24 de diciembre de 2011

... Nepal! (quinta parte)


No había un ómnibus directo a Sauraha, lo sabíamos, aunque jamás imaginamos que serían cinco medios de transporte necesarios para arribar a nuestro siguiente destino: un ómnibus desde Bhaktapur a Kathmandú, otro urbano a la terminal, otro a Mugling y otro a Sauraha Chowk, una parada rutera que se ubica a seis kilómetros de la ciudad, por ende, aceptamos subirnos al jeep del dueño de un alojamiento que, gratuitamente, nos acercó por lo que nosotros, agradecidamente, optamos por una de sus habitaciones aunque, al parecer, nuestro gesto sería insuficiente y, por consiguiente, nos insistieron para que optásemos por sus servicios de guía adentro del que sería nuestro mayor punto de interés, el parque nacional Chitwan.
Dos motivos –nuestro arribo impensadamente nocturno a Sauraha sumado a nuestra proyectada estadía que, necesariamente, respetaríamos– nos impulsaron a ser infieles a nuestra naturaleza y, de esta forma, aceptáramos su proposición sin aplicar ningún juicio al resto de la oferta. Así, al día siguiente, un –más que arrogante– guía nos acompañó, primeramente, al paseo abordo de una piragua de madera a lo largo del río Rapti, desde donde observamos aves, cocodrilos y algunos pocos monos y, posteriormente, iniciamos un trayecto a pie a través de la jungla que nos acercó a grupos de turistas sobre elefantes y manadas de ciervos aunque nuestra gran misión, ver a los rinocerontes, seguiría siendo inalcanzable, de hecho, más allá de uno que Hernán vio aunque limitadamente puesto se asustó –de Hernán?– y se echó a correr, nuestro guía que, al parecer, sería más altanero que suertudo, apenas identificaba excrementos –que siempre serían de ciervos–, no obstante, ya imaginábamos a nuestra jornada como un “semi-fracaso” cuando oímos unos ruidos y vimos, aunque más sea fugazmente, un par de rinocerontes adultos siguiéndose y, unos minutos más tarde, desde arriba del jeep que nos trasladaría de regreso al alojamiento, otro rinoceronte que atravesaba nuestro camino.
 Ya nos sentíamos medianamente satisfechos cuando, al día siguiente, iniciamos una travesía que superaría nuestras expectativas, en efecto, alquilamos un par de bicicletas y, abordo de las mismas, atravesamos plantaciones y poblaciones y, finalmente, alcanzamos otra área protegida que alberga un gran número de lagunas (aunque no sean veinte mil como indica su nombre),  donde visualizamos a manadas de ciervos, adicionalmente, algunos chanchos salvajes y, finalmente, gracias al grupo de turistas de Bangladesh que nos los señalaran, madre e hijo rinocerontes.
Y sí, ya no podíamos exigirle más a nuestro destino por lo que, posteriormente, nos dedicamos a pasear por Sauraha y su ribera, asimismo, vimos una exposición a cargo de un “manosanta” que incluyó agua santa y poseídos, atravesamos más pueblos igualmente encantadores cuyas casas serían íntegramente de barro, visitamos un centro de elefantes adonde vimos crías de apenas seis semanas de edad, presenciamos un atardecer alucinante y, de regreso, nos sumamos al festejo del grupo de egresados que usurparon nuestro alojamiento y, además de deleitarnos a partir del buffet que les sirvieran (y nos dejaran a un precio más que razonable a nosotros, suponemos, debido a la culpa de nuestro semi-fracasado guía), presenciamos un espectáculo de danza del fuego acompañada por música generada por palitos y tambores y, por último, siguieron hits que pusieron a bailar a los más jóvenes.
Ahora, sí, llegó nuestro momento de partir a la que, probablemente sea, nuestra última ciudad que visitaremos de Nepal, un destino nuevamente recomendado y que, por algún motivo, proyectamos como “hogar” adonde pasaríamos nuestros primeros Navidad y Año Nuevo lejos de casa...

Carla & Hernán          

21 de diciembre de 2011

... Nepal! (cuarta parte)


Llegar a Bhaktapur, por suerte, no nos exigió un gran esfuerzo gracias, en primer lugar, a nuestras mochilas momentáneamente reducidas (ya que habíamos dejado gran parte de nuestras ropas en Kathmandú) y, posteriormente, a los pocos kilómetros que separaron nuestro origen de nuestro destino y que se tradujeron en, apenas, una hora de asfaltado camino.
Igualmente no nos exigió demasiado dinero ya que, sin quererlo, ingresamos al área antigua de Bhaktapur obviando uno de los tantos puestos de venta de su altísimo ticket de entrada, desde donde iniciamos nuestra búsqueda de alojamiento, optando por uno que, al igual que siempre, se ajustó a nuestro presupuesto y que, además, poseía una terraza adonde pasamos más tardes de mates y, nuestra habitación, un afrancesado balcón desde donde miramos a protestantes con antorchas, una y otra vez, a lo largo de nuestra estadía.
Bhaktapur nos resultó sumamente más atractiva que su vecina Kathmandú: una ciudad que, al parecer, resulta íntegramente de ladrillos a la vista, un Durbar Square más conservado, grandes templos que exhiben grandes imágenes de animales, principalmente, y menos ruidos, mucho menos ruidos, en efecto, no se permiten ingresar vehículos motorizados –lo cual se interpreta, aparte, como una ausencia de bocinas– a la parte antigua de la ciudad.
Y, como se supondría, caminamos muchísimo a través de su maraña de callejuelas aunque, ahora queriéndolo, obviando cada uno de los puestos de venta del ticket de entrada, asimismo, seguimos agasajando a nuestros estómagos a partir de la recomendación del joven “amigo” de Hernán, un simple restaurantito, un tanto oscuro –o excesivamente si nuestro arribo coincidía con uno de los tantos cortes de luz que dejaban a ciegas a la ciudad– aunque siempre visitado por montones de nepalíes.
Y cuando nos disponíamos a subirnos a un ómnibus para visitar uno de sus alrededores, un paro general postergó nuestros planes que, aquel día, terminaron siendo reciclados por otra excursión, de esta forma, iniciamos un trayecto a pie atravesando campos y pequeñas poblaciones y, finalmente, arribamos a Changu, un pintoresco pueblo que antecede uno de los templos hindúes más hermosos que hemos visto al momento mientras que, al día siguiente, sí, nos dirigimos a Nagarkot, una pequeña población que destaca por sus vistas a los Himalayas, de hecho, una vez descendidos del ómnibus, dimos inicio a una caminata arriba al que sería, casualmente, nuestra base del día: un adorable hotel adonde solicitamos un par de tes negros que nos sirvieron de pretexto para quedarnos más de lo debido apreciando al Langtang y otros picos nevados.
No quedan dudas: Bhaktapur y sus alrededores nos gustaron demasiado y, además, nos sirvieron para que retomáramos nuestro ritmo de viaje que, por un motivo u otro, se vio alterado –aunque felizmente– desde que ingresamos a Nepal. Así que, ahora, le diríamos “hasta luego” a las montañas para dirigirnos al sur del país, de hecho, nuestro siguiente objetivo será una población, quizás, una única que visitaremos del área del Terai, que nos servirá como acceso para, si la suerte nos acompaña, ver a uno de los “cinco grandes” por más que nos ubiquemos en pleno corazón de Asia.

Carla & Hernán          

17 de diciembre de 2011

... Nepal! (tercera parte)


Y para Kathmandú, al parecer, nuestra tercera vez sería su vencida, en efecto, si bien junto a los Zapp ya habíamos paseado por Durbar Square, un área que, además de negocios, alberga templos, muchos de los cuales, exhiben delicadas tallas de madera; y junto a Feng y sus amigos, posteriormente, nos habíamos adentrado a una parte de la vida nocturna nepalí; no sería sino después de aguantar otro trayecto en ómnibus, esta vez, desde Syabrubesi a Kathmandú cuando visitaríamos al resto –y mayor parte– de los puntos de interés de la capital del país. Y, una vez más, no lo haríamos solos sino que nos veríamos acompañados por Ester, una aragonesa genia del trekking que habíamos conocido en Kyanjin Gompa y reencontrado en Syabrubesi, amante de los deportes de alto riesgo y dueña de un innegable sentido del humor.
Así, ni bien arribados a Kathmandú, nos dirigimos al hotel de Ester que, acaso, se trató del mismo adonde se había hospedado Feng y que nosotros, ahora también, optaríamos para alojarnos, dando inicio, de esta forma, a otra estadía atípicamente compartida junto a Ester: desayunos, almuerzos, meriendas y cenas (ambas muchachas, de hecho, habrían compartido su pasión por la gastronomía) que solían prolongarse debido a las tertulias que se generaban; mateadas que, obviando una primera reacción debido a la amargura, terminaron siendo un éxito; y muchos paseos: a lo largo de la turística Thamel, un área adonde abundan negocios tan deseados por Carla como arrasados por Ester; asimismo visitamos Boudha, una stupa gigante e inmaculada que atrae a montones de tibetanos aunque rodeada, también, por montones de negocios destinados a turistas, no obstante, uno de los más agradables templos de Nepal; alcanzamos Pashupatinath, uno de los principales templos hindúes del país adonde se agrupan personajes: turistas y, por consiguiente, sadhus que atraen miradas y requieren propinas para obtener sus fotos (o, viceversa, usan sus fotos como propinas a, por ejemplo, un cigarrillo que pidieron a Ester), monos y vacas, peregrinos o, simplemente, seres que se acercan a despedir a otros, en efecto, Pashupatinath se ubica a orillas del río Bagmati, adonde se arrojan las cenizas de las cremaciones que allí, al aire libre, se realizan e, impresionantemente, intervienen niños que andan por sus aguas recogiendo maderas o, por qué no, joyas desprendidas de alguno de los cuerpos también; y, finalmente, visitamos a Swayambhunath, más conocido como Monkey Temple, que alberga una gran stupa, imágenes de Buda, templos y, lógicamente, montones de monos.
Y, de esta manera, pasamos uno y otro día en Kathmandú, una ciudad que despertó recuerdos a Hernán, asimismo, un inexplicable atractivo a ambos que, incluso, nos instó a gestionar una extensión de nuestro visado para incluir más ciudades a nuestro itinerario nepalí y, desde ya, asombro a partir de sus casualidades o causalidades, aquellos encuentros y reencuentros (hasta con “roxy” nos volvimos a ver) que nutrieron tanto nuestras estadías aunque, ahora, una nueva –y más sentida de lo esperado– despedida nos aguardaba, un adiós a Ester que retornaría a su Grisen mientras que nosotros seguiríamos nuestro viaje a otra ciudad ubicada en el valle de Kathmandú que, una y otra vez, nos recomendaron y que se llama Bhaktapur.

