Íbamos rumbo a la estación de autobuses de
Ninh Binh cuando una minivan que iniciaba su recorrido nos “pescó” y, al cabo
de unas tres horas, nos dejó en una de las terminales de Hanoi. Ignorando a la
gran gama de conductores que nos ofrecían insistentemente sus servicios
(tuk-tuk, taxi, moto-taxi), averiguamos que línea de colectivo nos acercaría al
casco antiguo de la ciudad, dedujimos que tarifa deberíamos abonar a partir de
algunos tickets que se hallaban en el suelo, aguardamos y ascendimos al colectivo
que nos resultó muy familiar, y señalamos al ayudante del conductor nuestro
destino quien nos indicó, muy amablemente aunque un par de paradas posteriores,
cuando debimos descender.
Y después siguió lo de siempre: a buscar
adonde dormir! Hanoi, al igual que todas las grandes ciudades, nos ofrecía
alojamientos un poco más costosos, de cualquier forma, no nos resultó imposible
conseguir un cuarto con aire acondicionado acorde a nuestro presupuesto gracias
a la “desventaja” de ubicarse su baño privado afuera del mismo.
Hanoi, al igual que cualquier otra capital
de país, posee un sinfín de atributos aunque, primeramente, nuestro interés se
restringió a uno y, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la
Embajada de China, adonde llegamos antes que sus puertas abrieran al público;
no había extranjeros, no obstante, ni bien ingresados nos suministraron una
papel impreso con irrisorios requisitos y, sin prestarles demasiada atención,
recogimos unos formularios que Carla completó mientras Hernán retornó al hotel
de convenciones para seguir abusando de la generosidad de su recepcionista que,
sin importarle nuestros desacordes aspectos, nos permitía hacer uso de la
fotocopiadora. Listo! Ya teníamos todo o casi todo –porque no cumplíamos ni uno
de los requisitos “extras” que nos solicitaban que iban desde cartas de
invitación a traducciones al chino de la documentación– y nos dirigimos a una
de las ventanillas adonde una empleada nos miró y preguntó si residíamos en
Vietnam o si aspirábamos residir en China y, ante nuestra respuesta negativa,
nos derivó a la ventanilla contigua adonde una irritante empleada se limitó a
informarnos que aquella embajada no gestionaba visas para turistas,
sucediéndose un momento por demás tenso: nos negamos a retirarnos,
argumentamos, nuestros documentos iban y venían de un lado y del otro de la
ventanilla, insistimos y, finalmente, solicitamos una revisión para una posible
excepción por lo que, apáticamente, aquella muchacha tomó nuestros pasaportes y
solicitó que regresáramos al día siguiente.
No teníamos esperanzas por lo que,
arrastrando nuestros espíritus, retornamos al hotel y dedicamos aquel día a
analizar alternativas para, primero, salir de Vietnam ya que nuestra visa
expiraría dentro de algunos días y, segundo, arribar a Hong Kong o algún país
donde supiéramos que, si o si, podríamos gestionar nuestra visa para China.
Ya teníamos un plan B, no obstante,
volvimos a la embajada a la mañana siguiente, adonde nos vimos doblemente
sorprendidos: aquella insoportable empleada se había vuelto simpática y,
despegando un post-it que “alguien” había colocado sobre
nuestros pasaportes señalando aquella excepción, nos informaba que nos habían
otorgado un visado de una entrada por treinta días que, si bien no se ajustaba
a nuestra idea de itinerario (necesitábamos uno de dos entradas por sesenta
días), nos permitiría ingresar a China vía terrestre y visitar una o dos
provincias antes de dirigirnos a Hong Kong.
Ahora sí, nuestras mentes se hallaban
despejadas, por ende, organizamos nuestros siguientes objetivos; visitamos una
peluquería y paseamos por Hanoi: caminamos por su casco antiguo, dimos vuelta
al lago Hoan Kien e ingresamos al mausoleo de Ho Chi Minh adonde vimos su
cuerpo embalsamado.
Y, finalmente, resolvimos nuestra partida rumbo
a Halong Bay: nuestros días por Sudeste Asiático se hallaban contados, es
decir, una muy importante etapa del viaje estaba llegando a su fin, por tanto,
quisimos regalarnos un par de días embarcados y así, como turistas de viajes
organizados, nos vamos a explorar esta famosa bahía.
Carla & Hernán
