Si tuviéramos que elegir un traslado que
representase al modelo sudeste asiático, sin lugar a dudas, nos inclinaríamos
por aquel que nos permitió arribar a la ciudad de Nha Trang: una minivan nos
recogió por nuestro alojamiento y se dirigió a la terminal de ómnibus de la
ciudad, ubicada unos dos kilómetros a las afueras, nos indicaron que
ingresásemos y sin siquiera darnos cuenta ya estábamos siguiendo a otro
personaje que nos invitó a salir de la terminal por otra puerta para subirnos a
otro vehículo, una especie de mini-bimboneta que, a su vez, nos condujo al
centro de la ciudad, más precisamente, a unas cuadras de nuestro alojamiento,
adonde trasbordamos a otra minivan que sería, finalmente, nuestro medio de
transporte a la ciudad de Nha Trang.
Unas pocas horas nos separaban de nuestro
destino y, una vez arribados a la terminal de ómnibus del mismo, resolvimos que
sean dos moto-taxis aquellas que nos trasladaran al área playera adonde nos
hospedaríamos; mientras Hernán salió a la búsqueda de alojamiento, Carla quedó
a cargo del equipaje por lo que, sin demasiadas alternativas, debió soportar a
algunos cancheros easy-riders que se acercaban a fin de ofrecerle
sus servicios.
Nha Trang lo tuvo todo: sus playas son
hermosas y sus aguas azules son cálidas, su paisaje se encuentra, además,
dominado por islotes de diversas dimensiones (uno de los cuales se utilizó como
base de operaciones del ejército de Estados Unidos durante la guerra de
Vietnam) que le otorgan un extra de encanto, y su clima, simplemente, resultó
inmejorable; atributos que nos permitieron disfrutar aquellos días igual que
tiempo atrás: amanecíamos temprano y nos dirigíamos a la playa, elegíamos una
palmera y debajo de aquella desayunábamos y disfrutábamos de la mañana, después
almorzábamos en algún restaurantito del área y nos dirigíamos al hotel a fin de
protegernos del sol, donde aprovechábamos para dormir una siestita antes de
retornar a la playa para seguir disfrutando de la misma ahora, en compañía de
montones de vietnamitas quienes arribaban al atardecer y, aprovechando un
sistema de iluminación instalado a lo largo de toda la costa, quedaban hasta el
anochecer.
No teníamos posibilidad de extender nuestra
estadía en Nha Trang puesto nuestro visado nos resultaría exacto para visitar
lo que deseábamos, por consiguiente, resignándonos a la cuota de energía solar
absorbida, definimos nuestra partida rumbo a Hoi An donde, sin saberlo, íbamos
a tener que trabajar más de lo habitual.
Carla
& Hernán