13 de julio de 2011

... Laos! (séptima parte)


Unos pasos a la agencia de viajes, una hora de demora, un säwngthäews gigante por algunos minutos… y llegamos a la estación de ómnibus de Vientiane. Allí ubicamos al ómnibus que nos trasladaría a nuestro siguiente destino, Paksé, el cual no presentaba ninguna particularidad desde su exterior aunque, ni bien ascendimos, nos vimos sumamente sorprendidos, en efecto, sabíamos se trataría de un servicio cama aunque jamás imaginamos sería tan literal: sus asientos habían sido reemplazados por camas marineras que, si bien angostas, debían ser compartidas por dos personas, lo cual no suponía incomodidad alguna a nosotros aunque, imaginamos, no debe haber sido del agrado de aquellos viajeros “impares” que se vieron obligados a dormir juntito juntito a algún desconocido.
Ahora bien, ya sea por nuestra ubicación arriba del micro (última cama de arriba) que acentuaba una sensación de vértigo ante curvas a altas velocidades, o nuestra ubicación sobre la cama que generaba distintos fastidios (quien estuviera al lado del pasillo, debía mantenerse rígido a fin de evitar caerse y, quien estuviera al lado de la ventanilla, debía soportar la presión del otro) o, simplemente, nuestra posición 100% horizontal y completamente inhabitual sobre cuatro ruedas, Hernán pasó despierto gran parte de las doce horas de viaje mientras que Carla, por su parte y como fuera de imaginarse, logró sortear aquellos obstáculos y conciliar su sueño.
A los gritos nos despertaron una vez arribados y, rápidamente, descendimos del ómnibus y optamos por un tuk tuk para que nos llevara al centro de la ciudad, donde Hernán halló una habitación de guesthouse muy simple aunque súper luminosa donde pasaríamos nuestros siguientes días.
Dado que Paksé no posee grandes atractivos más allá de sus costaneras puesto se halla rodeada por dos ríos, Mekong y Sedon, y algún que otro mercado, pasamos nuestros días comiendo gracias al descubrimiento de un restaurantito ubicado a un par de cuadras de nuestro guesthouse donde nos atendieron formidablemente, y visitando alrededores. A tal fin, alquilamos una motocicleta y, primeramente, nos dirigimos a Champasak, una localidad ubicada a unos pocos kilómetros que alberga uno de los complejos de ruinas más importantes de Laos: Vat Phu. Se trata de un conjunto hinduista-budista que incluye lagunas, templos y vertientes de agua aunque habría sido su situación sobre terrazas rodeadas de intensa vegetación aquello que atrajo mayormente nuestra atención.
Al día siguiente, nos adentramos en la Meseta de Bolaven, un área ocupada por pequeñas poblaciones y plantaciones (arrozales y cafetales principalmente) y salpicada por cascadas de diversas dimensiones. Si bien no se trata de una ruta completamente panorámica, en efecto, algunos kilómetros nos resultaron algo aburridos, algunas de las vistas alcanzadas habrían justificado semejante travesía, durante la cual, anecdóticamente, Hernán había perdido sus anteojos negros y, debido al malhumor que le generara, retornamos al supuesto lugar de pérdida aunque, antes de llegar al mismo, cruzamos a otro turista –más tarde sabríamos sería un canadiense– que, a su vez, habíamos visto paseando por allí quien, debido al grito de Hernán, intentó frenar su motocicleta aunque, inevitablemente, terminó aplastado por ella. Ni aquel muchacho ni su vehículo, afortunadamente, sufrieron daño más allá del susto, el cual equiparó a la vergüenza de Hernán –y vergüenza ajena de Carla– al tener que decirle que, simplemente, quería preguntarle si había visto sus anteojos negros!
Una vez de regreso, organizamos nuestros petates a fin de dirigirnos, a la mañana siguiente, rumbo a nuestro próximo y último destino laosiano, Cuatro Mil Islas, lo cual, sí, nos genera algo de nostalgia aunque, al mismo tiempo, felicidad al ser concientes cómo nuestro sueño sigue convirtiéndose en realidad.

