agradable recuerdo de Krabi y, abandonando los trayectos en ferry por algún tiempo, nos preparamos para nuestra escalada por tierra al siguiente objetivo, Phuket.

Carla & Hernán         

14 de abril de 2011

... Tailandia! (tercera parte)


     Llegar a Koh Phi Phi nos resultó más que sencillo: una camioneta pasó a buscarnos bien temprano por nuestro bungalow y nos llevó al muelle de la isla que distaba a 15 minutos, donde embarcamos al ferry que nos dejaría en Phi Phi Don, una de las dos islas principales, conjunto a Phi Phi Leh, que conforman al homónimo parque nacional marino.
     Ay, Phi Phi, cómo pueden ser tan hermosas? Ya desde la cubierta del barco, donde por primera vez nos permitieron permanecer, comenzamos a visualizar ambas inconfundibles siluetas a distancia. Arribamos a Phi Phi Don, única isla con oferta de servicios para turistas, y tras abonar un módico impuesto destinado al mantenimiento de la isla, nos topamos con una avalancha de caza-clientes (conductores de long-tail boats, representantes de hoteles y demás) que supieron saltearnos cuando conocieron nuestro presupuesto… “I want rich people… look for by your own” (“quiero gente rica… busquen solos”) nos dijo uno y, si bien nos resultó bastante descortés, no queríamos otra cosa más que ser liberados para buscar relajadamente cuál sería nuestro hogar durante los próximos días.
     Mientras organizábamos nuestro clásico relevamiento, volvimos a encontrarnos con la pareja de –seguimos creyendo– ingleses que habíamos conocido en Koh Lipe, y después de algunos chistes sobre quién seguía a quién y risas, Hernán se lanzó a la búsqueda, volviendo al largo rato con una opción que respetaba nuestro presupuesto –temíamos que fuera imposible aquí–, sencilla aunque muy limpia y ubicada céntricamente, próxima a Ton Sai Bay.
     Dejamos nuestras mochilas en la habitación y, siguiendo un inexplicable impulso de Hernán, salimos en busca de la playa donde diez años atrás había estado junto a Matías y Pedro. Sólo recordaba que había llegado en long-tail boat y, desde ya, ignoraba su nombre por lo que limitándonos a su memoria visual –ay, Dios mío!!–, iniciamos una caminata acompañada por mocos –sí, Hernán estaba conmovido– a través de senderos más o menos selváticos y playas hasta dar con Hat Yao o Long Beach. Si bien mucho más desarrollada que antes, su ubicación privilegiada frente a Phi Phi Leh le otorga una magia particular que, según comprobara Hernán, supo conservar a lo largo de los años.
     Sí, sin lugar a dudas, las Phi Phi son destinos netamente turísticos, no obstante, no dejan de ser bellísimas y más que recomendables según nuestro criterio. Phi Phi Don y sus encantadoras playas de arenas finas y aguas cálidas turquesas y cristalinas, enmarcadas por formaciones de roca caliza, no se ven opacadas debido al desarrollo de alojamientos turísticos ni establecimientos gastronómicos a lo largo de las mismas. Incluso su simpático centro, repleto de puestos que venden todo lo que uno puede –o no puede– llegar a necesitar, otorga un extra a la sana oferta de entretenimientos nocturnos, entre los cuales abundan los bares sobre la playa que ofrecen shows del fuego (tailandeses que realizan malabares con objetos prendidos fuego).
     Alejándonos de sus dos bahías principales, Ton Sai y Loh Dalam, las cuales justamente delimitan al centro, Phi Phi Don resulta selvática y salvo un camino bien definido que conduce a un punto panorámico al cual ascendimos y desde donde obtuvimos vistas alucinantes, los demás discurren salvajemente. De hecho, a fin de arribar a varias de sus playas, nos vimos obligados a atravesar su tan enigmática (según Hernán) como fastidiosa (según Carla) selva.
     Si bien pudimos haber pasado nuestra estadía completa aquí, mechando playas paradisíacas, comilonas, paseos, partidos de fútbol y siestas, no quisimos dejar de visitar Phi Phi Leh, por lo que nos unimos a una de las tantas salidas organizadas abordo de modernos long-tail boats que operan a diario y, por una moderada tarifa, visitamos Monkey Beach, una playa ubicada en Phi Phi Don, donde habitan monos obesos y vagos –al mejor estilo “mono de Homero Simpson”– como consecuencia del exceso de comida –y no comida– que le echan los turistas a fin de obtener una foto. Después del momento de bronca/pena que nos generara, seguimos viaje y llegamos a Phi Phi Leh, adentrándonos en la bahía de Peh-Ley, la cual se asemeja a una piscina y donde, obviamente, no perdimos oportunidad de chapotear. Posteriormente anclamos en Maya Bay, una de las playas más conocidas de Tailandia pues aquí tuvo lugar la filmación de la película “La Playa” con Leonardo Di Caprio, donde almorzamos y tuvimos tiempo para recorrer sus proximidades mientras escapábamos de las hordas de turistas que llegaban en salidas organizadas, incluso, desde otros puertos tales como Lanta, Krabi o Phuket. A continuación arribamos a otra bahía donde practicamos snorkel y donde, si bien podíamos visualizar abundantes cardúmenes alrededor del barco, Hernán quiso ir en busca de algún ejemplar único y se alejó más y más… y siguió alejándose tanto que no escuchó ni los motores del barco, ni los llamados de Carla ni las voces de los demás pasajeros al grito de “goodbye, goodbye!” (“adiós, adiós!), mientras todos le aguardábamos! Una vez Hernán arriba del barco, dejamos atrás a Phi Phi Leh y visitamos Bamboo Island, una isla también deshabitada que forma parte de la misma área protegida y gracias a la escasa presencia de botes de turistas, disfrutamos de sus tranquilas playas bañadas por un mar que enamora, donde Hernán pasó buen rato “snorkeleando” mientras Carla aprovechó para dormir una siestita. Por último, ya regresando a Phi Phi Don, realizamos una última parada en Shark Point, una formación rocosa cercana a la costa donde, se asegura, pueden visualizarse tiburones por lo que Hernán, lógicamente, no dejó de lanzarse al mar aunque volvió desilusionado tras haber conseguido apenas algunas cuantas imágenes de escurridizos nemos…
     Por otro lado, Phi Phi ha sido un lugar de festejos! De esta forma, hemos tenido la oportunidad de recibir al año 2554, un año nuevo tailandés, siendo motivo de muchísima alegría para sus habitantes, quienes pintan sus rostros, juegan con agua, brindan y bailan por las calles. Asimismo Carla cumplió sus 28 años aunque, fieles a nuestro estilo, dicho festejo resultó mucho más moderado y arrancó con un suculento desayuno sorpresa que Hernán le organizara.
     Y sí, claramente, nos hubiéramos quedado una eternidad en Phi Phi aunque nuestro momento de partir había llegado por lo que, al mejor estilo Adán y Eva, fuimos desterrados del Edén y, de esta forma, encaramos camino al ferry rumbo a nuestro siguiente destino, Krabi.

