Una minivan nos había vuelto a depositar
en el casco antiguo de Hanoi, donde pasaríamos una noche más que
aprovecharíamos para asistir a un nuevo –y un poco más aburrido– espectáculo de
marionetas de agua, antes de partir rumbo a Lao Cai. A tal fin, abordamos un
servicio cama de ómnibus y después de un trayecto nocturno durante el cual
conocimos a Fernando, un español que nos compartió sus experiencias de viajero
por el mundo hace una década atrás, llegamos a destino.
Lao Cai, más allá de ser una ciudad
fronteriza que nos permitiría acceder a China, no posee grandes atributos, no
obstante, nos sirvió para festejar nuestro séptimo mes de viaje y para acceder
a Sappa, una de las localidades más conocidas del montañoso norte vietnamita.
Alquilar una motocicleta no nos resultó
sencillo ya que, por un lado, sus precios nos resultaban desmedidos y, una vez
que acertamos a uno más o menos razonable, debimos someternos a las
recomendaciones de su dueño que, más que vehículo, parecía nos entregaba a su hija:
“no hay ninguna mejor en todo Lao Cai”, “cuidála”, “traéla a las 7 horas”.
Así abandonamos al calor de Lao Cai y nos
adentramos en la frescura de los alrededores de Sappa, dominados por terrazas
de arrozales verdes, muy verdes, que acaparaban nuestra atención y obligaban a
detenernos para apreciarlos.
Sappa es pintoresca; su lago, sus arterias
inclinadas y su mercado nos resultaron por demás interesantes aunque nada
supera a la presencia de mujeres hmong, una numerosa etnia cuyo dominio del inglés
nos resultó increíble (según nos dijeron, se debe a la alta presencia de
turistas) así como su costumbre de acompañar a los turistas en silencio, es
decir, sin intentar venderles nada, sólo caminar a su lado.
Y después de visitar Cat Cat, un poblado
administrado por esta etnia, nos reencontramos con Paloma y Juan y, mientras
nos dirigíamos al mercado adonde almorzaríamos, volvió a sucedernos algo
extraño: un desconocido nos topó a medio camino y nos dijo que el dueño de la
motocicleta de Lao Cai (suponemos que nos reconoció por nuestros cascos ya que
nuestro vehículo había sido aparcado) quería hablar con nosotros (llevaba un
teléfono en la mano); desde ya que no accedimos aunque, inevitablemente, una
sensación de paranoia monopolizó nuestros sentidos por lo que decidimos
retornar, mover a nuestra motocicleta dentro de un estacionamiento y así, un
poco más tranquilos, nos despedimos de nuestros amigos madrileños quienes
seguirían otro itinerario en China.
E iniciamos un retorno sin prisa aunque,
esta vez, sin pausa a Lao Cai, devolvimos “la nena” a su padre y nos preparamos
para un día siguiente que, sabíamos, sería muy intenso. Aquel día, nuestro
último de Vietnam y, por ende, de los 195 días dedicados a Sudeste Asiático,
llegaba a su fin…
Carla & Hernán