Carla & Hernán          

9 de julio de 2011

... Laos! (sexta parte)


Queríamos llegar temprano a Vientiane, nuestro próximo destino, para lo cual optamos por aquel primer servicio de ómnibus que partía desde la terminal de Vang Vieng. Se trató de un viaje sin complicaciones ni retrasos excepto por aquellos que naturalmente se producen cuando una persona –siempre acompañada por montones de bolsas pesadísimas– asciende o desciende del vehículo. De igual modo, nuestro arribo a la ciudad resultó súper óptimo ya que fuimos dejados en la terminal de ómnibus más céntrica de la ciudad, desde donde pudimos llegar a pie a la zona de los alojamientos y donde Carla, a cargo del relevamiento, halló un hotel muy bien ubicado que incluía desayuno y terminaría siendo nuestro hogar durante los próximos días.
Y así como habíamos planeado, no tardamos demasiado y nos dispusimos a conocer esta ciudad, a la cual habíamos llegado sin expectativas (debido a las referencias de otros viajeros) y ya, desde un primer momento, nos habría dado una impresión más que agradable, en efecto, Laos posee una población menor a 7 millones de habitantes (Tailandia, comparativamente, duplica su superficie aunque su población resulta nueve veces superior), por tanto, el paisaje de su capital se haya dominado por avenidas anchas donde no sufrimos ni un sólo atascamiento, veredas pulcrísimas donde no se padecen aglomeraciones, edificios antiguos o modernos aunque siempre de pocos pisos lo cual otorga a la ciudad una iluminación extra, inmaculados espacios verdes, monumentos y templos, y áreas de recreación coquetísimas. Asimismo su costanera a orillas del río Mekong nos resultó igualmente atractiva, desde donde disfrutamos atardeceres únicos y donde, posteriormente, se monta una feria de artesanos y puestos de comida que tampoco desaprovechamos.
A partir de semejantes atributos, decidimos trasladarnos dentro de la ciudad en bicicleta, la cual nos permitió visitar dispersas atracciones tales como el Monumento de la Victoria, el cual se valió del cemento donado por Estados Unidos para la construcción de una pista de aterrizaje y, ubicado justo frente al edificio del Primer Ministro, constituye un ejemplo más del sarcasmo laosiano; asimismo llegamos al Pha That Luang, una stupa dorada que resulta ícono del país y al Circo Nacional donde, lamentablemente, no hayamos función disponible. De igual modo, nos trasladamos a las afueras de la ciudad e intentamos llegar al Buddha Park (un parque repleto de esculturas de Buda) aunque, lamentablemente, ninguna persona nos dio una indicación acertada y, desconociendo a qué distancia realmente se encontraba (supimos, posteriormente, se tratarían de 25 kilómetros por tramo), si bien ya habíamos andando durante horas seguidas, decidimos abortar aquella misión y retornar antes que anocheciera.
Un intenso sol acompañó nuestra estadía completa, la cual disfrutamos muchísimo y, sin lugar a dudas, habríamos extendido si no fuese porque nos propusimos respetar, por primera vez durante todo nuestro viaje, aquel itinerario que habríamos diseñado, por tanto, arreglamos un traslado atípico hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de Paksé, durante el cual dormir, teóricamente, resultará una garantía.

Carla & Hernán          

7 de julio de 2011

... Laos! (quinta parte)

 



