30 de agosto de 2011

... China! (primera parte)



A partir de este capítulo, comienza una de las etapas del viaje más esperadas por nosotros: nuestro primer destino de vacaciones había sido China, un país que, más allá de habernos fascinado, nos había permitido descubrir que compartíamos una misma sintonía y, de alguna forma, nos habría dejado entrever que algo como lo que hoy estamos haciendo podía ser posible.
Ingresar a China nos resultó muy relajado: un par de moto-taxis nos condujeron desde nuestro alojamiento en Lao Cai al puesto fronterizo de Vietnam desde donde accedimos al puente que une ambos países y, tras cruzarlo a pie junto a montones de vietnamitas que arrastraban carretillas vacías en dirección a China y repletas de artículos en dirección a Vietnam, ingresamos al edificio de migraciones y, sin demoras gracias a que, esta vez, Hernán pasó inadvertido ante los controles aduaneros, nos hallamos finalmente en Hekou… ya estábamos en China!
Qué felices que nos sentíamos! Una energía positiva nos irradiaba y, sin lugar a dudas, nos comenzó a acompañar. Ya nadie hablaba inglés por lo que, a partir de ahora, tuvimos que valernos de nuestro diccionario, dibujos y mímicas para hacernos entender. Así averiguamos dónde se encontraba la terminal de autobuses y que el siguiente servicio a la ciudad de Xinjie partiría dentro de algunos minutos, lo cual nos generó un inconveniente: no teníamos yuanes y no había ATM’s (cajeros automáticos) disponibles a dicho momento, no obstante, el ayudante del conductor, quien se encarga de recolectar dinero y pasajeros, insistió que subiéramos al vehículo y, minutos después, apareció junto a otro chino que se ofreció a tomar nuestros últimos dongs (moneda vietnamita) a –un muy buen– cambio de yuanes.
Y aquel ómnibus que nos permitiría arribar a nuestro primer destino de China comenzó a andar: abandonamos las calles de Hekou, pasamos por trayectos de tierra rodeados por plantaciones, ingresamos a una impecable autopista, nos adentramos en pequeñas poblaciones donde ascendían y descendían pasajeros y, después de seis horas, arribamos a Xinjie donde nos sentimos gratamente sorprendidos, en efecto, un montón de taxistas se agolparon alrededor de nuestro vehículo y, una vez que nuestros compañeros de trayecto descendieron atolondradamente del mismo, aquellos conductores se dispersaron sin siquiera uno intentar ofrecernos sus servicios; así dimos cuenta que el anonimato había llegado al viaje y que, a partir de entonces, seríamos nosotros quienes iríamos a la búsqueda de aquello que necesitáramos.
Xinjie nos serviría de acceso a las terrazas de Yuanyang, no obstante, dedicamos algunos días a pasear por esta desnivelada ciudad que, más allá de verse sometida a plena remodelación, nos resultó sumamente atractiva; a lo largo de sus angostas vías transitan camiones, tractores, automóviles, motocicletas de tres y dos ruedas e, incluso, peatones debido a la ausencia de veredas; asimismo posee una peatonal que rebosa de actividad: puestos ambulantes, negocios, oficinas y un mercado de alimentos son visitados a diario por muy –pero muy– pocos turistas y montones de vecinos quienes forman parte, mayoritariamente, de grupos étnicos tradicionales.
Y cuando creíamos que muy difícilmente un paisaje de arrozales podría sorprendernos después de aquellos vistos por nuestro paso por Sudeste Asiático, llegamos a Yuanyang y nos encontramos con diseñadas terrazas de arrozales que ocupan un área de gigantescas dimensiones; nuestro taxista nos condujo a tres diferentes aunque igualmente impecables miradores que nos permitieron vistas panorámicas más hermosas progresivamente aunque, tememos, ni nuestras descripciones ni nuestras fotografías serán capaces de transmitir aquellas imágenes acaparadas por nuestras retinas aquel día.
Xinjie y sus terrazas de Yuanyang nos resultaron mágicas y, sin lugar a dudas, argumentaron nuestro ingreso a China a través de Yunnan, provincia que alberga también a nuestro siguiente destino, Dali, una de las ciudades que Feng, aquel chino que habíamos conocido rumbo a Siem Reap en Cambodia, nos había recomendado así que, siguiendo sus consejos, para aquellos pagos rumbeamos.

Carla & Hernán     

27 de agosto de 2011

... Vietnam! (última parte)


