7 de agosto de 2011

... Vietnam! (tercera parte)


Ya teníamos resuelta nuestra partida rumbo a Dalat: un ómnibus nos recogería por nuestro hotel a las 12 horas del mediodía, de esta forma, quisimos aprovechar aquella última mañana playera para lo cual madrugamos, agarramos nuestros petates y, por apresurados, olvidamos nuestras llaves dentro de la habitación. Aún reinaba un silencio absoluto dentro del hotel, por tanto, no quisimos despertar a la joven pareja de vietnamitas que lo administraba y seguimos, según planeado, rumbo al minimercado donde compraríamos nuestro desayuno que disfrutaríamos sentados frente al mar.
A medida que pasaban las horas, Carla se volvía más y más impaciente –digamos que Hernán está algo acostumbrado a dejarse olvidadas llaves pero Carla aún no lo logra concibir– por lo que, poco después de las 10 horas, retornamos al hotel donde sucedió aquello que habíamos fantaseado: no había nadie. No sólo golpeamos a la puerta de los encargados sino a cada una de las puertas que hallamos dentro del edificio, dimos llamados a los gritos, preguntamos a vecinos, intentamos comunicarnos telefónicamente a los números de referencia pero, al momento, todos nuestros esfuerzos habían resultado en vano: no había nadie y nadie sabía donde hallar a los encargados. Así sucedían los minutos y mientras Carla seguía relevando a las casas de los alrededores, Hernán intentó abrir la puerta de la habitación a la fuerza utilizando, primeramente, algunas herramientas y, posteriormente, algunos utensillos de cocina aunque su éxito se debió, finalmente, al aporte realizado por una tapa de plástico de un balde de helado.
Nuestro ómnibus arribó y, sin poder despedirnos de los encargados ya que seguían desaparecidos, iniciamos nuestro trayecto rumbo a Dalat. Sin mayores retrasos más que algunos minutos de “relax” propuestos a mitad de camino por nuestro conductor, llegamos a la ciudad donde nos recibió un clima fresco: Dalat se halla a 1,500 metros de altura por lo que ya habíamos notado, gracias al termómetro con que contaba nuestro ómnibus, como descendía la temperatura a medida que nos acercábamos a nuestro destino.
No faltaría demasiado para que anocheciera por lo que intentamos definir nuestro alojamiento rápidamente, decidiéndonos por un hotel de familia muy simple pero donde, desde un primer momento, nos habríamos sentido muy cómodos.
Dalat nos resultó pintoresca: sus serpenteantes calles junto a la irregularidad de su geografía transmiten un agradable desorden mientras que una sensación de familiaridad nos despertaron ambos atractivos más significativos de la ciudad, un lago de grandes dimensiones donde habitan cisnes de paseo nos transportó a Palermo y un gigantesco mercado donde, más que alimentos, se encuentran montones de puestos de venta de ropa nos recordó a nuestros mega “boli”.
Otro ícono de la ciudad resulta la “Casa Loca”, una casa de cuento de hadas creada por una arquitecta vietnamita, cuyas temáticas habitaciones se ofrecen actualmente al turista, donde nos divertimos atravesando sus laberínticos pasillos, paseando por sus jardines encantados y observando al show que un par de parejas europeas nos ofreció mientras se sometían a una erótica –aunque no menos bizarra– sesión de fotos.
Asimismo nos subimos al teleférico de la ciudad que, más allá de ofrecernos unas agradables panorámicas, nos permitió arribar al Thien Vien Truc Lam, un moderno templo budista que nos fascinó debido a su armoniosa arquitectura, sus paisajísticos jardines y su ubicación dominada por pequeñas elevaciones y un lago, a orillas del cual almorzamos y aprendimos cuan “corto” podía resultar un café vietnamita.
Uno de los alrededores más recomendados de Dalat es Langbiang, un pico que podríamos ascender para obtener más panorámicas así que, a fin de acceder al mismo, alquilamos una motocicleta. Langbiang nos resultó una atracción muy turística y, por qué no, algo chabacana también: una vez abonados ambos tickets de ingreso (uno por nosotros, otro por nuestra motocicleta), instaron que contratásemos un servicio de jeep a la cima (desde ya que no lo lograron y subimos a pie), un cowboy nos topó y ofreció fotos y, una vez arriba, nos aguardaban más escenarios donde fotografiarnos. Y aún nos restaban más extrañas actividades ya que, después de Langbiang, decidimos visitar Datanla, una de las cascadas recomendadas por nuestra Lonely Planet donde nos vimos sorprendidos por montones de visitantes vietnamitas desesperados por subir a una montaña rusa “retro”, sacarse fotos con sujetos disfrazados de animales u obtener, no sabemos si un diagnóstico médico o una predicción del futuro, a partir de una chatarrosa máquina que, incluso, “leía” las manos.
Dalat no superó nuestras expectativas –ni siquiera alcanzó aquellas que poseía Carla–, no obstante, nos divertimos mucho a lo largo de nuestros paseos por este destino de mieleros y mucho más aún junto a Paloma y Juan, con quien compartimos una nueva cena y, después de una agradable sobremesa y risas, nos despedimos de Dalat.

Carla & Hernán