Últimamente veníamos optando por ómnibus regulares a fin de trasladarnos entre ciudades pero, en esta oportunidad, un minibus con aire acondicionado nos resultaba más práctico y un poco más económico, por tanto, dispusimos llegar aburguesadamente a la ciudad de Vang Vieng. Así nos pasaron a buscar por la mañana por nuestro alojamiento y, tras transitar unas diez cuadras, llegamos a un estacionamiento donde nosotros y un par de alemanes que nos acompañaban, cambiamos a otro minibus siguiendo, de esta forma, una dinámica por demás habitual por estos pagos.
Aparentemente este segundo minibus resultaría definitivo aunque, después de dos horas andando (teóricamente sería un viaje de seis horas), algo anduvo mal, sencillamente, el vehículo dejó de doblar. Uno de los alemanes que resultó ser un amante de la mecánica, intentó explicarle –sin éxito– a Hernán qué parte del tren delantero se habría roto, no obstante, sí logró transmitirle que volver a subirse al vehículo sería suicida. Así que allí permanecimos a la espera de una solución aunque ni nuestro conductor que sólo daba vueltas sosteniendo una llave en una de sus manos ni nuestra ubicación en plena ruta montañosa a metros de una curva cerrada, nos generaba demasiadas expectativas. No obstante, al cabo de algunos pocos minutos, un ómnibus regular se estacionó y tras una extensa conversación entre ambos choferes, se dirigieron a nosotros y, si bien ninguno hablaba inglés, logramos comprenderles que aquel ómnibus nos conduciría a un pueblo donde aguardaríamos a otro ómnibus regular que, finalmente, nos permitiría arribar a nuestro destino. 
Así sucedió sólo que aquel presentimiento que habíamos tenido aunque también reprimido frente al –ingenuo– optimismo de los europeos, se hizo realidad, en efecto, una vez arribados al pueblo de conexión, aquel chofer nos dejó un absurdo monto de kips (moneda de Laos) a fin de abonar nuestro siguiente traslado y, sin darnos margen alguno para averiguar si serían suficientes o no, se marchó, mientras que nosotros, finalmente, tuvimos que desembolsar otros tantos kips al arribo del siguiente vehículo.
Sintéticamente: nuestra ilusión de llegar aireados, cómodos y temprano a Vang Vieng terminó a las dos horas de viaje a la vez que un gusto semi-amargo nos quedó debido al importe que terminamos abonando y, desde ya, al timo que habríamos protagonizado.  
Arribados a la terminal de ómnibus de Vang Vieng, la cual dista a un par de kilómetros del centro, decidimos no padecer el peso de nuestras mochilas –ni tampoco el de los conductores de tuk tuk que apasionadamente intentaban sacarnos más kips de lo debido– y optamos por un guesthouse ubicado junto a la estación para, una vez instalados, dirigirnos libremente adonde quisiéramos.
Sabíamos que Vang Vieng sería una ciudad que podríamos amar u odiar o despertarnos ambos sentimientos a la vez. Por un lado, se trata de una localidad que recibe miles de jóvenes turistas atraídos por la práctica del “tubing”, la cual consiste en echarse al río sobre una cámara de automóvil inflada y visitar decenas de bares que se encuentran sobre ambos márgenes y, una vez al final del recorrido, volver al inicio y repetir misma travesía, terminando, usualmente, ebrios y, por qué no, dormidos fluyendo por el río. Por otro lado, Vang Vieng destaca por sus paisajes: el serpenteante río Nam Song discurre a través de formaciones kársticas gigantes coloreadas de verde de diversas intensidades.
Quisimos, entonces, optar por una actividad que nos permitiera realizar un poco de todo y, de esta forma, contratamos una excursión que iniciaba sobre un kayak. Sorpresivamente hayamos un poderoso río por lo que Carla, consecuentemente nerviosa, decidió asegurar su supervivencia y se ofreció, antes que nadie, para acompañar a uno de los guías (imaginamos que muchos pensarán: “que bien que la hacés, Carlita!). Hernán, por su parte, compartiría esta travesía junto a un francés con quien alternarían sus ubicaciones, o sea, la conducción del kayak, a lo largo del día.
