30 de julio de 2011

... Cambodia! (última parte)


Un viaje de cuatro horas en ómnibus nos depararía antes de llegar a Sihanouk Ville, donde, una vez arribados, optamos por dos moto-taxis para que nos condujeran a Ochheuteal Beach, una de las cinco playas que forman parte del área. Desde ya que nuestros conductores ignoraron nuestro pedido y decidieron depositarnos en el lobby de uno de los hoteles donde poseían comisión y, dado que aquel no resultó de nuestro agradó, Hernán salió a la búsqueda de alojamiento, hallando uno ubicado a unos 200 metros del anterior y unos 300 metros de la playa.
Ochheuteal Beach nos gustó mucho: sus playas son amplias y limpias y su oferta de servicios muy completa. Sin embargo, nuestra estadía no resultó idílica ya que, lamentablemente, no hubo ni un solo día de sol: las nubes, las lluvias tropicales y los vientos alternaron su protagonismo, no obstante, no lograron desanimarnos para pasear y, cuando fuese necesario –o no– acompañar nuestros resguardos con cervezas y comida… comida! Aquí nos reencontramos con nuestras incipientes panzas ya que aprovechamos para degustar algunas especialidades playeras como aquellos, ya sean asiáticos u occidentales, aunque siempre gigantescos platos que nos preparaba Rose, una camboyana que poseía un restaurante justo al lado de nuestro alojamiento.
Igualmente no todo resultó “comida” ya que, una noche, quisimos probar nuestra suerte en “Fortuna”, uno de los casinos de Sihanouk Ville. Así ingresamos y, orgullosos de nuestro presupuesto (diez dólares), visualizamos nuestro objetivo, una máquina tragamonedas cuyas apuestas equivalían a diez centavos de dólar e, ignorando al europeo que, sentado junto a nosotros, trababa su máquina con escarbadientes para limitarse a introducir billetes de cien dólares cuando fuese necesario, comenzamos a jugar y, al cabo de unos minutos, nuestra máquina nos regaló montones y montones de monedas virtuales que sumaron un total de treinta dólares. Así que felizmente nos retiramos y dirigimos, posteriormente, a disfrutar del premio, claro está, en el restaurante de Rose!!!
De esta forma, no sólo transcurrieron nuestros días de playa sino, también, nuestros últimos días en Cambodia. Ahora nos preparábamos para dirigirnos a la República Democrática de Vietnam, país que despierta grandes expectativas y que marcará el fin de nuestro paso por Sudeste Asiático.

Carla & Hernán          

26 de julio de 2011

... Cambodia! (cuarta parte)


Viernes. Un nuevo y óptimo viaje en ómnibus había sucedido y, de esta forma, llegamos a la ciudad de Phnom Penh. Dado que poseíamos un objetivo definido para aquel día, tramitar nuestro visado de China, una vez arribados a una de las terminales de ómnibus más céntricas de la ciudad, acordamos que un conductor de tuk-tuk nos condujera, primeramente, a un hotel del cual teníamos algunas referencias, donde nos registraríamos y dejaríamos nuestras mochilas y, seguidamente, nos trasladara a la Embajada de China. Así sucedió sólo que, al llegar a la misma, hallamos sus puertas cerradas por lo que, obligadamente, debimos postergar nuestro cometido al siguiente lunes.
Y el lunes llegó y nosotros, como trotamundos sin mayores ocupaciones más que seguir viajando por el mundo, arribamos antes que abriera a la embajada. Ahora bien, una vez allí, nuestros planes no prosperaron, en efecto, solicitamos un visado cuya duración habría sido negada y, en su lugar, ofrecida otra inferior, la cual no se adaptaba a nuestro itinerario, no obstante, aceptamos ya que, según nos habían informado otros viajeros, nos resultaría imposible obtener dicho visado en Vietnam, destino siguiente a Cambodia que antecedería a China. Y así abandonamos a la embajada aunque completamente insatisfechos dada nuestra decisión por lo que, unas pocas cuadras después, decidimos retornar, averiguar si resultaría posible realizar aquel trámite en Hanoi (Vietnam) o no y, ante una respuesta categóricamente afirmativa por parte del empleado, anulamos aquella gestión que habíamos iniciado minutos atrás, postergándola ahora, optativamente, un mes más.
Desde ya que, más allá de resolver –o intentar resolver– nuestros asuntos migratorios, dedicamos algunos días para visitar Phnom Penh, una ciudad que, en primer lugar, nos pareció caótica: mucha gente y muchos vehículos otorgan una sensación de colapso mientras que motos, autos y colectivos andan sin sentido por todos lados aunque, sin embargo, no dejó de gustarnos.
De esta forma, visitamos al wat Phnom, un templo ubicado en la cima de una colina cuya leyenda se remite al origen de la ciudad, anduvimos por áreas más sofisticadas, a lo largo de la costanera del río Mekong, donde observamos monumentos, palacios, parques y templos, paseamos por mercados e intentamos absorber su ritmo, dejándonos perder por sus calles y divertir con sus curiosidades, a propósito, cuántas cosas puede cargar una motocicleta? Sin demasiado esfuerzo, visualizamos chanchos vivos y chanchos muertos, dos camas de dos plazas que incluían camboyanos durmiendo, gigantescas vigas de acero, una docena de gallinas e, incluso, ventanales completos.
Asimismo visitamos al Museo del Genocidio “Tuol Sleng”. Desde abril de 1975 a enero de 1979, los Jemeres Rojos, un grupo de intelectuales liderados por Pol Pot, tomaron Phnom Penh e intentaron implantar un régimen totalitario y un sistema de economía agraria, por lo que dividieron a las familias y trasladaron a la totalidad de la población camboyana al campo, sometiéndola a inhumanas condiciones de vida, destruyeron a las ciudades y detuvieron, interrogaron, torturaron y mataron a dos millones de personas. Tuol Sleng o S-21 se trata de uno de los lugares de detención utilizados por los Jemeres Rojos, donde se exhibe sin filtro, por lo que resulta sumamente impresionable, parte de dicha historia: celdas, durísimas imágenes (fotografías y pinturas), técnicas de torturas, testimonios e, incluso, restos humanos.
Llegando al final de nuestra estadía en Phnom Penh, cumplimos seis meses desde que dimos inicio a nuestro viaje, por tanto, decidimos festejarlo degustando una vaca al “spiedo”, cuya cocción ya había atrapado nuestra atención, acompañada por cervezas.
Dispuestos a despedirnos de esta ciudad, nos dirigimos a Sihanouk Ville, un área de playas ubicada al sur de Cambodia que resulta destino para turistas locales como extranjeros. Y sí, ya sin tres meses de playa, veníamos extrañando a la arena y al sol…

