23 de agosto de 2011

... Vietnam! (octava parte)


Después de tres horas de viaje y, como no podría ser de otra forma, una parada en un mega-comercio de artesanos destinado a turistas, llegamos a Halong, puerto donde, después que nuestro guía abonara nuestros ingresos a la bahía, abordamos al “Cristina”, un crucero de tres niveles (imposible embarcaciones de mayor calado puesto la bahía posee muy poca profundidad) ocupados por camarotes a lo largo del primer y segundo piso, un restaurante ubicado en el segundo piso también adonde compartiríamos nuestras mesas con dos parejas de franceses, unos cuatro jóvenes ingleses, una pareja de israelíes ó Cheryl y Steven, un matrimonio de sudafricanos que nos resultaron particularmente adorables, y una terraza donde, echados en alguna de las muchas reposeras allí ubicadas, pasamos gran parte del tiempo.
Un paisaje conmovedor se presentaba ante nuestros ojos y, después de algunas horas de navegación, arribamos a nuestro primer destino dentro de la bahía, Titop, una isla que alberga una cueva de gigantescas dimensiones cuya ambientación, a propósito, nos sorprendió; asimismo tuvimos oportunidad, más tarde, de subirnos a un par de kayaks y, después que Carla lograra controlar las intenciones de Hernán de alejarse más y más, paseamos a través de aquellas formaciones para, finalmente, aprovechar un rato de arena y mar a lo largo de una playa adonde nuestro capitán decidió depositarnos.
Y la noche llegó. Y nosotros abordo nuevamente, cenamos junto a nuestros compañeros de travesía –lo cual nos obligó a medir nuestros movimientos para no parecer dos salvajes ante semejante cantidad de comida– para, posteriormente, dedicarnos a nuestras actividades: mientras Carla conversaba, Hernán incursionaba en la pesca de calamares, atrapando al tercero y último de la noche al cual decidió retornar al mar sin saber que generaría reproches por parte del guía quien andaría preguntando qué turista había sido aquel que había devuelto un calamar al agua.
Al día siguiente, amanecimos no muy temprano y, después de desayunar, arribamos a CatBa, la mayor isla y única habitada de la bahía. Un ómnibus nos recogió por su puerto y se dirigió al parque nacional homónimo donde, después de dos horas de ascenso entre encenagadas piedras, alcanzamos una ruinosa torre y, desde allí, vistas panorámicas sobre un mar de árboles, prosiguiendo una jornada igualmente activa a la anterior ya que, después de registrarnos en nuestro alojamiento, nos dirigimos a las playas de Monkey Island y, de regreso a CatBa, nos dedicamos a pasear por su costanera a la hora del atardecer.
Así sucedieron dos días impecables, no sólo por aquellos paisajes, un clima inmejorable y nuestros compañeros de excursión, sino también porque nuestra despreocupación ante “cómo viajar”, “dónde dormir” y “qué comer” nos permitió disfrutar sin impedimentos ésta, nuestra despedida de Sudeste Asiático. 

Carla & Hernán