Carla & Hernán          

11 de diciembre de 2011

... Nepal! (segunda parte)


Qué importa que amaneciéramos muy temprano, que tomásemos un primer camión desde Bandipur a la ruta, que aguardásemos menos de diez minutos al servicio “express” de minibus que nos trasladaría a Kathmandú y que pagásemos un taxi desde su última parada a la Embajada de India si, de cualquier forma, sus puertas se encontraron cerradas al momento de nuestro arribo y, por tal motivo, debimos retornar al día siguiente y, entonces, comprendimos que no había sido más que otro deseo del destino, en efecto, aquella mañana no sólo nos reencontramos con Herman Zapp (se había sumado al minibus del grupo de matrimonios argentinos un día antes y, al igual que nosotros, no había llegado a tiempo) quien nos entregó uno de los dos kilos de yerba donados por los argentinos, sino que, además, vimos ingresar a un viajero conocido, Feng, nuestro compañero de rutas camboyanas y asesor número uno durante nuestro paso por su país, China.
Y después que nos otorgaran cinco meses de visado y, de esta forma, diéramos por –casi– finalizado al trámite, nos re-despedimos de Herman y coordinamos para reencontrarnos con Feng y sus dos amigos, Seven y Will, quienes, a la tarde, nos invitaron a tomar unos tes preparados por Feng a la terraza de su alojamiento, donde aguardamos al momento de seguirlos para ir a cenar, de hecho, nos invitarían a cenar… al casino, sí, gratis al casino adonde, obviamente, jugamos al tragamonedas y, más sorprendentemente, miramos unas coreografías a cargo de unos amateurs, conocimos un indio de “dedos dorados” que nos invitó a su casa en India y, principalmente, nos atracamos gracias a la cena tipo buffet que sirven a sus visitantes a quienes no requieren mínimo de apuestas (no obstante, un primer casino reconoció al grupo de chinos y negó su ingreso por lo que nos redirigimos a otro próximo).
Así nos despedimos de Feng, en efecto, ya poseíamos nuestras TIMS (identificación como trekkers independientes), por tanto, partiríamos rumbo al inicio del Langtang Trekking aunque, a causa de la gripe que incomodaba a Carla, decidimos postergarlo –primero uno y después– dos días y, entonces, nos dirigimos a Syabrubesi, una mínima y pintoresca población que dista a 150 kilómetros de Kathmandú que requirieron a nuestro ómnibus, no menos tortuoso (según la golpeada –por ventiladores– cabeza de Hernán) que su camino (según el estómago de Carla), ocho horas para transitarlos.
Ubicada a 1,470 metros de altura, Syabrubesi sería nuestro punto de partida al día siguiente aunque, una vez más debido a Carla y, esta vez, una “señora diarrea” (o, quizás, a su inconciente que se negaba a internarse a la montaña?), retrasamos un día nuestro inicio, lo cual generó un triple resultado: malhumor en Hernán, soportar un día más al anti-servicio de la tibetana del alojamiento y, finalmente, recuperación de Carla.
Y dimos inicio al trekking sin guía ni porteador más que Hernán, nos registramos ante un puesto militar, atravesamos dos puentes e ingresamos a un camino ascendente,  rocoso y rodeado por un río y abundante vegetación; almorzamos en Bamboo (1,970 msnm) y, gracias a nuestras óptimas energías que superaron al peso de la mochila de Hernán y a la innata ineptitud física de Carla, seguimos andando a Rimche (2,450 msnm) adonde arribamos al atardecer, después de seis horas de caminata agotadora –para Hernán– y tortuosa –para Carla– y nos hospedamos en Ganesh View, un refugio gratuito –al igual que los siguientes que usaríamos–, regenteado por una familia de tibetanos tan agradables como su ducha de agua caliente, su salamandra y sus vistas panorámicas.
Y la experiencia mejoró a partir del día siguiente gracias, primero, a nuestra acertada decisión de dividir a la jornada por lo que nuestros cuerpos sortearon innecesarias exigencias –el de Hernán– o sobreexigencias –el de Carla– y, segundo, a la vegetación menos impenetrable que, paulatinamente, dio paso a vistas de montañas alucinantes como, por ejemplo, en Ghoda Tabela (2,970 msnm), adonde arribamos al mediodía, almorzamos, jugamos a las cartas junto a la tibetana del albergue, sesteamos, cenamos y abandonamos a la mañana siguiente para encarar un trayecto que supusimos –acertadamente– no sería ni muy arduo ni muy extenso y,  de esta forma, arribamos al pueblo de Langtang (3,475 msnm) que nos enamoró: sus casas de piedras, sus vecinos tibetanos (a lo largo del valle del Langtang abundan los tibetanos refugiados) y, sí, su fábrica de quesos de yak también.
Ya, al día siguiente, iniciamos nuestro último día de ascenso, atravesamos áreas áridas y, a medida que nos acercamos a Kyanjin Gompa (3,860 msnm), nos sentimos más intimidados por sus montañas y más hipnotizados por sus glaciares. No hay demasiadas actividades en Kyanjin Gompa, un pueblo adonde se ubican, únicamente, albergues y otra fábrica de quesos de yak, no obstante, quisimos quedarnos dos noches y, al día siguiente a nuestro arribo, Hernán, un italiano con documento argentino –o un argentino con acento italiano?– llamado David y un sueco apodado por nosotros “roxy” que vimos reiteradamente a lo largo del trekking, ascendieron un punto panorámico ubicado a 4,300 metros de altura, actividad que motivó a los muchachos (ahora se sumó un español, Pablo) a pensar una excursión más prolongada al día siguiente aunque, finalmente, quedase anulada dadas las condiciones de “roxy” al amanecer, de esta forma, abandonamos Kyanjin Gompa e iniciamos un camino de descenso que, desde ya, nos resultó más simple que inversamente, de hecho, apenas paramos para tomar agua (que sería de deshielo), ingerir un poco de queso o dar paso a porteadores –de equipajes o de materiales– o yaks; atravesamos al pueblo de Langtang, Ghoda Tabela y, una vez más al atardecer, nos albergamos en Rimche, desde donde iniciamos nuestro último día de trekking, arribando a Syabrubesi al mediodía, adonde optaríamos por otro alojamiento donde, casualmente, nos reencontraríamos con Ester, una española que conocimos 2,400 metros más arriba.
Al final, siete días de esfuerzo sucedieron y, a la vez, de satisfacción tras haber alcanzado nuestra meta. Ahora, una vez más, nos aguarda Kathmadú.

Carla & Hernán          

28 de noviembre de 2011

... Nepal! (primera parte)


