Últimamente veníamos optando por ómnibus
regulares a fin de trasladarnos entre ciudades pero, en esta oportunidad, un
minibus con aire acondicionado nos resultaba más práctico y un poco más
económico, por tanto, dispusimos llegar aburguesadamente a la ciudad de Vang
Vieng. Así nos pasaron a buscar por la mañana por nuestro alojamiento y, tras
transitar unas diez cuadras, llegamos a un estacionamiento donde nosotros y un
par de alemanes que nos acompañaban, cambiamos a otro minibus siguiendo, de esta
forma, una dinámica por demás habitual por estos pagos.
Aparentemente este segundo minibus
resultaría definitivo aunque, después de dos horas andando (teóricamente sería
un viaje de seis horas), algo anduvo mal, sencillamente, el vehículo dejó de
doblar. Uno de los alemanes que resultó ser un amante de la mecánica, intentó
explicarle –sin éxito– a Hernán qué parte del tren delantero se habría roto, no
obstante, sí logró transmitirle que volver a subirse al vehículo sería suicida.
Así que allí permanecimos a la espera de una solución aunque ni nuestro
conductor que sólo daba vueltas sosteniendo una llave en una de sus manos ni
nuestra ubicación en plena ruta montañosa a metros de una curva cerrada, nos
generaba demasiadas expectativas. No obstante, al cabo de algunos pocos
minutos, un ómnibus regular se estacionó y tras una extensa conversación entre
ambos choferes, se dirigieron a nosotros y, si bien ninguno hablaba inglés,
logramos comprenderles que aquel ómnibus nos conduciría a un pueblo donde aguardaríamos
a otro ómnibus regular que, finalmente, nos permitiría arribar a nuestro
destino.
Así sucedió sólo que aquel presentimiento
que habíamos tenido aunque también reprimido frente al –ingenuo– optimismo de
los europeos, se hizo realidad, en efecto, una vez arribados al pueblo de
conexión, aquel chofer nos dejó un absurdo monto de kips (moneda de Laos) a fin
de abonar nuestro siguiente traslado y, sin darnos margen alguno para averiguar
si serían suficientes o no, se marchó, mientras que nosotros, finalmente,
tuvimos que desembolsar otros tantos kips al arribo del siguiente vehículo.
Sintéticamente: nuestra ilusión de llegar
aireados, cómodos y temprano a Vang Vieng terminó a las dos horas de viaje a la
vez que un gusto semi-amargo nos quedó debido al importe que terminamos
abonando y, desde ya, al timo que habríamos protagonizado.
Arribados a la terminal de ómnibus de Vang
Vieng, la cual dista a un par de kilómetros del centro, decidimos no padecer el
peso de nuestras mochilas –ni tampoco el de los conductores de tuk tuk que
apasionadamente intentaban sacarnos más kips de lo debido– y optamos por un
guesthouse ubicado junto a la estación para, una vez instalados, dirigirnos
libremente adonde quisiéramos.
Sabíamos que Vang Vieng sería una ciudad
que podríamos amar u odiar o despertarnos ambos sentimientos a la vez. Por un
lado, se trata de una localidad que recibe miles de jóvenes turistas atraídos
por la práctica del “tubing”, la cual consiste en echarse al río sobre una
cámara de automóvil inflada y visitar decenas de bares que se encuentran sobre
ambos márgenes y, una vez al final del recorrido, volver al inicio y repetir
misma travesía, terminando, usualmente, ebrios y, por qué no, dormidos fluyendo
por el río. Por otro lado, Vang Vieng destaca por sus paisajes: el serpenteante
río Nam Song discurre a través de formaciones kársticas gigantes coloreadas de
verde de diversas intensidades.
Quisimos, entonces, optar por una
actividad que nos permitiera realizar un poco de todo y, de esta forma,
contratamos una excursión que iniciaba sobre un kayak. Sorpresivamente hayamos
un poderoso río por lo que Carla, consecuentemente nerviosa, decidió asegurar
su supervivencia y se ofreció, antes que nadie, para acompañar a uno de los
guías (imaginamos que muchos pensarán: “que bien que la hacés, Carlita!).
Hernán, por su parte, compartiría esta travesía junto a un francés con quien
alternarían sus ubicaciones, o sea, la conducción del kayak, a lo largo del
día.