Una minivan nos había vuelto a depositar en el casco antiguo de Hanoi, donde pasaríamos una noche más que aprovecharíamos para asistir a un nuevo –y un poco más aburrido– espectáculo de marionetas de agua, antes de partir rumbo a Lao Cai. A tal fin, abordamos un servicio cama de ómnibus y después de un trayecto nocturno durante el cual conocimos a Fernando, un español que nos compartió sus experiencias de viajero por el mundo hace una década atrás, llegamos a destino.
Lao Cai, más allá de ser una ciudad fronteriza que nos permitiría acceder a China, no posee grandes atributos, no obstante, nos sirvió para festejar nuestro séptimo mes de viaje y para acceder a Sappa, una de las localidades más conocidas del montañoso norte vietnamita.
Alquilar una motocicleta no nos resultó sencillo ya que, por un lado, sus precios nos resultaban desmedidos y, una vez que acertamos a uno más o menos razonable, debimos someternos a las recomendaciones de su dueño que, más que vehículo, parecía nos entregaba a su hija: “no hay ninguna mejor en todo Lao Cai”, “cuidála”, “traéla a las 7 horas”.
Así abandonamos al calor de Lao Cai y nos adentramos en la frescura de los alrededores de Sappa, dominados por terrazas de arrozales verdes, muy verdes, que acaparaban nuestra atención y obligaban a detenernos para apreciarlos.
Sappa es pintoresca; su lago, sus arterias inclinadas y su mercado nos resultaron por demás interesantes aunque nada supera a la presencia de mujeres hmong, una numerosa etnia cuyo dominio del inglés nos resultó increíble (según nos dijeron, se debe a la alta presencia de turistas) así como su costumbre de acompañar a los turistas en silencio, es decir, sin intentar venderles nada, sólo caminar a su lado.
Y después de visitar Cat Cat, un poblado administrado por esta etnia, nos reencontramos con Paloma y Juan y, mientras nos dirigíamos al mercado adonde almorzaríamos, volvió a sucedernos algo extraño: un desconocido nos topó a medio camino y nos dijo que el dueño de la motocicleta de Lao Cai (suponemos que nos reconoció por nuestros cascos ya que nuestro vehículo había sido aparcado) quería hablar con nosotros (llevaba un teléfono en la mano); desde ya que no accedimos aunque, inevitablemente, una sensación de paranoia monopolizó nuestros sentidos por lo que decidimos retornar, mover a nuestra motocicleta dentro de un estacionamiento y así, un poco más tranquilos, nos despedimos de nuestros amigos madrileños quienes seguirían otro itinerario en China.
E iniciamos un retorno sin prisa aunque, esta vez, sin pausa a Lao Cai, devolvimos “la nena” a su padre y nos preparamos para un día siguiente que, sabíamos, sería muy intenso. Aquel día, nuestro último de Vietnam y, por ende, de los 195 días dedicados a Sudeste Asiático, llegaba a su fin…

Carla & Hernán          

23 de agosto de 2011

... Vietnam! (octava parte)


Después de tres horas de viaje y, como no podría ser de otra forma, una parada en un mega-comercio de artesanos destinado a turistas, llegamos a Halong, puerto donde, después que nuestro guía abonara nuestros ingresos a la bahía, abordamos al “Cristina”, un crucero de tres niveles (imposible embarcaciones de mayor calado puesto la bahía posee muy poca profundidad) ocupados por camarotes a lo largo del primer y segundo piso, un restaurante ubicado en el segundo piso también adonde compartiríamos nuestras mesas con dos parejas de franceses, unos cuatro jóvenes ingleses, una pareja de israelíes ó Cheryl y Steven, un matrimonio de sudafricanos que nos resultaron particularmente adorables, y una terraza donde, echados en alguna de las muchas reposeras allí ubicadas, pasamos gran parte del tiempo.
Un paisaje conmovedor se presentaba ante nuestros ojos y, después de algunas horas de navegación, arribamos a nuestro primer destino dentro de la bahía, Titop, una isla que alberga una cueva de gigantescas dimensiones cuya ambientación, a propósito, nos sorprendió; asimismo tuvimos oportunidad, más tarde, de subirnos a un par de kayaks y, después que Carla lograra controlar las intenciones de Hernán de alejarse más y más, paseamos a través de aquellas formaciones para, finalmente, aprovechar un rato de arena y mar a lo largo de una playa adonde nuestro capitán decidió depositarnos.
Y la noche llegó. Y nosotros abordo nuevamente, cenamos junto a nuestros compañeros de travesía –lo cual nos obligó a medir nuestros movimientos para no parecer dos salvajes ante semejante cantidad de comida– para, posteriormente, dedicarnos a nuestras actividades: mientras Carla conversaba, Hernán incursionaba en la pesca de calamares, atrapando al tercero y último de la noche al cual decidió retornar al mar sin saber que generaría reproches por parte del guía quien andaría preguntando qué turista había sido aquel que había devuelto un calamar al agua.
Al día siguiente, amanecimos no muy temprano y, después de desayunar, arribamos a CatBa, la mayor isla y única habitada de la bahía. Un ómnibus nos recogió por su puerto y se dirigió al parque nacional homónimo donde, después de dos horas de ascenso entre encenagadas piedras, alcanzamos una ruinosa torre y, desde allí, vistas panorámicas sobre un mar de árboles, prosiguiendo una jornada igualmente activa a la anterior ya que, después de registrarnos en nuestro alojamiento, nos dirigimos a las playas de Monkey Island y, de regreso a CatBa, nos dedicamos a pasear por su costanera a la hora del atardecer.
Así sucedieron dos días impecables, no sólo por aquellos paisajes, un clima inmejorable y nuestros compañeros de excursión, sino también porque nuestra despreocupación ante “cómo viajar”, “dónde dormir” y “qué comer” nos permitió disfrutar sin impedimentos ésta, nuestra despedida de Sudeste Asiático. 