Abandonar China a través del único puesto migratorio de Tíbet no supuso ningún nerviosismo aunque sí implicó algunas novedades, primeramente, nuestra guía que nos acompañó y, una vez más, mostró nuestros permisos; asimismo nos asesoró y, gracias a ello, negamos poseer una guía de viajes de China al agente migratorio que, incoherentemente, nos la habría retenido.
Ya desde Zangmu, las imágenes a la frontera nepalí nos resultaban sumamente contrastantes y significativamente más evidentes apenas cruzamos al Puente de la Amistad y arribamos a la ciudad de Kodari: animales sueltos que andaban por todos lados, casas de chapa, gente sin zapatos y, sí, mugre, mucha mugre.
Obtener nuestra visa on-arrival, por su parte, no nos resultó más ordenado, de hecho, una vez que hallamos a la austera oficina sponsoreada por Pepsi (?), completamos unos formularios y un agente pegó nuestras visas a nuestros pasaportes aunque, una vez reintegrados a nosotros, descubrimos que la información de Hernán, su número de pasaporte, resultaba incorrecta, lo cual solucionaron muy simplemente: tachadura y sobre-escritura; posteriormente ingresamos a la oficina del simpático supervisor quien agregó un par de mamarrachos más al pasaporte de Hernán y admitió nuestro ingreso a Nepal, asimismo, nos asesoró acerca del ómnibus que nos trasladaría a Kathmandú, en efecto, a las dos horas partiríamos rumbo a la capital del país abordo de un ómnibus tan caótico como todo lo demás que nos rodeaba; aunque también divertido gracias a nuestros jóvenes conductor y ayudante que se encargaron de musicalizar nuestras horas de viaje así como a montones de policías que ascendieron a lo largo del camino, realizaban sus controles y solicitaban a los muchachos del techo a que descendieran del mismo aunque éstos volverían a subirse dos kilómetros más adelante.
Ya sea por la cantidad de interrupciones (a los controles se agrega gente que ascendía y descendía del ómnibus) como por las condiciones de la ruta (un angosto camino de ripio, zigzagueante debido a la presencia de montañas) arribamos a Kathmandú (que distaba a 120 kilómetros de Kodari) a las siete horas de viaje. Ya había anochecido por lo que nosotros, sin guía de viajes ni mapa de la ciudad, optamos por un taxi (cuya tarifa resolvió –a favor nuestro– un policía que intermedió sin que nadie lo invitara a la negociación) y, siguiendo una recomendación, nos dirigimos al área de Paknajol adonde nos alojaríamos y nos reencontraríamos a la ducha de agua caliente que no veíamos desde Beijing.
Y así sucedió un primer día que, por más caótico que nos haya resultado, nos generó una energía muy positiva que antecedería momentos impensados por nosotros, de hecho, quisimos tramitar nuestra visa de India, por consiguiente, nos dirigimos a su embajada en Kathmandú adonde no seríamos los únicos argentinos.
Año 2009; la mamá de Hernán, Cristina, le regaló para su cumpleaños #32 un libro titulado “Atrapa Tu Sueño” que relata la historia de una pareja de argentinos que viajó desde Argentina a Alaska abordo de un auto antiguo, un Graham del año 1928; un regalo muy significativo ya que nosotros nos encontrábamos persiguiendo nuestro sueño; supimos, posteriormente, que aquella pareja de argentinos, después de doce años desde su primera travesía, seguía viajando, ahora junto a sus hijos, abordo del mismo auto alrededor del mundo aunque jamás imaginamos que nuestros destinos pudieran cruzarse, de hecho, mientras aguardábamos nuestro turno para tramitar la visa de India, conocimos a la familia Zapp y nos sentimos apoderados por un montón de sensaciones.
Aún no habíamos salido del asombro cuando nos invitaron a su alojamiento donde compartimos una tarde a pura conversación y, al día siguiente, paseamos por Kathmandú, nos invitaron a tomar mate con galletas con dulce de leche a su alojamiento donde, asimismo, nos propusieron –y nosotros aceptamos– subirnos a su Graham por unos días, de esta forma, después de una sesión a través de las calles de Kathmandú donde actuamos de doble –Carla– y fotógrafo –Hernán–, iniciamos nuestro paseo junto a la “familia del libro abordo del auto del libro”. Ir arriba del Graham, descubrimos, tiene sus implicancias, por un lado, un ritmo muy tranquilo debido a la velocidad del auto que, a su vez, genera un exceso de miradas aunque, para nosotros, no dejó de tratarse de una aventura muy divertida, de hecho, imposible que nos resultara otra cosa cuando viajábamos rodeados por Pampa (9), Tehue (6), Paloma (4) y Walabi (2) Zapp.     
Al atardecer, Herman Zapp propuso que acampáramos, por tanto, nos detuvimos a unos metros de un arroyo y dio paso a la magia: la parte trasera del Graham pasó a ser una cocina donde Candelaria Zapp preparó unos spaghetti, su techo se alzó y pasó a ser una habitación donde dormiríamos nosotros junto a los dos niños más grandes mientras que sus asientos se acomodaron como una cama gigante para los demás integrantes de la familia Zapp.
Al otro día, después de desayunar mate y panqueques de banana, regresamos a la ruta; anduvimos al mismo ritmo aunque más tiempo; nos detuvimos ante una “telejaula” (un teleférico con aspecto de jaula) y seguimos andando al desvío que nos interesaba adonde nos aguardaba un camino ascendente, tan ascendente que necesitamos darle una ayudita al Graham que Hernán utilizó como excusa para seguir andando arriba de su estribo; sus vistas, por su parte, nos resultaron majestuosas al igual que nuestro destino, Bandipur, que nos enamoró a todos gracias a su arquitectura, su ausencia de motores y, por supuesto, sus montañas.
A la hora de hospedarnos, optamos por un alojamiento distinto al de los Zapp, sin embargo, no dejamos de vernos ni un solo día para compartir comidas (algunas argentinas como, por ejemplo, papa y huevo duro, y otras nepalíes), festejos (nuestro cumple mes de viaje #10 y el cumple #4 de Paloma que lo tuvo todo –disfraces, globos, regalos, torta y velitas–) y paseos (Hernán, Herman, Pampa y Tehue se dedicaron al montañismo mientras que Carla, Candelaria, Paloma y Walabi visitaron una feria atiborrada de jóvenes).
A los Zapp nos sentimos agradecidos porque nos abrieron sus puertas a su familia, porque nos permitieron reencontrarnos al mate y otras costumbres argentinas. Y si hablamos de argentinos, imposible que dejemos de relatar nuestra última noche en Bandipur donde, sorprendentemente, nos encontramos un grupo de cinco matrimonios que nos invitaron una cena y nos regalaron un momento inolvidable que recargó, más aún, nuestras energías.
Y llegó la despedida: Herman Zapp retornaría a Kathmandú para recoger sus visas para India e, inmediatamente después, retornaría a Bandipur adonde lo aguardaría su familia; mientras que nosotros también retornaríamos a Kathmandú aunque, desde allí, nos dirigiríamos al punto de partida del trekking que elegimos y que, quizás, debido a sus raíces de niño explorador, despierta tanta pero tanta ansiedad a Hernán… y tantas preguntas acerca de su resistencia a Carla.

Carla & Hernán          

21 de noviembre de 2011

... China! (última parte)


A la noche con calefacción de Shigatse siguió otra sorpresa: un impresionante desayuno tipo “buffet” que disfrutamos como si hubiese sido el primero –de hecho se trató del primero– y el último durante nuestros meses andando por el mundo.
Así dimos inicio a otra jornada que, sabíamos, sería igualmente intensa a la anterior; retomamos la ruta desde donde seguimos visualizando –aunque cada vez más dispersas– poblaciones e, incluso, cruzamos a peregrinos que, increíblemente, avanzaban al costado del camino realizando postraciones totales; seguimos atravesando pasos de montaña, en efecto, alcanzamos al más alto ubicado a 5,248 metros de altura; y, de repente, detrás de las montañas que nos acompañaron a lo largo de ambas jornadas, surgieron otras alineadas e inmaculadamente nevadas: se trataba de la cadena de los Himalayas desde donde surgía, imperiosamente, la silueta del Monte Everest. Y seguimos andando; abandonamos al asfalto y, pocos kilómetros más adelante, ingresamos al área protegida del Qomolangma (nombre tibetano del Monte Everest); un serpenteante camino de ripio nos permitió alcanzar uno de los puntos panorámicos más majestuosos: ahí, ante nosotros, se erguían inmejorablemente (gracias al clima que no podría haber resultado más perfecto) algunos de los picos más altos del mundo tales como Makalu (8,463 msnm), Lhotse (8,516 msnm) y, por supuesto, Everest (8,844 msnm).
Y la travesía continuaba; nos seguimos acercando más y más a las montañas y, después de dos horas andando, arribamos al último destino del día, Rongbuk, un monasterio cuyo telón de fondo no podría resultar más solemne: su solo protagonista, el Monte Everest, surge al final y queda enmarcado por su propio entorno montañoso. Un poco más allá del monasterio, se encuentra un predio donde se ubican las carpas del Campo Base del Everest (EBC) aunque, debido a la proximidad del invierno, ya no quedaban ni vestigios de las mismas, mientras que, unos kilómetros más adelante, nos detuvimos en otro punto panorámico, sin lugar a dudas, el más próximo al Monte Everest.
Obnubilados, sí, así nos sentíamos, de hecho, ignoramos por completo la sugerencia de nuestra guía –quien insistió para que pernoctásemos en un pueblo a menor altura– y, después que, parcamente, Hernán le informara “we are going to sleep here”, nos hospedamos en un refugio ubicado opuestamente al monasterio, de esta forma, nos dedicamos a contemplar al Everest, visitamos al monasterio y gozamos del atardecer que, una vez más agradecidos al clima, nos resultó insuperable aunque, poco después del mismo, nos vimos tentados –por no decir obligados por el frío– a ingresar al refugio adonde no seríamos los únicos extranjeros, en efecto, nos acompañaban un –algo presumido– cineasta norteamericano, su agradable camarógrafo alemán y su equipo de once sherpas nepalíes, otro trío de turistas procedentes de alguna ciudad de China y, más tarde, se sumó un grupo de excursionistas que arribaban desde Nepal.
Y prosiguió una noche que resultó tan mágica como su antecedente día; afuera nos aguardaba una tenue imagen del Everest debido a sus nieves que simulaban iluminarse, probablemente, gracias a la luz generada por un manto de miles de estrellas inmensamente superior a cualquier otro visto durante nuestras vidas mientras que adentro nos sentimos igualmente gratificados por un agradable ambiente y una austera habitación que no poseía ningún tipo de calefacción, no obstante, no nos resultó del todo fría.
Al día siguiente, nuevamente, debimos madrugar, no sólo a causa de nuestras ganas de observar al amanecer sobre –o, mejor dicho, por detrás de– las montañas sino, además, a las intenciones de nuestra –desobedecida– guía y conductor, así, iniciamos un camino de regreso que nos recondujo al asfalto, arribamos a Tinggri, un pueblo que adoramos gracias a sus increíbles vistas a los Himalayas; la imagen de la cadena montañosa nos siguió acompañando a nuestras espaldas aunque, poco a poco, se iría perdiendo, de hecho, después del último paso de montaña, iniciamos un camino de descenso a lo largo del cual nos vimos sorprendidos por otro paisaje, sumamente verde  e, incluso, algo caluroso, y nos encontramos al río Matsang Zangpo cuyo cauce nos condujo a Zangmu, una híbrida población –ni china ni tibetana ni nepalí– que sería nuestra puerta de salida y que, extrañamente, nos recordó a Yuanyang, es decir, a la primera de las ciudades de China que visitamos ya hace casi tres meses atrás.
Así nos despedimos del Tíbet, un cierre de oro –en el doble sentido de la palabra– a nuestro paso por China, un país que acaparó tanto nuestra atención que ahora, a metros y minutos de ingresar al país #12 del itinerario, no poseemos ni idea sobre nuestros próximos pasos aunque, sabemos, nuestro siguiente “hogar” se ubicará, si o si, dentro de las fronteras de Nepal.