Una primera parte resultó increíble: una corriente tan óptima que, prácticamente, no debíamos remar nos hizo fluir a través del río a la vez que descubríamos conmovedores paisajes. Así llegamos a la Cueva del Elefante y, seguidamente, iniciamos nuestra segunda “actividad de aventura”, la cual sería un mix de “caving” y “tubing”: nos acomodamos sobre unas cámaras de automóvil infladas y deslizándonos, sujetados de una cuerda, ingresamos a una cueva donde no faltaron emociones, en efecto, el nivel del río se encontraba altísimo generando que, por momentos, nuestras cabezas se hallaran enmarcadas por el techo de piedra y la superficie del agua mientras que atravesar algunos sectores con semejantes gomones nos resultaría igualmente complicado. Desde ya, una actividad no recomendable para claustrofóbicos, la cual Hernán disfrutó como niño mientras que Carla sufrió por momentos aunque, finalmente, terminó disfrutando más allá del último episodio protagonizado mientras salía de la cueva, en el cual se soltó de la soga y fue arrastrada por una fuerte corriente, quedando sujetada de la rama de un árbol a pocos metros de una –pequeña– caída de agua, siendo, posteriormente, rescatada por otro turista –mientras que Hernán seguía jugando dentro de la cueva, lógico–.
Después de almorzar junto al resto del grupo que, llamativamente, habría resultado mayoritariamente de habla hispana (mexicanos y españoles), volvimos a subirnos a nuestros kayaks sin saber que nos depararía un trayecto mucho más duro, de hecho, las corrientes resultaron mucho más violentas y generaron que el kayak de Hernán, bajo su mando, se diera vuelta una primera vez… y luego una segunda vez, en la cual habría perdido a su compañero quien terminaría siendo rescatado por uno de los guías. Por su parte, Carla tampoco resultó invicta ya que, debido a la imprudencia de otro turista, su kayak también volcó aunque, sin mayores trastornos, al cabo de algunos segundos se hallaría remando nuevamente.
Una vez sorteados dichos rápidos, aquel paisaje recobró protagonismo aunque volvió a perderlo cuando comenzamos a sentir música más y más fuerte: habíamos llegado al sector del río flanqueado por bares donde se practica tubing. Allí nos estacionamos y, simplemente, dedicamos a disfrutar del nuevo entorno –mientras Carla se divertía observando a los personajes allí presentes, Hernán se deslizaba por un violentísimo tobogán al río–, volviendo a nuestras embarcaciones pocos minutos después desde donde disfrutamos muy relajadamente del último trayecto de una intensa jornada.
Más allá de la excursión realizada, no quisimos dejar de visitar los alrededores de Vang Vieng. A tal fin, nuestro tradicional alquiler de motocicleta se vio frustrado (debido a que nos exigían dejar a modo de garantía nuestro pasaporte), por tanto, optamos por pedalear. Si bien no tuvimos más opción que embarrarnos, esta travesía nos permitió disfrutar de más campos de arroz y más montañas de roca que componen un paisaje que, sinceramente, nos alucina. De igual modo, visitamos a la denominada “Blue Lagoon”, un lugar donde, llamativamente, no hay ni laguna ni, menos aún, algo azul: se trata de un brazo del río donde se halla un puente de madera, un área de picnic y algunas cuantas sogas atadas a un árbol sobre el río para que los niños –y no tan niños– se diviertan un rato.
Vang Vieng, propiamente dicho, también nos pareció muy bonito aunque su desarrollo turístico nos resultó un poco agobiante. Su centro se encuentra repleto de locales de venta de merchandising de “tubing” y accesorios de moda un tanto excéntricos y, asimismo, restaurantes donde transmiten un capítulo tras otro de la serie Friends. A tal punto, nos dejamos llevar, una vez más, por la corriente –pero de la moda– y terminamos cenando frente a una de aquellas pantallas.
Y tras haberla disfrutado a nuestra forma, nos despedimos de Vang Vieng para dirigirnos a Vientiane, la capital de Laos, traslado que nos exigiría un nuevo madrugón aunque menor a cualquier otro pasajero ya que nos encontrábamos durmiendo al lado del ómnibus.

