19 de julio de 2012

... Egipto! (sexta parte)


Ni al Ramses Station ni al Turgoman Garage, esta vez, quedamos a metros de Midan Tahrir por lo que, aprovechando a la ubicación, quisimos resolver otro dilema: “¿son 30 o 45 días?”; así que nos dirigimos a Mogamma y, sin trastornos, supimos que atrasaríamos a la despedida de Egipto.
Otra vez, entonces, nos subimos al subte en Sadat y, desde Orabi, pateamos al Turgoman Garage adonde adquirimos nuestros pasajes de, lógicamente, East Delta Bus Co. rumbo a la península Sinaí; nos deparaba otro largo trayecto que, sin suponerlo, nos adentraría al paisaje de la península: más árido, menos aplanado y, sí, atestado de militares, de hecho, a lo largo del viaje, quisieron ver nuestros pasaportes… una y otra vez aunque, a la segunda, solicitamos al agente –que no usaba uniforme– nos mostrara una identificación… y bueh… nos mostró al arma a modo de la misma por lo que, a regañadientes, servímoslos a sus manos.
Arribando al primero de los propósitos que seguíamos en Sinaí, tratamos a la mujer del asiento siguiente al nuestro, una egipcia de aires “agringados” y hippies, que amaba al ritmo de St. Catherine y que, agradablemente, quiso que la siguiéramos a su alojamiento aunque no llegáramos al mismo ya que, al final, nos derivaron a Desert Fox adonde, sintiendo al agotamiento y al anochecer que se aproximaba, nos quedamos, no obstante, no ignoramos lo abusivo del importe… ya sea de la habitación –que, ni siquiera, poseía ventilador–, asimismo, del menú del restaurante por lo que nos acotamos a la dieta del pan árabe y agregados que –siempre, siempre– desplegábamos en el jardín.
Incluimos a St. Catherine al itinerario, pues, seguíamos un gran objetivo aunque, antes del mismo, visitamos a los rincones de la atractiva y pequeña urbe, al igual que otras, sometida a la presencia de la mezquita –aunque su minarete se asemejara más a la torre de una iglesia– y al paisaje a sus alrededores.
Ahora bien, a lo largo del viaje, nos vimos atraídos a sitios sagrados a montones de religiones: budismo, caodaismo, hinduismo, sikhismo y otras; igualmente, ascender al Mt. Sinaí, ahora, nos acercaría al judaísmo y al cristianismo; así que, aunque anulamos, imprevistamente, a la subida nocturna, a la mañana, nos acercamos al pie e ingresamos al monasterio de St. Catherine, agradable a la vista gracias a sí mismo (sus antigüedades, sus áreas abiertas al público –aunque más no sean pocas sin admisión– y sus –ocultos– monjes de la Iglesia Ortodoxa Griega) como, obviamente, al medio donde se ubica mientras que, a la tarde, sí, volvimos al mismo punto adonde, al retenernos, sobrevino una de las más inolvidables peleas… los personajes: por un lado, un agente de policía más otro que, otra vez, sin atuendo que lo identificara, usó al arma –otra vez, otra vez… y valgan las redundancias!– para acreditar su jerarquía, al lado del de la pistola, surgía otro personaje que nos mostraba su tarjeta que lo presentaba como guía de turismo y, a los ya nombrados, sumamos a cinco –sino diez– que actuaban de “extras”; por otro lado, simplemente, Carla y Hernán que sabían que no aplicaba ni admisión al monte ni guía que los acompañara al ascenso; y siguieron los actos: sonidos que serían, a los minutos, gritos; amenazas que iban (“queremos sus nombres porque vamos a denunciarlos”) y que volvían (“no nos llamen si se accidentan, se extravían o son robados”); argumentos más sentidos (“no nos nieguen el ingreso a uno de los sitios sagrados a nuestra religión”) que alcanzaban al “llanto” –o algo así de Carla– e, intempestivamente, a la ira, aún más, si oíamos al nombre de “Fox” porque, sí, “Fox” sería parte del tongo…
Igualmente, no nos vencimos y, al cabo de treinta minutos, nos vimos airosos –y sumamente alterados– andando a lo largo del camino que, primero, se apartó del “fake” y, a las horas, alcanzamos al final del mismo, ni más ni menos, a la cima del Mt. Sinaí adonde vivimos a la más perfecta de las combinaciones: nos vimos solos; al frente, a la capilla que sirve como hito de Moisés y los Diez Mandamientos que, allí mismo, Dios le diera; a lo alto, al más fluorescente de los cielos; y, alrededor, a las montañas; y a la energía que nos inundaba, siguió otro momento mágico: un único grupo de turistas, italianos que integraban un grupo religioso, precisamente, al grupo de Don Michele, uno de los dos sacerdotes que ofició a la misa sirviéndose del más hermoso de los altares.
Y al brillo del cielo del día, siguió el de las estrellas de la noche que nos acompañaron al descenso, igualmente, los italianos que nos adoptaron (digamos que, más o menos, serían de las edad de nuestros padres) y nos obligaron a que no nos separáramos (lo cual justifica por qué arribamos a la base sin pilas en la linterna); una vez alcanzada la base, Michele nos invitaría a sumarnos a la visita al monasterio, al –ya nombrado– St. Catherine, que vimos a la mañana y al cual hubiésemos regresado al día siguiente junto a los italianos aunque, debido al ya programado traslado, agradecimos, igualmente, que nos acercaran a contra-voluntad del guía que se negaba a lo largo de los dos kilómetros que unen al monasterio y la única vía de la ciudad, adonde se ubicaba nuestro alojamiento, despidiéndonos arriba del ómnibus y, otra vez, al girarnos mientras nos alejábamos por la ruta y ver a los italianos pegados a las ventanillas del ómnibus, respondiendo a nuestras manos de la manera más adorablemente italiana que imaginamos y que, imposiblemente, olvidaremos…
Somos de los que afirman que, lo que deba suceder, sucederá y, esta vez, no deja de servirnos de ejemplo: que canceláramos al ascenso nocturno y eligiéramos al vespertino; que negáramos del modo que lo hicimos al guía y siguiéramos, así, independientemente a la cima; que nos viéramos allí mismo, ni antes ni después, sino al mismo momento que los italianos; que los italianos no sean, simplemente, un grupo de turistas… al igual que otras, la vivencia del Mt. Sinaí imprimirá nuestros recuerdos y, también, nuestras almas que, al parecer, siguen alborotándose igual –o más– que al principio, nunca mejor dicho, gracias a Dios…