Carla & Hernán          

21 de agosto de 2011

... Vietnam! (séptima parte)


Íbamos rumbo a la estación de autobuses de Ninh Binh cuando una minivan que iniciaba su recorrido nos “pescó” y, al cabo de unas tres horas, nos dejó en una de las terminales de Hanoi. Ignorando a la gran gama de conductores que nos ofrecían insistentemente sus servicios (tuk-tuk, taxi, moto-taxi), averiguamos que línea de colectivo nos acercaría al casco antiguo de la ciudad, dedujimos que tarifa deberíamos abonar a partir de algunos tickets que se hallaban en el suelo, aguardamos y ascendimos al colectivo que nos resultó muy familiar, y señalamos al ayudante del conductor nuestro destino quien nos indicó, muy amablemente aunque un par de paradas posteriores, cuando debimos descender.
Y después siguió lo de siempre: a buscar adonde dormir! Hanoi, al igual que todas las grandes ciudades, nos ofrecía alojamientos un poco más costosos, de cualquier forma, no nos resultó imposible conseguir un cuarto con aire acondicionado acorde a nuestro presupuesto gracias a la “desventaja” de ubicarse su baño privado afuera del mismo.
Hanoi, al igual que cualquier otra capital de país, posee un sinfín de atributos aunque, primeramente, nuestro interés se restringió a uno y, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la Embajada de China, adonde llegamos antes que sus puertas abrieran al público; no había extranjeros, no obstante, ni bien ingresados nos suministraron una papel impreso con irrisorios requisitos y, sin prestarles demasiada atención, recogimos unos formularios que Carla completó mientras Hernán retornó al hotel de convenciones para seguir abusando de la generosidad de su recepcionista que, sin importarle nuestros desacordes aspectos, nos permitía hacer uso de la fotocopiadora. Listo! Ya teníamos todo o casi todo –porque no cumplíamos ni uno de los requisitos “extras” que nos solicitaban que iban desde cartas de invitación a traducciones al chino de la documentación– y nos dirigimos a una de las ventanillas adonde una empleada nos miró y preguntó si residíamos en Vietnam o si aspirábamos residir en China y, ante nuestra respuesta negativa, nos derivó a la ventanilla contigua adonde una irritante empleada se limitó a informarnos que aquella embajada no gestionaba visas para turistas, sucediéndose un momento por demás tenso: nos negamos a retirarnos, argumentamos, nuestros documentos iban y venían de un lado y del otro de la ventanilla, insistimos y, finalmente, solicitamos una revisión para una posible excepción por lo que, apáticamente, aquella muchacha tomó nuestros pasaportes y solicitó que regresáramos al día siguiente.
No teníamos esperanzas por lo que, arrastrando nuestros espíritus, retornamos al hotel y dedicamos aquel día a analizar alternativas para, primero, salir de Vietnam ya que nuestra visa expiraría dentro de algunos días y, segundo, arribar a Hong Kong o algún país donde supiéramos que, si o si, podríamos gestionar nuestra visa para China.
Ya teníamos un plan B, no obstante, volvimos a la embajada a la mañana siguiente, adonde nos vimos doblemente sorprendidos: aquella insoportable empleada se había vuelto simpática y, despegando un post-it que “alguien” había colocado sobre nuestros pasaportes señalando aquella excepción, nos informaba que nos habían otorgado un visado de una entrada por treinta días que, si bien no se ajustaba a nuestra idea de itinerario (necesitábamos uno de dos entradas por sesenta días), nos permitiría ingresar a China vía terrestre y visitar una o dos provincias antes de dirigirnos a Hong Kong.
Ahora sí, nuestras mentes se hallaban despejadas, por ende, organizamos nuestros siguientes objetivos; visitamos una peluquería y paseamos por Hanoi: caminamos por su casco antiguo, dimos vuelta al lago Hoan Kien e ingresamos al mausoleo de Ho Chi Minh adonde vimos su cuerpo embalsamado.
Y, finalmente, resolvimos nuestra partida rumbo a Halong Bay: nuestros días por Sudeste Asiático se hallaban contados, es decir, una muy importante etapa del viaje estaba llegando a su fin, por tanto, quisimos regalarnos un par de días embarcados y así, como turistas de viajes organizados, nos vamos a explorar esta famosa bahía.

Carla & Hernán        

17 de agosto de 2011

... Vietnam! (sexta parte)