Carla & Hernán     

22 de julio de 2011

... Cambodia! (tercera parte)


Aquel ómnibus que habíamos reservado desde Battambang nos dejó sobre una de las vías principales de Pursat, la carretera que transcurre desde Siem Reap a Phnom Penh, donde se hallan unos pocos alojamientos, entre los cuales optamos por uno regenteado por un atento señor que apenas pronunciaba alguna que otra palabra de inglés aunque, gracias al idioma universal de los números, pudimos convencerlo para que nos aplicara un descuento.
Así, una vez acomodados y saciados nuestros estómagos en uno de los dos restaurantes “ruteros” donde preparaban unos curries increibles, nos dispusimos a descubrir a la ciudad, cuyos encantos, más allá sus aires de pueblo de sonrientes moradores y ausencia de turistas, escasean aunque, de cualquier forma, no dejamos de visitar al Sampov Meas, una isla que, según cuenta la leyenda, resulta un barco que encalló y, a lo largo de los años, se transformó en isla, por tal motivo, la isla habría sido revestida de cemento dando forma de barco.
Dado que nuestro verdadero interés resultaba visitar a la población de Kampong Luong, optamos por un simpático conductor de tuk-tuk que nos habría dejado una “business card” a nuestro arribo, para que nos condujera a nuestro objetivo. Así transitamos unos 40 kilómetros rodeados, mayoritariamente, por arrozales y llegamos a orillas del Tonle Sap, desde visualizamos inmediatamente aquello que habría motivado nuestro viaje aquí: un pueblo flotante de 5,000 personas que se traslada dependiendo del nivel del agua y, gracias a que nuestra visita sucedió durante época de lluvias, vivenciamos verdaderos “embotellamientos” de casas moviéndose a lo largo de canales. Kampong Luong, si bien sobre el agua, no deja de ser una ciudad y, como tal, posee comisaría, escuela, estación de servicio para barcos, hospital, iglesia, registro civil y un sinfín de negocios –incluso fábrica de hielo–.
A fin de adentrarnos a semejante escenario, nos subimos al bote de Lea, una simpatiquísima camboyana orgullosa de su pueblo que no dejó de explicarnos cada una de las cosas que observábamos e, incluso, señalarnos su casa al momento de navegar frente a la misma. Asimismo nuestra guía resultó una apasionada por los idiomas y, tras mostrarse interesada por el nuestro, permanecimos una vez culminada aquella travesía, enseñándole vocabulario que no dejó de anotar mientras que, poco a poco, comenzamos a llamar la atención de otros camboyanos, terminando rodeados por unos ocho, quienes, muy graciosamente, repetían todo lo que nosotros decíamos.
Más que satisfechos después de nuestro paso por Pursat y su vecina Kampong Luong, combinamos nuestra partida rumbo a Phnom Penh, capital de Cambodia, cuyas referencias dadas por otros turistas nos remiten a una ciudad caótica y peligrosa… será así?

Carla & Hernán          

20 de julio de 2011

... Cambodia! (segunda parte)


Una minivan nos recogió por nuestro alojamiento y trasladó al puerto donde abordaríamos nuestra embarcación, un bote de grandes dimensiones ocupado totalmente por turistas, cuyo techo había sido habilitado como terraza adonde uno podía –siempre y cuando tolerase al sol– echarse y disfrutar desde allí al paisaje.  
Aquel trayecto que duró unas seis horas, podría ser dividido en cuatro etapas: una primera, muy entretenida, a lo largo de la cual transitamos ríos cuyos márgenes estaban ocupados por viviendas; una segunda, un poco aburrida, sucedió mientras internados en el Tonle Sap, el lago más grande de Cambodia que, durante la época de lluvias, es decir, al momento de nuestra visita, cuadriplica su superficie (de los 3,000 km2 a los 13,000 km2), podíamos únicamente observar agua amarronada alrededor y más allá nuestro; una tercera, la más interesante de todas, transcurrió cuando nuestro bote se adentró nuevamente al río y nos permitió acercarnos a miles de persones cuyas vidas dependen del mismo e, incluso, almorzar en uno de los tantos “restaurantes” sobre pilotes que allí se encuentran; y, finalmente, una última etapa se desarrolló mientras navegamos a lo largo de angostos y zigzagueantes canales rodeados de arrozales que nos condujeron, por último, al puerto de Battambang.
A lo largo de aquella travesía, tuvimos la oportunidad de conocer a Rafael, un catalán con quien compartimos extensas charlas, y Sophie, una joven francesa que acababa de terminar una experiencia laboral en Australia. Juntos nos dirigimos al centro de la ciudad y optamos por un mismo alojamiento donde hospedarnos y, posteriormente, nos acercamos a Phare Ponleu Selpak, una organización no gubernamental que ofrece un espectáculo circense que, realmente, nos sorprendió.
Siendo una de las principales ciudades de Cambodia, Battambang posee una amplia oferta de mercados y servicios y, asimismo, alberga al Consulado de Vietnam, que aprovechamos, acertadamente, para gestionar nuestro siguiente visado.
Ahora bien, obviando al vestigio europeo a través de sus edificaciones coloniales que, sinceramente, no atrajeron nuestra atención, la mayor parte de los atractivos turísticos se hallan alrededor de la ciudad, por tal motivo, optamos que un tuk-tuk sea nuestro medio de transporte a lo largo del día de visitas que compartimos, nuevamente, junto a Sophie y Rafael.
De esta forma, nuestra primera parada se trató del tren de bambú, medio de transporte para camboyanos o atracción para turistas, sus “vagones” son plataformas de bambú propulsadas por motores de poca cilindrada, las cuales resultan necesariamente desmontables al transitar una única vía para ambos sentidos aunque, no obstante, logran alcanzar considerables velocidades, acentuando, más aún, las imperfecciones de los rieles, dando como resultado una divertida experiencia, la cual culminó en una fábrica de ladrillos donde utilizan a la cáscara del arroz para su cocción.
Un paso relativamente fugaz por un viñedo y, posteriormente, nos dirigimos al Banan, un deteriorado aunque atractivo templo. Por último, ascendimos al Phnom Sampov, un templo ubicado sobre una colina desde donde disfrutamos de vistas panorámicas y, seguidamente, accedimos a una cueva donde tuvimos una primera aproximación a la masacre perpetrada por los Jemeres Rojos. Una última cueva nos restaba visitar y, de regreso al centro de la ciudad, visualizamos un Buda gigante tallado en piedra y, junto a éste, una cavidad que alberga millones de murciélagos que salen todos los días, puntualmente, a las seis de la tarde, constituyendo un llamativo fenómeno que, si hubiese sido por Hernán, habría presenciado por completo –téngase en cuenta que, debido a la cantidad de murciélagos, éstos demoran dos horas en salir de la cueva– si no hubiese sido por la –afortunada para Carla– presencia de nuestros compañeros de grupo.
Después de despedirnos de Sophie, quien permanecería en Battambang, y Rafael, quien se dirigiría rumbo a la capital del país, nos preparamos para dirigirnos a Pursat, una ciudad que nos permitiría acceder nuevamente al Tonle Sap donde, durante la estación húmeda, sucede un singular fenómeno.