Carla & Hernán          

15 de julio de 2012

... Egipto! (quinta parte)


Qué ridículos que nos sentíamos extendiendo al brazo en “L” y moviéndolo arriba y abajo y, otra vez, arriba y abajo… aunque, no podemos negarlo, sirvió: un minibus que se dirigía a la estación de ómnibus nos vio y, antes –mucho antes– de la partida, nos vimos apostados a la misma, sin lugar a dudas, una de las más desagradables del viaje: ni asientos ni iluminación ni pisos aunque, sí, montones de mosquitos que avivaron a la paranoia de Carla, quien sin vergüenza –de la propia porque Hernán sintió a la ajena– usó a los –aún disponibles– espirales mata-mosquitos de Sri Lanka, incluso, mientras dialogábamos junto al joven matrimonio oriundo de Alexandria, que nos ayudaría a sobrepasar a la antesala a la siguiente de las torturas para Carla, principalmente, que se vio aún más incomodada a partir de la ubicación de los asientos del ómnibus (una última línea, justamente, la de los asientos que no se reclinan) y de la temperatura (gracias al motor que recalentaba nuestros traseros y, desde allí, al resto del cuerpo y, por supuesto, a los egipcios que soportan más al ahogo que al aire del aire acondicionado); a la madrugada, al menos, usurpamos unos asientos al momento que se vaciaban y, sí, más acomodados llegamos a Siwa.
Acababa de amanecer; el “ladrón de vírgenes” (porque la imagen del marido sería inversamente agradable a la de la mujer) nos invitó al “taxi” que lo aguardaba, abandonándonos al ingreso del hotel que nos recomendaba; agotados, no negociamos sino que, simplemente, aceptamos a la más económica de las habitaciones, sin aire acondicionado aunque, sí, poseía ventilador… un inútil ventilador por lo que, seguidamente a la adelantada siesta y, desde ya, sin ánimos de aguantar –sin ayudas– al calor del desierto en verano, negociamos una mudanza a la más “aire-acondicionada” de las habitaciones y, a partir de la misma, gozamos al hotel, juntamente, al jardín y, por supuesto, a la amarronada Siwa.
Más conservadores que otros, la gente de Siwa sería igualmente simpática, de hecho, nos invitarían –aunque no aceptáramos– a sus hogares al vernos deambular por las calles de la ciudad, desde lo más céntrico (como su mezquita y su rotonda alrededor de la cual se ubican sus negocios, más aún, que venden aceitunas) al atípico punto panorámico desde donde nos vimos in situ del oasis; alejándonos del núcleo, nos acercamos al Cleopatra Spring (agua de vertiente que da a lugar a una piscina), a las ruinas que, sinceramente, poco nos atrajeron y, a partir de la sugerencia de la Oficina de Turismo, nos dirigimos, primeramente, a pie aunque, al final, nos subimos –en movimiento, lo cual significó un “tropezón” para Carla– a la carretilla que acotó a los últimos kilómetros a Fatnas Island, adonde nos acomodamos y saboreamos al paisaje, igualmente, al jugo que nos sirviera la familia que, al igual que nosotros, aguardaba al atardecer; volviendo a Siwa, impulsados, otra vez…
Además, quisimos ver al desierto desde adentro, por ello, nos subimos junto al coreano y al par de taiwanesas con cámaras de fotos –o, mejor dicho, a las cámaras de fotos con par de taiwanesas– a la camioneta que, al desinflar sus gomas, se adentró a las arenas, jugó a la “montaña rusa” y, sobre una de las altas dunas, nos dio tiempo para que nosotros, ahora, jugáramos a deslizarnos, siendo un primer voluntario, obviamente, Hernán, seguidamente, los orientales y, gracias a Carla que le regalara su vez, nuevamente, Hernán aunque, antes que pidiera “una más”, nos subimos a la camioneta que, seguido, nos acercó al oasis adonde nos atemperamos, gustamos té y sheesha; más tarde, al malogrado pozo de petróleo de los rusos, un spring de agua a altísima temperatura; a la necrópolis de fósiles que datan del tiempo del mar; y, al final del día, al sitio desde donde vimos al atardecer sobre el Desierto de Libia; después del mismo, regresaríamos a Siwa aunque retrasadamente debido a las taiwanesas que anularon su noche en el desierto mas no, su cena por lo que, mientras aguardábamos su bon appetit, al menos, seguimos dándole al té y a la sheesha…
Así nos aproximamos al final de Siwa: un reencuentro –junto a los ingleses Alex y David– más aceitunas, pan y queso más paseo más siesta –gracias al check-out que negociamos– y, como resultado, regresamos –más que relajadamente– a la mínima estación de ómnibus, pues, nos dirigiremos –por última vez, supuestamente– a Cairo y, desde allí, al otro lado del canal de Suez, adonde se ubica la península Sinaí e, inminente a la misma, nuestros –lamentablemente– últimos días por Egipto…

Carla & Hernán          

12 de julio de 2012

... Egipto! (cuarta parte)


