17 de agosto de 2011

... Vietnam! (sexta parte)


Un moderno ómnibus nos recogió por la puerta de nuestro alojamiento en Hoi An. Si bien se trataría de un trayecto corto, quisimos asegurarnos dos ubicaciones, las cuales resultaron tan óptimas que, andados algunos minutos, ambos nos encontrábamos dormidos… tan dormidos que ni nos preocupamos cuando sentimos que aquel ómnibus se detenía al costado del camino. Al cabo de, no sabemos, cuanto tiempo, abandonamos nuestro estado de modorra a fin de averiguar que algo del motor no funcionaba y, por ende, a la espera de un ómnibus de rescate nos encontrábamos, el cual, afortunadamente, no demoró mucho (porque ignoramos cuanto tiempo anduvimos detenidos) y nos permitió arribar a la ciudad de Hue.
Intentamos no dedicarle demasiado tiempo a la búsqueda de alojamiento y, después del relevamiento que realizara Hernán, optamos por uno familiar donde nos ofrecían una amplia habitación que poseía vistas panorámicas.
Y dispusimos nuestra visita a la ciudad. Hue posee dos grandes atributos: la presencia del río Perfume y una Ciudadela de grandes dimensiones aunque, realmente, ninguno acaparó nuestra atención, en efecto, más allá de la puerta de ingreso al recinto amurallado, su interior nos resultó descuidado, no sólo por su estado de conservación sino por algunos cuantos “detalles” (desde pastizales altísimos a una cancha de tenis montada al costado de uno de los edificios) que le quitaban encanto al lugar.
Un día y un poquito más dedicamos a Hue antes de partir rumbo a Ninh Binh. Un servicio cama de ómnibus nos trasladó a lo largo de la noche y, sin mayores inconvenientes, salvo alguna que otra alerta como “take it easy, driver!” por parte de alguno de los pasajeros debido a la velocidad y sus consecuentes frenadas por parte de nuestro conductor, llegamos al centro de la ciudad, donde nos definimos por un alojamiento acorde a nuestro presupuesto aunque, sí, después de haber rescindido del uso del aire acondicionado.
La ciudad de Ninh Binh no posee grandes atractivos, no obstante, nos despertó aires de pueblo por lo que dedicamos un día a pasear por sus calles, observar a sus despreocupadas gentes y visitar su mercado donde, a propósito, distinguimos gracias a las colas y, seguidamente, a las tres cabezas que se exponían, carne de perro a la venta, hecho que impresionó a Hernán y dejó deslumbrada a Carla (convengamos que sabíamos sobre su consumo aunque visualizarlo por primera vez nos resultó significativo). 
Ahora bien, a fin de visitar sus alrededores que, sin lugar a dudas, constituyen al objeto del viaje a Ninh Binh, alquilamos una motocicleta y nos dirigimos, primeramente, a orillas del río Ngo Dong desde donde abordamos una barca manejada  por una hábil remera que nos conduciría a través de grandes formaciones cársticas que surgen de verdes arrozales: nos hallábamos en Tam Coc, al parecer, una digna rival de la mundialmente conocida Halong Bay, que nos estaba ofreciendo un paisaje de ensueños.
Unas dos horas duró aquella travesía y, posteriormente, retomamos nuestra motocicleta para dirigirnos a algunos otros puntos de interés como, por ejemplo, una antigua pagoda construida al frente de una cueva que alberga algunas imágenes y desde donde se accede a un sendero rocoso que permitió alcanzar a Hernán –ya que Carla prefirió ahorrarse aquel esfuerzo– a vistas panorámicas, las cuales resultaron agradables aunque incomparables con aquellas obtenidas desde el mirador del Mua Cave.
Y cuando nos  retirábamos de aquel último punto, se generó una situación que nos despertó muchísima desconfianza: un hombre al cual habíamos consultado por direcciones a la salida de Tam Coc había registrado, antes que pudiésemos reaccionar, unos datos que figuraban en nuestro mapa (nombre del hotel y número de teléfono) y, ahora, otros dos nuevos hombres nos aguardaban para preguntarnos o, más bien, afirmarnos que nuestra motocicleta pertenecía al Xuan Hoa Hotel, es decir, nuestro hotel, a lo cual no respondimos aunque sí indagamos por qué nos decían lo que nos decían; ante sus comentarios en vietnamita nos marchamos aunque angustiadísimos: nuestra imaginación o nuestra experiencia nos indicaba que algo podía sucederle a la motocicleta, lo cual implicaría un gran desembolso de dinero, por tanto, decidimos retornar al hotel y, tras poner en sobreaviso al dueño, nos dirigimos al último atractivo que visitaríamos aquel día aunque acompañados por una paranoia de la cual, lamentablemente, no pudimos deshacernos.
Así, dado que no hallamos al desvío que nos conduciría a la localidad de Hoa Lu, nos dirigimos a la Bai Dinh Pagoda y agradecemos que así haya sucedido: se trata de un complejo aún en construcción cuyas dimensiones son descomunales, su agradable diseño incluye dos largos corredores a lo largo de los cuales se ubican quinientas figuras de piedra que representan a quinientos personajes del budismo, y sus templos incluyen gigantescas imágenes que, sinceramente, nos conmovieron e hicieron de Bai Dinh uno de nuestros preferidos templos (junto a alguno de Tailandia y otros de Myanmar) de Sudeste Asiático.
No creemos que queden dudas: Ninh Binh nos gustó mucho y, más allá de aquel extraño episodio, nuestra estadía nos resultó magnífica. Lo que sigue? Hanoi, un destino que ofrece montones de actividades y, además, nos permitirá gestionar nuestra deseada visa de China, misión que, siempre por ajenos y diversos motivos, debimos ir postergando.

Carla & Hernán