Carla & Hernán          

18 de julio de 2011

... Cambodia! (primera parte)


Llegar a Siem Reap, nuestro primer destino camboyano, no nos resultó muy sencillo, en efecto, si bien unos 200 kilómetros separaban dicha ciudad de nuestro origen, Cuatro Mil Islas, no existe ruta mas o menos recta que una ambos puntos, por tanto, debíamos atravesar al país de norte a sur hasta una localidad llamada Kompong Cham donde transbordaríamos a otro micro que nos trasladaría en dirección norte nuevamente hasta Siem Reap, sometiéndonos, de esta forma, a más de 600 kilómetros a lo largo de 14 horas de ómnibus .
Igualmente trastornado sucedió nuestro paso migratorio. Aquel bote que nos llevaría rumbo a Ban Nakasang, donde se hallaba la agencia de viajes a cargo de nuestro traslado, partió una hora demorado. Una vez allí, debimos aguardar más de una hora a nuestro ómnibus que, después de apenas diez minutos andando, llegó al puesto fronterizo. Sabíamos que gestionaríamos nuestra visa on-arrival y que, teóricamente, debía costarnos unos veinte dólares por persona, no obstante, un “coordinador” que nos acompañaba se ofreció a realizar dicho trámite por nosotros por lo que nos solicitaba un total de treinta y un dólares por persona, de los cuales veintitrés correspondían al importe de la visa y, la diferencia, a otros “gastos administrativos”. Desde ya que, más allá de aquellos incoherentes importes, resulta muy difícil –e imposible para Carla que lleva ese estigma “Cami” marcado a fuego– que accedamos a entregarle nuestros pasaportes a cualquier mengano por lo que, a diferencia de la mayoría de los demás turistas, agradecimos su oferta y optamos por ser nosotros quienes realizáramos aquella gestión.
De esta forma, nos dirigimos a la primera de las postas, un mostrador ubicado dentro de un trailer (ya que Laos posee su edificio de migraciones en construcción) donde un agente laosiano sellaría nuestro pasaporte por lo que exigían un pago de dos dólares por persona, importe que, junto a una pareja de franceses, negociamos fuese cincuenta centavos más económico por cada uno. Una vez atravesada una barrera que divide ambos países, debimos dirigirnos, posteriormente, al control sanitario camboyano: un mostrador ubicado bajo una carpa (ya que Cambodia no posee ni proyecto de edificio de migraciones) donde se hallaban dos sujetos de guardapolvo blanco que controlaban –supuestamente– la fiebre aplicando una pistola térmica en la frente de cada pasajero por lo que cobraban un dólar por persona, importe que, arduamente, volvimos a lograr que fuese cincuenta centavos menos para cada uno de nosotros. Nos aproximamos, seguidamente, al mostrador donde emitirían nuestras visas para lo cual nos solicitaban, ni veinte ni veintitrés, sino veinticinco dólares por persona! Desde ya que nosotros no íbamos a abonar más de lo que abonaron aquellos turistas que accedieron al servicio del coordinador, por tanto, insistimos durante minutos –muchos minutos– y tras soportar al show de los agentes camboyanos que guardaban sus papeles y cerraban sus portafolios a la vez que se negaban a gestionarnos nuestros visados, terminamos abonando veintitrés nomás. Un obstáculo más nos restaba y, acto seguido, nos dirigimos al mostrador donde nos sellarían nuestros pasaportes por lo que, lógicamente, exigían un nuevo pago de un dólar por persona que, una vez más, logramos abaratar unos cincuenta centavos por cada uno. Así, sintéticamente, terminamos abonando un extra de dos dólares y medio por persona, en vez de aquellos ocho que hubiesen sido si accedíamos a la gestión del coordinador, por lo que, si bien sabemos no debíamos haber abonado nada, terminó siendo un óptimo negocio.
Alrededor de las 10 de la noche, llegamos a la terminal de ómnibus de Siem Reap, donde un montón de conductores de tuk-tuk aguardaban al acecho de turistas y, tras negociar una tarifa junto a Feng, un chino súper agradable con quien compartimos este trayecto, nos acercamos al centro de la ciudad, en efecto, nuestro chofer decidió dejarnos donde le convenía, es decir, donde podría recibir una comisión por nuestra estadía y, debido a la suma de factores –horario y oscuridad que dificultaban la búsqueda de alojamiento y, principalmente, nuestro agotamiento– decidimos allí quedarnos.
Desde Siem Reap se accede al complejo de templos de Angkor, atractivo que convoca a millones de turistas por año, lo cual genera que dicha ciudad posea un exceso de extranjeros, una amplísima oferta de servicios y un acoso al turista que, si bien no nos resultó desconocido, padecimos como nunca antes.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se ofrecen tres tickets –igualmente costosos– válidos por un día, tres días o una semana, respectivamente, para visitar Angkor. Asimismo, dado que dicho complejo dista a algunos kilómetros de Siem Reap e, igualmente, la distancia que separa a cada uno de los templos no resulta abarcable a pie, existen tres formas de acceder al mismo: alquilando una bicicleta, adquiriendo los servicios de un conductor de tuk-tuk o contratando una excursión a través de una agencia de viajes. Nosotros, de esta forma, optamos por un día de visita a lo largo del cual pedalearíamos durante kilómetros a fin abarcar a los templos de mayor interés que forman parte de la denominada octava maravilla del mundo.
A tal fin, amanecimos a las 4 de la mañana y dimos inicio a nuestra jornada. Aún de noche, atravesamos al centro de la ciudad hasta que sus calles iluminadas se volvieron oscuras y sus calles oscuras se volvieron rutas solitarias. Nada nos detuvo –ni siquiera Carla que algo asustada se hallaba– porque supusimos que, poco a poco, nos acercábamos a nuestro objetivo aunque no lográsemos visualizar al puesto de venta de entradas ni tampoco otros visitantes, hasta que, de repente, nos percatamos que una moto nos seguía: se trataba de un señor de uniforme desalineado cuyo aliento podíamos sentir y, si nos descuidábamos, incluso emborracharnos, que nos informó debíamos seguirlo a fin de hallar al puesto de venta de entradas. Incrédulamente lo hicimos y, después de algunos kilómetros, llegamos a la gigantesca oficina, repleta de turistas, donde adquirimos, finalmente, nuestros tickets.
Afortunadamente dicho retraso no impidió que disfrutásemos del amanecer –algo nublado– frente al Angkor Wat, su templo más representativo aunque, si bien nuestra ubicación resultó inmejorable, aquel mágico paisaje se vio obstruido debido a la presencia de andamios y muchos pero muchos turistas, de cualquier forma, su fachada y sus interiores nos resultaron impactantes.
Posteriormente nos dirigimos al Angkor Thom, una ciudad fortificada donde hallaríamos al templo que, sin saberlo, sería nuestro preferido, Bayon, una construcción de piedra dominada por gigantescos rostros que, inevitablemente, atónitos nos dejaron.
Otros templos que visitamos destacan por sus dimensiones, sus relieves o, incluso, sus árboles que generan paisajes surrealistas.
Una vez aprovechado al máximo nuestro día de visita a Angkor, organizamos nuestra partida fluvial rumbo a Battambang, travesía que resulta factible únicamente durante la estación húmeda, por tanto, hallando una otra cara a las lluvias, de esta forma nos dirigimos!