Un moderno ómnibus nos recogió por la puerta de nuestro alojamiento en Hoi An. Si bien se trataría de un trayecto corto, quisimos asegurarnos dos ubicaciones, las cuales resultaron tan óptimas que, andados algunos minutos, ambos nos encontrábamos dormidos… tan dormidos que ni nos preocupamos cuando sentimos que aquel ómnibus se detenía al costado del camino. Al cabo de, no sabemos, cuanto tiempo, abandonamos nuestro estado de modorra a fin de averiguar que algo del motor no funcionaba y, por ende, a la espera de un ómnibus de rescate nos encontrábamos, el cual, afortunadamente, no demoró mucho (porque ignoramos cuanto tiempo anduvimos detenidos) y nos permitió arribar a la ciudad de Hue.
Intentamos no dedicarle demasiado tiempo a la búsqueda de alojamiento y, después del relevamiento que realizara Hernán, optamos por uno familiar donde nos ofrecían una amplia habitación que poseía vistas panorámicas.
Y dispusimos nuestra visita a la ciudad. Hue posee dos grandes atributos: la presencia del río Perfume y una Ciudadela de grandes dimensiones aunque, realmente, ninguno acaparó nuestra atención, en efecto, más allá de la puerta de ingreso al recinto amurallado, su interior nos resultó descuidado, no sólo por su estado de conservación sino por algunos cuantos “detalles” (desde pastizales altísimos a una cancha de tenis montada al costado de uno de los edificios) que le quitaban encanto al lugar.
Un día y un poquito más dedicamos a Hue antes de partir rumbo a Ninh Binh. Un servicio cama de ómnibus nos trasladó a lo largo de la noche y, sin mayores inconvenientes, salvo alguna que otra alerta como “take it easy, driver!” por parte de alguno de los pasajeros debido a la velocidad y sus consecuentes frenadas por parte de nuestro conductor, llegamos al centro de la ciudad, donde nos definimos por un alojamiento acorde a nuestro presupuesto aunque, sí, después de haber rescindido del uso del aire acondicionado.
La ciudad de Ninh Binh no posee grandes atractivos, no obstante, nos despertó aires de pueblo por lo que dedicamos un día a pasear por sus calles, observar a sus despreocupadas gentes y visitar su mercado donde, a propósito, distinguimos gracias a las colas y, seguidamente, a las tres cabezas que se exponían, carne de perro a la venta, hecho que impresionó a Hernán y dejó deslumbrada a Carla (convengamos que sabíamos sobre su consumo aunque visualizarlo por primera vez nos resultó significativo). 
Ahora bien, a fin de visitar sus alrededores que, sin lugar a dudas, constituyen al objeto del viaje a Ninh Binh, alquilamos una motocicleta y nos dirigimos, primeramente, a orillas del río Ngo Dong desde donde abordamos una barca manejada  por una hábil remera que nos conduciría a través de grandes formaciones cársticas que surgen de verdes arrozales: nos hallábamos en Tam Coc, al parecer, una digna rival de la mundialmente conocida Halong Bay, que nos estaba ofreciendo un paisaje de ensueños.
Unas dos horas duró aquella travesía y, posteriormente, retomamos nuestra motocicleta para dirigirnos a algunos otros puntos de interés como, por ejemplo, una antigua pagoda construida al frente de una cueva que alberga algunas imágenes y desde donde se accede a un sendero rocoso que permitió alcanzar a Hernán –ya que Carla prefirió ahorrarse aquel esfuerzo– a vistas panorámicas, las cuales resultaron agradables aunque incomparables con aquellas obtenidas desde el mirador del Mua Cave.
Y cuando nos  retirábamos de aquel último punto, se generó una situación que nos despertó muchísima desconfianza: un hombre al cual habíamos consultado por direcciones a la salida de Tam Coc había registrado, antes que pudiésemos reaccionar, unos datos que figuraban en nuestro mapa (nombre del hotel y número de teléfono) y, ahora, otros dos nuevos hombres nos aguardaban para preguntarnos o, más bien, afirmarnos que nuestra motocicleta pertenecía al Xuan Hoa Hotel, es decir, nuestro hotel, a lo cual no respondimos aunque sí indagamos por qué nos decían lo que nos decían; ante sus comentarios en vietnamita nos marchamos aunque angustiadísimos: nuestra imaginación o nuestra experiencia nos indicaba que algo podía sucederle a la motocicleta, lo cual implicaría un gran desembolso de dinero, por tanto, decidimos retornar al hotel y, tras poner en sobreaviso al dueño, nos dirigimos al último atractivo que visitaríamos aquel día aunque acompañados por una paranoia de la cual, lamentablemente, no pudimos deshacernos.
Así, dado que no hallamos al desvío que nos conduciría a la localidad de Hoa Lu, nos dirigimos a la Bai Dinh Pagoda y agradecemos que así haya sucedido: se trata de un complejo aún en construcción cuyas dimensiones son descomunales, su agradable diseño incluye dos largos corredores a lo largo de los cuales se ubican quinientas figuras de piedra que representan a quinientos personajes del budismo, y sus templos incluyen gigantescas imágenes que, sinceramente, nos conmovieron e hicieron de Bai Dinh uno de nuestros preferidos templos (junto a alguno de Tailandia y otros de Myanmar) de Sudeste Asiático.
No creemos que queden dudas: Ninh Binh nos gustó mucho y, más allá de aquel extraño episodio, nuestra estadía nos resultó magnífica. Lo que sigue? Hanoi, un destino que ofrece montones de actividades y, además, nos permitirá gestionar nuestra deseada visa de China, misión que, siempre por ajenos y diversos motivos, debimos ir postergando.

Carla & Hernán          

13 de agosto de 2011

... Vietnam! (quinta parte)


