Unos pasos a la agencia de viajes, una
hora de demora, un säwngthäews gigante por algunos minutos… y
llegamos a la estación de ómnibus de Vientiane. Allí ubicamos al ómnibus que
nos trasladaría a nuestro siguiente destino, Paksé, el cual no presentaba
ninguna particularidad desde su exterior aunque, ni bien ascendimos, nos vimos
sumamente sorprendidos, en efecto, sabíamos se trataría de un servicio cama
aunque jamás imaginamos sería tan literal: sus asientos habían sido
reemplazados por camas marineras que, si bien angostas, debían ser compartidas
por dos personas, lo cual no suponía incomodidad alguna a nosotros aunque,
imaginamos, no debe haber sido del agrado de aquellos viajeros “impares” que se
vieron obligados a dormir juntito juntito a algún desconocido.
Ahora bien, ya sea por nuestra ubicación
arriba del micro (última cama de arriba) que acentuaba una sensación de vértigo
ante curvas a altas velocidades, o nuestra ubicación sobre la cama que generaba
distintos fastidios (quien estuviera al lado del pasillo, debía mantenerse
rígido a fin de evitar caerse y, quien estuviera al lado de la ventanilla,
debía soportar la presión del otro) o, simplemente, nuestra posición 100%
horizontal y completamente inhabitual sobre cuatro ruedas, Hernán pasó despierto
gran parte de las doce horas de viaje mientras que Carla, por su parte y como
fuera de imaginarse, logró sortear aquellos obstáculos y conciliar su sueño.
A los gritos nos despertaron una vez
arribados y, rápidamente, descendimos del ómnibus y optamos por un tuk tuk para
que nos llevara al centro de la ciudad, donde Hernán halló una habitación de
guesthouse muy simple aunque súper luminosa donde pasaríamos nuestros
siguientes días.
Dado que Paksé no posee grandes atractivos
más allá de sus costaneras puesto se halla rodeada por dos ríos, Mekong y
Sedon, y algún que otro mercado, pasamos nuestros días comiendo gracias al
descubrimiento de un restaurantito ubicado a un par de cuadras de nuestro
guesthouse donde nos atendieron formidablemente, y visitando alrededores. A tal
fin, alquilamos una motocicleta y, primeramente, nos dirigimos a Champasak, una
localidad ubicada a unos pocos kilómetros que alberga uno de los complejos de
ruinas más importantes de Laos: Vat Phu. Se trata de un conjunto hinduista-budista
que incluye lagunas, templos y vertientes de agua aunque habría sido su
situación sobre terrazas rodeadas de intensa vegetación aquello que atrajo
mayormente nuestra atención.
Al día siguiente, nos adentramos en la
Meseta de Bolaven, un área ocupada por pequeñas poblaciones y plantaciones
(arrozales y cafetales principalmente) y salpicada por cascadas de diversas
dimensiones. Si bien no se trata de una ruta completamente panorámica, en
efecto, algunos kilómetros nos resultaron algo aburridos, algunas de las vistas
alcanzadas habrían justificado semejante travesía, durante la cual,
anecdóticamente, Hernán había perdido sus anteojos negros y, debido al malhumor
que le generara, retornamos al supuesto lugar de pérdida aunque, antes de llegar
al mismo, cruzamos a otro turista –más tarde sabríamos sería un canadiense–
que, a su vez, habíamos visto paseando por allí quien, debido al grito de
Hernán, intentó frenar su motocicleta aunque, inevitablemente, terminó
aplastado por ella. Ni aquel muchacho ni su vehículo, afortunadamente,
sufrieron daño más allá del susto, el cual equiparó a la vergüenza de Hernán –y
vergüenza ajena de Carla– al tener que decirle que, simplemente, quería
preguntarle si había visto sus anteojos negros!
Una vez de regreso, organizamos nuestros
petates a fin de dirigirnos, a la mañana siguiente, rumbo a nuestro próximo y
último destino laosiano, Cuatro Mil Islas, lo cual, sí, nos genera algo de
nostalgia aunque, al mismo tiempo, felicidad al ser concientes cómo nuestro
sueño sigue convirtiéndose en realidad.
Carla & Hernán