Carla & Hernán     

15 de julio de 2011

... Laos! (última parte)


Si Phan Don o Cuatro Mil Islas se trata de un archipiélago formado donde el río Mekong alcanza su mayor anchura y allí, justamente, nos dirigiríamos. De esta forma, optamos por un minibus que partió una hora más tarde a lo previsto desde Paksé rumbo a Ban Nakasang, donde abordaríamos una barcaza que nos llevaría a aquella isla elegida por nosotros: Don Det. Así sucedió e, incluso, más rápidamente de lo esperado, en efecto, algunos turistas fueron informados que sus pasajes no incluían el traslado fluvial, generándose situaciones más o menos tensas, por lo que aquellos turistas no embaucados –nosotros habíamos sido algunos de los agraciados– fuimos dirigidos primeramente al muelle.
Después de algunos minutos de navegación, llegamos a nuestro destino y nos dispusimos a hallar alojamiento. Al respecto, si bien no solemos ser muy exigentes, sucede que, en algunas oportunidades, alguno de los dos –o ambos– no siente ganas de hospedarse en espacios muy rústicos y, consecuentemente, soportar sus implicancias (baño externo, luz escasa, mosquitero) por lo que Carla, adueñada esta vez por esta sensación y, justamente, a cargo del relevamiento, no dio su veredicto sino una vez hallado un complejo de bungalows de concreto que, si bien un poco más costosos que muchos otros, regateó a condición de adquirir nuestros siguientes pasajes allí mismo.
Si miramos al horizonte, Cuatro Mil Islas nos recuerda al Delta del Tigre aunque, si nos dedicamos a visitar alguna de sus islas, aquellas similitudes se disipan. Don Det, por ejemplo, se puede recorrer a pie: su única arteria de tierra alberga hospedajes y restaurantes, algunos de los cuales poseen terrazas a orillas del río y, a medida que nos alejamos de dicha área “urbanizada”, comienzan a surgir campos de arroz y más rústicas viviendas. A su vez, Don Det se haya unida a otra isla, Don Khon, a través de un puente –cuyo peaje diario negociamos fuese válido por dos días– por lo que, a fin de recorrer esta última, decidimos alquilar un par de bicicletas que nos permitieron alcanzar su extremo sur, desde donde divisamos, por primera vez, a las tierras camboyanas.
Se trataron de días muy relajados donde la lluvia volvió a hacerse presente aunque sirvió de cómplice para quedarnos adentro de nuestro bungalow disfrutando de divertidos partidos de cartas o siestas. Y tras reponer algunas energías, puesto venimos –y seguiremos– moviéndonos sin prisa aunque sin pausa a fin de evitar fríos extremos dentro de algunos meses, agotamos nuestros últimos kips y dispusimos nuestra partida rumbo a Cambodia, nuestro noveno país a visitar a lo largo de nuestra vuelta al mundo.

Carla & Hernán     

13 de julio de 2011

... Laos! (séptima parte)


