13 de julio de 2011

... Laos! (séptima parte)


Unos pasos a la agencia de viajes, una hora de demora, un säwngthäews gigante por algunos minutos… y llegamos a la estación de ómnibus de Vientiane. Allí ubicamos al ómnibus que nos trasladaría a nuestro siguiente destino, Paksé, el cual no presentaba ninguna particularidad desde su exterior aunque, ni bien ascendimos, nos vimos sumamente sorprendidos, en efecto, sabíamos se trataría de un servicio cama aunque jamás imaginamos sería tan literal: sus asientos habían sido reemplazados por camas marineras que, si bien angostas, debían ser compartidas por dos personas, lo cual no suponía incomodidad alguna a nosotros aunque, imaginamos, no debe haber sido del agrado de aquellos viajeros “impares” que se vieron obligados a dormir juntito juntito a algún desconocido.
Ahora bien, ya sea por nuestra ubicación arriba del micro (última cama de arriba) que acentuaba una sensación de vértigo ante curvas a altas velocidades, o nuestra ubicación sobre la cama que generaba distintos fastidios (quien estuviera al lado del pasillo, debía mantenerse rígido a fin de evitar caerse y, quien estuviera al lado de la ventanilla, debía soportar la presión del otro) o, simplemente, nuestra posición 100% horizontal y completamente inhabitual sobre cuatro ruedas, Hernán pasó despierto gran parte de las doce horas de viaje mientras que Carla, por su parte y como fuera de imaginarse, logró sortear aquellos obstáculos y conciliar su sueño.
A los gritos nos despertaron una vez arribados y, rápidamente, descendimos del ómnibus y optamos por un tuk tuk para que nos llevara al centro de la ciudad, donde Hernán halló una habitación de guesthouse muy simple aunque súper luminosa donde pasaríamos nuestros siguientes días.
Dado que Paksé no posee grandes atractivos más allá de sus costaneras puesto se halla rodeada por dos ríos, Mekong y Sedon, y algún que otro mercado, pasamos nuestros días comiendo gracias al descubrimiento de un restaurantito ubicado a un par de cuadras de nuestro guesthouse donde nos atendieron formidablemente, y visitando alrededores. A tal fin, alquilamos una motocicleta y, primeramente, nos dirigimos a Champasak, una localidad ubicada a unos pocos kilómetros que alberga uno de los complejos de ruinas más importantes de Laos: Vat Phu. Se trata de un conjunto hinduista-budista que incluye lagunas, templos y vertientes de agua aunque habría sido su situación sobre terrazas rodeadas de intensa vegetación aquello que atrajo mayormente nuestra atención.
Al día siguiente, nos adentramos en la Meseta de Bolaven, un área ocupada por pequeñas poblaciones y plantaciones (arrozales y cafetales principalmente) y salpicada por cascadas de diversas dimensiones. Si bien no se trata de una ruta completamente panorámica, en efecto, algunos kilómetros nos resultaron algo aburridos, algunas de las vistas alcanzadas habrían justificado semejante travesía, durante la cual, anecdóticamente, Hernán había perdido sus anteojos negros y, debido al malhumor que le generara, retornamos al supuesto lugar de pérdida aunque, antes de llegar al mismo, cruzamos a otro turista –más tarde sabríamos sería un canadiense– que, a su vez, habíamos visto paseando por allí quien, debido al grito de Hernán, intentó frenar su motocicleta aunque, inevitablemente, terminó aplastado por ella. Ni aquel muchacho ni su vehículo, afortunadamente, sufrieron daño más allá del susto, el cual equiparó a la vergüenza de Hernán –y vergüenza ajena de Carla– al tener que decirle que, simplemente, quería preguntarle si había visto sus anteojos negros!
Una vez de regreso, organizamos nuestros petates a fin de dirigirnos, a la mañana siguiente, rumbo a nuestro próximo y último destino laosiano, Cuatro Mil Islas, lo cual, sí, nos genera algo de nostalgia aunque, al mismo tiempo, felicidad al ser concientes cómo nuestro sueño sigue convirtiéndose en realidad.

Carla & Hernán