9 de julio de 2011

... Laos! (sexta parte)


Queríamos llegar temprano a Vientiane, nuestro próximo destino, para lo cual optamos por aquel primer servicio de ómnibus que partía desde la terminal de Vang Vieng. Se trató de un viaje sin complicaciones ni retrasos excepto por aquellos que naturalmente se producen cuando una persona –siempre acompañada por montones de bolsas pesadísimas– asciende o desciende del vehículo. De igual modo, nuestro arribo a la ciudad resultó súper óptimo ya que fuimos dejados en la terminal de ómnibus más céntrica de la ciudad, desde donde pudimos llegar a pie a la zona de los alojamientos y donde Carla, a cargo del relevamiento, halló un hotel muy bien ubicado que incluía desayuno y terminaría siendo nuestro hogar durante los próximos días.
Y así como habíamos planeado, no tardamos demasiado y nos dispusimos a conocer esta ciudad, a la cual habíamos llegado sin expectativas (debido a las referencias de otros viajeros) y ya, desde un primer momento, nos habría dado una impresión más que agradable, en efecto, Laos posee una población menor a 7 millones de habitantes (Tailandia, comparativamente, duplica su superficie aunque su población resulta nueve veces superior), por tanto, el paisaje de su capital se haya dominado por avenidas anchas donde no sufrimos ni un sólo atascamiento, veredas pulcrísimas donde no se padecen aglomeraciones, edificios antiguos o modernos aunque siempre de pocos pisos lo cual otorga a la ciudad una iluminación extra, inmaculados espacios verdes, monumentos y templos, y áreas de recreación coquetísimas. Asimismo su costanera a orillas del río Mekong nos resultó igualmente atractiva, desde donde disfrutamos atardeceres únicos y donde, posteriormente, se monta una feria de artesanos y puestos de comida que tampoco desaprovechamos.
A partir de semejantes atributos, decidimos trasladarnos dentro de la ciudad en bicicleta, la cual nos permitió visitar dispersas atracciones tales como el Monumento de la Victoria, el cual se valió del cemento donado por Estados Unidos para la construcción de una pista de aterrizaje y, ubicado justo frente al edificio del Primer Ministro, constituye un ejemplo más del sarcasmo laosiano; asimismo llegamos al Pha That Luang, una stupa dorada que resulta ícono del país y al Circo Nacional donde, lamentablemente, no hayamos función disponible. De igual modo, nos trasladamos a las afueras de la ciudad e intentamos llegar al Buddha Park (un parque repleto de esculturas de Buda) aunque, lamentablemente, ninguna persona nos dio una indicación acertada y, desconociendo a qué distancia realmente se encontraba (supimos, posteriormente, se tratarían de 25 kilómetros por tramo), si bien ya habíamos andando durante horas seguidas, decidimos abortar aquella misión y retornar antes que anocheciera.
Un intenso sol acompañó nuestra estadía completa, la cual disfrutamos muchísimo y, sin lugar a dudas, habríamos extendido si no fuese porque nos propusimos respetar, por primera vez durante todo nuestro viaje, aquel itinerario que habríamos diseñado, por tanto, arreglamos un traslado atípico hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de Paksé, durante el cual dormir, teóricamente, resultará una garantía.

Carla & Hernán