
A partir de este capítulo, comienza una de
las etapas del viaje más esperadas por nosotros: nuestro primer destino de
vacaciones había sido China, un país que, más allá de habernos fascinado, nos
había permitido descubrir que compartíamos una misma sintonía y, de alguna
forma, nos habría dejado entrever que algo como lo que hoy estamos haciendo
podía ser posible.
Ingresar a China nos resultó muy relajado:
un par de moto-taxis nos condujeron desde nuestro alojamiento en Lao Cai al
puesto fronterizo de Vietnam desde donde accedimos al puente que une ambos
países y, tras cruzarlo a pie junto a montones de vietnamitas que arrastraban
carretillas vacías en dirección a China y repletas de artículos en dirección a
Vietnam, ingresamos al edificio de migraciones y, sin demoras gracias a que,
esta vez, Hernán pasó inadvertido ante los controles aduaneros, nos hallamos
finalmente en Hekou… ya estábamos en China!
Qué felices que nos sentíamos! Una energía
positiva nos irradiaba y, sin lugar a dudas, nos comenzó a acompañar. Ya nadie
hablaba inglés por lo que, a partir de ahora, tuvimos que valernos de nuestro
diccionario, dibujos y mímicas para hacernos entender. Así averiguamos dónde se
encontraba la terminal de autobuses y que el siguiente servicio a la ciudad de
Xinjie partiría dentro de algunos minutos, lo cual nos generó un inconveniente:
no teníamos yuanes y no había ATM’s (cajeros automáticos) disponibles a dicho
momento, no obstante, el ayudante del conductor, quien se encarga de recolectar
dinero y pasajeros, insistió que subiéramos al vehículo y, minutos después,
apareció junto a otro chino que se ofreció a tomar nuestros últimos dongs
(moneda vietnamita) a –un muy buen– cambio de yuanes.
Y aquel ómnibus que nos permitiría arribar
a nuestro primer destino de China comenzó a andar: abandonamos las calles de
Hekou, pasamos por trayectos de tierra rodeados por plantaciones, ingresamos a
una impecable autopista, nos adentramos en pequeñas poblaciones donde ascendían
y descendían pasajeros y, después de seis horas, arribamos a Xinjie donde nos
sentimos gratamente sorprendidos, en efecto, un montón de taxistas se agolparon
alrededor de nuestro vehículo y, una vez que nuestros compañeros de trayecto
descendieron atolondradamente del mismo, aquellos conductores se dispersaron
sin siquiera uno intentar ofrecernos sus servicios; así dimos cuenta que el
anonimato había llegado al viaje y que, a partir de entonces, seríamos nosotros
quienes iríamos a la búsqueda de aquello que necesitáramos.
Xinjie nos serviría de acceso a las
terrazas de Yuanyang, no obstante, dedicamos algunos días a pasear por esta
desnivelada ciudad que, más allá de verse sometida a plena remodelación, nos
resultó sumamente atractiva; a lo largo de sus angostas vías transitan
camiones, tractores, automóviles, motocicletas de tres y dos ruedas e, incluso,
peatones debido a la ausencia de veredas; asimismo posee una peatonal que
rebosa de actividad: puestos ambulantes, negocios, oficinas y un mercado de
alimentos son visitados a diario por muy –pero muy– pocos turistas y montones
de vecinos quienes forman parte, mayoritariamente, de grupos étnicos
tradicionales.
Y cuando creíamos que muy difícilmente un
paisaje de arrozales podría sorprendernos después de aquellos vistos por
nuestro paso por Sudeste Asiático, llegamos a Yuanyang y nos encontramos con
diseñadas terrazas de arrozales que ocupan un área de gigantescas dimensiones;
nuestro taxista nos condujo a tres diferentes aunque igualmente impecables
miradores que nos permitieron vistas panorámicas más hermosas progresivamente
aunque, tememos, ni nuestras descripciones ni nuestras fotografías serán
capaces de transmitir aquellas imágenes acaparadas por nuestras retinas aquel
día.
Xinjie y sus terrazas de Yuanyang nos
resultaron mágicas y, sin lugar a dudas, argumentaron nuestro ingreso a China a
través de Yunnan, provincia que alberga también a nuestro siguiente destino,
Dali, una de las ciudades que Feng, aquel chino que habíamos conocido rumbo a
Siem Reap en Cambodia, nos había recomendado así que, siguiendo sus consejos,
para aquellos pagos rumbeamos.
Carla & Hernán