Un servicio cama de ómnibus nos conduciría a lo largo de unos 550 kilómetros y nos permitiría llegar a la ciudad de Hoi An para lo cual, nos dirigimos a la agencia de viajes donde adquirimos dicho pasaje y, desde allí, una minivan nos condujo al lugar de salida del ómnibus, ascendimos al mismo, nos apropiamos de dos camas superiores (ya que no hay forma de reservar un asiento con antelación), aguardamos durante una hora que unos últimos turistas demorados arribasen y, cuando todo indicaba que abandonaríamos a la ciudad de Nha Trang, la totalidad de los pasajeros quedó atónita en el momento que nuestro conductor detuvo el vehículo en una estación de servicio ya que, como no podía resultar de otra forma, aún restaba cargar al tanque de combustible (el viaje había iniciado diez minutos atrás).
Se trató de un trayecto relativamente bueno: relativamente para Hernán y bueno para Carla que, como siempre, no tuvo inconvenientes para conciliar el sueño. Llegamos a destino a la mañana siguiente y, desde la puerta del hotel adonde nos habían depositado, intentamos ubicarnos para acercarnos al casco antiguo de la ciudad. A tal fin, debimos sortear a los muchos conductores de tuk-tuk que nos ofrecían sus gentiles servicios debido a la kilométrica distancia que, según ellos, deberíamos transitar; distancia que terminó resultando larga, sí, aunque posible de cubrir a pie incluso cargando nuestras mochilas.
Iniciábamos una nueva búsqueda de alojamiento, esta vez, a cargo de Carla. Hoi An nos ofrecía una amplísima oferta aunque descubriríamos poco después, mucho más costosa que cualquier otra ciudad vietnamita también. Así, después de dos horas de caminar, consultar y regatear, Hernán tomó la posta de Carla y, sin mayor éxito, nos terminamos decidiendo por una de las primeras opciones aunque, al dirigirnos a la misma, ya no se encontraba disponible. Ya agotados porque, además, un despiadado calor nos venía azotando, recibimos un llamado casi divino desde la recepción de un hotel, informándonos que una habitación incluso más económica que cualquiera otra, se acababa de desocupar y, sin dudarlo siquiera un minuto, aceptamos aquella propuesta más allá que significara resignar ciertas comodidades (no hubo habitación más pequeña ni baño más incómodo durante todo el viaje).
Hoi An destaca por su casco antiguo, ubicado a orillas del río Thu Bon, el cual alberga edificios en excelente estado de conservación que datan de la época de la colonización francesa donde, actualmente, se ubican hoteles, restaurantes y exclusivas tiendas de moda a medida. Sus impecables calles, por su parte, mantienen cierto orden desde su costanera aunque, poco a poco, se dispersan y se transforman en callejuelas que otorgan mayor atractivo al ambiente. Aunque si nos referimos a atractivos, nada supera a la noche de Hoi An: las lámparas de papel se encienden y montones de velas se arrojan al río dando como resultado una agradable y romántica atmósfera.
Ahora bien, a fin de alcanzar a los alrededores de la ciudad, decidimos alquilar, lógicamente, una motocicleta, la cual, sin dudarlo, resultó ser insuperable en comparación a cualquier otra alquilada con antelación. Así, atraídos por un templo que vimos a la distancia, nos dirigimos a las Montañas de Mármol, un complejo formado por templos, algunas cuevas alucinantes que albergan grandes tallas en roca y vistas panorámicas que nos tentaron a seguir camino rumbo a Danang, una de las ciudades más grandes de Vietnam, cuyas playas nos resultaron formidables: una hilera de palmeras antecede una franja amplísima de arenas bañadas por aguas azules. Allí dedicamos algún tiempo a refrescarnos en el mar y relajarnos bajo alguna palmera antes de dirigirnos a nuestro último destino del día, las ruinas de My Son. Arribar a las mismas no nos resultó sencillo ya que, por un lado, no poseíamos un mapa muy detallado y, por otro lado, una de las pocas personas que supo darnos indicaciones, nos apuntó “left” cada vez que debíamos girar a la derecha y “right” cuando debíamos hacerlo a la izquierda. Aún sin saber cómo, llegamos a tiempo para visitar al complejo cuyas ruinas, objetivamente, no destacan ni por sus dimensiones ni por su estado de conservación aunque resulta significativo que sigan en pie (dentro del complejo se exhiben algunas bombas halladas en el terreno así como gigantescos cráteres producidos por éstas).
Ya le había ocurrido a Forrest Gump en Vietnam y aquel día, cuando regresábamos de My Son, lo comprendimos: una cortina de agua comenzó a caer sin previo aviso, por lo que nos resguardamos mientras aguardábamos que atenuase aunque esto último nunca sucedió y, por ende, un panorama muy negro se definió: no teníamos nafta, los surtidores de combustible no funcionaban (debido al corte de luz que había generado la tormenta), no soportábamos al frío que nos generaban nuestras ropas mojadas, la noche resultaba inminente y aún nos restaban cuarenta kilómetros para llegar a “casa”. Sabíamos que no podíamos demorarnos demasiado así que nos abastecimos de combustible gracias al surtidor mecánico que poseía uno de los vecinos, nos compramos un par de pilotines para lluvia y, montados a nuestra canoa con dos ruedas, iniciamos un camino lento, muy lento de regreso a Hoi An, adonde no nos aguardaría ninguna ducha caliente aunque, sí, un sabrosísimo cao lau acompañado por unas cuantas cervezas que compartiríamos, una vez más, junto a Paloma y Juan.
Unos 700 kilómetros distan a nuestro siguiente destino, la ciudad de Ninh Binh, aunque supimos que nuestro ómnibus realizaría una parada, por tanto, pensamos: “Por qué no nos quedamos?”. Y al descubrimiento de Hue nos arrojamos…

Carla & Hernán     

9 de agosto de 2011

... Vietnam! (cuarta parte)


