4 de julio de 2011

... Laos! (cuarta parte)

 


Dicen que para muestra basta un botón y, aún recordando el importe que tuvimos que abonar al conductor de tuk tuk a nuestra llegada a Sam Neua, quisimos obviar una nueva frustración al regatear su precio, y optamos por un juego de postas utilizando nuestra temporaria motocicleta: primero Hernán llevó a Carla y tres de nuestras cuatro mochilas, después retornó y dejó al último bártulo al cuidado de Carla y, finalmente, llegó a la terminal de ómnibus a pie tras haberse despedido de nuestro vehículo.
Un nuevo viaje de nueve horas se aproximaba, por tanto, quisimos desechar cualquier posibilidad de incomodidad extrema por lo que ascendimos primeramente al vehículo y, cual señora mayor en el colectivo 60, bloqueamos un par de asientos de nuestro agrado con nuestros bolsos.
Ya sea por nuestra ubicación o, quizás, gracias al relieve que resultó menos montañoso, sucedió un viaje mucho más ameno que aquel anterior, en el cual Carla volvió a sufrir los efectos del somnífero que, como venimos comprobando, afecta igualmente a todos los laosianos. Asimismo nuestro arribo a la ciudad de Phonsavanh resultó mucho más afortunado también ya que nuestro conductor decidió dejarnos en el centro de la ciudad donde, rápidamente, Carla halló un hotel acorde a nuestro presupuesto, en el cual, además, logramos negociar por un importe irrisoriamente extra, un desayuno que nos resultó increíble.
Phonsavanh y sus alrededores poseen dos atributos únicos. Por un lado, esta zona alberga diversos conjuntos de cientos de jarras de piedra de diversas dimensiones y una antigüedad que oscila dos mil años, cuya función se desconoce: algunos arqueólogos sostienen que servían para almacenamiento de alimentos mientras que otros afirman se tratarían de urnas funerarias aunque ambas teorías resultan aún inciertas. Y, por otro lado, se trata del área mayormente bombardeada durante la Guerra Secreta por lo que, si consideramos que Estados Unidos lanzó más bombas sobre Laos que durante la Segunda Guerra Mundial, transformándolo en el país más bombardeado del mundo (se lanzaron dos millones de toneladas de bombas) podría suponerse que esta superficie albergue muchísimos vestigios de aquel tiempo: bombas sin detonar que, actualmente, siguen provocando amputaciones o muertes, gigantescos cráteres y restos de bombas detonadas que fueron utilizadas para diversos usos de la vida cotidiana como construcción o, incluso, decoración… una forma ingeniosa de reciclar la historia o, visto de otra forma, ridiculizar el fracaso de Estados Unidos.
Justamente a fin de alcanzar estos puntos de interés, volvimos a alquilar una motocicleta. De esta forma, visitamos uno de los tres sitios de la llamada “Llanura de las Jarras” dominada no sólo por estas inmensas piedras sino por, además, verdes colinas que asemejarían a aquéllas en cuentos infantiles si no fuese por la existencia de un camino delimitadísimo que establece cuales porciones del terreno se encuentran libres de bombas y cuáles pueden seguir contaminadas por las mismas.
Una vez de regreso a la ruta, anduvimos y nos perdimos por caminos secundarios, desde donde visualizamos pequeñas poblaciones y arrozales que, sin lugar a dudas, constituyeron los más hermosos vistos al momento.  Asimismo conocimos ocasionalmente a un par de jóvenes hermanos que aprovecharon nuestra extraña presencia para practicar su óptimo inglés e, incluso, nos invitaron a su casa donde nos convidaron agua –aunque su gusto hizo que fuese prácticamente intomable– y “sticky rice” de su propio campo.
De esta forma, nuestro paseo lo incluyó todo: niños simpatiquísimos, jóvenes súper sociables y campesinos llevando a cabo sus quehaceres, animales de todo tipo –búfalos, patos e, incluso, víboras que cruzábamos por el camino–, restos arqueológicos, sitios históricos y paisajes alucinantes acompañados por un sol radiante. Así que después de una estadía corta aunque más que fructífera, decidimos partir rumbo a la siguiente parada de nuestro periplo laosiano: Vang Vieng.

Carla & Hernán