4 de agosto de 2011

... Vietnam! (segunda parte)


No sabíamos que unas cinco horas de absoluta comodidad nos depararían: un moderno servicio de ómnibus cama nos condujo sin interrupciones –más que una que nos permitió almorzar y, por consiguiente, degustar una sabrosísima sopa de pollo– y dejó justo sobre la costanera de Mui Ne, cuya primera impresión fue muy positiva, de hecho, su ambiente cálido y relajado nos resultó evidente por lo que intentamos resolver rápidamente adonde dormiríamos para, posteriormente, dirigirnos a sus playas.
A tal efecto, decidimos alejarnos del centro a fin de hallar alguna alternativa más económica de alojamiento pero dado que, a medida que nos dirigíamos más al norte, menos opciones hallábamos, Hernán se decidió por un rústico complejito ubicado a metros de la playa (aunque, objetivamente, aquel sector de la costa se encontraba algo sucio) que quedó inmediatamente descartado cuando interrumpió su camino al mismo para insistir y, de esa forma, lograr que le atendiesen en otro que había visto durante su recorrida y había atraído su atención, un edificio de apenas dos habitaciones gigantes y extremadamente luminosas, una de las cuales se hallaba ocupada por un bronceado europeo que vivía allí desde hacía dos años, cuyo precio terminó siendo indiscutiblemente insuperable.
Las playas de Mui Ne resultan una amplia medialuna de arenas blancas aunque posee sectores que, sinceramente, no tientan a uno a extender su lona: las del norte son muy sucias y se encuentran ocupadas por viviendas de vietnamitas mientras que, a la altura del centro no hay playa ya que muchos complejos turísiticos se han desarrollado a metros del mar por lo que se vieron obligados a construir terraplenes de cemento frente al avance de las aguas, por consiguiente y sin lugar a dudas, las playas más hermosas se ubican al sur. De cualquier forma, hay una característica que resulta común a todas: el viento y, consecuentemente, un horizonte repleto de kitesurfistas.
Ahora bien, no todo resultó echarse sobre la arena a descansar para lo cual nos infiltrábamos gracias a nuestra portación de caras en los complejos hoteleros más exclusivos, los cuales se reservan las porciones de arena más agradables, sino que, además, aprovechamos nuestro paso por Mui Ne para caminar a lo largo de sus playas y disfrutar sus comidas a base de mariscos –algunas de las cuales llegaron a conquistar al estómago de Hernán– y, por que no, algún que otro tentepié callejero. Asimismo alquilamos una motocicleta y nos dirigimos a sus afueras, donde visitamos, primeramente, un pueblo de pescadores que nos resultó muy activo y pintoresco para, posteriormente, arribar a un sector de dunas gigantescas precedidas por un lago que le agrega curiosidad al paisaje, adonde nos adentramos y jugamos a explorar un finito desierto.
Si bien las playas de Mui Ne no nos remiten a ningún idilio, no dejamos de disfrutarlas al máximo gracias al sol que nos habría acompañado a diario. Ya veremos si en nuestro siguiente destino, la ciudad de Dalat, tendremos misma suerte…

Carla & Hernán