Carla & Hernán          

19 de noviembre de 2011

... China! (décimo quinta parte)


Ni ómnibus ni tren, esta vez, una 4x4 sería nuestro siguiente medio de transporte adonde no habría más turistas que nosotros por lo que sólo nos veríamos acompañados por nuestra guía y nuestro conductor. Aquella muchacha tibetana era simpática aunque medianamente conversadora, correcta aunque, por momentos, distraída y, otras veces, impuntual, no obstante, resultó ser quien primero arribaría a nuestro hotel. Nosotros aguardábamos en la recepción del mismo mientras bebíamos un té y nos impregnábamos del olor a hierbas incineradas que, junto al de las velas de manteca, son tan característicos del Tíbet.
Y, ni bien arribado nuestro conductor, partimos. Aún no había amanecido. Nos adentramos a una moderna autopista (la misma que conduce al aeropuerto) mientras que dejábamos atrás a Lhasa; nos desviamos de la misma y seguimos andando por rutas cuyas condiciones, igualmente óptimas a lo largo del trayecto, nos sorprendieron; y nos sumergimos en la montaña; un camino zigzagueante nos permitió arribar al primero de los pasos ubicado a 5,000 metros de altura desde donde visualizamos al lago Yamdrok, sagrado para los tibetanos (aunque no para los chinos que, según nuestra guía, utilizan para pescar), genera peregrinaciones alrededor del mismo al igual que una stupa sólo que sus dimensiones resultan, lógicamente, incomparables. Y seguimos ascendiendo y alcanzamos al siguiente de los pasos acompañado por un glaciar a 5,560 metros de altura y, como siempre, montones de banderas de oración y, a partir del mismo, iniciamos un camino descendente que atravesó una represa que dio origen a un lago de aguas turquesas y nos condujo a Gyantse, una población donde destaca un monasterio dominado por una stupa que alberga cámaras repletas de pinturas y permite vistas panorámicas.
Ya, desde arriba de nuestro vehículo, seguimos visualizando más poblaciones que, sin importar sus dimensiones, incluyen un monasterio visible a la distancia gracias a su ubicación o, quizás, a ese gigantesco e inmaculado paredón donde se despliega al thangka durante uno de sus más importantes festivales religiosos.
Al atardecer, llegamos a Shigatse aunque, antes de dirigirnos al alojamiento, visitamos al Monasterio de Tashilunpo donde se conservan las tumbas de los sucesivos Panchen Lama; su arquitectura, similar a otros monasterios, no nos impactó, no obstante, nos regaló uno de los momentos más conmovedores del día: una sala repleta de monjes (hablamos de cientos de monjes) que rezaban al unísono, sus voces repetían las enseñanzas de Buda que se oían como un estremecedor canto.
Shigatse –o al menos aquellas áreas de Shigatse que visitamos– nos gustó mucho: más allá de dos amplias y modernas avenidas donde se ubican montones de panaderías y puestos que venden papas y salchichas fritas, la ciudad resulta un sinfín de callejuelas tradicionales a través de las cuales se pasean personajes únicamente tibetanos (ni chinos ni militares).
Y la cuenta regresiva ya se había iniciado: nos quedaban pocas horas en Tíbet, por ende, abandonaríamos –formalmente– a China, un país que imprimió un capítulo importantísimo no sólo del viaje sino de nuestras vidas aunque, aún, nos resta una cita, una visita a un punto del mundo que siempre imaginamos y que ahora, como si se tratara parte de un sueño, surgirá ante nosotros.

Carla & Hernán          

18 de noviembre de 2011

... China! (décimo cuarta parte)


Dos trenes nos trasladarían por más de 3,600 kilómetros desde Datong a Lhasa, la capital de la Región Autónoma del Tíbet. Así abordamos al primero de los servicios y después de veintidós horas de viaje acompañadas por paisajes montañosos y otras curiosidades como “casas-cueva”, llegamos a Lanzhou donde, debido al cansancio que acumulábamos como a la proximidad de la noche, nos limitamos a hallar un alojamiento inmediato a la estación de trenes y un supermercado donde abastecernos de víveres ya que aún nos restarían transitar unos 2,200 kilómetros por lo que, al día siguiente, nos subimos al último de los trenes que cogeríamos en China: más moderno que otros, poseía un sistema de calefacción y oxigenación debido a la altura que alcanzaríamos (por lo que también debimos aceptar una especie de declaración donde se detallaban los riesgos inherentes a la altura); el paisaje, por su parte, nos resultó progresivamente más alucinante a medida que las horas transcurrían: más desierto, menos árido y más alto, mucho más alto (superamos 5,000 metros de altura); mientras que nuestros compañeros de vagón serían muy agradables, principalmente, uno curioso que se acercó a Hernán y otro, un joven miembro de la Escuela Militar, que resultaba trasladado a Lhasa y constituiría, digamos, una óptima introducción al Tíbet.
1949. La República Popular de China usurpó la región del Tíbet; su Revolución Cultural generó muertes y muchas pérdidas (se destruyeron escrituras, imágenes y templos); Dalai Lama (máximo representante político y religioso del Tíbet), al igual que otros tibetanos, se exiliaron; la declarada Región Autónoma del Tíbet quedó sometida a su control, no obstante, después de sesenta y dos años, su gobierno sigue siendo inaceptado –incluso internacionalmente– por lo que se mantiene “alerta” y atiborra de militares a la región.
Así, ni bien arribados a la moderna estación de trenes, un soldado nos “invitó” a abandonarla rápidamente y nos dirigimos a su ingreso. Los 3,700 metros de altura de Lhasa no nos habían afectado y su adorable temperatura nos animó a aguardar despreocupadamente que nos recogieran (quienquiera visitar al Tíbet, debe tramitar un permiso para ingresar a Lhasa y otro para transitar más allá de la ciudad y, asimismo, poseer un itinerario organizado por una agencia de viajes que incluya un guía de turismo) y, al cabo de algunos minutos, apareció nuestra guía, una idónea joven quien habría compartido una indiscutible conexión con Carla, junto al reservado y más que experimentado conductor, ambos tibetanos, quienes nos dieron una bienvenida tibetana (nos regalaron un khata –un pañuelo blanco–) y nos transportaron a nuestro alojamiento ubicado dentro del área tibetana (se identifican áreas chinas y tibetanas gracias al gobierno de China que ha fomentado la migración al Tíbet, de hecho, se presume que, próximamente, la cantidad de migrantes supere a la población tibetana de Lhasa) que nos resultó adorable: austero aunque animado gracias a sus diseños pintados, acogedor por más que no tuviera ningún tipo de sistema de calefacción, regenteado por un grupo de simpáticas tibetanas que, siempre y cuando nuestro arribo no interrumpiera su momento de baile frente al televisor, nos servían té de manteca y nos suministraban un termo gigante que, mágicamente, mantenía al agua caliente a lo largo de toda la gélida noche.
Y, poco a poco, descubrimos Lhasa; caminamos a lo largo de la maraña de callejuelas que rodeaban nuestro alojamiento y, posteriormente, nos dedicamos a los grandes íconos de la ciudad; visitamos Norbulingka, el palacio de verano del Dalai Lama, un área que alberga jardines, residencias y templos igualmente austeros aunque místicos; y, posteriormente, alcanzamos a la máxima representación de la ciudad, al Potala, residencia de invierno del Dalai Lama y sede de su gobierno, cuya ubicación junto a la única vía de acceso que poseía antiguamente Lhasa, otorga un aspecto imponente; no hubo un día que no quedásemos anonadamos ante su imagen que, afortunadamente, se encontraba renovada –recién pintada– al momento de nuestra visita; asimismo ingresamos al recinto que alberga documentos e imágenes de Buda, una muestra de transportes del Dalai Lama que incluye a la bicicleta para niños que aparece en la película “Siete Años en el Tíbet”, salas y tumbas de oro y piedras preciosas donados por la población donde reposan restos de Dalai Lamas que, excepcionalmente, se salvaron de los daños de la Revolución Cultural; nos sentimos inundados por su mística.
Y aún no habíamos llegado al lugar más impresionante de la ciudad, el templo Jokhang, que alberga reliquias religiosas que hacen del mismo al lugar más importante para los tibetanos, de hecho, son los tibetanos quienes otorgan magia a Lhasa: manos que siempre sostienen rosarios o ruedas de oración, ríos de peregrinos que, diariamente, giran alrededor de íconos religiosos, ante los cuales presentan sus ofrendas –banderas de oración, hierbas que incineran o velas– y realizan medias postraciones o postraciones totales –de tres a mil por día–; los tibetanos son generosos y nunca niegan una limosna (incluso, anecdóticamente, hemos visto como un mendigo donaba a otro más necesitado).
Al frente del templo Jokhang se ubica la plaza Barkor, dominada por militares que registran a cada adolescente o monje que pretende atravesarla ya que son, supuestamente, los promotores de las protestas aunque también pueden registrar las cámaras fotográficas de turistas, como le sucedió a Hernán, no sabemos, si por portación de barba y pelos largos o por simple vanidad del agente de policía quien creyera que había sido fotografiado (a nuestro poco interés se sumó nuestra guía que, una y otra vez, nos pidió que nos abstuviéramos) mientras que, alrededor de la plaza Barkor, se extiende un mercado que destaca por su diversidad: alimentos –carnes, vegetales y productos secos–, aplicaciones de oro para dientes, artículos religiosos –desde rosarios a manteca que se utiliza para velas– y piedras.
Y visitamos al Monasterio de Sera que se distingue debido a sus daños después de la Revolución Cultural, sus dimensiones (albergaba alrededor de 6,000 monjes antes de 1949 aunque ahora se limiten a algo más de 500 por restricción del gobierno de China) y su situación rodeada de montañas. Y lo más curioso, un patio de debates, un lugar donde los monjes discuten –aunque poco convencionalmente– las enseñanzas de Buda.
Ya nos disponíamos a partir rumbo al lago Namtso cuando nos vimos sorprendidos por una nevada que generaría una cancelación de su visita y, consecuentemente, una extensión a nuestros días paseando por Lhasa, de esta forma, volvimos a cada uno de los íconos ya visitados, nos perdimos por otras partes de la ciudad antigua, topamos una serie de peregrinos que ingresaban a una casa donde, descubriríamos, se hallaba un templo a cuya imagen se ofrendaban una serie de licores, reconocimos un área musulmana, ingresamos al bar de té donde montones de tibetanos jugaban a los dados a los golpes, nos seguimos deleitando con la gastronomía tibetana (carne de yak, momos, papas asadas y thukpas) y nos alejamos a los márgenes de la ciudad y caminamos a lo largo del río Kyichu.
Sabemos que Lhasa no pasará inadvertida: desde nuestro arribo que quisimos acompañar con aquel vino que nos debíamos a nuestra nostálgica partida, nos vimos una y otra vez sacudidos ante las imágenes que sucedían ante nosotros y que nos demostraron que, ni la Revolución Cultural ni las restricciones impuestas por el gobierno de China supusieron la pérdida de la identidad de los tibetanos.
Y aún queda más del Tíbet: nuestras siguientes paradas serán a lo largo del cordón montañoso más alto del planeta.