Otra vez nos quedamos con ganas de subirnos al tren; aparte, sin servicio de ómnibus al destino, primero, nos dirigimos a Cairo y, desde allí al menos, uno y otro paso serían más sincronizados: desde Ramses Station (porque el ómnibus se dirigió a la estación de trenes), nos trasladamos a pie a Turgoman Garage desde donde, a los diez minutos, nos subimos al segundo de los ómnibus que, puntualmente, salió rumbo a Alexandria; a la estación de ómnibus de Alexandria arribamos aunque, inversamente, quisimos ir a la –más céntrica– estación de trenes por lo que acertamos al minibus y, antes de lo previsto, nos vimos asentados a la misma, desayunando y, unos minutos más tarde, yéndose –Hernán– a la ciudad, adonde ubicó al que sería nuestro alojamiento, un antiguo e impecable semi-piso adaptado, por supuesto, como pensión, al momento, uno de los más agradables de Egipto.
Quizás suene incongruente aunque, sí, así vimos a Alexandria: una gran urbe, no obstante, su gente sería relajada, más aún, si se la compara a la de sus pares al sur; moderna, por ejemplo, si miramos a la simbólica biblioteca aunque, no tanto, si nos remitimos a sus mercados, sus ruinas y sus transportes; idílicamente mediterránea, siempre y cuando, no seamos muy detallistas…
Y, al igual que siempre, caminamos: desde “lo de Clemente” a la costanera, atravesando montones de negocios –aunque, un poco más, de zapatos–; a lo largo de la misma, a las playas del este, aprovechadas por los egipcios que siguen, por supuesto, a los códigos del Islam, y al oeste, adonde se ven más pescadores y, más allá, al fuerte Qaitbay; y, desde las aguas nos dirigimos adentro y nos acercamos a las ruinas que datan de las ocupaciones griegas y romanas, así, visitamos –o, mejor dicho, Carla– al anfiteatro, seguidamente, ambos visualizamos al Pilar de Pompey y, gracias a la ayuda del sordomudo que nos guió a partir que Hernán le pidiera indicaciones (si si… al sordomudo!), ingresamos a las asombrosas –y gigantescas– catacumbas que datan del siglo II d.C, reveladas unos dieciocho siglos más tarde gracias al burro que, siguiendo una zanahoria, cayó a las mismas… una muestra impresionante, además, a partir del arte egipcio, griego y romano –o un mix de los tres– aplicado a la muerte.
Aparte de los negocios que significaron una superación a la abstinencia, no hay más por lo que Alexandria nos siga reteniendo, no obstante, sí queremos seguir viendo más de Egipto por lo que, nuevamente, nos trasladaremos, nos acercamos a otro border, al de Libia pues, a pocos kilómetros de allí, se ubica –ni más ni menos– uno de los más grandes de los oasis de Egipto: Siwa.

Carla & Hernán          

8 de julio de 2012

... Egipto! (tercera parte)


De regreso a la tierra, nos aguardaba un minibus que, primero, nos acercó a Kom Ombo y, más tarde, a Edfu, ambos, gigantescos templos impecablemente conservados y dedicados a animales sagrados (al cocodrilo, de hecho, se exhiben momias de cocodrilos, y al halcón que representa a Horus, respectivamente); mientras que, al mediodía, nos vimos arribados a Luxor, adonde negociamos un importe más que óptimo por una de las habitaciones –aunque sin aire acondicionado– del Bob Marley House Hostel, otro de los hoteles de Aco (ya dijimos que sería un ejemplo de negociante, no?).
A lo largo de los días dedicados a Luxor, vimos atractivos y de los más variados, primeramente, los quesos del supermercado: los egipcios consumen montones de quesos que son, para nosotros, más que accesibles por lo que, aprovechándolos, nos preparamos una comilona que, además, incluyó aceitunas, fiambres y hummus y que, a su vez, sumando a las berenjenas del puesto de pollos al spiedo y los kosheri (una mezcla de arroz, lentejas, macarrones y salsa de tomate), siguieron aumentando al amor por la gastronomía de Egipto.
Aparte de los ya mencionados placeres de los dioses que nos regalamos, obviamente, visitamos a los atractivos de la costa este del río Nilo, de los cuales destacamos a la –aún azulada– costanera, al céntrico Templo de Luxor que se ilumina por las noches, al zoco y, un poco más alejado, al Templo de Karnak, más grande que ningún otro, asimismo, sus columnas y sus obeliscos, adonde nos vimos, otra vez, agasajados gracias a la ausencia de turistas.
Igualmente, accedimos al otro lado del río: nos dirigimos al muelle adonde se nos abrojó un “cazaclientes” quien, incluso, se subió al ferry junto a nosotros y, al final, aceptó al número que nosotros aspirábamos; así, apareció Muhammed quien, abordo del Peugeot 504, nos trasladaría a través de las polvorientas avenidas del “west bank” sin imaginar que aquella simple travesía avivaría –a ambos– sensaciones de la infancia, desde ya, arriba del auto de papá.
Después del “stop” que nos acercó a los reensamblados Colosos de Memnon, seguimos andando y arribamos al primero de los grandes propósitos del día, el Valle de las Reinas: ingresos más que sutiles a las salas subterráneas que guardan pasillos, pinturas y, por supuesto, sarcófagos más un adorable paisaje, sin turistas, que rodea a la más grata de las necrópolis serían una introducción al siguiente, el Valle de los Reyes, similar al anterior aunque más turístico (lo cual justifica a la presencia del tren que transporta a los turistas –que pagan ya que no se incluye al importe de admisión– a lo largo de unos… trescientos metros) y más grandioso ya sea por su número de tumbas abiertas al público –aunque, al igual que en el de las Reinas, sólo ingresamos a tres– como a las dimensiones de las mismas. Al final del día, nos vimos sumamente conmovidos, no sólo por lo visto sino por Muhammed, pobre viejo, que alguien le dijo que nos vio irnos a pie –por ende, sin pagarle– por lo que salió a la búsqueda de nosotros y, ya resignado, volvió al ingreso del Valle de los Reyes adonde nosotros, mientras asimilábamos a las imágenes del día, aguardábamos.
Ahora… aún no superados aunque, sí, extasiados a partir de la antigua civilización, nos dirigiremos al norte de Egipto, a la ciudad del Gran Alejandro y, no menos importante para nosotros, de Margarita Felice… que, sin más, nos verá a orillas del mar Mediterráneo, por primera vez…

Carla & Hernán          

4 de julio de 2012

... Egipto! (segunda parte)


