Dicen que para
muestra basta un botón y, aún recordando el importe que tuvimos que abonar al
conductor de tuk tuk a nuestra llegada a Sam Neua, quisimos obviar una nueva
frustración al regatear su precio, y optamos por un juego de postas utilizando
nuestra temporaria motocicleta: primero Hernán llevó a Carla y tres de nuestras
cuatro mochilas, después retornó y dejó al último bártulo al cuidado de Carla
y, finalmente, llegó a la terminal de ómnibus a pie tras haberse despedido de
nuestro vehículo.
Un nuevo viaje de nueve horas se
aproximaba, por tanto, quisimos desechar cualquier posibilidad de incomodidad
extrema por lo que ascendimos primeramente al vehículo y, cual señora mayor en
el colectivo 60, bloqueamos un par de asientos de nuestro agrado con nuestros
bolsos.
Ya sea por nuestra ubicación o, quizás,
gracias al relieve que resultó menos montañoso, sucedió un viaje mucho más
ameno que aquel anterior, en el cual Carla volvió a sufrir los efectos del
somnífero que, como venimos comprobando, afecta igualmente a todos los
laosianos. Asimismo nuestro arribo a la ciudad de Phonsavanh resultó mucho más
afortunado también ya que nuestro conductor decidió dejarnos en el centro de la
ciudad donde, rápidamente, Carla halló un hotel acorde a nuestro presupuesto,
en el cual, además, logramos negociar por un importe irrisoriamente extra, un
desayuno que nos resultó increíble.
Phonsavanh y sus alrededores poseen dos
atributos únicos. Por un lado, esta zona alberga diversos conjuntos de cientos
de jarras de piedra de diversas dimensiones y una antigüedad que oscila dos mil
años, cuya función se desconoce: algunos arqueólogos sostienen que servían para
almacenamiento de alimentos mientras que otros afirman se tratarían de urnas
funerarias aunque ambas teorías resultan aún inciertas. Y, por otro lado, se
trata del área mayormente bombardeada durante la Guerra Secreta por lo que, si
consideramos que Estados Unidos lanzó más bombas sobre Laos que durante la
Segunda Guerra Mundial, transformándolo en el país más bombardeado del mundo
(se lanzaron dos millones de toneladas de bombas) podría suponerse que esta
superficie albergue muchísimos vestigios de aquel tiempo: bombas sin detonar
que, actualmente, siguen provocando amputaciones o muertes, gigantescos
cráteres y restos de bombas detonadas que fueron utilizadas para diversos usos
de la vida cotidiana como construcción o, incluso, decoración… una forma
ingeniosa de reciclar la historia o, visto de otra forma, ridiculizar el
fracaso de Estados Unidos.
Justamente a fin de alcanzar estos puntos
de interés, volvimos a alquilar una motocicleta. De esta forma, visitamos uno
de los tres sitios de la llamada “Llanura de las Jarras” dominada no sólo por
estas inmensas piedras sino por, además, verdes colinas que asemejarían a
aquéllas en cuentos infantiles si no fuese por la existencia de un camino
delimitadísimo que establece cuales porciones del terreno se encuentran libres
de bombas y cuáles pueden seguir contaminadas por las mismas.
Una vez de regreso a la ruta, anduvimos y
nos perdimos por caminos secundarios, desde donde visualizamos pequeñas
poblaciones y arrozales que, sin lugar a dudas, constituyeron los más hermosos
vistos al momento. Asimismo
conocimos ocasionalmente a un par de jóvenes hermanos que aprovecharon nuestra
extraña presencia para practicar su óptimo inglés e, incluso, nos invitaron a
su casa donde nos convidaron agua –aunque su gusto hizo que fuese prácticamente
intomable– y “sticky rice” de su propio campo.
De esta forma, nuestro paseo lo incluyó
todo: niños simpatiquísimos, jóvenes súper sociables y campesinos llevando a
cabo sus quehaceres, animales de todo tipo –búfalos, patos e, incluso, víboras
que cruzábamos por el camino–, restos arqueológicos, sitios históricos y paisajes
alucinantes acompañados por un sol radiante. Así que después de una estadía
corta aunque más que fructífera, decidimos partir rumbo a la siguiente parada
de nuestro periplo laosiano: Vang Vieng.
Carla
& Hernán