Carla & Hernán          

10 de noviembre de 2011

... China! (décimo tercera parte)


La estación de trenes más grande de Asia se encuentra en Beijing y, justamente desde allí, partiría nuestro tren nocturno a Datong donde, ni bien arribados, nos sentimos sometidos por una única sensación: frío. Aún no había amanecido y, dado que Datong no posee una gran iluminación, no identificamos más que dos hoteles que no se adaptaban a nuestro presupuesto, por ende, optamos por ingresar –o, mejor dicho, infiltrarnos puesto necesitábamos un pasaje–  a la sala de espera de la estación de trenes donde, un poco más calentitos, aguardamos al amanecer.
Atípico resultó nuestro paso por Datong, primero, por su duración, de hecho, no hay turistas, prácticamente, que pasen más de una noche mientras que nosotros le dedicamos unas cuatro; asimismo nuestras actividades incluyeron mucho más que visitas y, de esta forma, nos dedicamos a descansar como a organizar nuestros próximos movimientos (lo cual implicaría asiduas conexiones a Internet, idas a la oficina de pasajes de trenes y rastreo de ATM’s); y, por último, debido a la naturaleza de la ciudad que no resulta muy agradable, no obstante, posee un casco antiguo rodeado por una gigantesca muralla –ambos sometidos a una absoluta restauración al momento de nuestra visita– que acapararon nuestra atención mientras que sus simpáticas gentes, poco acostumbradas a los turistas, nos hicieron sentir más que bienvenidos.
Ahora bien, lo realmente fascinante se encuentra a algunos kilómetros de la ciudad. Así, abordo de un minibus de CITS, abandonamos Datong, transitamos un camino de montaña salpicado por nieves y llegamos al milenario Templo Colgante cuya antigüedad, arquitectura (desde su interior se nota cómo sus pilares se mueven) y ubicación nos resultaron impresionantes. Y aún restaba más por lo que, abordo del mismo minibus, nos dirigimos a las Grutas de Yungang. Declaradas Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, se trata de cincuenta y un cuevas  (de las cuales se puede acceder a veinte) que datan del año 400 d.C. y albergan más de cincuenta mil imágenes de piedra de Buda cuyas dimensiones varían desde diecisiete metros a unos pocos centímetros, sin lugar a dudas, una de las muestras de arte budista más increíbles que vimos, sin igual al atardecer, que, así como tantos otros atractivos, los chinos supieron conservar o restaurar y acompañar por armoniosas instalaciones que despertaron, una y otra vez, nuestra admiración y nuestro respeto.
Y el día que tanto soñamos llegó; abandonar Datong, la última ciudad que visitaríamos de China, nos generaría nostalgia aunque, a la vez, ansiedad y muchísimas expectativas ante nuestro siguiente destino, una porción controvertida del país, un tanto inaccesible debido a su costo como a su ubicación pero que despertó siempre nuestro interés por lo que hoy, sin poder creerlo aún, iniciamos nuestro viaje rumbo a lo que será la mejor de las despedidas: nos vamos al Tíbet.

Carla & Hernán          

5 de noviembre de 2011

... China! (décimo segunda parte)