Si tuviéramos que elegir un traslado que representase al modelo sudeste asiático, sin lugar a dudas, nos inclinaríamos por aquel que nos permitió arribar a la ciudad de Nha Trang: una minivan nos recogió por nuestro alojamiento y se dirigió a la terminal de ómnibus de la ciudad, ubicada unos dos kilómetros a las afueras, nos indicaron que ingresásemos y sin siquiera darnos cuenta ya estábamos siguiendo a otro personaje que nos invitó a salir de la terminal por otra puerta para subirnos a otro vehículo, una especie de mini-bimboneta que, a su vez, nos condujo al centro de la ciudad, más precisamente, a unas cuadras de nuestro alojamiento, adonde trasbordamos a otra minivan que sería, finalmente, nuestro medio de transporte a la ciudad de Nha Trang.
Unas pocas horas nos separaban de nuestro destino y, una vez arribados a la terminal de ómnibus del mismo, resolvimos que sean dos moto-taxis aquellas que nos trasladaran al área playera adonde nos hospedaríamos; mientras Hernán salió a la búsqueda de alojamiento, Carla quedó a cargo del equipaje por lo que, sin demasiadas alternativas, debió soportar a algunos cancheros easy-riders que se acercaban a fin de ofrecerle sus servicios.
Nha Trang lo tuvo todo: sus playas son hermosas y sus aguas azules son cálidas, su paisaje se encuentra, además, dominado por islotes de diversas dimensiones (uno de los cuales se utilizó como base de operaciones del ejército de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam) que le otorgan un extra de encanto, y su clima, simplemente, resultó inmejorable; atributos que nos permitieron disfrutar aquellos días igual que tiempo atrás: amanecíamos temprano y nos dirigíamos a la playa, elegíamos una palmera y debajo de aquella desayunábamos y disfrutábamos de la mañana, después almorzábamos en algún restaurantito del área y nos dirigíamos al hotel a fin de protegernos del sol, donde aprovechábamos para dormir una siestita antes de retornar a la playa para seguir disfrutando de la misma ahora, en compañía de montones de vietnamitas quienes arribaban al atardecer y, aprovechando un sistema de iluminación instalado a lo largo de toda la costa, quedaban hasta el anochecer.
No teníamos posibilidad de extender nuestra estadía en Nha Trang puesto nuestro visado nos resultaría exacto para visitar lo que deseábamos, por consiguiente, resignándonos a la cuota de energía solar absorbida, definimos nuestra partida rumbo a Hoi An donde, sin saberlo, íbamos a tener que trabajar más de lo habitual.

Carla & Hernán          

7 de agosto de 2011

... Vietnam! (tercera parte)


Ya teníamos resuelta nuestra partida rumbo a Dalat: un ómnibus nos recogería por nuestro hotel a las 12 horas del mediodía, de esta forma, quisimos aprovechar aquella última mañana playera para lo cual madrugamos, agarramos nuestros petates y, por apresurados, olvidamos nuestras llaves dentro de la habitación. Aún reinaba un silencio absoluto dentro del hotel, por tanto, no quisimos despertar a la joven pareja de vietnamitas que lo administraba y seguimos, según planeado, rumbo al minimercado donde compraríamos nuestro desayuno que disfrutaríamos sentados frente al mar.
A medida que pasaban las horas, Carla se volvía más y más impaciente –digamos que Hernán está algo acostumbrado a dejarse olvidadas llaves pero Carla aún no lo logra concibir– por lo que, poco después de las 10 horas, retornamos al hotel donde sucedió aquello que habíamos fantaseado: no había nadie. No sólo golpeamos a la puerta de los encargados sino a cada una de las puertas que hallamos dentro del edificio, dimos llamados a los gritos, preguntamos a vecinos, intentamos comunicarnos telefónicamente a los números de referencia pero, al momento, todos nuestros esfuerzos habían resultado en vano: no había nadie y nadie sabía donde hallar a los encargados. Así sucedían los minutos y mientras Carla seguía relevando a las casas de los alrededores, Hernán intentó abrir la puerta de la habitación a la fuerza utilizando, primeramente, algunas herramientas y, posteriormente, algunos utensillos de cocina aunque su éxito se debió, finalmente, al aporte realizado por una tapa de plástico de un balde de helado.
Nuestro ómnibus arribó y, sin poder despedirnos de los encargados ya que seguían desaparecidos, iniciamos nuestro trayecto rumbo a Dalat. Sin mayores retrasos más que algunos minutos de “relax” propuestos a mitad de camino por nuestro conductor, llegamos a la ciudad donde nos recibió un clima fresco: Dalat se halla a 1,500 metros de altura por lo que ya habíamos notado, gracias al termómetro con que contaba nuestro ómnibus, como descendía la temperatura a medida que nos acercábamos a nuestro destino.
No faltaría demasiado para que anocheciera por lo que intentamos definir nuestro alojamiento rápidamente, decidiéndonos por un hotel de familia muy simple pero donde, desde un primer momento, nos habríamos sentido muy cómodos.
Dalat nos resultó pintoresca: sus serpenteantes calles junto a la irregularidad de su geografía transmiten un agradable desorden mientras que una sensación de familiaridad nos despertaron ambos atractivos más significativos de la ciudad, un lago de grandes dimensiones donde habitan cisnes de paseo nos transportó a Palermo y un gigantesco mercado donde, más que alimentos, se encuentran montones de puestos de venta de ropa nos recordó a nuestros mega “boli”.
Otro ícono de la ciudad resulta la “Casa Loca”, una casa de cuento de hadas creada por una arquitecta vietnamita, cuyas temáticas habitaciones se ofrecen actualmente al turista, donde nos divertimos atravesando sus laberínticos pasillos, paseando por sus jardines encantados y observando al show que un par de parejas europeas nos ofreció mientras se sometían a una erótica –aunque no menos bizarra– sesión de fotos.
Asimismo nos subimos al teleférico de la ciudad que, más allá de ofrecernos unas agradables panorámicas, nos permitió arribar al Thien Vien Truc Lam, un moderno templo budista que nos fascinó debido a su armoniosa arquitectura, sus paisajísticos jardines y su ubicación dominada por pequeñas elevaciones y un lago, a orillas del cual almorzamos y aprendimos cuan “corto” podía resultar un café vietnamita.
Uno de los alrededores más recomendados de Dalat es Langbiang, un pico que podríamos ascender para obtener más panorámicas así que, a fin de acceder al mismo, alquilamos una motocicleta. Langbiang nos resultó una atracción muy turística y, por qué no, algo chabacana también: una vez abonados ambos tickets de ingreso (uno por nosotros, otro por nuestra motocicleta), instaron que contratásemos un servicio de jeep a la cima (desde ya que no lo lograron y subimos a pie), un cowboy nos topó y ofreció fotos y, una vez arriba, nos aguardaban más escenarios donde fotografiarnos. Y aún nos restaban más extrañas actividades ya que, después de Langbiang, decidimos visitar Datanla, una de las cascadas recomendadas por nuestra Lonely Planet donde nos vimos sorprendidos por montones de visitantes vietnamitas desesperados por subir a una montaña rusa “retro”, sacarse fotos con sujetos disfrazados de animales u obtener, no sabemos si un diagnóstico médico o una predicción del futuro, a partir de una chatarrosa máquina que, incluso, “leía” las manos.
Dalat no superó nuestras expectativas –ni siquiera alcanzó aquellas que poseía Carla–, no obstante, nos divertimos mucho a lo largo de nuestros paseos por este destino de mieleros y mucho más aún junto a Paloma y Juan, con quien compartimos una nueva cena y, después de una agradable sobremesa y risas, nos despedimos de Dalat.