Carla & Hernán        

10 de abril de 2011

... Tailandia! (segunda parte)


     Después de nuestro desayuno lipense compuesto por jugo de ananá 10% natural (no, no falta ningún cero) y pan con margarina y mermelada, nos dirigimos hacia la recepción de nuestro complejo adonde nos aguardaba el capitán –así se hacía llamar– del long-tail boat que nos conduciría a la plataforma flotante ubicada frente a Pattaya Beach, por donde nos recogería nuestro ferry. Así sucedió sólo que este último se demoró un poco y ni siquiera se apuró ante la ansiedad de los europeos que aguardaban junto a nosotros, quienes comenzaron a llamar a sus agencias de viajes indignados ante dicha impuntualidad… “Boat is going” (“el barco está yendo”) les respondían y, claramente, el barco llegó y partimos con una hora de retraso hacia Pak Bara, puerto continental desde donde continuaríamos viaje en minibus rumbo a Koh Lanta. Desde ya creímos que dicho vehículo sería aquél que nos llevaría a nuestro objetivo aunque equivocadamente ya que después de dos horas rodando, nos depositaron en una agencia de viajes ubicada en Trang, una de las ciudades que sirven de nudo de comunicaciones en el sur de Tailandia, adonde aguardamos una nueva hora para, finalmente, subirnos al minibus que sí nos permitiría arribar a nuestro destino. Sólo que, si bien muy cercana al continente, Lanta no deja de ser una isla o, mejor dicho, dos islas (Noi y Yai), por lo que nuestra odisea culminó al atardecer, tras haber tomado dos car ferrys (uno desde el continente a Lanta Noi y otro desde Lanta Noi a Lanta Yai) y llegado a la costa oeste de la isla sur, adonde se concentran las opciones de alojamiento.
     A modo aclaratorio, podríamos haber resumido lo anteriormente descripto si hubiéramos optado por el ferry rápido desde Lipe a Lanta pero, como no podía resultar de otra forma, volvimos a preferir aquella vía más económica.
     Si bien teníamos planeado dirigirnos a una determinada playa, un francés nos comentó que su alojamiento, recomendado por Lonely Planet, se encontraba un poco más al norte por lo que, considerando que los europeos suelen ser mejores alumnos que nosotros, decidimos copiarlo y bajamos del minibus en Phra Ae Beach aunque porfiados, preferimos realizar nuestro propio relevamiento dando con un bungalow regenteado por un relajado europeo (no sabés cómo nos recordó a vos, Perti!) más económico y altamente superior en buen gusto al anterior.
     No se tratan de playas paradisíacas, sin embargo, Lanta nos sorprendió: una isla cuya existencia prácticamente desconocíamos pero que, sin embargo, se encuentra ampliamente equipada para recibir turistas, los cuales escasearon durante nuestra estadía por lo que, incluso, percibimos cierta sobreoferta de servicios.
     Phra Ae Beach, particularmente, resulta amplia y rocosa mientras que su vecina Klong Khong Beach, más angosta y plana aunque comparten un cálido mar si bien limpio, no tan cristalino como aquél en Lipe. Ambas fueron caminadas por nosotros asimismo su calle principal, semejante a una ruta, la cual nos resultó poco atractiva salvo por un puesto de comida callejero cuyos satay disputan un primer premio.
     Algo cansados de andar ya que Carla había amanecido inspiradísima para ello, decidimos alquilar una motocicleta al día siguiente a fin de seguir descubriendo Lanta, la cual regateamos (volvió a funcionar nuestra infalible estrategia para motos con cambios) a uno de los tantos ladyboys (travestis), quienes insertados en la sociedad tailandesa, ocupan diversos puestos laborales o, incluso, desarrollan proyectos propios. Así recorrimos la costa oeste desde su urbanizado norte hacia su natural y menos poblado sur, llegando al extremo meridional donde se encuentra un parque nacional, habiendo visitado playas más o menos ocultas, siendo Nui Bay aquella de nuestro mayor agrado y donde pasamos un buen rato.