La estadía en Beijing estuvo dividida, no sólo porque a mitad de la misma tuvimos que irnos de China para no sobrepasar la estancia permitida por nuestra visa sino porque, además, pasamos por momentos de aciertos y grandes desaciertos que nos generaron un sinfín de sensaciones que intentaremos ordenar a lo largo del relato.
La joven que nos atendió en la oficina de turismo de Suzhou no hablaba inglés aunque sí utilizaba un traductor online, por tanto, nos resultó más que específica: a un par de cuadras del hotel debíamos subirnos al colectivo 811 y, después de veintitrés paradas, nos encontraríamos en la estación norte de trenes de Suzhou. El tren? Impecable! Bah… qué podríamos decir si demoró apenas seis horas para trasladarnos por más de 1,200 kilómetros?
Ahora bien, la prioridad en Beijing sería, primeramente, definir nuestra salida de China. Mongolia había sido descartado después del retraso de Guangzhou, por tanto, Corea del Sur había pasado a ser la alternativa más preponderante por lo que, una vez arribados a Beijing, intentaríamos subirnos a otro tren que nos condujera a la ciudad de Tianjin desde donde accederíamos al puerto de salida de los barcos a Corea del Sur donde, supuestamente, debíamos comprar nuestros pasajes. Así sucedió sólo que no nos resultó necesario conectar en Beijing ya que, una vez abordo del ultra-rápido, descubrimos que Tianjin sería parte de su recorrido por lo que descendimos del mismo al arribar a su estación y, rápidamente, resolvimos un traslado en auto (una especie de remise sin licencia) a la ciudad de TangGu desde donde un taxi nos acercó al puerto donde no nos aguardaba ninguna bienvenida, en efecto, se negaron a vendernos los pasajes de barco a Corea del Sur, alegando que sólo aceptaban a chinos o coreanos y, como respuesta a nuestra insistencia, que no tenían disponibilidad, de esta forma, nuestro plan A quedaba descartado por lo que nos dirigimos a la terminal de trenes de TangGu desde donde abordamos al tren que, definitivamente, nos dejaría en Beijing.
Llegar a Beijing nos resultó emocionante e, incluso, nos alejó del malhumor que nos había generado nuestro fracaso en TangGu. Desde la estación sur de trenes de Beijing, nos subimos a línea #4 de la red de subtes de la ciudad que, descubrimos, se había ampliado impresionantemente (una línea circular y otra recta había en 2007 mientras que, ahora, aquella recta se encontraba extendida y, encima, unas diez líneas más se incorporaron al sistema de subtes) y, sin ayuda de mapas sino, simplemente, valiéndonos de nuestros recuerdos, llegamos al hotel adonde nos habíamos hospedado cinco años atrás y donde quisimos volver a hospedarnos por más que implicara desembolsar más yuanes de lo debido.
Las ganas de pasear por Beijing resultaron subyugadas por la necesidad de resolver nuestra salida y reingreso a China. Así, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la oficina de asuntos migratorios (PSB) donde solicitamos una extensión de la vigente estadía aunque, debido a la cantidad de requisitos, descartamos aquella posibilidad y aceptamos que, sí o sí, un aéreo debía llevarnos a otro país y devolvernos a China para utilizar nuestra tercera y última entrada permitida por nuestro visado, de esta forma, dedicamos un segundo día a analizar opciones de vuelos, no nos vencimos y seguimos insistiendo hasta que hallamos uno a Corea del Sur que se adaptaba magníficamente a nuestro presupuesto aunque presentaba dos complicaciones, por un lado, sin querer habíamos ingresado a la web de Air China como “chinos”, por ende, debíamos poseer una tarjeta de crédito de algún banco de China para abonarlo online y, por otro lado, la reserva duraba treinta minutos, por lo que, al día siguiente, amanecimos muy tempranito y, mientras Carla se quedó en el hotel a cargo de la renovación de la reserva, Hernán se dirigió a las oficinas de la línea aérea donde, al principio, se negaron aunque, después que Hernán mostrara sus dientes –y, de alguna forma, se vengara de todos aquellos dientes que viera a lo largo de su historia como empleado de línea aérea–, una supervisora aceptó ingresar su tarjeta de crédito y nuestro pago en efectivo.
Ay, qué alegría nos generó poseer nuestros pasajes aéreos a Corea del Sur aunque, lamentablemente, qué poco nos duró, de hecho, dos días después atravesamos un momento angustiante, sin lugar a dudas, el más angustiante desde que iniciamos nuestro viaje; una equivocación difícil de aceptar si consideramos nuestros curriculum vitae seguida por una serie de inoportunas decisiones hicieron que, por más esfuerzo que realizara nuestro taxista para arribar a tiempo al aeropuerto, perdiéramos nuestro vuelo a Corea del Sur y, por ende, nos viéramos obligados a comprar dos nuevos pasajes adonde sea; ya no nos importaba el destino sino, simplemente, un aéreo lo más económico posible que nos permitiera salir de China antes que nuestras visas expiraran, optando por uno a Shenzen, sí, volveríamos a Hong Kong al día siguiente, de esta forma, pasamos aquella noche en el aeropuerto de Beijing y, al despertarnos a la mañana siguiente, la mañana del vuelo a Shenzen, nos aguardaba otra sorpresa: absolutamente todos los vuelos se hallaban demorados debido a una niebla un tanto más espesa que aquélla que, habitualmente, tiñe todas las fotos de Beijing, lo cual nos generó más angustias: “qué pasaría si, aquel día, no llegábamos a Hong Kong?”. A la salida, suponemos, no nos generaría mayores inconvenientes más que desembolsar algún que otro yuan a modo de penalidad pero ignorábamos que podía sucedernos cuando intentásemos reingresar al país para terminar nuestro itinerario.
Al final, nuestro vuelo partió, demorado, sí, aunque a tiempo para permitirnos llegar al aeropuerto de Shenzen y, posteriormente, a la frontera de Hong Kong adonde ingresamos, nos mentalizamos que devolveríamos a Hong Kong aquella mala suerte que nos había acompañado desde allí (la infección de Hernán, los obstáculos para comprar nuestros pasajes, la pérdida del vuelo a Corea del Sur) y, después de tres días de distracción y de haber visto a la Chungking Mansions inauguradas tras su remodelación, nos retiramos de la ciudad para subirnos al tren que nos devolvería a Beijing.
Atrapante Beijing… no quisimos perdernos la oportunidad de volver a aquellos lugares visitados unos años antes, por ende, nos perdimos por sus, ahora, restauradísimos hutongs, atravesamos a la plaza Tian'anmen adonde desistimos de ingresar al mausoleo de Mao Tse Tung debido a la cantidad de gente, visitamos a la Ciudad Prohibida, descubrimos al parque Zhongshan, volvimos al Templo del Cielo, nos re-enamoramos del Palacio de Verano y, una y otra vez, nos sorprendimos –y fastidiamos– debido a la cantidad de grupos de turistas –chinos– que, inevitablemente, resultaron protagonistas de muchas de nuestras fotografías.
Por consiguiente, quisimos volver a Simatai, una sección alejada de la Gran Muralla, lo cual nos resultó imposible debido a obras de restauración, por tanto, nos decidimos por Mutianyu y, por suerte, no nos arrepentimos por más que nuestro arribo haya resultado una odisea: nos dirigimos a la terminal de ómnibus y aguardamos al colectivo que nos conduciría o, mejor dicho, supuestamente nos conduciría a Mutianyu, de hecho, una unidad apareció aunque su conductor no nos permitió abordarla y surgió otro persona, una señora de limpieza que sumó agresión a la situación (tironeaba a Carla para que bajase del ómnibus) lo cual violentó a Carla, se generó una situación de tensión (convengamos que nosotros ya veníamos tensionados) que siguió por unos cuantos minutos, Hernán intentaba descifrar aquello que le decían –en chino, obvio– mientras que Carla quedó atrás, llorando, colapsada por la situación (o por la sumatoria de situaciones), lo cual debe haber sensibilizado a su ángel guardián que, al parecer, le envió un representante, un chino que hablaba inglés y que nos sirvió de traductor y que supo explicarnos cómo arribar a Mutianyu: un colectivo nos acercaría a una ciudad y, desde allí, un taxi debería trasladarnos al ingreso de la Gran Muralla; al parecer resultaba simple aunque, se ve que nuestro ángel guardián supuso que no soportaríamos más desilusiones por lo que hizo que pidiéramos a otro pasajero del colectivo que nos avisase adonde debíamos descender quien, no sólo nos indicó a través de sutiles señas y, de esta forma, nos “salvó” del “club de taxistas” que obligaban a descender del colectivo a turistas sino que, además, se trató de un agradable remisero que nos ofreció sus servicios y acercó a nuestro destino después de acordar un importe más que óptimo.
Mutianyu nos alucinó: una sección restaurada de la Gran Muralla que decidimos visitar sin ayuda de sus teleféricos, donde hallamos muy pocos turistas y colores, muchos colores del otoño que nos resultaron conmovedores.
Así nos despedimos de la mágica Beijing, donde pasamos –aunque inadvertidamente– nuestro cumples mes #9 de viaje y donde resolvimos nuestra partida rumbo a Datong, destino que antecederá una muy pero muy esperada y última etapa a lo largo de nuestra vuelta por China.

Carla & Hernán          

24 de octubre de 2011

... China! (décimo primera parte)


Otro tren ultra-rápido nos llevaría a Suzhou, por consiguiente, nos dirigimos a la estación de trenes de Shanghai donde aguardamos su anuncio sólo que, al momento de ascender al mismo, lo hicimos erróneamente y, en vez de subirnos al tren ubicado a la derecha de la plataforma, lo hicimos a aquel a la izquierda de la misma, de cualquier forma, nuestro error resultó evidente para todos –incluso para nosotros– ya que aquel vagón correspondía a una clase de servicio superior, por ende, nuestros aspectos atrajeron a las miradas de los demás pasajeros, mayoritariamente, corporativos de Occidente que nos intimidaron lo suficiente como para no demorarnos demasiado en resolver nuestra situación.
Obviamente el viaje se nos pasó rapidísimo; llegamos a la estación de trenes de Suzhou, averiguamos qué colectivo nos acercaría al área deseada para alojarnos y, de esta forma, nos dirigimos al sur del centro de la ciudad donde Carla aguardó sentada, esta vez, al frente de una negocio de ropa mientras Hernán se dedicó a la búsqueda de alojamiento que resultó una de las más complicadas en China: nos encontrábamos trabados debido, no sólo al precio de las habitaciones sino, directamente, a la inexistencia de hoteles, de hecho, Hernán caminó muchísimo y, después de dos horas sin resultados, pasó su posta a Carla que pensó en solicitarle ayuda a la simpática joven que trabajaba en el negocio de ropa quien, no sólo le prestó una computadora con Internet sino que, también, desplegó un mapa para ayudarla a ubicarse y, acertadamente, le señaló un hotel que quedaba, ni más ni menos, justo frente a nuestra “base de operaciones” (y que nosotros no habíamos identificado ya que no poseía nada que nos indicara que se tratara de un hotel). Así que Carla se acercó al hotel, miró una habitación que la enamoró gracias a las usuales comodidades (ducha con agua caliente, termo eléctrico, televisión) más algunas otras ocasionales (conexión a Internet) y, principalmente, al moderno diseño de la que, sería, una amplia cadena de hoteles de China y, después de discutir mínimamente su precio, nos instalamos.
Suzhou, al igual que muchísimas otras ciudades de China, posee dos áreas aunque, en este caso, no muy bien diferenciadas: una moderna de amplias avenidas y peatonales repletas de negocios aunque, asimismo, salpicadas por templos y, un poco más allá, una zona de casas de tejados característicamente chinos, canales atravesados por puentes y vías empedradas que visitamos a diario, ya sea para pasear o para ir en busca de unas galletitas que resultaron adictivas para Hernán.
Quisimos, asimismo, ingresar a algunas de las tantas atracciones que posee esta ciudad que atrae a montones –pero montones– de turistas chinos. Así, en primer lugar, visitamos a la Beisi Ta, una pagoda antiquísima antecedida por una simpática imagen de Buda y ubicada dentro de un complejo que incluye más templos para, posteriormente, dirigirnos a algunos de sus jardines, en efecto, Suzhou posee montones de jardines cuyos altos costos de ingreso nos obligaron a definirnos por dos: “The Couple’s Garden Retreat” y “The Humble Administrator’s Garden”. Ambos nos ofrecieron paisajes similares, no obstante, The Humble Administrator’s Garden se trató de la primera atracción AAAAA de China que visitamos, la cual no nos resultó extraordinaria: sí, son cuidadísimas áreas verdes que siguen elaborados diseños paisajísticos y, en algunos casos, incluyen antiguas muestras arquitectónicas pero que nosotros no supimos apreciar del todo ya sea por desconocimiento o por nuestro prototipo de “jardín” que difiere por completo a aquellos, por lo que nos sentimos un poquito desilusionados aunque no lo suficiente como para opacar nuestra visita a Suzhou, la cual nos resultó agradable ya que, incluso, nos dejó resto de tiempo para descansar y para organizar nuestra partida rumbo a Beijing, adonde, sí o sí, deberíamos resolver nuestra salida de China debido a nuestras visas que siempre parecen estar venciendo y donde, obviamente, aprovecharíamos para pasear por esta ciudad, la última a la cual retornaríamos después de cinco años, la más añorada por nosotros a lo largo de todo este tiempo.