Carla & Hernán     

4 de agosto de 2011

... Vietnam! (segunda parte)


No sabíamos que unas cinco horas de absoluta comodidad nos depararían: un moderno servicio de ómnibus cama nos condujo sin interrupciones –más que una que nos permitió almorzar y, por consiguiente, degustar una sabrosísima sopa de pollo– y dejó justo sobre la costanera de Mui Ne, cuya primera impresión fue muy positiva, de hecho, su ambiente cálido y relajado nos resultó evidente por lo que intentamos resolver rápidamente adonde dormiríamos para, posteriormente, dirigirnos a sus playas.
A tal efecto, decidimos alejarnos del centro a fin de hallar alguna alternativa más económica de alojamiento pero dado que, a medida que nos dirigíamos más al norte, menos opciones hallábamos, Hernán se decidió por un rústico complejito ubicado a metros de la playa (aunque, objetivamente, aquel sector de la costa se encontraba algo sucio) que quedó inmediatamente descartado cuando interrumpió su camino al mismo para insistir y, de esa forma, lograr que le atendiesen en otro que había visto durante su recorrida y había atraído su atención, un edificio de apenas dos habitaciones gigantes y extremadamente luminosas, una de las cuales se hallaba ocupada por un bronceado europeo que vivía allí desde hacía dos años, cuyo precio terminó siendo indiscutiblemente insuperable.
Las playas de Mui Ne resultan una amplia medialuna de arenas blancas aunque posee sectores que, sinceramente, no tientan a uno a extender su lona: las del norte son muy sucias y se encuentran ocupadas por viviendas de vietnamitas mientras que, a la altura del centro no hay playa ya que muchos complejos turísiticos se han desarrollado a metros del mar por lo que se vieron obligados a construir terraplenes de cemento frente al avance de las aguas, por consiguiente y sin lugar a dudas, las playas más hermosas se ubican al sur. De cualquier forma, hay una característica que resulta común a todas: el viento y, consecuentemente, un horizonte repleto de kitesurfistas.
Ahora bien, no todo resultó echarse sobre la arena a descansar para lo cual nos infiltrábamos gracias a nuestra portación de caras en los complejos hoteleros más exclusivos, los cuales se reservan las porciones de arena más agradables, sino que, además, aprovechamos nuestro paso por Mui Ne para caminar a lo largo de sus playas y disfrutar sus comidas a base de mariscos –algunas de las cuales llegaron a conquistar al estómago de Hernán– y, por que no, algún que otro tentepié callejero. Asimismo alquilamos una motocicleta y nos dirigimos a sus afueras, donde visitamos, primeramente, un pueblo de pescadores que nos resultó muy activo y pintoresco para, posteriormente, arribar a un sector de dunas gigantescas precedidas por un lago que le agrega curiosidad al paisaje, adonde nos adentramos y jugamos a explorar un finito desierto.
Si bien las playas de Mui Ne no nos remiten a ningún idilio, no dejamos de disfrutarlas al máximo gracias al sol que nos habría acompañado a diario. Ya veremos si en nuestro siguiente destino, la ciudad de Dalat, tendremos misma suerte…

Carla & Hernán     

2 de agosto de 2011

... Vietnam! (primera parte)


