Viernes. Un nuevo y óptimo viaje en
ómnibus había sucedido y, de esta forma, llegamos a la ciudad de Phnom Penh.
Dado que poseíamos un objetivo definido para aquel día, tramitar nuestro visado
de China, una vez arribados a una de las terminales de ómnibus más céntricas de
la ciudad, acordamos que un conductor de tuk-tuk nos condujera, primeramente, a
un hotel del cual teníamos algunas referencias, donde nos registraríamos y
dejaríamos nuestras mochilas y, seguidamente, nos trasladara a la Embajada de
China. Así sucedió sólo que, al llegar a la misma, hallamos sus puertas
cerradas por lo que, obligadamente, debimos postergar nuestro cometido al
siguiente lunes.
Y el lunes llegó y nosotros, como
trotamundos sin mayores ocupaciones más que seguir viajando por el mundo,
arribamos antes que abriera a la embajada. Ahora bien, una vez allí, nuestros
planes no prosperaron, en efecto, solicitamos un visado cuya duración habría
sido negada y, en su lugar, ofrecida otra inferior, la cual no se adaptaba a
nuestro itinerario, no obstante, aceptamos ya que, según nos habían informado
otros viajeros, nos resultaría imposible obtener dicho visado en Vietnam,
destino siguiente a Cambodia que antecedería a China. Y así abandonamos a la
embajada aunque completamente insatisfechos dada nuestra decisión por lo que,
unas pocas cuadras después, decidimos retornar, averiguar si resultaría posible
realizar aquel trámite en Hanoi (Vietnam) o no y, ante una respuesta
categóricamente afirmativa por parte del empleado, anulamos aquella gestión que
habíamos iniciado minutos atrás, postergándola ahora, optativamente, un mes
más.
Desde ya que, más allá de resolver –o
intentar resolver– nuestros asuntos migratorios, dedicamos algunos días para
visitar Phnom Penh, una ciudad que, en primer lugar, nos pareció caótica: mucha
gente y muchos vehículos otorgan una sensación de colapso mientras que motos,
autos y colectivos andan sin sentido por todos lados aunque, sin embargo, no
dejó de gustarnos.
De esta forma, visitamos al wat Phnom, un
templo ubicado en la cima de una colina cuya leyenda se remite al origen de la
ciudad, anduvimos por áreas más sofisticadas, a lo largo de la costanera del
río Mekong, donde observamos monumentos, palacios, parques y templos, paseamos
por mercados e intentamos absorber su ritmo, dejándonos perder por sus calles y
divertir con sus curiosidades, a propósito, cuántas cosas puede cargar una
motocicleta? Sin demasiado esfuerzo, visualizamos chanchos vivos y chanchos
muertos, dos camas de dos plazas que incluían camboyanos durmiendo, gigantescas
vigas de acero, una docena de gallinas e, incluso, ventanales completos.
Asimismo visitamos al Museo del Genocidio
“Tuol Sleng”. Desde abril de 1975 a enero de 1979, los Jemeres Rojos, un grupo
de intelectuales liderados por Pol Pot, tomaron Phnom Penh e intentaron
implantar un régimen totalitario y un sistema de economía agraria, por lo que
dividieron a las familias y trasladaron a la totalidad de la población
camboyana al campo, sometiéndola a inhumanas condiciones de vida, destruyeron a
las ciudades y detuvieron, interrogaron, torturaron y mataron a dos millones de
personas. Tuol Sleng o S-21 se trata de uno de los lugares de detención
utilizados por los Jemeres Rojos, donde se exhibe sin filtro, por lo que resulta
sumamente impresionable, parte de dicha historia: celdas, durísimas imágenes
(fotografías y pinturas), técnicas de torturas, testimonios e, incluso, restos
humanos.
Llegando al final de nuestra estadía en
Phnom Penh, cumplimos seis meses desde que dimos inicio a nuestro viaje, por
tanto, decidimos festejarlo degustando una vaca al “spiedo”, cuya cocción ya
había atrapado nuestra atención, acompañada por cervezas.
Dispuestos a despedirnos de esta ciudad,
nos dirigimos a Sihanouk Ville, un área de playas ubicada al sur de Cambodia
que resulta destino para turistas locales como extranjeros. Y sí, ya sin tres
meses de playa, veníamos extrañando a la arena y al sol…
Carla & Hernán