Queríamos llegar temprano a Vientiane,
nuestro próximo destino, para lo cual optamos por aquel primer servicio de
ómnibus que partía desde la terminal de Vang Vieng. Se trató de un viaje sin
complicaciones ni retrasos excepto por aquellos que naturalmente se producen
cuando una persona –siempre acompañada por montones de bolsas pesadísimas–
asciende o desciende del vehículo. De igual modo, nuestro arribo a la ciudad
resultó súper óptimo ya que fuimos dejados en la terminal de ómnibus más
céntrica de la ciudad, desde donde pudimos llegar a pie a la zona de los
alojamientos y donde Carla, a cargo del relevamiento, halló un hotel muy bien
ubicado que incluía desayuno y terminaría siendo nuestro hogar durante los
próximos días.
Y así como habíamos planeado, no tardamos
demasiado y nos dispusimos a conocer esta ciudad, a la cual habíamos llegado
sin expectativas (debido a las referencias de otros viajeros) y ya, desde un
primer momento, nos habría dado una impresión más que agradable, en efecto,
Laos posee una población menor a 7 millones de habitantes (Tailandia,
comparativamente, duplica su superficie aunque su población resulta nueve veces
superior), por tanto, el paisaje de su capital se haya dominado por avenidas
anchas donde no sufrimos ni un sólo atascamiento, veredas pulcrísimas donde no
se padecen aglomeraciones, edificios antiguos o modernos aunque siempre de
pocos pisos lo cual otorga a la ciudad una iluminación extra, inmaculados
espacios verdes, monumentos y templos, y áreas de recreación coquetísimas.
Asimismo su costanera a orillas del río Mekong nos resultó igualmente
atractiva, desde donde disfrutamos atardeceres únicos y donde, posteriormente,
se monta una feria de artesanos y puestos de comida que tampoco
desaprovechamos.
A partir de semejantes atributos,
decidimos trasladarnos dentro de la ciudad en bicicleta, la cual nos permitió
visitar dispersas atracciones tales como el Monumento de la Victoria, el cual
se valió del cemento donado por Estados Unidos para la construcción de una pista
de aterrizaje y, ubicado justo frente al edificio del Primer Ministro,
constituye un ejemplo más del sarcasmo laosiano; asimismo llegamos al Pha That
Luang, una stupa dorada que resulta ícono del país y al Circo Nacional donde,
lamentablemente, no hayamos función disponible. De igual modo, nos trasladamos
a las afueras de la ciudad e intentamos llegar al Buddha Park (un parque
repleto de esculturas de Buda) aunque, lamentablemente, ninguna persona nos dio
una indicación acertada y, desconociendo a qué distancia realmente se
encontraba (supimos, posteriormente, se tratarían de 25 kilómetros por tramo),
si bien ya habíamos andando durante horas seguidas, decidimos abortar aquella
misión y retornar antes que anocheciera.
Un intenso sol acompañó nuestra estadía
completa, la cual disfrutamos muchísimo y, sin lugar a dudas, habríamos
extendido si no fuese porque nos propusimos respetar, por primera vez durante
todo nuestro viaje, aquel itinerario que habríamos diseñado, por tanto,
arreglamos un traslado atípico hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de
Paksé, durante el cual dormir, teóricamente, resultará una garantía.
Carla
& Hernán