Dado que no nos permitieron abandonar más tarde nuestra habitación, optamos al restaurante de Rose como punto de recogida de nuestro ómnibus a Phom Penh. Una vez más, habíamos contratado un servicio cama aunque, para nuestra sorpresa, más que camas resultaron sarcófagos, en efecto, se trataron de diminutas cuchetas sin ventanas a sus costados, cuyas estructuras metálicas crujían ante cualquier mínimo movimiento del vehículo, generando una sensación de inseguridad que nos obligaba a verificar si resultarían suficientemente firmes.
Arribados a Phom Penh, ascendimos al siguiente ómnibus, aquel que nos trasladaría finalmente a la ciudad de Ho Chi Minh, el cual se habría tratado de un vehículo “normal” si no hubiese sido por la diferencia de espacio entre sus asientos y sus ventanillas que, hallándose algunas completamente astilladas, habían sido revestidas con papel adherente.
Aquel viaje nocturno sucedió sin inconvenientes y, a la mañana siguiente, arribamos al puesto fronterizo a través del cual, sin sorpresas ni retrasos, salvo aquel incurrido cuando examinaron doblemente a Hernán al pasar por los controles aduaneros, ingresamos formalmente a Vietnam.
Aún restaban algunas horas de viaje y, al llegar a la ciudad de Ho Chi Minh, nuestro ómnibus no se dirigió a ninguna terminal sino que nos depositó en pleno centro de la ciudad, desde donde Carla inició una búsqueda de alojamiento que, si bien algo dificultosa debido a los precios que nos ofrecían, finalizó ni bien halló uno acorde a nuestro presupuesto.
Ho Chi Minh nos pareció agradablemente caótica: más allá de aquellos elementos comúnmente presentes en otras ciudades de Sudeste Asiático, tales como vecinos despreocupados sentados en las veredas, basura acumulada en las esquinas y puestos de vendedores por doquier, jamás vimos tantas pero tantas motocicletas juntas que, incluso, llegaban a formar atascamientos por kilómetros a las horas de mayor tráfico.
De cualquier forma, no todo nos resultó desorden ya que Ho Chi Minh ofrece también áreas más sofisticadas, dominadas por rascacielos súper modernos, donde se pueden encontrar ejecutivos paseando en autos importados y negocios de marcas occidentales de primerísima línea.
Uno de los íconos más importantes de la ciudad resulta el Museo de la Guerra por lo que, lógicamente, aquel constituyó parte de nuestro itinerario. Dedicado a la guerra de Vietnam, posee diferentes secciones: una al aire libre donde se exhiben vehículos de guerra y ejemplos de prisiones utilizadas por las tropas norteamericanas y otras ubicadas dentro del edificio principal que incluyen armas de guerra, material periodístico internacional donde hallamos algunos artículos de diarios argentinos, historias de la guerra relatadas por fotografías y más fotografías aún más impresionantes relacionadas a los efectos del “agente naranja” lanzado por Estados Unidos.
Junto al Museo de la Guerra, los túneles de Cu Chi, ubicados en los alrededores de Ho Chi Minh, resultan una de las visitas obligadas relacionadas con la guerra de Vietnam. De esta forma, optamos por una excursión de día completo que, primeramente, nos condujo al mayor templo caoísta de Vietnam, una de las más nuevas religiones del mundo que posee millones de adeptos en este país para, seguidamente, trasladarnos a Cu Chi, un complejo donde no sólo nos interiorizamos sobre la operación de la guerrilla vietnamita, la cual incluyó trampas de bambú, bombas recicladas y, desde ya, una kilométrica red de túneles subterráneos ubicados a diferentes niveles de profundidad. Un sector de aquellos túneles ha sido ampliado al doble (resultaban muy angostos a fin que sólo una “talla vietnamita” pudiese ingresar a los mismos) y abiertos al público, ofreciendo una experiencia comparativamente VIP adonde sólo restaba instalar equipos de aire acondicionado –como ironizara nuestro guía– aunque, de cualquier forma, permitiéndonos imaginarnos “invisibles” durante algunos minutos como aquellos soldados que, a partir de limitadísimos recursos, lograron resistir a los ataques de uno de los mayores y más sofisticados ejércitos del mundo a lo largo de una de las guerras más largas de la historia.
Ho Chi Minh nos mantuvo activos igualmente durante día y noche, en efecto, decidimos asistir a una función vespertina de marionetas de agua, un espectáculo originario del norte del país que, más allá de despertarnos algunas risas, nos permitió acercar más a la cultura vietnamita. Asimismo, aprovechando nuestro reencuentro con Paloma y Juan, una pareja de españoles que habíamos conocido cuatro meses atrás y con quienes mantuvimos una asidua comunicación vía e-mail, compartimos una simple cena, eso sí, acompañada por algunas cuantas Saigón.
Si comparásemos aquellas nubes siempre presentes durante nuestra estadía en Sihanouk Ville, podríamos sentirnos afortunados por el clima que nos acompañó durante nuestro paso por Ho Chi Minh, no obstante, las lluvias no dejaron de hacerse aunque esporádicamente presentes, por tanto, intentando dejarlas definitivamente atrás y, de alguna forma, darnos una revancha a nuestros frustrados días de playa, definimos nuestro siguiente destino, la localidad de Mui Ne, y hacia allí nos dirigimos.

Carla & Hernán