     Con relación a los atardeceres, una vez más acapararon nuestra atención y, sin ánimos de desmerecer sus playas, pensamos que constituirán el recuerdo más impresionante de nuestro paso por Lanta: un horizonte brumoso destaca a la figura del sol, el cual se visualiza como una bola de fuego que se apagara tras hundirse en el mar… inolvidable!
     Sin lugar a dudas, nuestra estadía dedicada a Lanta, algo más corta aunque optimizada y acompañada por un clima magnífico, resultó apropiada y tickets en mano, nos dispusimos a avanzar rumbo noroeste a las deseadas por Carla y añoradas por Hernán, Koh Phi Phi.

Carla & Hernán        

7 de abril de 2011

... Tailandia! (primera parte)


     A fin de arribar a nuestro siguiente destino y primero en Tailandia, partimos desde Langkawi, donde pasamos sin ningún contratiempo por migraciones malayas, rumbo a Satun, puerto continental donde ingresamos formalmente al territorio tailandés. Allí aguardamos unas tres horas y, finalmente, embarcamos al ferry que nos dejaría en Koh Lipe adonde, desde ya, podríamos haber llegado directamente desde Langkawi pero, como fuera de suponerse, nuestra elección volvió a ser aquella más económica.
     Lipe es una de las islas que forman parte del Parque Nacional Marino Koh Tarutao y una de las pocas que tiene permitido albergar turistas. Su infraestructura se encuentra en plena etapa de desarrollo y, por suerte, no posee muelle aún, por tanto, ni bien arribados tuvimos que saltar –literalmente– del ferry a un long-tail boat (bote típico tailandés) que nos dejaría en nuestra playa elegida pero… adónde habíamos decidido alojarnos? Digamos que llegamos a Lipe con poca información previa, por lo que dejándonos llevar aquí más que nunca por la corriente, seguimos la recomendación de una pareja de –creemos– ingleses y terminamos en Sunset Beach, quizás la menos desarrollada de las tres playas principales, junto a Pattaya y Sunrise, que existen en la isla. Una vez allí, conseguir alojamiento no fue difícil puesto había una única opción: un complejo llamado Porn Resort (padres, quedarse tranquilos que no hacía honor a su nombre) compuesto por básicos bungalows con paredes de bambú y equipados con una cama con mosquitero, un ventilador, ducha con agua fría y, al menos nuestra choza, incluía dos temibles guardias de seguridad también…
     Decir que Lipe es hermosa no alcanza: finas arenas blancas bañadas por un mar turquesa repleto de corales y tan transparente que por más profundo uno se encuentre, nunca deja de visualizar al fondo como a través de un vidrio.
     Originalmente esta isla se encontraba habitada por una comunidad aborigen que aún persiste, a la cual le han ido comprando paulatinamente sus tierras costeras desplazándola, de esta forma, al centro de la isla, en efecto, a fin de llegar desde nuestro alojamiento a la calle comercial o, incluso, a otras playas de la isla, debíamos atravesar sus viviendas, lo cual no generaba incomodidad alguna ya que, salvo por algún niño más curioso que otro, los chow lair villagers ignoran, prácticamente, a los turistas. Así transcurrió nuestra estadía, la cual decidimos extender un día (aunque hubiese sido un mes más por Hernán), explorando sus costas y contemplando sus atardeceres.
     De cualquier forma, no todo lo que brilla es oro y Lipe no tiene control sobre la basura que genera, en efecto, la notoria ausencia de políticas así como la falta de conciencia medioambiental de sus habitantes, convierte a varias áreas de la isla en improvisados basureros, por lo que no nos habría resultado tampoco extraño encontrarnos con cucarachas prehistóricas por las noches.
     Y cómo siguió el clima? Fantástico: las lluvias habían abandonado a la isla dos días antes de nuestro arribo sin ningún tipo de retorno inesperado. Justamente quizás al tiempo que nos antecedió, escasearon los turistas en Lipe por lo que, de alguna forma, sentimos que teníamos a la isla para nosotros solos… Aunque nuestra idílica estancia debió culminar y ajustando nuestra brújula, nos embarcamos hacia nuestra próxima parada: Koh Lanta.