Sin más opciones, elegimos al ómnibus que saldría desde Turgoman Garage y andaría a lo largo de toda la noche –o, un poco más también, ya que llegamos a las dieciséis horas de la partida– a Aswan adonde nos organizamos al estilo de siempre: mientras que Hernán quedó a la guarda de las mochilas, analizaba –Carla– alternativas de alojamiento, optando por uno que, al final, sería relegado mientras íbamos rumbo al mismo, al conocer a Aco, un simpático egipcio que nos otorgó un insuperable importe por una habitación que, aunque estéticamente desagradable, poseía aire acondicionado y baño privado e, igualmente importante, una ubicación inmejorable: sobre la adorable peatonal del mercado que caminamos e, incluso, nos asentamos junto a la primera sheesha del viaje mientras mirábamos a los personajes de Aswan; diagonal al –más que visitado– puesto de falafel o hígado en pan árabe; a pocos metros de la azulada costanera del río Nilo –sorprendentemente, si se la compara a la grisácea de Cairo–, ocupada por cruceros y feluccas (bote de madera a vela) de lo más atractivas.
Al lado del río desayunamos alguna que otra mañana, paseamos uno y otro día y lo cruzamos junto a Hiro, un japonés que conocimos en lo de Aco, abordo del ferry –que nos negamos a abonar más que los locales por lo que vimos irse al primero y retrasarse al segundo por nosotros– y nos dio acceso a la isla Elefantina que alberga al gran número de nubios (antigua población que resulta de la mezcla de egipcios y sudaneses), además, un par de nilómetros –que nunca reconocimos– y unas ruinas a las que ingresamos sin querer –queriendo– a través de la “puerta” de atrás.
Aco, un ejemplo de negociante de Egipto, nos asesoró y, al final, nos vendió a las siguientes actividades. Así, madrugamos y, a las cuatro de la mañana, nos sumamos al que vimos más como vestigio, un convoy turístico que andaría unos 280 kilómetros a lo largo de la ruta rodeada del desierto, rumbo a Abu Simbel. Al ingreso, lógicamente, abonamos nuestras admisiones que, inesperadamente, serían más que la supuesta ya que, a la principal, se sumaba una –aceptable– del gobierno y otra –inexplicable– del sindicato de guías de turismo, por lo que nos preguntamos… “y los guías?”; infelizmente nos quejamos y nos mandaron uno que poco se veía como guía –ni siquiera hablaba inglés– que simulaba darnos explicaciones aunque sus aportes se limitaran a “beautiful, beautiful”; por suerte, nos “perdimos” y seguimos andando solos…
Ahora bien, dejando de lado a la ausencia de turistas, nos sentimos atraídos, primeramente, a partir del artificial lago Nasser, azulado y gigantesco, culpable de una de las mayores obras de ingeniería de los años 60’s, al tener que ser trasladados los templos debido a la subida del nivel de las aguas del Nilo; seguimos avanzando y vimos al protagonista del complejo, al Gran Templo de Abu Simbel, cuyos colosos protegen un interior igualmente majestuoso –altísimas columnas, paredes talladas e, incluso, pintadas–; y, un poco más allá, al dedicado a la amada de Abu Simbel, Nefertari, sin lugar a dudas, otro gran ejemplo de mantenimiento y presentación gracias a la agradable iluminación y pasarelas que, verdaderamente, justifican al valor del ingreso (un poco más alto que otros) aunque… seguimos pensando acerca del sindicato, tanto, que Hernán se hizo de dos grandes amigos por si volvía a seguirnos aquel pseudo guía de turismo…
Aswan nos agradó aunque, asimismo, gozamos de la partida que sería sin igual: junto a Hiro, otra japonesa llamada Maki más Alex y David, hijo y padre ingleses, nos subimos a una de las seis feluccas de Aco y, gracias a la presencia de –ambos nubios– capitán y ayudante –también cocinero– vivimos una amena experiencia, navegando a lo largo del Nilo que nos regalaba más “imágenes nubias” a sus orillas; una pequeña playa nos dio la posibilidad –que rechazamos– de zambullirnos a las heladas aguas del río; un atardecer no más inolvidable que la luna… una gigantesca luna que nos iluminó a lo largo de gran parte de la noche… una noche inigualable sobre las aguas del Nilo… una última noche en Aswan –o, mejor dicho, los alrededores de Aswan– pues, a la mañana siguiente, seguiremos viaje más conservadoramente, rumbo al siguiente de los destinos de Egipto, un paso obligado: Luxor.

Carla & Hernán          

29 de junio de 2012

... Egipto! (primera parte)


Y hubo un día en el que pisamos tres continentes: utilizando a las inesperadas millas de la cuenta de Star Alliance de Carla, salimos de Asia a través del aeropuerto de Omán, aterrizamos en Istanbul (Turquía) aunque, al rato, le dijimos “nos vemos” a Europa pues nos subimos al vuelo de Egypt Air rumbo al norte de África y de Egipto, vimos desde arriba al desierto, a la silueta del Nilo y, por último, a la a la capital del país, Cairo.
Allí descendimos, pagamos nuestras visas y, mientras aguardábamos a los equipajes, advertimos que nuestro arribo sería de los más inoportunos (o, quizás, oportunos?) ya que, al mismo tiempo, se anunciaban los resultados de la últimas elecciones presidenciales: la victoria del candidato por los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, supuso la conclusión de la era “Mubarak”; un eje en la historia del país que avivó amargura a unos y optimismo a otros que, poco a poco, se movilizaban a Midan Tahrir, ni más ni menos, nuestro propósito ya que, a pocos metros de allí, se ubican montones de alojamientos; así que quisimos ser más rápidos que los egipcios y, gracias a la ayuda de uno que volvía de Estados Unidos –y que, a propósito, no se veía muy alegre–, nos subimos al ómnibus que, impecablemente, nos situó en el corazón de la plaza, atrayendo a la atención del insistente “cazacomisiones” que nos siguió y, al final, nos ayudó a resolver adonde íbamos a quedarnos, un alojamiento a cargo de atentos jóvenes que, sí o sí, querían agradarnos: aceptaron uno y otro cambio de habitación solicitado por nosotros (debido a la ducha, primero, y al aire acondicionado, después); nos prepararon unos desayunos que, aunque más que simples, los enorgullecían; y nos preguntaron (o, mejor dicho, nos indagaron) adonde nos dirigíamos, día tras día.
Al igual que otras grandes capitales, nos serviría –Cairo– para organizarnos: así, nos subimos al subte que nos acercó a la última, teóricamente, de las embajadas adonde gestionaríamos una visa como turistas, asimismo, a la agencia de viajes adonde obtuvimos (no se pregunta cómo) unas nuevas ISIC (tarjetas de estudiantes); mientras, seguíamos absorbiendo al agradable quilombo de Cairo, una urbe sumamente ruidosa a partir de los altavoces de las mezquitas, el caos del tráfico –y no sólo de automóviles– y los gritos de los egipcios que, además, viven peleando.
Además de Midan Talaat Harb y su mayor atractivo, Kazaz y sus hawawshi (similar a las empanadas), shawarmas y sopas, atravesamos a la –atestada de gente– Midan Tahrir y visitamos al Museo de Egipto, sobrepasado de restos a veces ausentes de explicaciones aunque, indiscutiblemente, un “must see” en Cairo: imágenes, tumbas y, quizás, lo más atrapante, la sala que alberga a los tesoros de la tumba de Tutankhamun (incluyendo a la máscara, probablemente, más conocida del mundo); siguiendo nuestros quehaceres como viajeros, nos alejamos de la zonas más turísticas y nos acercamos a Ramses Station (estación de trenes) y Turgoman Garage (estación de ómnibus) a la vez que seguíamos impregnándonos de Cairo aunque, más aún, al momento de visitar al área islámica: su mercado afuera de las murallas y, al otro lado de las mismas, sus adoquinadas vías, sus atractivos negocios y, por supuesto, sus mezquitas (a una de las cuales accedimos y ascendimos a sus minaretes).
Otra vez nos servimos del subte y llegamos a Giza; siguiendo al egipcio que quiso guiarnos, nos subimos al ómnibus y al minibus, sorteamos a los camelleros y, al final, nos vimos a punto de ingresar al complejo que alberga a la única sobreviviente de las antiguas siete maravillas del mundo; a un lado, Giza, al otro lado, las arenas del desierto, y, ante nosotros, la Gran Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerino… una de las postales más vistas del mundo, apasionante e inigualable, innegablemente, inolvidable. A una de las pirámides situadas alrededor de la de Keops ingresamos –y aprendimos acerca del negocio de los vigilantes de las ruinas– aunque, más que ésta, nos sentimos agradados a partir de la experiencia de acercarnos a pie a uno y otro monumento, agasajados gracias a la aguantable temperatura y a la ausencia de turistas, nos retiramos al atardecer.
Ahora, acotándonos a nuestras visas, nos iremos –antes de lo querido– de Cairo, seguiremos al eje del Nilo y llegaremos a Aswan desde donde accederemos al punto más austral de Egipto, al más que recomendado, Abu Simbel.