Unos pasos a la agencia de viajes, una hora de demora, un säwngthäews gigante por algunos minutos… y llegamos a la estación de ómnibus de Vientiane. Allí ubicamos al ómnibus que nos trasladaría a nuestro siguiente destino, Paksé, el cual no presentaba ninguna particularidad desde su exterior aunque, ni bien ascendimos, nos vimos sumamente sorprendidos, en efecto, sabíamos se trataría de un servicio cama aunque jamás imaginamos sería tan literal: sus asientos habían sido reemplazados por camas marineras que, si bien angostas, debían ser compartidas por dos personas, lo cual no suponía incomodidad alguna a nosotros aunque, imaginamos, no debe haber sido del agrado de aquellos viajeros “impares” que se vieron obligados a dormir juntito juntito a algún desconocido.
Ahora bien, ya sea por nuestra ubicación arriba del micro (última cama de arriba) que acentuaba una sensación de vértigo ante curvas a altas velocidades, o nuestra ubicación sobre la cama que generaba distintos fastidios (quien estuviera al lado del pasillo, debía mantenerse rígido a fin de evitar caerse y, quien estuviera al lado de la ventanilla, debía soportar la presión del otro) o, simplemente, nuestra posición 100% horizontal y completamente inhabitual sobre cuatro ruedas, Hernán pasó despierto gran parte de las doce horas de viaje mientras que Carla, por su parte y como fuera de imaginarse, logró sortear aquellos obstáculos y conciliar su sueño.
A los gritos nos despertaron una vez arribados y, rápidamente, descendimos del ómnibus y optamos por un tuk tuk para que nos llevara al centro de la ciudad, donde Hernán halló una habitación de guesthouse muy simple aunque súper luminosa donde pasaríamos nuestros siguientes días.
Dado que Paksé no posee grandes atractivos más allá de sus costaneras puesto se halla rodeada por dos ríos, Mekong y Sedon, y algún que otro mercado, pasamos nuestros días comiendo gracias al descubrimiento de un restaurantito ubicado a un par de cuadras de nuestro guesthouse donde nos atendieron formidablemente, y visitando alrededores. A tal fin, alquilamos una motocicleta y, primeramente, nos dirigimos a Champasak, una localidad ubicada a unos pocos kilómetros que alberga uno de los complejos de ruinas más importantes de Laos: Vat Phu. Se trata de un conjunto hinduista-budista que incluye lagunas, templos y vertientes de agua aunque habría sido su situación sobre terrazas rodeadas de intensa vegetación aquello que atrajo mayormente nuestra atención.
Al día siguiente, nos adentramos en la Meseta de Bolaven, un área ocupada por pequeñas poblaciones y plantaciones (arrozales y cafetales principalmente) y salpicada por cascadas de diversas dimensiones. Si bien no se trata de una ruta completamente panorámica, en efecto, algunos kilómetros nos resultaron algo aburridos, algunas de las vistas alcanzadas habrían justificado semejante travesía, durante la cual, anecdóticamente, Hernán había perdido sus anteojos negros y, debido al malhumor que le generara, retornamos al supuesto lugar de pérdida aunque, antes de llegar al mismo, cruzamos a otro turista –más tarde sabríamos sería un canadiense– que, a su vez, habíamos visto paseando por allí quien, debido al grito de Hernán, intentó frenar su motocicleta aunque, inevitablemente, terminó aplastado por ella. Ni aquel muchacho ni su vehículo, afortunadamente, sufrieron daño más allá del susto, el cual equiparó a la vergüenza de Hernán –y vergüenza ajena de Carla– al tener que decirle que, simplemente, quería preguntarle si había visto sus anteojos negros!
Una vez de regreso, organizamos nuestros petates a fin de dirigirnos, a la mañana siguiente, rumbo a nuestro próximo y último destino laosiano, Cuatro Mil Islas, lo cual, sí, nos genera algo de nostalgia aunque, al mismo tiempo, felicidad al ser concientes cómo nuestro sueño sigue convirtiéndose en realidad.

Carla & Hernán          

9 de julio de 2011

... Laos! (sexta parte)


Queríamos llegar temprano a Vientiane, nuestro próximo destino, para lo cual optamos por aquel primer servicio de ómnibus que partía desde la terminal de Vang Vieng. Se trató de un viaje sin complicaciones ni retrasos excepto por aquellos que naturalmente se producen cuando una persona –siempre acompañada por montones de bolsas pesadísimas– asciende o desciende del vehículo. De igual modo, nuestro arribo a la ciudad resultó súper óptimo ya que fuimos dejados en la terminal de ómnibus más céntrica de la ciudad, desde donde pudimos llegar a pie a la zona de los alojamientos y donde Carla, a cargo del relevamiento, halló un hotel muy bien ubicado que incluía desayuno y terminaría siendo nuestro hogar durante los próximos días.
Y así como habíamos planeado, no tardamos demasiado y nos dispusimos a conocer esta ciudad, a la cual habíamos llegado sin expectativas (debido a las referencias de otros viajeros) y ya, desde un primer momento, nos habría dado una impresión más que agradable, en efecto, Laos posee una población menor a 7 millones de habitantes (Tailandia, comparativamente, duplica su superficie aunque su población resulta nueve veces superior), por tanto, el paisaje de su capital se haya dominado por avenidas anchas donde no sufrimos ni un sólo atascamiento, veredas pulcrísimas donde no se padecen aglomeraciones, edificios antiguos o modernos aunque siempre de pocos pisos lo cual otorga a la ciudad una iluminación extra, inmaculados espacios verdes, monumentos y templos, y áreas de recreación coquetísimas. Asimismo su costanera a orillas del río Mekong nos resultó igualmente atractiva, desde donde disfrutamos atardeceres únicos y donde, posteriormente, se monta una feria de artesanos y puestos de comida que tampoco desaprovechamos.
A partir de semejantes atributos, decidimos trasladarnos dentro de la ciudad en bicicleta, la cual nos permitió visitar dispersas atracciones tales como el Monumento de la Victoria, el cual se valió del cemento donado por Estados Unidos para la construcción de una pista de aterrizaje y, ubicado justo frente al edificio del Primer Ministro, constituye un ejemplo más del sarcasmo laosiano; asimismo llegamos al Pha That Luang, una stupa dorada que resulta ícono del país y al Circo Nacional donde, lamentablemente, no hayamos función disponible. De igual modo, nos trasladamos a las afueras de la ciudad e intentamos llegar al Buddha Park (un parque repleto de esculturas de Buda) aunque, lamentablemente, ninguna persona nos dio una indicación acertada y, desconociendo a qué distancia realmente se encontraba (supimos, posteriormente, se tratarían de 25 kilómetros por tramo), si bien ya habíamos andando durante horas seguidas, decidimos abortar aquella misión y retornar antes que anocheciera.
Un intenso sol acompañó nuestra estadía completa, la cual disfrutamos muchísimo y, sin lugar a dudas, habríamos extendido si no fuese porque nos propusimos respetar, por primera vez durante todo nuestro viaje, aquel itinerario que habríamos diseñado, por tanto, arreglamos un traslado atípico hacia nuestro siguiente destino, la ciudad de Paksé, durante el cual dormir, teóricamente, resultará una garantía.

