Un moderno ómnibus nos recogió por la
puerta de nuestro alojamiento en Hoi An. Si bien se trataría de un trayecto
corto, quisimos asegurarnos dos ubicaciones, las cuales resultaron tan óptimas
que, andados algunos minutos, ambos nos encontrábamos dormidos… tan dormidos
que ni nos preocupamos cuando sentimos que aquel ómnibus se detenía al costado
del camino. Al cabo de, no sabemos, cuanto tiempo, abandonamos nuestro estado
de modorra a fin de averiguar que algo del motor no funcionaba y, por ende, a
la espera de un ómnibus de rescate nos encontrábamos, el cual, afortunadamente,
no demoró mucho (porque ignoramos cuanto tiempo anduvimos detenidos) y nos
permitió arribar a la ciudad de Hue.
Intentamos no dedicarle demasiado tiempo a
la búsqueda de alojamiento y, después del relevamiento que realizara Hernán,
optamos por uno familiar donde nos ofrecían una amplia habitación que poseía
vistas panorámicas.
Y dispusimos nuestra visita a la ciudad.
Hue posee dos grandes atributos: la presencia del río Perfume y una Ciudadela
de grandes dimensiones aunque, realmente, ninguno acaparó nuestra atención, en
efecto, más allá de la puerta de ingreso al recinto amurallado, su interior nos
resultó descuidado, no sólo por su estado de conservación sino por algunos cuantos
“detalles” (desde pastizales altísimos a una cancha de tenis montada al costado
de uno de los edificios) que le quitaban encanto al lugar.
Un día y un poquito más dedicamos a Hue
antes de partir rumbo a Ninh Binh. Un servicio cama de ómnibus nos trasladó a
lo largo de la noche y, sin mayores inconvenientes, salvo alguna que otra
alerta como “take it easy, driver!” por parte de alguno de los pasajeros
debido a la velocidad y sus consecuentes frenadas por parte de nuestro
conductor, llegamos al centro de la ciudad, donde nos definimos por un
alojamiento acorde a nuestro presupuesto aunque, sí, después de haber
rescindido del uso del aire acondicionado.
La ciudad de Ninh Binh no posee grandes
atractivos, no obstante, nos despertó aires de pueblo por lo que dedicamos un
día a pasear por sus calles, observar a sus despreocupadas gentes y visitar su
mercado donde, a propósito, distinguimos gracias a las colas y, seguidamente, a
las tres cabezas que se exponían, carne de perro a la venta, hecho que impresionó
a Hernán y dejó deslumbrada a Carla (convengamos que sabíamos sobre su consumo
aunque visualizarlo por primera vez nos resultó significativo).
Ahora bien, a fin de visitar sus
alrededores que, sin lugar a dudas, constituyen al objeto del viaje a Ninh
Binh, alquilamos una motocicleta y nos dirigimos, primeramente, a orillas del
río Ngo Dong desde donde abordamos una barca manejada por una hábil
remera que nos conduciría a través de grandes formaciones cársticas que surgen
de verdes arrozales: nos hallábamos en Tam Coc, al parecer, una digna rival de
la mundialmente conocida Halong Bay, que nos estaba ofreciendo un paisaje de
ensueños.
Unas dos horas duró aquella travesía y,
posteriormente, retomamos nuestra motocicleta para dirigirnos a algunos otros
puntos de interés como, por ejemplo, una antigua pagoda construida al frente de
una cueva que alberga algunas imágenes y desde donde se accede a un sendero
rocoso que permitió alcanzar a Hernán –ya que Carla prefirió ahorrarse aquel
esfuerzo– a vistas panorámicas, las cuales resultaron agradables aunque
incomparables con aquellas obtenidas desde el mirador del Mua Cave.
Y cuando nos retirábamos de aquel
último punto, se generó una situación que nos despertó muchísima desconfianza:
un hombre al cual habíamos consultado por direcciones a la salida de Tam Coc
había registrado, antes que pudiésemos reaccionar, unos datos que figuraban en
nuestro mapa (nombre del hotel y número de teléfono) y, ahora, otros dos nuevos
hombres nos aguardaban para preguntarnos o, más bien, afirmarnos que nuestra
motocicleta pertenecía al Xuan Hoa Hotel, es decir, nuestro hotel, a lo cual no
respondimos aunque sí indagamos por qué nos decían lo que nos decían; ante sus
comentarios en vietnamita nos marchamos aunque angustiadísimos: nuestra
imaginación o nuestra experiencia nos indicaba que algo podía sucederle a la
motocicleta, lo cual implicaría un gran desembolso de dinero, por tanto,
decidimos retornar al hotel y, tras poner en sobreaviso al dueño, nos dirigimos
al último atractivo que visitaríamos aquel día aunque acompañados por una
paranoia de la cual, lamentablemente, no pudimos deshacernos.
Así, dado que no hallamos al desvío que
nos conduciría a la localidad de Hoa Lu, nos dirigimos a la Bai Dinh Pagoda y
agradecemos que así haya sucedido: se trata de un complejo aún en construcción
cuyas dimensiones son descomunales, su agradable diseño incluye dos largos
corredores a lo largo de los cuales se ubican quinientas figuras de piedra que
representan a quinientos personajes del budismo, y sus templos incluyen
gigantescas imágenes que, sinceramente, nos conmovieron e hicieron de Bai Dinh
uno de nuestros preferidos templos (junto a alguno de Tailandia y otros de
Myanmar) de Sudeste Asiático.
No creemos que queden dudas: Ninh Binh nos
gustó mucho y, más allá de aquel extraño episodio, nuestra estadía nos resultó
magnífica. Lo que sigue? Hanoi, un destino que ofrece montones de actividades
y, además, nos permitirá gestionar nuestra deseada visa de China, misión que,
siempre por ajenos y diversos motivos, debimos ir postergando.
Carla & Hernán