Un servicio cama de ómnibus nos conduciría
a lo largo de unos 550 kilómetros y nos permitiría llegar a la ciudad de Hoi An
para lo cual, nos dirigimos a la agencia de viajes donde adquirimos dicho
pasaje y, desde allí, una minivan nos condujo al lugar de salida del ómnibus,
ascendimos al mismo, nos apropiamos de dos camas superiores (ya que no hay
forma de reservar un asiento con antelación), aguardamos durante una hora que
unos últimos turistas demorados arribasen y, cuando todo indicaba que abandonaríamos
a la ciudad de Nha Trang, la totalidad de los pasajeros quedó atónita en el
momento que nuestro conductor detuvo el vehículo en una estación de servicio ya
que, como no podía resultar de otra forma, aún restaba cargar al tanque de
combustible (el viaje había iniciado diez minutos atrás).
Se trató de un trayecto relativamente
bueno: relativamente para Hernán y bueno para Carla que, como siempre, no tuvo
inconvenientes para conciliar el sueño. Llegamos a destino a la mañana
siguiente y, desde la puerta del hotel adonde nos habían depositado, intentamos
ubicarnos para acercarnos al casco antiguo de la ciudad. A tal fin, debimos
sortear a los muchos conductores de tuk-tuk que nos ofrecían sus gentiles
servicios debido a la kilométrica distancia que, según ellos, deberíamos
transitar; distancia que terminó resultando larga, sí, aunque posible de cubrir
a pie incluso cargando nuestras mochilas.
Iniciábamos una nueva búsqueda de
alojamiento, esta vez, a cargo de Carla. Hoi An nos ofrecía una amplísima
oferta aunque descubriríamos poco después, mucho más costosa que cualquier otra
ciudad vietnamita también. Así, después de dos horas de caminar, consultar y
regatear, Hernán tomó la posta de Carla y, sin mayor éxito, nos terminamos
decidiendo por una de las primeras opciones aunque, al dirigirnos a la misma,
ya no se encontraba disponible. Ya agotados porque, además, un despiadado calor
nos venía azotando, recibimos un llamado casi divino desde la recepción de un
hotel, informándonos que una habitación incluso más económica que cualquiera
otra, se acababa de desocupar y, sin dudarlo siquiera un minuto, aceptamos
aquella propuesta más allá que significara resignar ciertas comodidades (no
hubo habitación más pequeña ni baño más incómodo durante todo el viaje).
Hoi An destaca por su casco antiguo,
ubicado a orillas del río Thu Bon, el cual alberga edificios en excelente
estado de conservación que datan de la época de la colonización francesa donde,
actualmente, se ubican hoteles, restaurantes y exclusivas tiendas de moda a
medida. Sus impecables calles, por su parte, mantienen cierto orden desde su
costanera aunque, poco a poco, se dispersan y se transforman en callejuelas que
otorgan mayor atractivo al ambiente. Aunque si nos referimos a atractivos, nada
supera a la noche de Hoi An: las lámparas de papel se encienden y montones de
velas se arrojan al río dando como resultado una agradable y romántica
atmósfera.
Ahora bien, a fin de alcanzar a los
alrededores de la ciudad, decidimos alquilar, lógicamente, una motocicleta, la
cual, sin dudarlo, resultó ser insuperable en comparación a cualquier otra
alquilada con antelación. Así, atraídos por un templo que vimos a la distancia,
nos dirigimos a las Montañas de Mármol, un complejo formado por templos, algunas
cuevas alucinantes que albergan grandes tallas en roca y vistas panorámicas que
nos tentaron a seguir camino rumbo a Danang, una de las ciudades más grandes de
Vietnam, cuyas playas nos resultaron formidables: una hilera de palmeras
antecede una franja amplísima de arenas bañadas por aguas azules. Allí
dedicamos algún tiempo a refrescarnos en el mar y relajarnos bajo alguna
palmera antes de dirigirnos a nuestro último destino del día, las ruinas de My
Son. Arribar a las mismas no nos resultó sencillo ya que, por un lado, no
poseíamos un mapa muy detallado y, por otro lado, una de las pocas personas que
supo darnos indicaciones, nos apuntó “left” cada vez que debíamos girar a la
derecha y “right” cuando debíamos hacerlo a la izquierda. Aún sin saber cómo,
llegamos a tiempo para visitar al complejo cuyas ruinas, objetivamente, no
destacan ni por sus dimensiones ni por su estado de conservación aunque resulta
significativo que sigan en pie (dentro del complejo se exhiben algunas bombas
halladas en el terreno así como gigantescos cráteres producidos por éstas).
Ya le había ocurrido a Forrest Gump en
Vietnam y aquel día, cuando regresábamos de My Son, lo comprendimos: una
cortina de agua comenzó a caer sin previo aviso, por lo que nos resguardamos
mientras aguardábamos que atenuase aunque esto último nunca sucedió y, por
ende, un panorama muy negro se definió: no teníamos nafta, los surtidores de
combustible no funcionaban (debido al corte de luz que había generado la
tormenta), no soportábamos al frío que nos generaban nuestras ropas mojadas, la
noche resultaba inminente y aún nos restaban cuarenta kilómetros para llegar a
“casa”. Sabíamos que no podíamos demorarnos demasiado así que nos abastecimos
de combustible gracias al surtidor mecánico que poseía uno de los vecinos, nos
compramos un par de pilotines para lluvia y, montados a nuestra canoa con dos
ruedas, iniciamos un camino lento, muy lento de regreso a Hoi An, adonde no nos
aguardaría ninguna ducha caliente aunque, sí, un sabrosísimo cao lau acompañado por unas cuantas cervezas
que compartiríamos, una vez más, junto a Paloma y Juan.
Unos 700 kilómetros distan a nuestro
siguiente destino, la ciudad de Ninh Binh, aunque supimos que nuestro ómnibus
realizaría una parada, por tanto, pensamos: “Por qué no nos quedamos?”. Y al
descubrimiento de Hue nos arrojamos…
Carla & Hernán