La estadía en Beijing estuvo dividida, no
sólo porque a mitad de la misma tuvimos que irnos de China para no sobrepasar
la estancia permitida por nuestra visa sino porque, además, pasamos por
momentos de aciertos y grandes desaciertos que nos generaron un sinfín de
sensaciones que intentaremos ordenar a lo largo del relato.
La joven que nos atendió en la oficina de
turismo de Suzhou no hablaba inglés aunque sí utilizaba un traductor online,
por tanto, nos resultó más que específica: a un par de cuadras del hotel
debíamos subirnos al colectivo 811 y, después de veintitrés paradas, nos
encontraríamos en la estación norte de trenes de Suzhou. El tren? Impecable!
Bah… qué podríamos decir si demoró apenas seis horas para trasladarnos por más
de 1,200 kilómetros?
Ahora bien, la prioridad en Beijing sería,
primeramente, definir nuestra salida de China. Mongolia había sido descartado
después del retraso de Guangzhou, por tanto, Corea del Sur había pasado a ser
la alternativa más preponderante por lo que, una vez arribados a Beijing,
intentaríamos subirnos a otro tren que nos condujera a la ciudad de Tianjin
desde donde accederíamos al puerto de salida de los barcos a Corea del Sur
donde, supuestamente, debíamos comprar nuestros pasajes. Así sucedió sólo que
no nos resultó necesario conectar en Beijing ya que, una vez abordo del
ultra-rápido, descubrimos que Tianjin sería parte de su recorrido por lo que
descendimos del mismo al arribar a su estación y, rápidamente, resolvimos un
traslado en auto (una especie de remise sin licencia) a la ciudad de TangGu
desde donde un taxi nos acercó al puerto donde no nos aguardaba ninguna
bienvenida, en efecto, se negaron a vendernos los pasajes de barco a Corea del
Sur, alegando que sólo aceptaban a chinos o coreanos y, como respuesta a
nuestra insistencia, que no tenían disponibilidad, de esta forma, nuestro plan
A quedaba descartado por lo que nos dirigimos a la terminal de trenes de TangGu
desde donde abordamos al tren que, definitivamente, nos dejaría en Beijing.
Llegar a Beijing nos resultó emocionante
e, incluso, nos alejó del malhumor que nos había generado nuestro fracaso en
TangGu. Desde la estación sur de trenes de Beijing, nos subimos a línea #4 de
la red de subtes de la ciudad que, descubrimos, se había ampliado impresionantemente
(una línea circular y otra recta había en 2007 mientras que, ahora, aquella
recta se encontraba extendida y, encima, unas diez líneas más se incorporaron
al sistema de subtes) y, sin ayuda de mapas sino, simplemente, valiéndonos de
nuestros recuerdos, llegamos al hotel adonde nos habíamos hospedado cinco años
atrás y donde quisimos volver a hospedarnos por más que implicara desembolsar
más yuanes de lo debido.
Las ganas de pasear por Beijing resultaron
subyugadas por la necesidad de resolver nuestra salida y reingreso a China.
Así, al día siguiente a nuestro arribo, nos dirigimos a la oficina de asuntos
migratorios (PSB) donde solicitamos una extensión de la vigente estadía aunque,
debido a la cantidad de requisitos, descartamos aquella posibilidad y aceptamos
que, sí o sí, un aéreo debía llevarnos a otro país y devolvernos a China para
utilizar nuestra tercera y última entrada permitida por nuestro visado, de esta
forma, dedicamos un segundo día a analizar opciones de vuelos, no nos vencimos
y seguimos insistiendo hasta que hallamos uno a Corea del Sur que se adaptaba
magníficamente a nuestro presupuesto aunque presentaba dos complicaciones, por
un lado, sin querer habíamos ingresado a la web de Air China como “chinos”, por
ende, debíamos poseer una tarjeta de crédito de algún banco de China para
abonarlo online y, por otro lado, la reserva duraba treinta minutos, por lo
que, al día siguiente, amanecimos muy tempranito y, mientras Carla se quedó en
el hotel a cargo de la renovación de la reserva, Hernán se dirigió a las
oficinas de la línea aérea donde, al principio, se negaron aunque, después que
Hernán mostrara sus dientes –y, de alguna forma, se vengara de todos aquellos
dientes que viera a lo largo de su historia como empleado de línea aérea–, una
supervisora aceptó ingresar su tarjeta de crédito y nuestro pago en efectivo.