Carla & Hernán          

24 de junio de 2012

... Omán! (última parte)


Sabíamos a qué nos atendríamos a lo largo de los siguientes días, por tanto, abonamos un check-out más tarde del hotel en Salalah y, al atardecer, nos subimos al ómnibus que nos volvería a Muscat, siendo las primeras cinco horas de viaje más que entretenidas gracias al soldado, un veinteañero al cual le gustaba hablar y de lo más variado: desde las costumbres del país, al fútbol –y del más argentino– y el paisaje del camino –ya que, incluso, nos señaló un pozo de petróleo situado a pleno desierto–.
Una vez en Ruwi y, probablemente, a causa de la ausencia de turistas por Omán, nos vimos reconocidos por los empleados de la estación de ómnibus, a quienes les solicitamos ayuda: quisimos dejarles nuestras mochilas (a lo cual accedieron, a propósito, indicándonos que las ubicáramos junto a la caja –abierta y abundante de riales– de la oficina de ventas –adonde no se veía ni una persona–) mientras, nosotros, andábamos a las oficinas de Europcar ubicadas en Radisson Blu Hotel porque, sí, resolvimos que alquilaríamos un automóvil.
Sin vergüenza, nos instalamos en la recepción del hotel (léase: un despliegue de cables a cargo de Carla y una siesta simulada –o supuestamente simulada– a partir de un libro a cargo de Hernán), aguardando al momento del pick-up del automóvil que nos tocó; así, abordo del Renault Logan volvimos a Ruwi, subimos a las mochilas al auto y arrancamos rumbo a Al-Dakhiliyah, supuestamente, una de las regiones más agradables de Omán, montañosa y repleta de wadi’s (oasis que no se asemejan a los del imaginario sino que vimos más como valles en el desierto).
Andados 175 kilómetros a través del impecable camino que se volvía, gradualmente, más atractivo y apaciguando a la temperatura a partir del uso –aunque no abuso– del aire acondicionado, arribamos a Nizwa y, casi casi, que nos enamora: una ruina viviente pues, aquí, su antigua arquitectura –mágicamente restaurada o no– se ubica junto a la moderna que, a su vez, inspira aires a antiguo; una urbe pequeña del color de la arena, sometida a la majestuosa presencia del fuerte y del zoco que visitamos a la tarde y, ante una lógica ausencia de actividad, nuevamente, al atardecer mientras que al anochecer, nos regalamos otro shawarma y nos aprestamos a la búsqueda del siguiente alojamiento, simplemente, un estacionamiento adonde no nos sintiéramos observados pues íbamos a dormir en el automóvil.
Así, incómodos a partir de la insoportable temperatura y algunos inoportunos mosquitos, amanecimos; nos servimos –por tercera vez– del baño de la misma estación de servicio; desayunamos; siendo jueves, regresamos al zoco de Nizwa para ver al vivo mercado de cabritos que nos acercó a los igualmente simpáticos animales y omaníes; y volvimos a la ruta ya que nuestro siguiente objetivo sería Bahla, una localidad similar a Nizwa aunque más conservadora aún y, posteriormente, Jabreen y su castillo que apreciamos desde afuera, soberbiamente desde abajo, armoniosamente desde adentro y “verdemente” desde arriba gracias a las plantaciones de palmeras de dátiles de los alrededores.
Y seguimos andando: quisimos acercarnos a la más alta de las montañas de Omán, Jebel Shams, aunque no nos sentimos soportados… ni por la ruta de ripio ni, consecuentemente, por el seguro del automóvil, ni por lo que nos restaba de combustible, ni siquiera, por los omaníes que nos sugerían que volviéramos a la ruta por lo que, siguiendo sus consejos, retomamos a la misma, atravesamos a las poblaciones de Ibri y Rustaq, nos perdimos y, gracias al omaní que nos guió desde su automóvil, arribamos antes del atardecer a Sawadi, supuestamente, una de las más atractivas playas de Omán… y no dudamos que lo sea para los omaníes porque, a nosotros, no nos atrajo por lo que, al final, sintiéndonos ya un poco ansiosos, nos acercamos más a Muscat y elegimos, esta vez, al estacionamiento del McDonalds como alojamiento aunque, a partir de la abominable temperatura, pasamos más tiempo adentro del local de hamburguesas, jugando a “hundir a los barcos del enemigo” entre cafés y, por ende, atrayendo a la atención de los jóvenes que veían a dos extranjeros diseñando cuadrículas, apaciblemente, a mitad de la madrugada en las afueras de Muscat.
E iniciamos a la recta final: ingresamos a la ciudad, nos dirigimos al mismo hotel, otra vez, reservado por Internet adonde situamos a nuestras mochilas que, por suerte, ni cargamos a lo largo de los últimos días, volvimos al Radisson Blu Hotel, nos despedimos de nuestra “casa rodante” y nos subimos al taxi compartido que nos volvió al hotel en Ruwi, adonde nos internamos para aspirar aire acondicionado y zambullirnos al más perfecto de los edredones… queríamos ganar más energías (y de las físicas porque nuestras mentes se veían relajadas después de la vuelta en auto) pues, al día siguiente, abandonaríamos a la península de Arabia y volaríamos a África para ver, seguramente, un único país… un país que remite a los más primarios deseos de viaje de Carla, que aviva su alegría… una alegría que, antes o después, propagará a Hernán… ya vamos en camino, Egipto!

