Aquel ómnibus que habíamos reservado desde
Battambang nos dejó sobre una de las vías principales de Pursat, la carretera
que transcurre desde Siem Reap a Phnom Penh, donde se hallan unos pocos
alojamientos, entre los cuales optamos por uno regenteado por un atento señor
que apenas pronunciaba alguna que otra palabra de inglés aunque, gracias al
idioma universal de los números, pudimos convencerlo para que nos aplicara un
descuento.
Así, una vez acomodados y saciados
nuestros estómagos en uno de los dos restaurantes “ruteros” donde preparaban
unos curries increibles, nos dispusimos a descubrir a la ciudad, cuyos
encantos, más allá sus aires de pueblo de sonrientes moradores y ausencia de
turistas, escasean aunque, de cualquier forma, no dejamos de visitar al Sampov
Meas, una isla que, según cuenta la leyenda, resulta un barco que encalló y, a
lo largo de los años, se transformó en isla, por tal motivo, la isla habría
sido revestida de cemento dando forma de barco.
Dado que nuestro verdadero interés
resultaba visitar a la población de Kampong Luong, optamos por un simpático
conductor de tuk-tuk que nos habría dejado una “business card” a nuestro
arribo, para que nos condujera a nuestro objetivo. Así transitamos unos 40
kilómetros rodeados, mayoritariamente, por arrozales y llegamos a orillas del
Tonle Sap, desde visualizamos inmediatamente aquello que habría motivado
nuestro viaje aquí: un pueblo flotante de 5,000 personas que se traslada
dependiendo del nivel del agua y, gracias a que nuestra visita sucedió durante
época de lluvias, vivenciamos verdaderos “embotellamientos” de casas moviéndose
a lo largo de canales. Kampong Luong, si bien sobre el agua, no deja de ser una
ciudad y, como tal, posee comisaría, escuela, estación de servicio para barcos,
hospital, iglesia, registro civil y un sinfín de negocios –incluso fábrica de
hielo–.
A fin de adentrarnos a semejante
escenario, nos subimos al bote de Lea, una simpatiquísima camboyana orgullosa
de su pueblo que no dejó de explicarnos cada una de las cosas que observábamos
e, incluso, señalarnos su casa al momento de navegar frente a la misma.
Asimismo nuestra guía resultó una apasionada por los idiomas y, tras mostrarse
interesada por el nuestro, permanecimos una vez culminada aquella travesía,
enseñándole vocabulario que no dejó de anotar mientras que, poco a poco,
comenzamos a llamar la atención de otros camboyanos, terminando rodeados por
unos ocho, quienes, muy graciosamente, repetían todo lo que nosotros decíamos.
Más que satisfechos después de nuestro
paso por Pursat y su vecina Kampong Luong, combinamos nuestra partida rumbo a
Phnom Penh, capital de Cambodia, cuyas referencias dadas por otros turistas nos
remiten a una ciudad caótica y peligrosa… será así?
Carla
& Hernán