Llegar a Siem Reap, nuestro primer destino
camboyano, no nos resultó muy sencillo, en efecto, si bien unos 200 kilómetros
separaban dicha ciudad de nuestro origen, Cuatro Mil Islas, no existe ruta mas
o menos recta que una ambos puntos, por tanto, debíamos atravesar al país de
norte a sur hasta una localidad llamada Kompong Cham donde transbordaríamos a
otro micro que nos trasladaría en dirección norte nuevamente hasta Siem Reap,
sometiéndonos, de esta forma, a más de 600 kilómetros a lo largo de 14 horas de
ómnibus .
Igualmente trastornado sucedió nuestro
paso migratorio. Aquel bote que nos llevaría rumbo a Ban Nakasang, donde se
hallaba la agencia de viajes a cargo de nuestro traslado, partió una hora
demorado. Una vez allí, debimos aguardar más de una hora a nuestro ómnibus que,
después de apenas diez minutos andando, llegó al puesto fronterizo. Sabíamos
que gestionaríamos nuestra visa on-arrival y que, teóricamente, debía costarnos
unos veinte dólares por persona, no obstante, un “coordinador” que nos
acompañaba se ofreció a realizar dicho trámite por nosotros por lo que nos
solicitaba un total de treinta y un dólares por persona, de los cuales
veintitrés correspondían al importe de la visa y, la diferencia, a otros
“gastos administrativos”. Desde ya que, más allá de aquellos incoherentes
importes, resulta muy difícil –e imposible para Carla que lleva ese estigma
“Cami” marcado a fuego– que accedamos a entregarle nuestros pasaportes a
cualquier mengano por lo que, a diferencia de la mayoría de los demás turistas,
agradecimos su oferta y optamos por ser nosotros quienes realizáramos aquella
gestión.
De esta forma, nos dirigimos a la primera
de las postas, un mostrador ubicado dentro de un trailer (ya que Laos posee su
edificio de migraciones en construcción) donde un agente laosiano sellaría
nuestro pasaporte por lo que exigían un pago de dos dólares por persona,
importe que, junto a una pareja de franceses, negociamos fuese cincuenta
centavos más económico por cada uno. Una vez atravesada una barrera que divide
ambos países, debimos dirigirnos, posteriormente, al control sanitario
camboyano: un mostrador ubicado bajo una carpa (ya que Cambodia no posee ni
proyecto de edificio de migraciones) donde se hallaban dos sujetos de
guardapolvo blanco que controlaban –supuestamente– la fiebre aplicando una
pistola térmica en la frente de cada pasajero por lo que cobraban un dólar por
persona, importe que, arduamente, volvimos a lograr que fuese cincuenta
centavos menos para cada uno de nosotros. Nos aproximamos, seguidamente, al
mostrador donde emitirían nuestras visas para lo cual nos solicitaban, ni
veinte ni veintitrés, sino veinticinco dólares por persona! Desde ya que
nosotros no íbamos a abonar más de lo que abonaron aquellos turistas que
accedieron al servicio del coordinador, por tanto, insistimos durante minutos
–muchos minutos– y tras soportar al show de los agentes camboyanos que
guardaban sus papeles y cerraban sus portafolios a la vez que se negaban a
gestionarnos nuestros visados, terminamos abonando veintitrés nomás. Un
obstáculo más nos restaba y, acto seguido, nos dirigimos al mostrador donde nos
sellarían nuestros pasaportes por lo que, lógicamente, exigían un nuevo pago de
un dólar por persona que, una vez más, logramos abaratar unos cincuenta
centavos por cada uno. Así, sintéticamente, terminamos abonando un extra de dos
dólares y medio por persona, en vez de aquellos ocho que hubiesen sido si
accedíamos a la gestión del coordinador, por lo que, si bien sabemos no
debíamos haber abonado nada, terminó siendo un óptimo negocio.
Alrededor de las 10 de la noche, llegamos
a la terminal de ómnibus de Siem Reap, donde un montón de conductores de
tuk-tuk aguardaban al acecho de turistas y, tras negociar una tarifa junto a
Feng, un chino súper agradable con quien compartimos este trayecto, nos
acercamos al centro de la ciudad, en efecto, nuestro chofer decidió dejarnos
donde le convenía, es decir, donde podría recibir una comisión por nuestra
estadía y, debido a la suma de factores –horario y oscuridad que dificultaban
la búsqueda de alojamiento y, principalmente, nuestro agotamiento– decidimos
allí quedarnos.
Desde Siem Reap se accede al complejo de
templos de Angkor, atractivo que convoca a millones de turistas por año, lo
cual genera que dicha ciudad posea un exceso de extranjeros, una amplísima
oferta de servicios y un acoso al turista que, si bien no nos resultó
desconocido, padecimos como nunca antes.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por
la UNESCO, se ofrecen tres tickets –igualmente costosos– válidos por un día,
tres días o una semana, respectivamente, para visitar Angkor. Asimismo, dado
que dicho complejo dista a algunos kilómetros de Siem Reap e, igualmente, la
distancia que separa a cada uno de los templos no resulta abarcable a pie,
existen tres formas de acceder al mismo: alquilando una bicicleta, adquiriendo
los servicios de un conductor de tuk-tuk o contratando una excursión a través
de una agencia de viajes. Nosotros, de esta forma, optamos por un día de visita
a lo largo del cual pedalearíamos durante kilómetros a fin abarcar a los
templos de mayor interés que forman parte de la denominada octava maravilla del
mundo.
A tal fin, amanecimos a las 4 de la mañana
y dimos inicio a nuestra jornada. Aún de noche, atravesamos al centro de la
ciudad hasta que sus calles iluminadas se volvieron oscuras y sus calles
oscuras se volvieron rutas solitarias. Nada nos detuvo –ni siquiera Carla que
algo asustada se hallaba– porque supusimos que, poco a poco, nos acercábamos a
nuestro objetivo aunque no lográsemos visualizar al puesto de venta de entradas
ni tampoco otros visitantes, hasta que, de repente, nos percatamos que una moto
nos seguía: se trataba de un señor de uniforme desalineado cuyo aliento
podíamos sentir y, si nos descuidábamos, incluso emborracharnos, que nos
informó debíamos seguirlo a fin de hallar al puesto de venta de entradas. Incrédulamente
lo hicimos y, después de algunos kilómetros, llegamos a la gigantesca oficina,
repleta de turistas, donde adquirimos, finalmente, nuestros tickets.
Afortunadamente dicho retraso no impidió
que disfrutásemos del amanecer –algo nublado– frente al Angkor Wat, su templo
más representativo aunque, si bien nuestra ubicación resultó inmejorable, aquel
mágico paisaje se vio obstruido debido a la presencia de andamios y muchos pero
muchos turistas, de cualquier forma, su fachada y sus interiores nos resultaron
impactantes.
Posteriormente nos dirigimos al Angkor
Thom, una ciudad fortificada donde hallaríamos al templo que, sin saberlo,
sería nuestro preferido, Bayon, una construcción de piedra dominada por
gigantescos rostros que, inevitablemente, atónitos nos dejaron.
Otros templos que visitamos destacan por
sus dimensiones, sus relieves o, incluso, sus árboles que generan paisajes
surrealistas.
Una vez aprovechado al máximo nuestro día
de visita a Angkor, organizamos nuestra partida fluvial rumbo a Battambang,
travesía que resulta factible únicamente durante la estación húmeda, por tanto,
hallando una otra cara a las lluvias, de esta forma nos dirigimos!
Carla & Hernán