Carla & Hernán          

7 de julio de 2011

... Laos! (quinta parte)

 



Últimamente veníamos optando por ómnibus regulares a fin de trasladarnos entre ciudades pero, en esta oportunidad, un minibus con aire acondicionado nos resultaba más práctico y un poco más económico, por tanto, dispusimos llegar aburguesadamente a la ciudad de Vang Vieng. Así nos pasaron a buscar por la mañana por nuestro alojamiento y, tras transitar unas diez cuadras, llegamos a un estacionamiento donde nosotros y un par de alemanes que nos acompañaban, cambiamos a otro minibus siguiendo, de esta forma, una dinámica por demás habitual por estos pagos.
Aparentemente este segundo minibus resultaría definitivo aunque, después de dos horas andando (teóricamente sería un viaje de seis horas), algo anduvo mal, sencillamente, el vehículo dejó de doblar. Uno de los alemanes que resultó ser un amante de la mecánica, intentó explicarle –sin éxito– a Hernán qué parte del tren delantero se habría roto, no obstante, sí logró transmitirle que volver a subirse al vehículo sería suicida. Así que allí permanecimos a la espera de una solución aunque ni nuestro conductor que sólo daba vueltas sosteniendo una llave en una de sus manos ni nuestra ubicación en plena ruta montañosa a metros de una curva cerrada, nos generaba demasiadas expectativas. No obstante, al cabo de algunos pocos minutos, un ómnibus regular se estacionó y tras una extensa conversación entre ambos choferes, se dirigieron a nosotros y, si bien ninguno hablaba inglés, logramos comprenderles que aquel ómnibus nos conduciría a un pueblo donde aguardaríamos a otro ómnibus regular que, finalmente, nos permitiría arribar a nuestro destino. 
Así sucedió sólo que aquel presentimiento que habíamos tenido aunque también reprimido frente al –ingenuo– optimismo de los europeos, se hizo realidad, en efecto, una vez arribados al pueblo de conexión, aquel chofer nos dejó un absurdo monto de kips (moneda de Laos) a fin de abonar nuestro siguiente traslado y, sin darnos margen alguno para averiguar si serían suficientes o no, se marchó, mientras que nosotros, finalmente, tuvimos que desembolsar otros tantos kips al arribo del siguiente vehículo.
Sintéticamente: nuestra ilusión de llegar aireados, cómodos y temprano a Vang Vieng terminó a las dos horas de viaje a la vez que un gusto semi-amargo nos quedó debido al importe que terminamos abonando y, desde ya, al timo que habríamos protagonizado.  
Arribados a la terminal de ómnibus de Vang Vieng, la cual dista a un par de kilómetros del centro, decidimos no padecer el peso de nuestras mochilas –ni tampoco el de los conductores de tuk tuk que apasionadamente intentaban sacarnos más kips de lo debido– y optamos por un guesthouse ubicado junto a la estación para, una vez instalados, dirigirnos libremente adonde quisiéramos.
Sabíamos que Vang Vieng sería una ciudad que podríamos amar u odiar o despertarnos ambos sentimientos a la vez. Por un lado, se trata de una localidad que recibe miles de jóvenes turistas atraídos por la práctica del “tubing”, la cual consiste en echarse al río sobre una cámara de automóvil inflada y visitar decenas de bares que se encuentran sobre ambos márgenes y, una vez al final del recorrido, volver al inicio y repetir misma travesía, terminando, usualmente, ebrios y, por qué no, dormidos fluyendo por el río. Por otro lado, Vang Vieng destaca por sus paisajes: el serpenteante río Nam Song discurre a través de formaciones kársticas gigantes coloreadas de verde de diversas intensidades.
Quisimos, entonces, optar por una actividad que nos permitiera realizar un poco de todo y, de esta forma, contratamos una excursión que iniciaba sobre un kayak. Sorpresivamente hayamos un poderoso río por lo que Carla, consecuentemente nerviosa, decidió asegurar su supervivencia y se ofreció, antes que nadie, para acompañar a uno de los guías (imaginamos que muchos pensarán: “que bien que la hacés, Carlita!). Hernán, por su parte, compartiría esta travesía junto a un francés con quien alternarían sus ubicaciones, o sea, la conducción del kayak, a lo largo del día.
Una primera parte resultó increíble: una corriente tan óptima que, prácticamente, no debíamos remar nos hizo fluir a través del río a la vez que descubríamos conmovedores paisajes. Así llegamos a la Cueva del Elefante y, seguidamente, iniciamos nuestra segunda “actividad de aventura”, la cual sería un mix de “caving” y “tubing”: nos acomodamos sobre unas cámaras de automóvil infladas y deslizándonos, sujetados de una cuerda, ingresamos a una cueva donde no faltaron emociones, en efecto, el nivel del río se encontraba altísimo generando que, por momentos, nuestras cabezas se hallaran enmarcadas por el techo de piedra y la superficie del agua mientras que atravesar algunos sectores con semejantes gomones nos resultaría igualmente complicado. Desde ya, una actividad no recomendable para claustrofóbicos, la cual Hernán disfrutó como niño mientras que Carla sufrió por momentos aunque, finalmente, terminó disfrutando más allá del último episodio protagonizado mientras salía de la cueva, en el cual se soltó de la soga y fue arrastrada por una fuerte corriente, quedando sujetada de la rama de un árbol a pocos metros de una –pequeña– caída de agua, siendo, posteriormente, rescatada por otro turista –mientras que Hernán seguía jugando dentro de la cueva, lógico–.
Después de almorzar junto al resto del grupo que, llamativamente, habría resultado mayoritariamente de habla hispana (mexicanos y españoles), volvimos a subirnos a nuestros kayaks sin saber que nos depararía un trayecto mucho más duro, de hecho, las corrientes resultaron mucho más violentas y generaron que el kayak de Hernán, bajo su mando, se diera vuelta una primera vez… y luego una segunda vez, en la cual habría perdido a su compañero quien terminaría siendo rescatado por uno de los guías. Por su parte, Carla tampoco resultó invicta ya que, debido a la imprudencia de otro turista, su kayak también volcó aunque, sin mayores trastornos, al cabo de algunos segundos se hallaría remando nuevamente.
Una vez sorteados dichos rápidos, aquel paisaje recobró protagonismo aunque volvió a perderlo cuando comenzamos a sentir música más y más fuerte: habíamos llegado al sector del río flanqueado por bares donde se practica tubing. Allí nos estacionamos y, simplemente, dedicamos a disfrutar del nuevo entorno –mientras Carla se divertía observando a los personajes allí presentes, Hernán se deslizaba por un violentísimo tobogán al río–, volviendo a nuestras embarcaciones pocos minutos después desde donde disfrutamos muy relajadamente del último trayecto de una intensa jornada.
Más allá de la excursión realizada, no quisimos dejar de visitar los alrededores de Vang Vieng. A tal fin, nuestro tradicional alquiler de motocicleta se vio frustrado (debido a que nos exigían dejar a modo de garantía nuestro pasaporte), por tanto, optamos por pedalear. Si bien no tuvimos más opción que embarrarnos, esta travesía nos permitió disfrutar de más campos de arroz y más montañas de roca que componen un paisaje que, sinceramente, nos alucina. De igual modo, visitamos a la denominada “Blue Lagoon”, un lugar donde, llamativamente, no hay ni laguna ni, menos aún, algo azul: se trata de un brazo del río donde se halla un puente de madera, un área de picnic y algunas cuantas sogas atadas a un árbol sobre el río para que los niños –y no tan niños– se diviertan un rato.
Vang Vieng, propiamente dicho, también nos pareció muy bonito aunque su desarrollo turístico nos resultó un poco agobiante. Su centro se encuentra repleto de locales de venta de merchandising de “tubing” y accesorios de moda un tanto excéntricos y, asimismo, restaurantes donde transmiten un capítulo tras otro de la serie Friends. A tal punto, nos dejamos llevar, una vez más, por la corriente –pero de la moda– y terminamos cenando frente a una de aquellas pantallas.
Y tras haberla disfrutado a nuestra forma, nos despedimos de Vang Vieng para dirigirnos a Vientiane, la capital de Laos, traslado que nos exigiría un nuevo madrugón aunque menor a cualquier otro pasajero ya que nos encontrábamos durmiendo al lado del ómnibus.