Carla & Hernán          

21 de octubre de 2011

... China! (décima parte)


Un poquito más de una hora demoró nuestro traslado a Shanghai y, la verdad, nos resultó impecable desde un principio: nuestro tren partía a primera hora de la mañana, por tanto, abandonamos nuestro hotel antes del amanecer para dirigirnos caminando a la estación de trenes de Hangzhou donde no tuvimos que esperar demasiado ni para abordarlo ni para arrancar ni para ver como un cartel electrónico anunciaba que habíamos alcanzado unos 295 kilómetros por hora; además, gracias a sus amplias ventanas, observamos una alucinante salida del sol; en síntesis, un traslado, simplemente, inmejorable!
A Shanghai no le dedicaríamos demasiados días por lo que, ni bien arribados a su terminal, quisimos asegurarnos nuestros siguientes pasajes de tren para, posteriormente, dirigirnos al hostel que habíamos pre-seleccionado a través de Internet, lo cual no resultó tarea sencilla, en efecto, un subte de la increíble red de subtes que posee Shanghai nos acercó al casco antiguo de la ciudad aunque, una vez allí, no hallamos al alojamiento por lo que quisimos comprar un mapa más detallado que nunca conseguimos, por tanto, decidimos separarnos y mientras Carla aguardó sentada en el cordón sobre una esquina, Hernán caminó muchísimo, preguntó a muchas personas que, al parecer, se encontraban aún más perdidas hasta que, finalmente, una empleada del Bank of China supo orientarlo y, siguiendo sus indicaciones, alcanzó a la meta.
Ya sabíamos que los alojamientos en Shanghai superarían nuestro presupuesto por lo que quisimos optimizar nuestras energías y, por tal motivo, decidimos acertadamente dirigimos al hostel en el cual ahorramos algunos yuanes tras optar por una habitación compartida donde nos sentimos cómodos y acompañados por agradables personas como un japonés cuarentón que por negocios estaba visitando China; además teníamos acceso a wi-fi, lo cual implica una comunicación más fluida a Argentina, una mesa de pool que, por que no, usamos alguna que otra tarde, y un restaurantito ubicado a unos pasos de distancia donde preparaban una especie de ravioles servidos en un caldo que, desde aquel descubrimiento, se transformaron en el “infaltable” de cada noche.
Y, como siempre o, quizás, más que siempre, caminamos muchísimo; primero por el casco antiguo que nos gustó mucho, principalmente, gracias a la simpleza de sus vecinos que utilizan a las veredas para colgar la ropa recién lavada, jugar algún juego de mesa o pelar una gallina; después caminamos por otros barrios también tradicionales, algunos musulmanes donde, a propósito, tuvimos oportunidad de ver como desde un bollo de masa, un joven preparaba dos platos de fideos –tipo spaghetti– utilizando ni cuchillos ni máquinas ni palos de amasar sino, simplemente, sus manos, y desde donde comenzamos a percibir una Shanghai de contrastes: un poco más allá de aquellas callejas de casas bajas y líos de cables, se encontraban impresionantes rascacielos a los cuales nos seguimos acercando y, así, arribamos a la costanera del río Huangpu que ofrece una de las imágenes más características de Shanghai, de un lado, el Bund, es decir, los edificios ingleses que datan de la época de su ocupación y, del otro lado, Pudong, un área donde se ubican grandes corporaciones así como un ícono de la ciudad, su torre de televisión.
Y seguimos caminando: ubicamos al túnel que atraviesa el río Huangpu pero, debido al precio del paseo, nos abstuvimos a cruzar a la zona de Pudong y, en su lugar, nos adentramos aún más al Bund y, posteriormente, visitamos modernas áreas comerciales como Nanjing Road y parques que, al igual que siempre, despertaron nuestra envidia.
Otro paseo menos divertido aunque un poco más curioso resultó al hospital: esta vez no se debió a Hernán sino a unas manchitas que le habían aparecido a Carla unos meses atrás por lo que, después de recibir el diagnóstico de su dermatólogo en Buenos Aires, nos dirigimos a una farmacia donde nos informaron que aquella medicación indicada sólo podía conseguirse en el hospital, por ende, nos acercamos a uno y, de esta forma, nos interiorizamos sobre algunos detalles del sistema de salud de China.
Así, después de tres intensas jornadas acompañadas por una óptima temperatura, alguna que otra llovizna y una visibilidad inmejorable que nos permitió capturar nítidas imágenes de Pudong, tanto de día como de noche, podemos afirmar que Shanghai nos sorprendió ya que si bien posee un exceso de razones para incluirla dentro del grupo de las mega-ciudades, ha sabido conservar montones de rincones donde, sin demasiada imaginación, uno se siente en la China tradicional… aunque no más tradicional, creemos, que nuestro siguiente destino, Suzhou, una ciudad que se jacta de poseer a los jardines más bellos de China.

Carla & Hernán          

18 de octubre de 2011

... China! (novena parte)


Llegar a Hangzhou implicó uno de los trayectos más agradables por China, quizás, debido a la fortuna de habernos tocado ambas literas inferiores, sin lugar a dudas, las más cómodas de todas y las que, además, aseguran el acaparamiento de la mesa ubicada dentro del compartimento. Así, después de 1,600 kilómetros y veinte horas de viaje, llegamos a Hangzhou, salimos de la estación de trenes e intentamos hallar un hotel económico alrededor de la misma aunque no lo logramos, por ende, Hernán aguardó junto a nuestras mochilas mientras que Carla se dirigió a una de las avenidas principales donde, a metros de la misma, se decidió por una agradable habitación, un poco pequeña, sí, aunque mucho más económica que sus últimas dos antecesoras, lo cual generaría un respiro a nuestro últimamente asfixiado monto diario para gastos.
La ciudad de Hangzhou nos resultó muy agradable: moderna aunque no menos tradicional, se encuentra centrada por un lago de grandes dimensiones que, a su vez, se halla atravesado por dos avenidas, una repleta de sauces llamada Baidi y otra, llamada Su Causeway, que incluye puentes y vistas adorables a la pagoda que domina a la ciudad; alrededor del lago se ubican montones de áreas verdes y, más allá de éstas, negocios, muchos negocios que, al parecer, surgen por doquier a partir del consumo desenfrenado que los “chinos de la costa” han desarrollado; además posee un sistema de uso público de bicicletas que, realmente, nos sorprendió a la vez que nos demostró, una vez más, que los chinos resultan mucho más educados de lo que, comúnmente, se prejuzga.
A lo largo de nuestra estadía, no sólo nos dedicamos a pasear por la parte más céntrica de Hangzhou sino que, además, quisimos visitar sus alrededores por lo que, primeramente, nos dirigimos a Longjing, un pueblo dedicado a las plantaciones de té, uno de los paisajes que más nos gustan y, posteriormente, visitamos al Feilai Feng, un complejo que alberga increíbles imágenes budistas talladas en la montaña, un adorable monasterio y un templo desde donde se originan unos mil escalones que Hernán, obviamente, quiso ascender y, de esta forma, alcanzar más vistas panorámicas de las montañas de los alrededores de la ciudad.
A Hangzhou llegamos arrastrados por un ritmo muy lento después del encierro de Guangzhou aunque, ahora, nos vamos sintiéndonos más enérgicos después de una estadía donde retomamos nuestras caminatas kilométricas que, en definitiva, siempre resultan lo que más disfrutamos! Lo que sigue: Shanghai, una ciudad que ya había sido descartada de nuestro itinerario hace cinco años atrás por lo que ahora, ineludiblemente, será parte de nuestro periplo por China.