Carla & Hernán          

19 de junio de 2012

... Omán! (segunda parte)


Sincerándonos: incluimos a Salalah al itinerario, primeramente, porque aquellos mil kilómetros que nos separaban serían sorteados abordo del accesible (gracias, probablemente, al precio del petróleo) servicio nocturno de ómnibus, por ende, aliviaríamos al ajustado presupuesto en Omán, por supuesto, al ahorrarnos una noche de alojamiento (o dos noches porque, incluso, supusimos a la del regreso). Así, nos subimos al servicio –sumamente masculino– de las siete de la tarde aunque, debido a la rotura del aire acondicionado y, lógicamente, a la presencia de Carla, ultimamos al trayecto abordo del siguiente servicio reservado para mujeres y sus posibles acompañantes… o sea, sus niños o sus maridos.
Atravesamos al desierto llamado “Empty Quarter”, una extensión de la región de Arabia Saudita y, al amanecer, nos adentramos a las tierras de Dhofar; arribados a Salalah, nos servimos de la –aún agradable– temperatura y nos dirigimos a pie al alojamiento, otra vez, reservado a través de Internet adonde, simplemente, no nos aguardaban: no poseían registro alguno de nuestra reserva y, sin disponibilidad, ni siquiera una alternativa a la misma aunque no nos quejamos porque, antes de lo pensado, nos acompañaron a otra versión del mismo alojamiento ubicado a metros del primero adonde nos otorgaron un tres ambientes al mismo precio del monoambiente reservado por Internet por lo que seguimos, ininterrumpidamente, aprovechando al ritmo de lo casero.
A ver… qué sabíamos de Salalah? Que se ubicaba a pocos kilómetros de la frontera del –abolido del itinerario– Yemen y, a su vez, a orillas del golfo de Arabia, que agrupaba a las implicancias de la región y, más aún, arribando junto al khareef (época de lluvias): más humedad, por ende, más vegetación y –apenas un poco– menos de temperatura. O sea que, supusimos, el paisaje de Salalah nos agradaría aunque, no, esta vez, no acertamos al pronóstico: insulsa Salalah de áreas de plantaciones no más que regulares; algunas ruinas o, más precisamente, las ruinas del puerto de Al Baleed, que aparentemente son agradables, al menos, a través de las rejas; zocos menos atractivos que los de Muscat (a excepción de los negocios de inciensos que siguen a la tradición, pues, sería Salalah una de las puntas de la antigua Ruta del Incienso); indeseables playas de agitadas aguas grises y una costanera acorde al resto del paisaje, no obstante, nos acercó a lo más lindo de la ciudad, su gente, porque, al atardecer, montones de varones (y de los más excéntricos ya que, a partir de la historia y de la ubicación en el globo, una importante presencia de inmigración de África “tiñe” a las calles de Salalah) se dirigen a la misma (a las mujeres no se las ve o se las ve adentro de los automóviles), acomodan sus ojotas al borde de la vereda y sitúan sus reposeras mirando al mar, beben té y fuman sheesha (pipa de agua) o juegan a las cartas o al fútbol.
Ahora… que Salalah no sea de las más agradables de las ciudades –para nosotros, por supuesto–, no implica que nos arrepintamos de visitarla: no vivimos al viaje como al racconto de “atractivos del mundo” sino como al generador de aprendizajes y sensaciones, sintéticamente, vivencias… y, al momento, no hay semejante a la “vivencia Salalah”.
Y, siguiendo a la “vivencia Al-Dakhiliyah”, volveremos a Muscat y, desde allí, afrontaremos a la última parte de Omán que, si Allah nos acompaña, animará a nuestros seres que quieren –y no pueden– reponerse de 510 días del más agotador y, a la vez, más hermoso de los trajines de nuestras vidas.

Carla & Hernán          

16 de junio de 2012

... Omán! (primera parte)