Carla & Hernán          

4 de julio de 2011

... Laos! (cuarta parte)

 


Dicen que para muestra basta un botón y, aún recordando el importe que tuvimos que abonar al conductor de tuk tuk a nuestra llegada a Sam Neua, quisimos obviar una nueva frustración al regatear su precio, y optamos por un juego de postas utilizando nuestra temporaria motocicleta: primero Hernán llevó a Carla y tres de nuestras cuatro mochilas, después retornó y dejó al último bártulo al cuidado de Carla y, finalmente, llegó a la terminal de ómnibus a pie tras haberse despedido de nuestro vehículo.
Un nuevo viaje de nueve horas se aproximaba, por tanto, quisimos desechar cualquier posibilidad de incomodidad extrema por lo que ascendimos primeramente al vehículo y, cual señora mayor en el colectivo 60, bloqueamos un par de asientos de nuestro agrado con nuestros bolsos.
Ya sea por nuestra ubicación o, quizás, gracias al relieve que resultó menos montañoso, sucedió un viaje mucho más ameno que aquel anterior, en el cual Carla volvió a sufrir los efectos del somnífero que, como venimos comprobando, afecta igualmente a todos los laosianos. Asimismo nuestro arribo a la ciudad de Phonsavanh resultó mucho más afortunado también ya que nuestro conductor decidió dejarnos en el centro de la ciudad donde, rápidamente, Carla halló un hotel acorde a nuestro presupuesto, en el cual, además, logramos negociar por un importe irrisoriamente extra, un desayuno que nos resultó increíble.
Phonsavanh y sus alrededores poseen dos atributos únicos. Por un lado, esta zona alberga diversos conjuntos de cientos de jarras de piedra de diversas dimensiones y una antigüedad que oscila dos mil años, cuya función se desconoce: algunos arqueólogos sostienen que servían para almacenamiento de alimentos mientras que otros afirman se tratarían de urnas funerarias aunque ambas teorías resultan aún inciertas. Y, por otro lado, se trata del área mayormente bombardeada durante la Guerra Secreta por lo que, si consideramos que Estados Unidos lanzó más bombas sobre Laos que durante la Segunda Guerra Mundial, transformándolo en el país más bombardeado del mundo (se lanzaron dos millones de toneladas de bombas) podría suponerse que esta superficie albergue muchísimos vestigios de aquel tiempo: bombas sin detonar que, actualmente, siguen provocando amputaciones o muertes, gigantescos cráteres y restos de bombas detonadas que fueron utilizadas para diversos usos de la vida cotidiana como construcción o, incluso, decoración… una forma ingeniosa de reciclar la historia o, visto de otra forma, ridiculizar el fracaso de Estados Unidos.
Justamente a fin de alcanzar estos puntos de interés, volvimos a alquilar una motocicleta. De esta forma, visitamos uno de los tres sitios de la llamada “Llanura de las Jarras” dominada no sólo por estas inmensas piedras sino por, además, verdes colinas que asemejarían a aquéllas en cuentos infantiles si no fuese por la existencia de un camino delimitadísimo que establece cuales porciones del terreno se encuentran libres de bombas y cuáles pueden seguir contaminadas por las mismas.
Una vez de regreso a la ruta, anduvimos y nos perdimos por caminos secundarios, desde donde visualizamos pequeñas poblaciones y arrozales que, sin lugar a dudas, constituyeron los más hermosos vistos al momento.  Asimismo conocimos ocasionalmente a un par de jóvenes hermanos que aprovecharon nuestra extraña presencia para practicar su óptimo inglés e, incluso, nos invitaron a su casa donde nos convidaron agua –aunque su gusto hizo que fuese prácticamente intomable– y “sticky rice” de su propio campo.
De esta forma, nuestro paseo lo incluyó todo: niños simpatiquísimos, jóvenes súper sociables y campesinos llevando a cabo sus quehaceres, animales de todo tipo –búfalos, patos e, incluso, víboras que cruzábamos por el camino–, restos arqueológicos, sitios históricos y paisajes alucinantes acompañados por un sol radiante. Así que después de una estadía corta aunque más que fructífera, decidimos partir rumbo a la siguiente parada de nuestro periplo laosiano: Vang Vieng.

