Después de nuestro desayuno lipense compuesto por jugo de ananá 10% natural (no, no falta ningún cero) y pan con margarina y mermelada, nos dirigimos hacia la recepción de nuestro complejo adonde nos aguardaba el capitán –así se hacía llamar– del long-tail boat que nos conduciría a la plataforma flotante ubicada frente a Pattaya Beach, por donde nos recogería nuestro ferry. Así sucedió sólo que este último se demoró un poco y ni siquiera se apuró ante la ansiedad de los europeos que aguardaban junto a nosotros, quienes comenzaron a llamar a sus agencias de viajes indignados ante dicha impuntualidad… “Boat is going” (“el barco está yendo”) les respondían y, claramente, el barco llegó y partimos con una hora de retraso hacia Pak Bara, puerto continental desde donde continuaríamos viaje en minibus rumbo a Koh Lanta. Desde ya creímos que dicho vehículo sería aquél que nos llevaría a nuestro objetivo aunque equivocadamente ya que después de dos horas rodando, nos depositaron en una agencia de viajes ubicada en Trang, una de las ciudades que sirven de nudo de comunicaciones en el sur de Tailandia, adonde aguardamos una nueva hora para, finalmente, subirnos al minibus que sí nos permitiría arribar a nuestro destino. Sólo que, si bien muy cercana al continente, Lanta no deja de ser una isla o, mejor dicho, dos islas (Noi y Yai), por lo que nuestra odisea culminó al atardecer, tras haber tomado dos car ferrys (uno desde el continente a Lanta Noi y otro desde Lanta Noi a Lanta Yai) y llegado a la costa oeste de la isla sur, adonde se concentran las opciones de alojamiento.
A modo aclaratorio, podríamos haber resumido lo anteriormente descripto si hubiéramos optado por el ferry rápido desde Lipe a Lanta pero, como no podía resultar de otra forma, volvimos a preferir aquella vía más económica.
Si bien teníamos planeado dirigirnos a una determinada playa, un francés nos comentó que su alojamiento, recomendado por Lonely Planet, se encontraba un poco más al norte por lo que, considerando que los europeos suelen ser mejores alumnos que nosotros, decidimos copiarlo y bajamos del minibus en Phra Ae Beach aunque porfiados, preferimos realizar nuestro propio relevamiento dando con un bungalow regenteado por un relajado europeo (no sabés cómo nos recordó a vos, Perti!) más económico y altamente superior en buen gusto al anterior.
No se tratan de playas paradisíacas, sin embargo, Lanta nos sorprendió: una isla cuya existencia prácticamente desconocíamos pero que, sin embargo, se encuentra ampliamente equipada para recibir turistas, los cuales escasearon durante nuestra estadía por lo que, incluso, percibimos cierta sobreoferta de servicios.
Phra Ae Beach, particularmente, resulta amplia y rocosa mientras que su vecina Klong Khong Beach, más angosta y plana aunque comparten un cálido mar si bien limpio, no tan cristalino como aquél en Lipe. Ambas fueron caminadas por nosotros asimismo su calle principal, semejante a una ruta, la cual nos resultó poco atractiva salvo por un puesto de comida callejero cuyos satay disputan un primer premio.
Algo cansados de andar ya que Carla había amanecido inspiradísima para ello, decidimos alquilar una motocicleta al día siguiente a fin de seguir descubriendo Lanta, la cual regateamos (volvió a funcionar nuestra infalible estrategia para motos con cambios) a uno de los tantos ladyboys (travestis), quienes insertados en la sociedad tailandesa, ocupan diversos puestos laborales o, incluso, desarrollan proyectos propios. Así recorrimos la costa oeste desde su urbanizado norte hacia su natural y menos poblado sur, llegando al extremo meridional donde se encuentra un parque nacional, habiendo visitado playas más o menos ocultas, siendo Nui Bay aquella de nuestro mayor agrado y donde pasamos un buen rato.
Con relación a los atardeceres, una vez más acapararon nuestra atención y, sin ánimos de desmerecer sus playas, pensamos que constituirán el recuerdo más impresionante de nuestro paso por Lanta: un horizonte brumoso destaca a la figura del sol, el cual se visualiza como una bola de fuego que se apagara tras hundirse en el mar… inolvidable!
Sin lugar a dudas, nuestra estadía dedicada a Lanta, algo más corta aunque optimizada y acompañada por un clima magnífico, resultó apropiada y tickets en mano, nos dispusimos a avanzar rumbo noroeste a las deseadas por Carla y añoradas por Hernán, Koh Phi Phi.
Carla & Hernán