Llegar a Koh Phi Phi nos resultó más que sencillo: una camioneta pasó a buscarnos bien temprano por nuestro bungalow y nos llevó al muelle de la isla que distaba a 15 minutos, donde embarcamos al ferry que nos dejaría en Phi Phi Don, una de las dos islas principales, conjunto a Phi Phi Leh, que conforman al homónimo parque nacional marino.
Ay, Phi Phi, cómo pueden ser tan hermosas? Ya desde la cubierta del barco, donde por primera vez nos permitieron permanecer, comenzamos a visualizar ambas inconfundibles siluetas a distancia. Arribamos a Phi Phi Don, única isla con oferta de servicios para turistas, y tras abonar un módico impuesto destinado al mantenimiento de la isla, nos topamos con una avalancha de caza-clientes (conductores de long-tail boats, representantes de hoteles y demás) que supieron saltearnos cuando conocieron nuestro presupuesto… “I want rich people… look for by your own” (“quiero gente rica… busquen solos”) nos dijo uno y, si bien nos resultó bastante descortés, no queríamos otra cosa más que ser liberados para buscar relajadamente cuál sería nuestro hogar durante los próximos días.
Mientras organizábamos nuestro clásico relevamiento, volvimos a encontrarnos con la pareja de –seguimos creyendo– ingleses que habíamos conocido en Koh Lipe, y después de algunos chistes sobre quién seguía a quién y risas, Hernán se lanzó a la búsqueda, volviendo al largo rato con una opción que respetaba nuestro presupuesto –temíamos que fuera imposible aquí–, sencilla aunque muy limpia y ubicada céntricamente, próxima a Ton Sai Bay.
Dejamos nuestras mochilas en la habitación y, siguiendo un inexplicable impulso de Hernán, salimos en busca de la playa donde diez años atrás había estado junto a Matías y Pedro. Sólo recordaba que había llegado en long-tail boat y, desde ya, ignoraba su nombre por lo que limitándonos a su memoria visual –ay, Dios mío!!–, iniciamos una caminata acompañada por mocos –sí, Hernán estaba conmovido– a través de senderos más o menos selváticos y playas hasta dar con Hat Yao o Long Beach. Si bien mucho más desarrollada que antes, su ubicación privilegiada frente a Phi Phi Leh le otorga una magia particular que, según comprobara Hernán, supo conservar a lo largo de los años.
Sí, sin lugar a dudas, las Phi Phi son destinos netamente turísticos, no obstante, no dejan de ser bellísimas y más que recomendables según nuestro criterio. Phi Phi Don y sus encantadoras playas de arenas finas y aguas cálidas turquesas y cristalinas, enmarcadas por formaciones de roca caliza, no se ven opacadas debido al desarrollo de alojamientos turísticos ni establecimientos gastronómicos a lo largo de las mismas. Incluso su simpático centro, repleto de puestos que venden todo lo que uno puede –o no puede– llegar a necesitar, otorga un extra a la sana oferta de entretenimientos nocturnos, entre los cuales abundan los bares sobre la playa que ofrecen shows del fuego (tailandeses que realizan malabares con objetos prendidos fuego).
Alejándonos de sus dos bahías principales, Ton Sai y Loh Dalam, las cuales justamente delimitan al centro, Phi Phi Don resulta selvática y salvo un camino bien definido que conduce a un punto panorámico al cual ascendimos y desde donde obtuvimos vistas alucinantes, los demás discurren salvajemente. De hecho, a fin de arribar a varias de sus playas, nos vimos obligados a atravesar su tan enigmática (según Hernán) como fastidiosa (según Carla) selva.
Si bien pudimos haber pasado nuestra estadía completa aquí, mechando playas paradisíacas, comilonas, paseos, partidos de fútbol y siestas, no quisimos dejar de visitar Phi Phi Leh, por lo que nos unimos a una de las tantas salidas organizadas abordo de modernos long-tail boats que operan a diario y, por una moderada tarifa, visitamos Monkey Beach, una playa ubicada en Phi Phi Don, donde habitan monos obesos y vagos –al mejor estilo “mono de Homero Simpson”– como consecuencia del exceso de comida –y no comida– que le echan los turistas a fin de obtener una foto. Después del momento de bronca/pena que nos generara, seguimos viaje y llegamos a Phi Phi Leh, adentrándonos en la bahía de Peh-Ley, la cual se asemeja a una piscina y donde, obviamente, no perdimos oportunidad de chapotear. Posteriormente anclamos en Maya Bay, una de las playas más conocidas de Tailandia pues aquí tuvo lugar la filmación de la película “La Playa” con Leonardo Di Caprio, donde almorzamos y tuvimos tiempo para recorrer sus proximidades mientras escapábamos de las hordas de turistas que llegaban en salidas organizadas, incluso, desde otros puertos tales como Lanta, Krabi o Phuket. A continuación arribamos a otra bahía donde practicamos snorkel y donde, si bien podíamos visualizar abundantes cardúmenes alrededor del barco, Hernán quiso ir en busca de algún ejemplar único y se alejó más y más… y siguió alejándose tanto que no escuchó ni los motores del barco, ni los llamados de Carla ni las voces de los demás pasajeros al grito de “goodbye, goodbye!” (“adiós, adiós!), mientras todos le aguardábamos! Una vez Hernán arriba del barco, dejamos atrás a Phi Phi Leh y visitamos Bamboo Island, una isla también deshabitada que forma parte de la misma área protegida y gracias a la escasa presencia de botes de turistas, disfrutamos de sus tranquilas playas bañadas por un mar que enamora, donde Hernán pasó buen rato “snorkeleando” mientras Carla aprovechó para dormir una siestita. Por último, ya regresando a Phi Phi Don, realizamos una última parada en Shark Point, una formación rocosa cercana a la costa donde, se asegura, pueden visualizarse tiburones por lo que Hernán, lógicamente, no dejó de lanzarse al mar aunque volvió desilusionado tras haber conseguido apenas algunas cuantas imágenes de escurridizos nemos…
Por otro lado, Phi Phi ha sido un lugar de festejos! De esta forma, hemos tenido la oportunidad de recibir al año 2554, un año nuevo tailandés, siendo motivo de muchísima alegría para sus habitantes, quienes pintan sus rostros, juegan con agua, brindan y bailan por las calles. Asimismo Carla cumplió sus 28 años aunque, fieles a nuestro estilo, dicho festejo resultó mucho más moderado y arrancó con un suculento desayuno sorpresa que Hernán le organizara.
Y sí, claramente, nos hubiéramos quedado una eternidad en Phi Phi aunque nuestro momento de partir había llegado por lo que, al mejor estilo Adán y Eva, fuimos desterrados del Edén y, de esta forma, encaramos camino al ferry rumbo a nuestro siguiente destino, Krabi.
Carla & Hernán