Si Phan Don o Cuatro Mil Islas se trata de
un archipiélago formado donde el río Mekong alcanza su mayor anchura y allí,
justamente, nos dirigiríamos. De esta forma, optamos por un minibus que partió
una hora más tarde a lo previsto desde Paksé rumbo a Ban Nakasang, donde
abordaríamos una barcaza que nos llevaría a aquella isla elegida por nosotros:
Don Det. Así sucedió e, incluso, más rápidamente de lo esperado, en efecto,
algunos turistas fueron informados que sus pasajes no incluían el traslado fluvial,
generándose situaciones más o menos tensas, por lo que aquellos turistas no
embaucados –nosotros habíamos sido algunos de los agraciados– fuimos dirigidos
primeramente al muelle.
Después de algunos minutos de navegación,
llegamos a nuestro destino y nos dispusimos a hallar alojamiento. Al respecto,
si bien no solemos ser muy exigentes, sucede que, en algunas oportunidades,
alguno de los dos –o ambos– no siente ganas de hospedarse en espacios muy
rústicos y, consecuentemente, soportar sus implicancias (baño externo, luz
escasa, mosquitero) por lo que Carla, adueñada esta vez por esta sensación y,
justamente, a cargo del relevamiento, no dio su veredicto sino una vez hallado
un complejo de bungalows de concreto que, si bien un poco más costosos que
muchos otros, regateó a condición de adquirir nuestros siguientes pasajes allí
mismo.
Si miramos al horizonte, Cuatro Mil Islas
nos recuerda al Delta del Tigre aunque, si nos dedicamos a visitar alguna de
sus islas, aquellas similitudes se disipan. Don Det, por ejemplo, se puede
recorrer a pie: su única arteria de tierra alberga hospedajes y restaurantes,
algunos de los cuales poseen terrazas a orillas del río y, a medida que nos
alejamos de dicha área “urbanizada”, comienzan a surgir campos de arroz y más
rústicas viviendas. A su vez, Don Det se haya unida a otra isla, Don Khon, a
través de un puente –cuyo peaje diario negociamos fuese válido por dos días–
por lo que, a fin de recorrer esta última, decidimos alquilar un par de
bicicletas que nos permitieron alcanzar su extremo sur, desde donde divisamos,
por primera vez, a las tierras camboyanas.
Se trataron de días muy relajados donde la
lluvia volvió a hacerse presente aunque sirvió de cómplice para quedarnos
adentro de nuestro bungalow disfrutando de divertidos partidos de cartas o
siestas. Y tras reponer algunas energías, puesto venimos –y seguiremos–
moviéndonos sin prisa aunque sin pausa a fin de evitar fríos extremos dentro de
algunos meses, agotamos nuestros últimos kips y dispusimos nuestra partida
rumbo a Cambodia, nuestro noveno país a visitar a lo largo de nuestra vuelta al
mundo.
Carla & Hernán