Aún debíamos comprar nuestros pasajes a Sam Neua, por tanto, arribamos a las 11.30 horas de la mañana a la terminal de ómnibus de Nong Khiaw, adelantándonos apenas media hora a la cual nos habían citado. Nos sentíamos prácticamente solos, de hecho, no había ni taquillero ni abundancia de pasajeros, apenas un par de turistas y algún que otro vendedor de choclos. De cualquier forma, antes de iniciar averiguaciones, decidimos aguardar y ver que sucedía y, así como si fuese una película, media hora después se aproximó una motocicleta conducida por un empleado quien ocupó su puesto de trabajo y, al cabo de un par de minutos, aquella ventanilla colapsó de personas que, sin saber de dónde salieron ni cómo hicieron para coordinar su llegada, se disponían, al igual que nosotros, a adquirir sus pasajes.
Una hora más tarde, justo cuando terminábamos una sopa de fideos con carne y vegetales a modo de almuerzo, llegó un micro repleto de personas, el cual sería nuestro siguiente medio de transporte. Dado que no había ni un asiento disponible, no tuvimos más opción que ubicarnos en aquellos desplegables a lo largo del pasillo, los cuales nos habían resultado siempre tan simpáticos hasta aquel día, en efecto, al cabo de algunos pocos minutos, no podían despertarnos otra cosa más que incomodidad. Y ya cuando sentíamos que nuestras columnas habían adoptado una nueva vértebra gracias a uno de los fierros del respaldo, algunas personas comenzaron a llegar a sus destinos, lo cual generó una revolución arriba del vehículo y, al mejor estilo “juego de las sillas”, todos los pasajeros comenzaron a cambiar sus lugares. Afortunadamente aquel juego formó parte del repertorio de nuestra infancia y, después de algunas pocas horas, logramos encontrarnos donde queríamos.
Durante aquellas horas de viaje pudimos, asimismo, observar cuán capaces resultan los laosianos para dormir sobre vehículos en movimiento: no importa se tratase de un camino montañoso, repleto de curvas y contracurvas, todos cayeron bajo una especie de efecto somnífero –el cual también habría afectado a Carla– provocando que adoptasen extrañas posiciones o se valieran de su compañero para apoyar sus cabezas, para lo cual Hernán, quizás por tratarse de la única persona sin pegar un ojo durante todo el trayecto, habría sido un soporte ideal.
Después de nueve horas de viaje que nos resultaron eternas, llegamos a la terminal de ómnibus de Sam Neua. Un tuk tuk nos estaba aguardando y después de intentar negociar vanamente una mejor tarifa, llegamos al centro de la ciudad, donde hallamos un hotel que, si bien básico y poco bonito, nos permitió irnos pronto a reponer fuerzas para encarar un próximo día de visitas.
Nos resulta difícil describir a Sam Neua ya que no nos ha remitido a una ciudad ni asiática ni europea. De igual forma, no consideramos que posea un atractivo intrínseco aunque tampoco nos resultó aburrida como sugieren algunas guías de viajes. Incluso podemos asegurar que Sam Neua nos sorprendió: quizás haya sido por sus prolijos mercados y su formidable gastronomía o sus cálidos habitantes o su contexto semi-montañoso repleto de verdes pero, de cualquier forma, disfrutamos muchísimo nuestro tiempo visitándola.
Decidimos, como no podía ser de otra forma, alquilar una motocicleta para recorrer sus alrededores. Así hallamos hermosísimos arrozales dispuestos en terrazas, ríos que discurren y forman algunas bonitas cascadas y formaciones kársticas inmensas que generan irregularidad y otorgan aún más belleza al paisaje.
Un poco más de suerte que en Luang Prabang tuvimos, no obstante, tampoco podemos decir que el clima haya sido nuestro aliado, en efecto, mientras nos dirigíamos a Vieng Xai, topamos con varias nubes no tan pasajeras que dificultaron nuestra marcha e, incluso, obligaron a refugiarnos. De igual modo, la lluvia nos tomó de sorpresa de regreso desde una cascada aunque, en esta oportunidad, nuestro peor enemigo habría sido una sanguijuela que, sin saber cómo, trepó por el cuerpo de Carla y, cual película de terror, hallamos alimentando de su ombligo… imagen que, aseguramos, difícilmente podremos olvidar!
Se podría decir que llegamos a Vieng Xai pasados por agua, no obstante, nada logró estropear aquella magnífica visita que emprenderíamos. Vieng Xai alberga un conjunto de cuevas naturales que sirvieron de refugio para miles de personas, entre las cuales se encontraban los líderes del Pathet Lao, grupo político comunista que sobrellevó la estrategia de resistencia durante la Guerra Secreta. Un circuito muy bien organizado, guiado y acompañado por un par de auriculares cuyo audio transmite detalles del lugar e, incluso, testimonios traducidos asociados al espacio específico visitado, nos condujo por las cuevas principales, dentro de las cuales se cocinaba y se dormía, funcionaban escuelas, imprentas y hospitales, se montaban obras de teatro, se proyectaban películas y se organizaban partidos de voleibol para divertimento de los refugiados. Actualmente se exhiben estos espacios sin modificaciones, constituyendo un crudo testimonio de una realidad que se extendió durante aquellos nueve años de intensos bombardeos norteamericanos.
Al frente de cada una de las cuevas ocupadas a modo de vivienda, cada uno de los líderes del Pathet Lao erigió su casa tras finalizar la guerra, hecho por demás simbólico que acompaña otras sutilizas tales como seguir usando una misma cueva como estacionamiento o, incluso, utilizar un cráter producido por una bomba para construir una pileta de natación, dejándose vislumbrar ese sentimiento de orgullo que acompaña a todos los laosianos por haber sido capaces de resistir a los ataques de la mayor potencia del mundo.
Aquellos días recorriendo Sam Neua y sus alrededores llegaron a su fin y, gratificados a partir de la experiencia aquí vivida, dispusimos continuar nuestro camino y dirigirnos al suroeste, más precisamente a Phonsavanh, ciudad que posee un misterio sin revelar.
Carla & Hernán