Ya teníamos resuelta nuestra partida rumbo
a Dalat: un ómnibus nos recogería por nuestro hotel a las 12 horas del
mediodía, de esta forma, quisimos aprovechar aquella última mañana playera para
lo cual madrugamos, agarramos nuestros petates y, por apresurados, olvidamos
nuestras llaves dentro de la habitación. Aún reinaba un silencio absoluto
dentro del hotel, por tanto, no quisimos despertar a la joven pareja de
vietnamitas que lo administraba y seguimos, según planeado, rumbo al
minimercado donde compraríamos nuestro desayuno que disfrutaríamos sentados
frente al mar.
A medida que pasaban las horas, Carla se
volvía más y más impaciente –digamos que Hernán está algo acostumbrado a
dejarse olvidadas llaves pero Carla aún no lo logra concibir– por lo que, poco
después de las 10 horas, retornamos al hotel donde sucedió aquello que habíamos
fantaseado: no había nadie. No sólo golpeamos a la puerta de los encargados
sino a cada una de las puertas que hallamos dentro del edificio, dimos llamados
a los gritos, preguntamos a vecinos, intentamos comunicarnos telefónicamente a
los números de referencia pero, al momento, todos nuestros esfuerzos habían
resultado en vano: no había nadie y nadie sabía donde hallar a los encargados.
Así sucedían los minutos y mientras Carla seguía relevando a las casas de los
alrededores, Hernán intentó abrir la puerta de la habitación a la fuerza
utilizando, primeramente, algunas herramientas y, posteriormente, algunos
utensillos de cocina aunque su éxito se debió, finalmente, al aporte realizado
por una tapa de plástico de un balde de helado.
Nuestro ómnibus arribó y, sin poder
despedirnos de los encargados ya que seguían desaparecidos, iniciamos nuestro
trayecto rumbo a Dalat. Sin mayores retrasos más que algunos minutos de “relax”
propuestos a mitad de camino por nuestro conductor, llegamos a la ciudad donde
nos recibió un clima fresco: Dalat se halla a 1,500 metros de altura por lo que
ya habíamos notado, gracias al termómetro con que contaba nuestro ómnibus, como
descendía la temperatura a medida que nos acercábamos a nuestro destino.
No faltaría demasiado para que anocheciera
por lo que intentamos definir nuestro alojamiento rápidamente, decidiéndonos
por un hotel de familia muy simple pero donde, desde un primer momento, nos
habríamos sentido muy cómodos.
Dalat nos resultó pintoresca: sus
serpenteantes calles junto a la irregularidad de su geografía transmiten un
agradable desorden mientras que una sensación de familiaridad nos despertaron
ambos atractivos más significativos de la ciudad, un lago de grandes
dimensiones donde habitan cisnes de paseo nos transportó a Palermo y un
gigantesco mercado donde, más que alimentos, se encuentran montones de puestos
de venta de ropa nos recordó a nuestros mega “boli”.
Otro ícono de la ciudad resulta la “Casa
Loca”, una casa de cuento de hadas creada por una arquitecta vietnamita, cuyas
temáticas habitaciones se ofrecen actualmente al turista, donde nos divertimos
atravesando sus laberínticos pasillos, paseando por sus jardines encantados y
observando al show que un par de parejas europeas nos ofreció mientras se
sometían a una erótica –aunque no menos bizarra– sesión de fotos.
Asimismo nos subimos al teleférico de la
ciudad que, más allá de ofrecernos unas agradables panorámicas, nos permitió
arribar al Thien Vien Truc Lam, un moderno templo budista que nos fascinó
debido a su armoniosa arquitectura, sus paisajísticos jardines y su ubicación
dominada por pequeñas elevaciones y un lago, a orillas del cual almorzamos y
aprendimos cuan “corto” podía resultar un café vietnamita.
Uno de los alrededores más recomendados de
Dalat es Langbiang, un pico que podríamos ascender para obtener más panorámicas
así que, a fin de acceder al mismo, alquilamos una motocicleta. Langbiang nos
resultó una atracción muy turística y, por qué no, algo chabacana también: una
vez abonados ambos tickets de ingreso (uno por nosotros, otro por nuestra
motocicleta), instaron que contratásemos un servicio de jeep a la cima (desde
ya que no lo lograron y subimos a pie), un cowboy nos topó y ofreció fotos y,
una vez arriba, nos aguardaban más escenarios donde fotografiarnos. Y aún nos
restaban más extrañas actividades ya que, después de Langbiang, decidimos
visitar Datanla, una de las cascadas recomendadas por nuestra Lonely Planet
donde nos vimos sorprendidos por montones de visitantes vietnamitas
desesperados por subir a una montaña rusa “retro”, sacarse fotos con sujetos
disfrazados de animales u obtener, no sabemos si un diagnóstico médico o una
predicción del futuro, a partir de una chatarrosa máquina que, incluso, “leía”
las manos.
Dalat no superó nuestras expectativas –ni
siquiera alcanzó aquellas que poseía Carla–, no obstante, nos divertimos mucho
a lo largo de nuestros paseos por este destino de mieleros y mucho más aún
junto a Paloma y Juan, con quien compartimos una nueva cena y, después de una
agradable sobremesa y risas, nos despedimos de Dalat.
Carla & Hernán