Carla & Hernán          

14 de octubre de 2011

... China! (octava parte)


Salir de Hong Kong no debía suponernos ninguna complicación, simplemente, debíamos transitar inversamente el camino realizado ocho días atrás, de esta forma, un tren nos acercó al puesto de migraciones de Hong Kong desde donde, posteriormente, accedimos al de China y, una vez re-ingresados al país, nos dirigimos a la estación de trenes de Shenzen donde aguardamos que una interminable hilera de pasajeros avanzara para poder comprar nuestros pasajes a Guangzhou.
175 kilómetros separan a ambas ciudades, Shenzen y Guangzhou, a la vez que decenas de trenes unen a las mismas, no obstante, no conseguimos disponibilidad inmediatamente sino que debimos aguardar unas tres horas para nuestra partida en un tren que, realmente, nos sorprendió: moderno, ultra-rápido (alcanzó unos 180 kilómetros por hora) y tan impecable que nuestras mochilas, más roñosas que nunca, nos avergonzaban.
Y, la verdad, no nos sentimos muy bienvenidos por Guangzhou, en efecto, una vez arribados a su terminal de trenes, quisimos asegurarnos nuestra partida aunque nos resultó imposible ya que no había disponibilidad debido al feriado que atravesábamos, por tanto, pospusimos nuestra resolución para dedicarnos a la búsqueda de alojamiento que nos resultó igualmente complicadísima ya que todos los hoteles nos ofrecían tarifas altísimas, de cualquier manera, no nos rendimos sino una vez anochecido y, mientras nos dirigíamos a una de las primeras opciones, un “cazaclientes” nos interceptó, nos mostró un hotel (un folleto de hotel) un poco más económico y nos regaló un traslado en taxi al mismo adonde, ni bien instalados, surgió un nuevo inconveniente.
Al parecer Hernán anduvo distraído y le encajaron el huevo podrido y, a partir de éste, sucedió una impensada estadía que incluyó comunicaciones a la asistencia al viajero, visitas a clínicas, consultas con especialistas, medicaciones, reposo, semi-internaciones, alucinaciones, semi-pernoctes en el lobby del hotel, discusiones con la asistencia al viajero y un exceso de comunicaciones a Argentina.
Así sucedió un día tras otro y aquella estadía que habíamos destinado a Guangzhou se alargó y, en vez de quedarnos unas dos noches, nos terminamos yendo después de trece; retraso que, sumado a la sugerencia del Dr. Chan, el especialista que siguió la evolución de Hernán, nos instó a alterar nuestro itinerario por uno más moderado y, durante nuestro tiempo en Guangzhou, comenzamos a analizar opciones a seguir para nuestros siguientes meses de viaje.
Y como no quisimos que nuestros recuerdos de Guangzhou se remitieran a las inmediaciones del hotel y al trayecto desde éste a la clínica, dedicamos un último día a pasear por una de las zonas más modernas de la ciudad que bordean al río Perla.
Ahora sí, después de tantos días de encierro, abandonar Guangzhou no nos generaba otra cosa más que alegría por lo que, intentando retomar nuestro ritmo perdido, nos preparamos para dirigirnos a nuestro siguiente destino, Hangzhou, una ciudad que atrae a montones de chinos quienes, según se dice, deben visitarla al menos una vez durante sus vidas.

Carla & Hernán          

1 de octubre de 2011

... China! (séptima parte)


Yangshuo nos despidió tras un hermoso atardecer y, después de unas nuevas dos horas de viaje, arribamos a la terminal de trenes de Guilin donde, mientras aguardábamos nuestro anuncio para ascender al tren que nos dejaría en Guangzhou, nos percatamos que el servicio K950, o sea, nuestro tren finalizaba en Shenzen, es decir, la ciudad adonde debíamos dirigirnos. Ir a Shenzen sin necesidad de conexiones ya que, una vez arribados a Guangzhou compraríamos nuestros pasajes a dicha ciudad, nos generaría una ganancia de energías por lo que Hernán se dirigió a la taquilla de pasajes pero, debido a la proximidad de la salida, no pudieron venderle ese tramo (Guangzhou / Shenzen) en el tren que pronto abordaríamos, por tanto, debimos aguardar al momento de ascender al mismo para acercarnos a su encargado quien, para nuestra sorpresa, nos emitió nuestros solicitados pasajes a través de un postnet inalámbrico y, para nuestra mayor sorpresa aún, ni siquiera nos exigían un cambio de asiento, bah, más que asientos deberíamos hablar de camas que, si bien llamadas “literas duras” nos resultaron tan cómodas como un asiento de “business class”.
Y, después de un trayecto nocturno de quince horas, el K950 nos dejó en la terminal de trenes de Shenzen desde donde iniciamos un camino a través de pasillos que nos condujeron al puesto migratorio de China, posteriormente, al de Hong Kong y, finalmente, a la estación del MTR donde abordamos nuestro tren que nos permitiría alcanzar al área de Kowloon y, consecuentemente, a las recordadas Chungking Mansions.
Los alojamientos en Hong Kong resultan costosos, no obstante, existen las Chungking Mansions, un lugar único que descubrimos cinco años atrás: se trata de un edificio de grandes dimensiones cuya ubicación, a metros del paseo marítimo, resulta inmejorable; un primer piso se encuentra ocupado por casas de cambio, negocios de electrónica, puestos de diarios y restaurantes mientras que sus otros dieciséis pisos albergan pensiones regenteadas por indios, mayoritariamente, donde se hospedan personas de todo el mundo (africanos, indios, latinos y europeos de presupuesto reducido). Las Chungking Mansions son un escenario perfecto para una campaña publicitaria de United Colors of Benetton.
Así, guiados por nuestra memoria, arribamos a las mismas y nos vimos sorprendidos; por un lado, las Chungking Mansions mantenían una misma esencia aunque su ambiente sombrío se había modificado: su fachada estaba siendo remodelada, sus paredes y sus pisos, ahora de cerámica, ya no se encontraban sucios, cámaras de seguridad y pantallas de LCD acompañaban a los ascensores, y luces, muchas luces, habían sido instaladas por todos lados; y, por otra parte, no podíamos encontrar una habitación acorde y desocupada: si no tenían disponibilidad, nos ofrecían una por menos días y, si no, otras carísimas; al final un indio que no accedió a dejarnos una primera noche al mismo precio de la habitación que ocuparíamos a partir del día siguiente, nos puso en contacto con otro indio que surgió de, no sabemos dónde, discutiendo con más indios y mostró a Hernán una habitación de 1,8 m2 para una primera noche y otra de mayor tamaño, unos 2 m2, que nos terminaría albergando por el resto de nuestra estadía y que, increíblemente, nos resultaría comodísima más allá de algunos detalles que exceden al tamaño de nuestra habitación como, por ejemplo, deber sortear al indio que dormía en el piso de la recepción ya que trabajaba unas veinticuatro horas al día de los siete días de la semana o soportar que un policía ingresase a nuestra habitación debido a un procedimiento que iba tras indocumentados.
Hong Kong no se hallaba dentro de nuestro primer itinerario pensado para China, no obstante, a partir del “semi-fracaso” de Hanoi, decidimos incluirlo a fin de intentar gestionar un nuevo visado para seguir recorriendo la China continental, lo cual sucedió y, sin siquiera mediar una pregunta, nos otorgaron uno por dos entradas de treinta días cada una, de esta forma, supimos que la travesía china continuaría y nosotros, ahora mucho más distendidos, nos dispusimos a redescubrir los encantos de Hong Kong.
El “Victoria Harbour” divide a dos de las áreas más conocidas de Hong Kong, Kowloon y la isla de Hong Kong donde, por esta última, iniciamos nuestro recorrido: nos perdimos entre gigantescos rascacielos, anduvimos a través de una conexión de ochocientos metros de escaleras mecánicas al aire libre, descubrimos un zoológico gratuito, descansamos en el Hong Kong Park y ascendimos a “The Peak” desde donde alcanzamos una de las panorámicas más impresionantes de la ciudad. Ya al otro lado de Victoria Harbour, en  Kowloon, uno de nuestros paseos más disfrutados nos remite a su costanera que visitamos una y otra vez gracias a la proximidad de las Chungking Mansions; además nos divertimos a lo largo de la “Avenida de las Estrellas”, nos despejamos en el Kowloon Park, otra área verde de gigantescas dimensiones que incluye un complejo deportivo impresionante cuyas piscinas nos tentaron y visitamos otro día por el módico precio de un dólar por persona, nos entretuvimos mirando a algunos personajes realizando gimnasia en los parques y, a su vez, nos sorprendimos cuando descubrimos que se alejaban de sus pertenencias colgadas de una rama de un árbol sin siquiera cuestionarse si podrían ser robadas, asistimos a un espectáculo en el Museo del Espacio, paseamos dentro de shoppings de marcas súper exclusivas y revivimos recuerdos en el mercado nocturno de Temple St..    
De esta ciudad, la ciudad de los “NO” exagerados, la ciudad ultra-moderna que aún conserva rincones más tradicionales, la ciudad impecable adonde uno le daría gusto instalarse, quisimos despedirnos al igual que hace cinco años atrás cuando pasamos una noche en un parque de diversiones montado transitoriamente a orillas del Victoria Harbour para lo cual, esta vez, nos adentramos más aún en la isla de Hong Kong y alcanzamos al Ocean Park, un parque de diversiones dividido en dos por una montaña: de un lado se encuentran las atracciones para los más pequeños así como un acuario, un centro de conservación de pandas y demás representaciones de hábitats para otros animales; un teleférico o un tren al estilo Nautilus que atraviesa la montaña permiten acceder al otro lado donde se concentran juegos de vértigo, espectáculos y otras exhibiciones como, por ejemplo, una sobre medusas que, simplemente, nos dejó sin palabras.
Y después que el indio nos negara una nueva extensión de nuestra estadía ya que la habitación se encontraba reservada, nos convencimos que debíamos abandonar esta ciudad a la cual llegamos a fin de realizar una visa y de la cual nos vamos después de días de descanso y diversión y de festejar nuestro cumple mes de viaje #8, después de haber revivido muchísimos recuerdos y, seguramente, haber generado muchos otros nuevos, después de decirle en broma –o no– “ hasta dentro de cinco años, Hong Kong!”.  

Carla & Hernán