Ay, qué alegría nos generó poseer nuestros
pasajes aéreos a Corea del Sur aunque, lamentablemente, qué poco nos duró, de
hecho, dos días después atravesamos un momento angustiante, sin lugar a dudas,
el más angustiante desde que iniciamos nuestro viaje; una equivocación difícil
de aceptar si consideramos nuestros curriculum vitae seguida por una serie de
inoportunas decisiones hicieron que, por más esfuerzo que realizara nuestro
taxista para arribar a tiempo al aeropuerto, perdiéramos nuestro vuelo a Corea
del Sur y, por ende, nos viéramos obligados a comprar dos nuevos pasajes adonde
sea; ya no nos importaba el destino sino, simplemente, un aéreo lo más económico
posible que nos permitiera salir de China antes que nuestras visas expiraran,
optando por uno a Shenzen, sí, volveríamos a Hong Kong al día siguiente, de
esta forma, pasamos aquella noche en el aeropuerto de Beijing y, al
despertarnos a la mañana siguiente, la mañana del vuelo a Shenzen, nos
aguardaba otra sorpresa: absolutamente todos los vuelos se hallaban demorados
debido a una niebla un tanto más espesa que aquélla que, habitualmente, tiñe
todas las fotos de Beijing, lo cual nos generó más angustias: “qué pasaría si,
aquel día, no llegábamos a Hong Kong?”. A la salida, suponemos, no nos
generaría mayores inconvenientes más que desembolsar algún que otro yuan a modo
de penalidad pero ignorábamos que podía sucedernos cuando intentásemos
reingresar al país para terminar nuestro itinerario.
Al final, nuestro vuelo partió, demorado,
sí, aunque a tiempo para permitirnos llegar al aeropuerto de Shenzen y,
posteriormente, a la frontera de Hong Kong adonde ingresamos, nos mentalizamos
que devolveríamos a Hong Kong aquella mala suerte que nos había acompañado
desde allí (la infección de Hernán, los obstáculos para comprar nuestros
pasajes, la pérdida del vuelo a Corea del Sur) y, después de tres días de
distracción y de haber visto a la Chungking Mansions inauguradas tras su
remodelación, nos retiramos de la ciudad para subirnos al tren que nos
devolvería a Beijing.
Atrapante Beijing… no quisimos perdernos
la oportunidad de volver a aquellos lugares visitados unos años antes, por
ende, nos perdimos por sus, ahora, restauradísimos hutongs, atravesamos a la
plaza Tian'anmen adonde desistimos de ingresar al mausoleo de Mao Tse Tung
debido a la cantidad de gente, visitamos a la Ciudad Prohibida, descubrimos al
parque Zhongshan, volvimos al Templo del Cielo, nos re-enamoramos del Palacio
de Verano y, una y otra vez, nos sorprendimos –y fastidiamos– debido a la
cantidad de grupos de turistas –chinos– que, inevitablemente, resultaron
protagonistas de muchas de nuestras fotografías.
Por consiguiente, quisimos volver a
Simatai, una sección alejada de la Gran Muralla, lo cual nos resultó imposible
debido a obras de restauración, por tanto, nos decidimos por Mutianyu y, por
suerte, no nos arrepentimos por más que nuestro arribo haya resultado una
odisea: nos dirigimos a la terminal de ómnibus y aguardamos al colectivo que
nos conduciría o, mejor dicho, supuestamente nos conduciría a Mutianyu, de
hecho, una unidad apareció aunque su conductor no nos permitió abordarla y
surgió otro persona, una señora de limpieza que sumó agresión a la situación
(tironeaba a Carla para que bajase del ómnibus) lo cual violentó a Carla, se
generó una situación de tensión (convengamos que nosotros ya veníamos
tensionados) que siguió por unos cuantos minutos, Hernán intentaba descifrar aquello
que le decían –en chino, obvio– mientras que Carla quedó atrás, llorando,
colapsada por la situación (o por la sumatoria de situaciones), lo cual debe
haber sensibilizado a su ángel guardián que, al parecer, le envió un
representante, un chino que hablaba inglés y que nos sirvió de traductor y que
supo explicarnos cómo arribar a Mutianyu: un colectivo nos acercaría a una
ciudad y, desde allí, un taxi debería trasladarnos al ingreso de la Gran
Muralla; al parecer resultaba simple aunque, se ve que nuestro ángel guardián
supuso que no soportaríamos más desilusiones por lo que hizo que pidiéramos a
otro pasajero del colectivo que nos avisase adonde debíamos descender quien, no
sólo nos indicó a través de sutiles señas y, de esta forma, nos “salvó” del “club
de taxistas” que obligaban a descender del colectivo a turistas sino que,
además, se trató de un agradable remisero que nos ofreció sus servicios y
acercó a nuestro destino después de acordar un importe más que óptimo.
Mutianyu nos alucinó: una sección
restaurada de la Gran Muralla que decidimos visitar sin ayuda de sus
teleféricos, donde hallamos muy pocos turistas y colores, muchos colores del
otoño que nos resultaron conmovedores.
Así nos despedimos de la mágica Beijing,
donde pasamos –aunque inadvertidamente– nuestro cumples mes #9 de viaje y donde
resolvimos nuestra partida rumbo a Datong, destino que antecederá una muy pero
muy esperada y última etapa a lo largo de nuestra vuelta por China.
Carla & Hernán