Sí, los tres –porque Pablo quiso acompañarnos del primer al último minuto en Dubai– amanecimos a la hora del anuncio del alba que, al igual que siempre, oíamos por parte de la mezquita ubicada a metros del departamento; un último desayuno compartido, esta vez, de pie en la cocina; montamos al auto nuestras alivianadas mochilas –gracias al peso que le dejamos a Pablo–y nos dirigimos al punto de partida del ómnibus a Muscat; allí, nos despedimos de Pablo y, puntualmente, arrancamos y arribamos, a la hora, al puesto migratorio de salida, seguidamente, al puesto de aduanas de Omán donde, anecdóticamente, ubicaron a los equipajes en el piso para que un perro realizara sus tareas… un perro que se vio atraído a nuestras mochilas… quizás, al vestigio del olor a las especias de India o a los espirales mata-mosquitos de Sri Lanka o, simplemente, a la mugre del mundo… sintéticamente, un perro que activó nuestra imaginación y, por ende, un poco nuestros nervios también; y, por último, al puesto migratorio de ingreso adonde, sin inconvenientes, gestionamos nuestras visas on-arrival… oficialmente, nos encontrábamos en Omán.
Alrededor del mediodía, arribamos a Muscat o, más precisamente, a la estación de ómnibus ubicada en Ruwi; negociamos un taxi, acertadamente, ya que Muscat no posee un sistema público de transportes muy óptimo (lo cual no significa que los omaníes viajen como animales de granja sino que, al contrario, no arrancan y, ni siquiera, aceptan a pasajeros de pie abordo del ómnibus) y conocimos al hotel reservado por Internet (ya que, sabíamos, Omán sería de los más costosos países del viaje, por ende, no aguardamos a la negociación cara-a-cara) que, suertudamente, ganó a nuestras exigencias y, más aún, a nuestras expectativas… dos ambientes súper equipados, incluyendo una cocina con electrodomésticos aunque sin utensilios por lo que nos vimos obligados a usar a la pava eléctrica como olla (porque, salvo por aquellos shawarma, optamos por lo “casero” para conservar a los riales), pantalla de LCD, servicio de Internet por cable –ingresado a través de la ventana de la habitación– y, lo más importante, aire acondicionado ilimitado… nuestro amigo más necesitado porque, de hecho, nunca sentimos un calor mayor al de Muscat… una sensación de opresión que, no obstante, no abatiría a las ganas de salir a pasear por lo que aprovechamos a los –más tolerables– primer y último momentos del día.
 No hay comparativo para Muscat: su arquitectura –incluso aquella más moderna– conserva sus aires originales; una ciudad que no se ubica sobre una planicie ni un valle, ni siquiera rodeada sino, literalmente, salpicada por montañas rocosas que, sumadas a otros artificiales separadores –como gigantescos portones– propician a la distinción de áreas: a la ya mencionada Ruwi, ausente de atractivos, que alberga a la numerosa inmigración de indios y, a su vez, sirve como nudo de transportes; a lo largo de Sultan Qaboos St. se ven más y mejores ejemplos de arquitectura siendo, sin lugar a dudas, su gigantesca Grand Mosque, uno de los mayores atractivos de Muscat, a la cual arribamos tras subirnos, primero, al camión del distribuidor de bidones de agua que nos acercó a la parada de minibuses y, segundo, al minibus adonde Muhammed, otro omaní amante del fútbol, nos sirvió como guía de viajes; por su parte, la corniche de Mutrah sería, para nosotros, uno de los lugares más agradables de la ciudad que, a su vez, nos dio acceso a la magnífica Old City, amurallada, adonde se ubica un atípico palacio, el del Sultán.
A ambos nos gustó Muscat –aunque, quizás, un poco más a Hernán–, igualmente, nos sentimos agradados a partir de sus personas que poco se asemejan a las del vecino Dubai porque aquí, Occidente, se siente lejos: mientras que la mayor parte de los hombres visten dishdasha (una especie de túnica, generalmente, de color blanco) y turbante o, más comúnmente, kumar (un gorrito muy particular), no se ven mujeres sin hiyab (pañuelo a la cabeza) o burka (velo que les cubre su rostro también), en síntesis, se trata de una sociedad más conservadora aunque no menos abierta al turismo, de hecho, si bien los hombres ignoraron a Carla al evitar su contacto (no le hablaban, no la miraban e, incluso, no se subían “a solas” al ascensor), no serían menos atentos, respetuosos, simpáticos y serviciales… aunque no aceptáramos todos los servicios que nos ofrecieron en Muscat (si no, pregúntenle a Hernán por la propuesta del indio).
Al final, quisimos regalarnos un día de playa –apta para turistas– a orillas del golfo de Omán; así, un taxi nos acercó al adorable Omán Dive Center desde donde accedimos al mar, sus piscinas y sus reposeras a la sombra y desde donde retornamos abordo del automóvil del omaní y su hijo, quienes aceptaron acercarnos al área de Ruwi aunque, al final, nos dejaran –ni más ni menos– en la puerta del apart-hotel.
Son muchas las opciones de turismo por Omán, no obstante, nuestro acotado presupuesto nos vuelve a limitar, por ello, optamos por dirigirnos abordo de otro ómnibus nocturno a la lejana, a la segunda de las más importantes ciudades del país, Salalah.

Carla & Hernán             

12 de junio de 2012

... Emiratos Árabes Unidos!