Carla & Hernán          

4 de julio de 2011

... Laos! (cuarta parte)

 


Dicen que para muestra basta un botón y, aún recordando el importe que tuvimos que abonar al conductor de tuk tuk a nuestra llegada a Sam Neua, quisimos obviar una nueva frustración al regatear su precio, y optamos por un juego de postas utilizando nuestra temporaria motocicleta: primero Hernán llevó a Carla y tres de nuestras cuatro mochilas, después retornó y dejó al último bártulo al cuidado de Carla y, finalmente, llegó a la terminal de ómnibus a pie tras haberse despedido de nuestro vehículo.
Un nuevo viaje de nueve horas se aproximaba, por tanto, quisimos desechar cualquier posibilidad de incomodidad extrema por lo que ascendimos primeramente al vehículo y, cual señora mayor en el colectivo 60, bloqueamos un par de asientos de nuestro agrado con nuestros bolsos.
Ya sea por nuestra ubicación o, quizás, gracias al relieve que resultó menos montañoso, sucedió un viaje mucho más ameno que aquel anterior, en el cual Carla volvió a sufrir los efectos del somnífero que, como venimos comprobando, afecta igualmente a todos los laosianos. Asimismo nuestro arribo a la ciudad de Phonsavanh resultó mucho más afortunado también ya que nuestro conductor decidió dejarnos en el centro de la ciudad donde, rápidamente, Carla halló un hotel acorde a nuestro presupuesto, en el cual, además, logramos negociar por un importe irrisoriamente extra, un desayuno que nos resultó increíble.
Phonsavanh y sus alrededores poseen dos atributos únicos. Por un lado, esta zona alberga diversos conjuntos de cientos de jarras de piedra de diversas dimensiones y una antigüedad que oscila dos mil años, cuya función se desconoce: algunos arqueólogos sostienen que servían para almacenamiento de alimentos mientras que otros afirman se tratarían de urnas funerarias aunque ambas teorías resultan aún inciertas. Y, por otro lado, se trata del área mayormente bombardeada durante la Guerra Secreta por lo que, si consideramos que Estados Unidos lanzó más bombas sobre Laos que durante la Segunda Guerra Mundial, transformándolo en el país más bombardeado del mundo (se lanzaron dos millones de toneladas de bombas) podría suponerse que esta superficie albergue muchísimos vestigios de aquel tiempo: bombas sin detonar que, actualmente, siguen provocando amputaciones o muertes, gigantescos cráteres y restos de bombas detonadas que fueron utilizadas para diversos usos de la vida cotidiana como construcción o, incluso, decoración… una forma ingeniosa de reciclar la historia o, visto de otra forma, ridiculizar el fracaso de Estados Unidos.
Justamente a fin de alcanzar estos puntos de interés, volvimos a alquilar una motocicleta. De esta forma, visitamos uno de los tres sitios de la llamada “Llanura de las Jarras” dominada no sólo por estas inmensas piedras sino por, además, verdes colinas que asemejarían a aquéllas en cuentos infantiles si no fuese por la existencia de un camino delimitadísimo que establece cuales porciones del terreno se encuentran libres de bombas y cuáles pueden seguir contaminadas por las mismas.
Una vez de regreso a la ruta, anduvimos y nos perdimos por caminos secundarios, desde donde visualizamos pequeñas poblaciones y arrozales que, sin lugar a dudas, constituyeron los más hermosos vistos al momento.  Asimismo conocimos ocasionalmente a un par de jóvenes hermanos que aprovecharon nuestra extraña presencia para practicar su óptimo inglés e, incluso, nos invitaron a su casa donde nos convidaron agua –aunque su gusto hizo que fuese prácticamente intomable– y “sticky rice” de su propio campo.
De esta forma, nuestro paseo lo incluyó todo: niños simpatiquísimos, jóvenes súper sociables y campesinos llevando a cabo sus quehaceres, animales de todo tipo –búfalos, patos e, incluso, víboras que cruzábamos por el camino–, restos arqueológicos, sitios históricos y paisajes alucinantes acompañados por un sol radiante. Así que después de una estadía corta aunque más que fructífera, decidimos partir rumbo a la siguiente parada de nuestro periplo laosiano: Vang Vieng.

Carla & Hernán          

2 de julio de 2011

... Laos! (tercera parte)


