No sabíamos que unas cinco horas de
absoluta comodidad nos depararían: un moderno servicio de ómnibus cama nos
condujo sin interrupciones –más que una que nos permitió almorzar y, por
consiguiente, degustar una sabrosísima sopa de pollo– y dejó justo sobre la
costanera de Mui Ne, cuya primera impresión fue muy positiva, de hecho, su
ambiente cálido y relajado nos resultó evidente por lo que intentamos resolver
rápidamente adonde dormiríamos para, posteriormente, dirigirnos a sus playas.
A tal efecto, decidimos alejarnos del
centro a fin de hallar alguna alternativa más económica de alojamiento pero
dado que, a medida que nos dirigíamos más al norte, menos opciones hallábamos,
Hernán se decidió por un rústico complejito ubicado a metros de la playa
(aunque, objetivamente, aquel sector de la costa se encontraba algo sucio) que
quedó inmediatamente descartado cuando interrumpió su camino al mismo para
insistir y, de esa forma, lograr que le atendiesen en otro que había visto
durante su recorrida y había atraído su atención, un edificio de apenas dos
habitaciones gigantes y extremadamente luminosas, una de las cuales se hallaba
ocupada por un bronceado europeo que vivía allí desde hacía dos años, cuyo
precio terminó siendo indiscutiblemente insuperable.
Las playas de Mui Ne resultan una amplia
medialuna de arenas blancas aunque posee sectores que, sinceramente, no tientan
a uno a extender su lona: las del norte son muy sucias y se encuentran ocupadas
por viviendas de vietnamitas mientras que, a la altura del centro no hay playa
ya que muchos complejos turísiticos se han desarrollado a metros del mar por lo
que se vieron obligados a construir terraplenes de cemento frente al avance de
las aguas, por consiguiente y sin lugar a dudas, las playas más hermosas se
ubican al sur. De cualquier forma, hay una característica que resulta común a
todas: el viento y, consecuentemente, un horizonte repleto de kitesurfistas.
Ahora bien, no todo resultó echarse sobre
la arena a descansar para lo cual nos infiltrábamos gracias a nuestra portación
de caras en los complejos hoteleros más exclusivos, los cuales se reservan las
porciones de arena más agradables, sino que, además, aprovechamos nuestro paso
por Mui Ne para caminar a lo largo de sus playas y disfrutar sus comidas a base
de mariscos –algunas de las cuales llegaron a conquistar al estómago de Hernán–
y, por que no, algún que otro tentepié callejero. Asimismo alquilamos una
motocicleta y nos dirigimos a sus afueras, donde visitamos, primeramente, un
pueblo de pescadores que nos resultó muy activo y pintoresco para,
posteriormente, arribar a un sector de dunas gigantescas precedidas por un lago
que le agrega curiosidad al paisaje, adonde nos adentramos y jugamos a explorar
un finito desierto.
Si bien las playas de Mui Ne no nos
remiten a ningún idilio, no dejamos de disfrutarlas al máximo gracias al sol
que nos habría acompañado a diario. Ya veremos si en nuestro siguiente destino,
la ciudad de Dalat, tendremos misma suerte…
Carla & Hernán