Una primera parte resultó increíble: una
corriente tan óptima que, prácticamente, no debíamos remar nos hizo fluir a
través del río a la vez que descubríamos conmovedores paisajes. Así llegamos a
la Cueva del Elefante y, seguidamente, iniciamos nuestra segunda “actividad de
aventura”, la cual sería un mix de “caving” y “tubing”: nos acomodamos sobre
unas cámaras de automóvil infladas y deslizándonos, sujetados de una cuerda,
ingresamos a una cueva donde no faltaron emociones, en efecto, el nivel del río
se encontraba altísimo generando que, por momentos, nuestras cabezas se
hallaran enmarcadas por el techo de piedra y la superficie del agua mientras
que atravesar algunos sectores con semejantes gomones nos resultaría igualmente
complicado. Desde ya, una actividad no recomendable para claustrofóbicos, la
cual Hernán disfrutó como niño mientras que Carla sufrió por momentos aunque, finalmente,
terminó disfrutando más allá del último episodio protagonizado mientras salía
de la cueva, en el cual se soltó de la soga y fue arrastrada por una fuerte
corriente, quedando sujetada de la rama de un árbol a pocos metros de una
–pequeña– caída de agua, siendo, posteriormente, rescatada por otro turista
–mientras que Hernán seguía jugando dentro de la cueva, lógico–.
Después de almorzar junto al resto del
grupo que, llamativamente, habría resultado mayoritariamente de habla hispana
(mexicanos y españoles), volvimos a subirnos a nuestros kayaks sin saber que
nos depararía un trayecto mucho más duro, de hecho, las corrientes resultaron
mucho más violentas y generaron que el kayak de Hernán, bajo su mando, se diera
vuelta una primera vez… y luego una segunda vez, en la cual habría perdido a su
compañero quien terminaría siendo rescatado por uno de los guías. Por su parte,
Carla tampoco resultó invicta ya que, debido a la imprudencia de otro turista,
su kayak también volcó aunque, sin mayores trastornos, al cabo de algunos
segundos se hallaría remando nuevamente.
Una vez sorteados dichos rápidos, aquel
paisaje recobró protagonismo aunque volvió a perderlo cuando comenzamos a
sentir música más y más fuerte: habíamos llegado al sector del río flanqueado
por bares donde se practica tubing. Allí nos estacionamos y, simplemente,
dedicamos a disfrutar del nuevo entorno –mientras Carla se divertía observando
a los personajes allí presentes, Hernán se deslizaba por un violentísimo
tobogán al río–, volviendo a nuestras embarcaciones pocos minutos después desde
donde disfrutamos muy relajadamente del último trayecto de una intensa jornada.
Más allá de la excursión realizada, no
quisimos dejar de visitar los alrededores de Vang Vieng. A tal fin, nuestro
tradicional alquiler de motocicleta se vio frustrado (debido a que nos exigían
dejar a modo de garantía nuestro pasaporte), por tanto, optamos por pedalear.
Si bien no tuvimos más opción que embarrarnos, esta travesía nos permitió
disfrutar de más campos de arroz y más montañas de roca que componen un paisaje
que, sinceramente, nos alucina. De igual modo, visitamos a la denominada “Blue
Lagoon”, un lugar donde, llamativamente, no hay ni laguna ni, menos aún, algo
azul: se trata de un brazo del río donde se halla un puente de madera, un área
de picnic y algunas cuantas sogas atadas a un árbol sobre el río para que los
niños –y no tan niños– se diviertan un rato.
Vang Vieng, propiamente dicho, también nos
pareció muy bonito aunque su desarrollo turístico nos resultó un poco
agobiante. Su centro se encuentra repleto de locales de venta de merchandising
de “tubing” y accesorios de moda un tanto excéntricos y, asimismo, restaurantes
donde transmiten un capítulo tras otro de la serie Friends. A tal punto, nos
dejamos llevar, una vez más, por la corriente –pero de la moda– y terminamos
cenando frente a una de aquellas pantallas.
Y tras haberla disfrutado a nuestra forma,
nos despedimos de Vang Vieng para dirigirnos a Vientiane, la capital de Laos,
traslado que nos exigiría un nuevo madrugón aunque menor a cualquier otro pasajero
ya que nos encontrábamos durmiendo al lado del ómnibus.
Carla
& Hernán