     Aún debíamos comprar nuestros pasajes a Sam Neua, por tanto, arribamos a las 11.30 horas de la mañana a la terminal de ómnibus de Nong Khiaw, adelantándonos apenas media hora a la cual nos habían citado. Nos sentíamos prácticamente solos, de hecho, no había ni taquillero ni abundancia de pasajeros, apenas un par de turistas y algún que otro vendedor de choclos. De cualquier forma, antes de iniciar averiguaciones, decidimos aguardar y ver que sucedía y, así como si fuese una película, media hora después se aproximó una motocicleta conducida por un empleado quien ocupó su puesto de trabajo y, al cabo de un par de minutos, aquella ventanilla colapsó de personas que, sin saber de dónde salieron ni cómo hicieron para coordinar su llegada, se disponían, al igual que nosotros, a adquirir sus pasajes.
     Una hora más tarde, justo cuando terminábamos una sopa de fideos con carne y vegetales a modo de almuerzo, llegó un micro repleto de personas, el cual sería nuestro siguiente medio de transporte. Dado que no había ni un asiento disponible, no tuvimos más opción que ubicarnos en aquellos desplegables a lo largo del pasillo, los cuales nos habían resultado siempre tan simpáticos hasta aquel día, en efecto, al cabo de algunos pocos minutos, no podían despertarnos otra cosa más que incomodidad. Y ya cuando sentíamos que nuestras columnas habían adoptado una nueva vértebra gracias a uno de los fierros del respaldo, algunas personas comenzaron a llegar a sus destinos, lo cual generó una revolución arriba del vehículo y, al mejor estilo “juego de las sillas”, todos los pasajeros comenzaron a cambiar sus lugares. Afortunadamente aquel juego formó parte del repertorio de nuestra infancia y, después de algunas pocas horas, logramos encontrarnos donde queríamos.
     Durante aquellas horas de viaje pudimos, asimismo, observar cuán capaces resultan los laosianos para dormir sobre vehículos en movimiento: no importa se tratase de un camino montañoso, repleto de curvas y contracurvas, todos cayeron bajo una especie de efecto somnífero –el cual también habría afectado a Carla– provocando que adoptasen extrañas posiciones o se valieran de su compañero para apoyar sus cabezas, para lo cual Hernán, quizás por tratarse de la única persona sin pegar un ojo durante todo el trayecto, habría sido un soporte ideal.
     Después de nueve horas de viaje que nos resultaron eternas, llegamos a la terminal de ómnibus de Sam Neua. Un tuk tuk nos estaba aguardando y después de intentar negociar vanamente una mejor tarifa, llegamos al centro de la ciudad, donde hallamos un hotel que, si bien básico y poco bonito, nos permitió irnos pronto a reponer fuerzas para encarar un próximo día de visitas.
     Nos resulta difícil describir a Sam Neua ya que no nos ha remitido a una ciudad ni asiática ni europea. De igual forma, no consideramos que posea un atractivo intrínseco aunque tampoco nos resultó aburrida como sugieren algunas guías de viajes. Incluso podemos asegurar que Sam Neua nos sorprendió: quizás haya sido por sus prolijos mercados y su formidable gastronomía o sus cálidos habitantes o su contexto semi-montañoso repleto de verdes pero, de cualquier forma, disfrutamos muchísimo nuestro tiempo visitándola.
     Decidimos, como no podía ser de otra forma, alquilar una motocicleta para recorrer sus alrededores. Así hallamos hermosísimos arrozales dispuestos en terrazas, ríos que discurren y forman algunas bonitas cascadas y formaciones kársticas inmensas que generan irregularidad y otorgan aún más belleza al paisaje.
     Un poco más de suerte que en Luang Prabang tuvimos, no obstante, tampoco podemos decir que el clima haya sido nuestro aliado, en efecto, mientras nos dirigíamos a Vieng Xai, topamos con varias nubes no tan pasajeras que dificultaron nuestra marcha e, incluso, obligaron a refugiarnos. De igual modo, la lluvia nos tomó de sorpresa de regreso desde una cascada aunque, en esta oportunidad, nuestro peor enemigo habría sido una sanguijuela que, sin saber cómo, trepó por el cuerpo de Carla y, cual película de terror, hallamos alimentando de su ombligo… imagen que, aseguramos, difícilmente podremos olvidar!
     Se podría decir que llegamos a Vieng Xai pasados por agua, no obstante, nada logró estropear aquella magnífica visita que emprenderíamos. Vieng Xai alberga un conjunto de cuevas naturales que sirvieron de refugio para miles de personas, entre las cuales se encontraban los líderes del Pathet Lao, grupo político comunista que sobrellevó la estrategia de resistencia durante la Guerra Secreta. Un circuito muy bien organizado, guiado y acompañado por un par de auriculares cuyo audio transmite detalles del lugar e, incluso, testimonios traducidos asociados al espacio específico visitado, nos condujo por las cuevas principales, dentro de las cuales se cocinaba y se dormía, funcionaban escuelas, imprentas y hospitales, se montaban obras de teatro, se proyectaban películas y se organizaban partidos de voleibol para divertimento de los refugiados. Actualmente se exhiben estos espacios sin modificaciones, constituyendo un crudo testimonio de una realidad que se extendió durante aquellos nueve años de intensos bombardeos norteamericanos.
     Al frente de cada una de las cuevas ocupadas a modo de vivienda, cada uno de los líderes del Pathet Lao erigió su casa tras finalizar la guerra, hecho por demás simbólico que acompaña otras sutilizas tales como seguir usando una misma cueva como estacionamiento o, incluso, utilizar un cráter producido por una bomba para construir una pileta de natación, dejándose vislumbrar ese sentimiento de orgullo que acompaña a todos los laosianos por haber sido capaces de resistir a los ataques de la mayor potencia del mundo.
     Aquellos días recorriendo Sam Neua y sus alrededores llegaron a su fin y, gratificados a partir de la experiencia aquí vivida, dispusimos continuar nuestro camino y dirigirnos al suroeste, más precisamente a Phonsavanh, ciudad que posee un misterio sin revelar.

Carla & Hernán