18 de julio de 2011

... Cambodia! (primera parte)


Llegar a Siem Reap, nuestro primer destino camboyano, no nos resultó muy sencillo, en efecto, si bien unos 200 kilómetros separaban dicha ciudad de nuestro origen, Cuatro Mil Islas, no existe ruta mas o menos recta que una ambos puntos, por tanto, debíamos atravesar al país de norte a sur hasta una localidad llamada Kompong Cham donde transbordaríamos a otro micro que nos trasladaría en dirección norte nuevamente hasta Siem Reap, sometiéndonos, de esta forma, a más de 600 kilómetros a lo largo de 14 horas de ómnibus .
Igualmente trastornado sucedió nuestro paso migratorio. Aquel bote que nos llevaría rumbo a Ban Nakasang, donde se hallaba la agencia de viajes a cargo de nuestro traslado, partió una hora demorado. Una vez allí, debimos aguardar más de una hora a nuestro ómnibus que, después de apenas diez minutos andando, llegó al puesto fronterizo. Sabíamos que gestionaríamos nuestra visa on-arrival y que, teóricamente, debía costarnos unos veinte dólares por persona, no obstante, un “coordinador” que nos acompañaba se ofreció a realizar dicho trámite por nosotros por lo que nos solicitaba un total de treinta y un dólares por persona, de los cuales veintitrés correspondían al importe de la visa y, la diferencia, a otros “gastos administrativos”. Desde ya que, más allá de aquellos incoherentes importes, resulta muy difícil –e imposible para Carla que lleva ese estigma “Cami” marcado a fuego– que accedamos a entregarle nuestros pasaportes a cualquier mengano por lo que, a diferencia de la mayoría de los demás turistas, agradecimos su oferta y optamos por ser nosotros quienes realizáramos aquella gestión.
De esta forma, nos dirigimos a la primera de las postas, un mostrador ubicado dentro de un trailer (ya que Laos posee su edificio de migraciones en construcción) donde un agente laosiano sellaría nuestro pasaporte por lo que exigían un pago de dos dólares por persona, importe que, junto a una pareja de franceses, negociamos fuese cincuenta centavos más económico por cada uno. Una vez atravesada una barrera que divide ambos países, debimos dirigirnos, posteriormente, al control sanitario camboyano: un mostrador ubicado bajo una carpa (ya que Cambodia no posee ni proyecto de edificio de migraciones) donde se hallaban dos sujetos de guardapolvo blanco que controlaban –supuestamente– la fiebre aplicando una pistola térmica en la frente de cada pasajero por lo que cobraban un dólar por persona, importe que, arduamente, volvimos a lograr que fuese cincuenta centavos menos para cada uno de nosotros. Nos aproximamos, seguidamente, al mostrador donde emitirían nuestras visas para lo cual nos solicitaban, ni veinte ni veintitrés, sino veinticinco dólares por persona! Desde ya que nosotros no íbamos a abonar más de lo que abonaron aquellos turistas que accedieron al servicio del coordinador, por tanto, insistimos durante minutos –muchos minutos– y tras soportar al show de los agentes camboyanos que guardaban sus papeles y cerraban sus portafolios a la vez que se negaban a gestionarnos nuestros visados, terminamos abonando veintitrés nomás. Un obstáculo más nos restaba y, acto seguido, nos dirigimos al mostrador donde nos sellarían nuestros pasaportes por lo que, lógicamente, exigían un nuevo pago de un dólar por persona que, una vez más, logramos abaratar unos cincuenta centavos por cada uno. Así, sintéticamente, terminamos abonando un extra de dos dólares y medio por persona, en vez de aquellos ocho que hubiesen sido si accedíamos a la gestión del coordinador, por lo que, si bien sabemos no debíamos haber abonado nada, terminó siendo un óptimo negocio.
Alrededor de las 10 de la noche, llegamos a la terminal de ómnibus de Siem Reap, donde un montón de conductores de tuk-tuk aguardaban al acecho de turistas y, tras negociar una tarifa junto a Feng, un chino súper agradable con quien compartimos este trayecto, nos acercamos al centro de la ciudad, en efecto, nuestro chofer decidió dejarnos donde le convenía, es decir, donde podría recibir una comisión por nuestra estadía y, debido a la suma de factores –horario y oscuridad que dificultaban la búsqueda de alojamiento y, principalmente, nuestro agotamiento– decidimos allí quedarnos.
Desde Siem Reap se accede al complejo de templos de Angkor, atractivo que convoca a millones de turistas por año, lo cual genera que dicha ciudad posea un exceso de extranjeros, una amplísima oferta de servicios y un acoso al turista que, si bien no nos resultó desconocido, padecimos como nunca antes.
Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, se ofrecen tres tickets –igualmente costosos– válidos por un día, tres días o una semana, respectivamente, para visitar Angkor. Asimismo, dado que dicho complejo dista a algunos kilómetros de Siem Reap e, igualmente, la distancia que separa a cada uno de los templos no resulta abarcable a pie, existen tres formas de acceder al mismo: alquilando una bicicleta, adquiriendo los servicios de un conductor de tuk-tuk o contratando una excursión a través de una agencia de viajes. Nosotros, de esta forma, optamos por un día de visita a lo largo del cual pedalearíamos durante kilómetros a fin abarcar a los templos de mayor interés que forman parte de la denominada octava maravilla del mundo.
A tal fin, amanecimos a las 4 de la mañana y dimos inicio a nuestra jornada. Aún de noche, atravesamos al centro de la ciudad hasta que sus calles iluminadas se volvieron oscuras y sus calles oscuras se volvieron rutas solitarias. Nada nos detuvo –ni siquiera Carla que algo asustada se hallaba– porque supusimos que, poco a poco, nos acercábamos a nuestro objetivo aunque no lográsemos visualizar al puesto de venta de entradas ni tampoco otros visitantes, hasta que, de repente, nos percatamos que una moto nos seguía: se trataba de un señor de uniforme desalineado cuyo aliento podíamos sentir y, si nos descuidábamos, incluso emborracharnos, que nos informó debíamos seguirlo a fin de hallar al puesto de venta de entradas. Incrédulamente lo hicimos y, después de algunos kilómetros, llegamos a la gigantesca oficina, repleta de turistas, donde adquirimos, finalmente, nuestros tickets.
Afortunadamente dicho retraso no impidió que disfrutásemos del amanecer –algo nublado– frente al Angkor Wat, su templo más representativo aunque, si bien nuestra ubicación resultó inmejorable, aquel mágico paisaje se vio obstruido debido a la presencia de andamios y muchos pero muchos turistas, de cualquier forma, su fachada y sus interiores nos resultaron impactantes.
Posteriormente nos dirigimos al Angkor Thom, una ciudad fortificada donde hallaríamos al templo que, sin saberlo, sería nuestro preferido, Bayon, una construcción de piedra dominada por gigantescos rostros que, inevitablemente, atónitos nos dejaron.
Otros templos que visitamos destacan por sus dimensiones, sus relieves o, incluso, sus árboles que generan paisajes surrealistas.
Una vez aprovechado al máximo nuestro día de visita a Angkor, organizamos nuestra partida fluvial rumbo a Battambang, travesía que resulta factible únicamente durante la estación húmeda, por tanto, hallando una otra cara a las lluvias, de esta forma nos dirigimos!

Carla & Hernán