Carla & Hernán          

2 de julio de 2011

... Laos! (tercera parte)


     Aún debíamos comprar nuestros pasajes a Sam Neua, por tanto, arribamos a las 11.30 horas de la mañana a la terminal de ómnibus de Nong Khiaw, adelantándonos apenas media hora a la cual nos habían citado. Nos sentíamos prácticamente solos, de hecho, no había ni taquillero ni abundancia de pasajeros, apenas un par de turistas y algún que otro vendedor de choclos. De cualquier forma, antes de iniciar averiguaciones, decidimos aguardar y ver que sucedía y, así como si fuese una película, media hora después se aproximó una motocicleta conducida por un empleado quien ocupó su puesto de trabajo y, al cabo de un par de minutos, aquella ventanilla colapsó de personas que, sin saber de dónde salieron ni cómo hicieron para coordinar su llegada, se disponían, al igual que nosotros, a adquirir sus pasajes.
     Una hora más tarde, justo cuando terminábamos una sopa de fideos con carne y vegetales a modo de almuerzo, llegó un micro repleto de personas, el cual sería nuestro siguiente medio de transporte. Dado que no había ni un asiento disponible, no tuvimos más opción que ubicarnos en aquellos desplegables a lo largo del pasillo, los cuales nos habían resultado siempre tan simpáticos hasta aquel día, en efecto, al cabo de algunos pocos minutos, no podían despertarnos otra cosa más que incomodidad. Y ya cuando sentíamos que nuestras columnas habían adoptado una nueva vértebra gracias a uno de los fierros del respaldo, algunas personas comenzaron a llegar a sus destinos, lo cual generó una revolución arriba del vehículo y, al mejor estilo “juego de las sillas”, todos los pasajeros comenzaron a cambiar sus lugares. Afortunadamente aquel juego formó parte del repertorio de nuestra infancia y, después de algunas pocas horas, logramos encontrarnos donde queríamos.
     Durante aquellas horas de viaje pudimos, asimismo, observar cuán capaces resultan los laosianos para dormir sobre vehículos en movimiento: no importa se tratase de un camino montañoso, repleto de curvas y contracurvas, todos cayeron bajo una especie de efecto somnífero –el cual también habría afectado a Carla– provocando que adoptasen extrañas posiciones o se valieran de su compañero para apoyar sus cabezas, para lo cual Hernán, quizás por tratarse de la única persona sin pegar un ojo durante todo el trayecto, habría sido un soporte ideal.
     Después de nueve horas de viaje que nos resultaron eternas, llegamos a la terminal de ómnibus de Sam Neua. Un tuk tuk nos estaba aguardando y después de intentar negociar vanamente una mejor tarifa, llegamos al centro de la ciudad, donde hallamos un hotel que, si bien básico y poco bonito, nos permitió irnos pronto a reponer fuerzas para encarar un próximo día de visitas.
     Nos resulta difícil describir a Sam Neua ya que no nos ha remitido a una ciudad ni asiática ni europea. De igual forma, no consideramos que posea un atractivo intrínseco aunque tampoco nos resultó aburrida como sugieren algunas guías de viajes. Incluso podemos asegurar que Sam Neua nos sorprendió: quizás haya sido por sus prolijos mercados y su formidable gastronomía o sus cálidos habitantes o su contexto semi-montañoso repleto de verdes pero, de cualquier forma, disfrutamos muchísimo nuestro tiempo visitándola.
     Decidimos, como no podía ser de otra forma, alquilar una motocicleta para recorrer sus alrededores. Así hallamos hermosísimos arrozales dispuestos en terrazas, ríos que discurren y forman algunas bonitas cascadas y formaciones kársticas inmensas que generan irregularidad y otorgan aún más belleza al paisaje.
     Un poco más de suerte que en Luang Prabang tuvimos, no obstante, tampoco podemos decir que el clima haya sido nuestro aliado, en efecto, mientras nos dirigíamos a Vieng Xai, topamos con varias nubes no tan pasajeras que dificultaron nuestra marcha e, incluso, obligaron a refugiarnos. De igual modo, la lluvia nos tomó de sorpresa de regreso desde una cascada aunque, en esta oportunidad, nuestro peor enemigo habría sido una sanguijuela que, sin saber cómo, trepó por el cuerpo de Carla y, cual película de terror, hallamos alimentando de su ombligo… imagen que, aseguramos, difícilmente podremos olvidar!
     Se podría decir que llegamos a Vieng Xai pasados por agua, no obstante, nada logró estropear aquella magnífica visita que emprenderíamos. Vieng Xai alberga un conjunto de cuevas naturales que sirvieron de refugio para miles de personas, entre las cuales se encontraban los líderes del Pathet Lao, grupo político comunista que sobrellevó la estrategia de resistencia durante la Guerra Secreta. Un circuito muy bien organizado, guiado y acompañado por un par de auriculares cuyo audio transmite detalles del lugar e, incluso, testimonios traducidos asociados al espacio específico visitado, nos condujo por las cuevas principales, dentro de las cuales se cocinaba y se dormía, funcionaban escuelas, imprentas y hospitales, se montaban obras de teatro, se proyectaban películas y se organizaban partidos de voleibol para divertimento de los refugiados. Actualmente se exhiben estos espacios sin modificaciones, constituyendo un crudo testimonio de una realidad que se extendió durante aquellos nueve años de intensos bombardeos norteamericanos.
     Al frente de cada una de las cuevas ocupadas a modo de vivienda, cada uno de los líderes del Pathet Lao erigió su casa tras finalizar la guerra, hecho por demás simbólico que acompaña otras sutilizas tales como seguir usando una misma cueva como estacionamiento o, incluso, utilizar un cráter producido por una bomba para construir una pileta de natación, dejándose vislumbrar ese sentimiento de orgullo que acompaña a todos los laosianos por haber sido capaces de resistir a los ataques de la mayor potencia del mundo.
     Aquellos días recorriendo Sam Neua y sus alrededores llegaron a su fin y, gratificados a partir de la experiencia aquí vivida, dispusimos continuar nuestro camino y dirigirnos al suroeste, más precisamente a Phonsavanh, ciudad que posee un misterio sin revelar.

Carla & Hernán