Carla & Hernán        

3 de abril de 2011

... Malasia! (última parte)


     Sí, llegamos a Pulau Langkawi, nuestro último destino en Malasia, país adonde habíamos llegado llenos de incertidumbre y de donde nos estábamos yendo colmados de agradables recuerdos. Y para darle un mejor final aún, Langkawi nos recibió a puro sol!
     Arribamos en ferry lento (aunque no tan lento como los indonesios) a Kuah, puerto libre de impuestos y, por ende, ciudad más importante debido a su actividad económica. Más allá de su magnitud, Kuah resulta agradable aunque, desde ya, nuestro interés residía en las playas de la isla, por lo que, considerando no existe transporte público que nos permitiera llegar a las mismas, sí, aunque lejos de habernos aburguesado, tomamos nuestro segundo taxi durante nuestro viaje.
     Llegamos a Cenang Beach y nuestro chofer, un atento musulmán, nos recomendó un hotel que terminaría siendo nuestro hogar en Langkawi no sin antes, porfiados debido a los habituales tongos entre taxistas y prestadores de servicios, haber realizado nuestro correspondiente relevamiento, esta vez, a cargo de Carla, y comprobado que se trataba de la elección acertada: una habitación privada que superaba nuestras expectativas contando con aire acondicionado, agua caliente de filtro, televisión con dos canales malayos (a propósito… qué novelas!) y heladera, la cual nos permitió abastecernos de cervezas (no hay que olvidar que, siendo una isla libre de impuestos, nos resultaban una bicoca!).
     Si bien no corresponden al prototipo paradisíaco, las playas de Langkawi tienen su propio encanto. Sus aguas son cálidas (poseen, según Carla, una temperatura perfecta) y sus playas extensas, por lo que hemos caminado varios kilómetros recorriéndolas. Asimismo sus hipnotizantes atardeceres vuelven todo entre rosado y anaranjado… un color que jamás logramos definir.
     Dado que se trata de uno de los destinos turísticos malayos por excelencia, Langkawi y, particularmente, Cenang Beach, ofrece gran número de actividades organizadas, destacándose los viajes en parasailing. Al respecto, son varios los jóvenes malayos que ofrecen esta experiencia de sobrevuelo aunque, uno de ellos, contaba con un equipo de paracaídas que doblaba en altura al resto… por lo que, como fuera de suponerse, Hernán no quiso otro más que éste… Y levantó vuelo nomás!
     A fin de dar vuelta a la isla, una vez más, alquilamos una moto (a propósito, descubrimos que no son del agrado de los turistas aquéllas con cambios por lo que, a partir de ahora, serán nuestro objeto de regateo) y descubrimos otro puerto además de áreas protegidas y playas más exclusivas.
     Así transcurrieron nuestros días de playa en Langkawi acompañados por, salvo un par de insignificantes chaparrones, un clima alucinante, donde tampoco faltaron las siestas de Carla como algún partido de fútbol de Hernán entre musulmanes, reñidos juegos de chin-chon entre cervezas y una paliza al truco que Hernán recibiera con la “dura pena” de pegarse un chapuzón al atardecer.
     Ahora sí, nuestro periplo malayo había terminado y listos para nuestro siguiente destino, el cual implicaría un cambio de país, por cierto, el sexto de nuestro itinerario y, como siempre movilizador, una nueva adaptación.

Carla & Hernán