Después de tres horas de viaje y, como no
podría ser de otra forma, una parada en un mega-comercio de artesanos destinado
a turistas, llegamos a Halong, puerto donde, después que nuestro guía abonara
nuestros ingresos a la bahía, abordamos al “Cristina”, un crucero de tres
niveles (imposible embarcaciones de mayor calado puesto la bahía posee muy poca
profundidad) ocupados por camarotes a lo largo del primer y segundo piso, un
restaurante ubicado en el segundo piso también adonde compartiríamos nuestras
mesas con dos parejas de franceses, unos cuatro jóvenes ingleses, una pareja de
israelíes ó Cheryl y Steven, un matrimonio de sudafricanos que nos resultaron
particularmente adorables, y una terraza donde, echados en alguna de las muchas
reposeras allí ubicadas, pasamos gran parte del tiempo.
Un paisaje conmovedor se presentaba ante
nuestros ojos y, después de algunas horas de navegación, arribamos a nuestro
primer destino dentro de la bahía, Titop, una isla que alberga una cueva de
gigantescas dimensiones cuya ambientación, a propósito, nos sorprendió;
asimismo tuvimos oportunidad, más tarde, de subirnos a un par de kayaks y,
después que Carla lograra controlar las intenciones de Hernán de alejarse más y
más, paseamos a través de aquellas formaciones para, finalmente, aprovechar un
rato de arena y mar a lo largo de una playa adonde nuestro capitán decidió
depositarnos.
Y la noche llegó. Y nosotros abordo
nuevamente, cenamos junto a nuestros compañeros de travesía –lo cual nos obligó
a medir nuestros movimientos para no parecer dos salvajes ante semejante
cantidad de comida– para, posteriormente, dedicarnos a nuestras actividades:
mientras Carla conversaba, Hernán incursionaba en la pesca de calamares,
atrapando al tercero y último de la noche al cual decidió retornar al mar sin
saber que generaría reproches por parte del guía quien andaría preguntando qué
turista había sido aquel que había devuelto un calamar al agua.
Al día siguiente, amanecimos no muy
temprano y, después de desayunar, arribamos a CatBa, la mayor isla y única
habitada de la bahía. Un ómnibus nos recogió por su puerto y se dirigió al
parque nacional homónimo donde, después de dos horas de ascenso entre
encenagadas piedras, alcanzamos una ruinosa torre y, desde allí, vistas panorámicas
sobre un mar de árboles, prosiguiendo una jornada igualmente activa a la
anterior ya que, después de registrarnos en nuestro alojamiento, nos dirigimos
a las playas de Monkey Island y, de regreso a CatBa, nos dedicamos a pasear por
su costanera a la hora del atardecer.
Así sucedieron dos días impecables, no
sólo por aquellos paisajes, un clima inmejorable y nuestros compañeros de
excursión, sino también porque nuestra despreocupación ante “cómo viajar”,
“dónde dormir” y “qué comer” nos permitió disfrutar sin impedimentos ésta,
nuestra despedida de Sudeste Asiático.
Carla & Hernán