Si aguardábamos al momento de irnos de Sri Lanka? No. No obstante, llegamos al aeropuerto de Colombo un tanto adelantados, a las cuatro de la tarde o, más precisamente, doce horas antes del vuelo… antelación que al día de hoy, suponemos, sigue siendo un agujero negro a la mente del señor de seguridad del aeropuerto… y, sinceramente, no hay mucho más que explicar: ya vimos mucho –y más de lo querido– de Colombo por lo que, ya que aceptamos a la invitación del señor del hotel de Mt. Lavinia, aprovechamos del desayuno por la reinauguración del restaurante y, acto seguido, iniciamos a la “carrera de postas” que nos devolvió al aeropuerto adonde quisimos aguardar serena aunque, a la vez, incómodamente (porque, a lo largo de diez horas, nuestro ambiente se limitaría a la sala de entrada del aeropuerto) al momento del check-in que sería, sabíamos, más inquietante aunque, al fin y al cabo, igual a otros.
Así, al tiempo programado en el aeropuerto se sumó más a partir del despegue retrasado del Boeing 737-800 de FlyDubai y, por ende, más sueño por lo que, una vez que apoyamos nuestras asentaderas, nos dormimos y, por suerte, nos despertamos justo a tiempo para ver a la península de Arabia desde arriba del avión: a las arenas del Sultanato de Omán que, a los pocos minutos, serían las arenas del objetivo primero de Medio Oriente, Emiratos Árabes Unidos, un destino que, supusimos, sería incomparable… y lo fue a partir del cambio de cultura, de paisaje y, mayormente para nosotros, de compañía porque ya no seríamos sólo Carla y Hernán: allí, a la salida del aeropuerto de Dubai, nos aguardaba Pablo… y que lindo que se siente volver a ver un ser querido!
Nos sentíamos revolucionados y, sí, nos sobraban motivos porque, a la alegría del reencuentro siguieron anormalidades del viaje: no negociamos un tuk-tuk sino que nos subimos al auto de Pablo; no miramos al mapa de la ciudad sino que, simplemente, oímos a Pablo; no analizamos opciones de alojamiento aunque, sí, a la distribución del departamento de Pablo que sería nuestro “hotel” (porque no queremos invadirlo tanto y llamarlo “casa”) y su habitación que sería, ni más ni menos, “nuestra” habitación.
Así que, al título de “amigo” sumamos al de “sponsor” a Pablo, al de “anfitrión” y, un poco más tarde, al de “guía” ya que, asimismo, nos acompañaría a montones de paseos por Dubai: nos acercamos al hotel de lujo Burj Al Arab y al vecino Souk Madinat Jumeirah, un shopping ambientado como zoco; anduvimos a lo largo de Palm Island y, literalmente, ya que ingresamos a través del “tronco” y nos dirigimos a la medialuna que rodea a las “hojas”, desde donde vimos al este, al soberbio Atlantis Hotel y, al oeste, al golfo Pérsico; paseamos por Dubai Marina, un complejo de rascacielos que incluye, además, un área gastronómica y una playa adonde arribamos al atardecer; aprendimos sobre la historia de Dubai a partir del prolijo Dubai Museum; nos subimos a la pequeña barca que atravesó al creek, depositándonos en Deira, donde visitamos sus sofisticados zocos (como el de oro o el de especias); ingresamos, a pedido de Hernán, al estadio de Al Wasl; visitamos al Dubai Mall, el shopping más grande del mundo que, a propósito, alberga un acuario y una gigantesca pista de patinaje sobre hielo, y se ubica alrededor de la torre más alta del mundo, Burj Khalifa de 828 metros, la cual se alza a partir de la majestuosas aguas danzantes que, obviamente, vimos en acción; aprovechamos a las panorámicas desde arriba del teleférico del Creekside Park (que, anecdóticamente, abordamos gracias al llamado telefónico que Pablo realizara al empleado que, debido al viento –que no había–, probablemente, andada gozando del no-programado día libre).
Así, Dubai seguía generando imágenes que poco vimos a lo largo de los países visitados anteriormente y que, sintéticamente, se nominarían “lujo”… porque, sí, sobra dinero en Dubai: un sinfín de shoppings que albergan a negocios más que exclusivos de accesorios, joyas y vestimenta; Aston Martin’s, Ferrari’s y Rolls-Royce’s que vagan al mismo tiempo que muestran sus patentes que suman más prestigio al dueño del automóvil; ni la zona más simple de viviendas sería, para nosotros, ingrata a la vista, de hecho, nosotros nos sentíamos ingratos a la vista del resto debido a las gastadas ropas.
Ahora bien, si Pablo volaba, quien nos mimaba sería Agnes, su prometida, ya sea, mostrándonos más de Dubai (como al museo Sheik Saeed Al Maktoum House) u organizando de las más agradables comidas: sopa de lentejas o pasta preparados por Pablo y, a modo de postre, una de las muchas tortas de Agnes o, incluso, invitándonos a algunos de los más atractivos restaurantes, como Warehouse, adonde vivimos un momento muy argentino o, al más exclusivo aún, Icho, un restaurante japonés adonde nos sentimos agasajados gracias al show del chef y a las vistas panorámicas desde el piso #49.
O sea que, una vez más, la gastronomía sería protagonista del viaje ya que, a lo dicho, agregamos montones de comidas preparadas “en casa”, otros tantos “pollos veloces” junto a los primeros hummus de Medio Oriente y un poco de “chatarra” también porque, sí, Carla y Pablo, obviamente, repitieron “su clásico”. Y hubo más y más argentino: alfajores Terrabusi, La Yapa y Vauquita que avivaron nuestros corazones al igual que montones de mates a lo largo de tardes o, incluso, madrugadas junto a Alberto, roommate de Pablo, un chaqueño que aportó lo suyo para que nos sintamos así de cómodos.
Igualmente nos quedamos solos y, entonces, abusamos del “laundry” del departamento o miramos TV o visitamos a la piscina o seguimos a las recomendaciones de Agnes y Pablo y paseamos un poco más: nos subimos al ultra-moderno metro de Dubai, visitamos al Mall of the Emirates, un shopping que alberga una pista de esquí, y volvimos a la playa de Dubai Marina para refrescarnos (refrescarnos?) en las aguas del golfo Pérsico; asimismo regresamos al estadio de Al Wasl para ver a la final de la Copa del Golfo entre Al Wasl de Dubai, dirigido por Diego Maradona, y Al Muharraq de Bahrein que, aparte de regalarnos al “show del Diego”, nos juntó con Muhammed, un emiratí a cuyo auto nos subimos para acercarnos a la puerta del estadio, nos invitó unas aguas y nos sirvió como intérprete a lo largo del partido, siendo la actuación del Sheik que pagó a las entradas de todos los hinchas –y, bueh, las de nosotros también– y vistió a la tribuna de los colores del Al Wasl, sumamente más notable que la del equipo que, al final, cayó ante su vecino.
Digamos que vimos todo lo que queríamos ver de Dubai, por ende, otra vez Pablo sería quien nos acompañaría a otros dos de los siete emiratos que componen al país: al menos rico y más conservador Sharjah y al adorable Abu Dhabi de tres grandes protagonistas: su corniche tan azulada, su más que dorado Emirates Palace (y cómo no serlo si exhibe antigüedades del mundo –a la venta– y posee, incluso, ATM’s que expenden oro) y su inmaculada mezquita Sheik Zayed, ni más ni menos, la tercera más grande del mundo (adonde Hernán no quiso ser menos e hizo lo imposible por “disfrazarse”).
Once días que iniciaron al mediodía y se volvieron sumamente intensos gracias a la actividad como a la –más que alta– temperatura aunque soportable a partir de los equipos de aire acondicionado del auto, del departamento, del metro, del museo, de la parada de ómnibus –a los cuales no nos subimos–, del shopping, del supermercado o, resumidamente, de todos lados! Once días por los que queremos volver a decir “gracias”: a Alberto por soportarnos, a Agnes por mimarnos –y, bueh, también por soportarnos– y, principalmente, a Pablo por ayudarnos y presentarnos a su mundo: sus amigos, su casa e, incluso, su trabajo porque, sí, visitamos a las oficinas de Emirates también. Así que, una vez más: gracias, Pablo, por ser parte de nuestro sueño!
Ahora, por más que ambas –almas y mochilas– nos pesen, le diremos adiós a Pablo y, junto al mismo, adiós al placer de lo casero porque seguiremos “beduinando”: nos vamos a Muscat, la capital del –ya sobrevolado– Sultanato de Omán.

Carla & Hernán         

1 de junio de 2012

... Sri Lanka! (última parte)


Un ómnibus sería, esta vez, nuestro medio de transporte a Dambulla… uno que, al igual que cualquier otro ómnibus srilankés, no sobresaldría ni por su comodidad ni por su modernidad mas sí por sus imágenes “psicodélicas” de Buda que titilaban ante cada “stop”.
Y llegamos a la ciudad de Dambulla aunque, ni al arribo ni a la partida, identificáramos a la misma como tal sino, más acertadamente, como una ruta adonde se ubican atractivos y servicios y, a partir de la cual, surgen aisladas residencias como Rainbow Inn, un guesthouse rodeado por abundante vegetación cuyo único ambiente adaptado para albergar turistas sería adorable y grande como para compartirlo junto a una araña que, por suerte, nunca se vio con Carla, un murciélago que, al parecer, no quiso irse a dormir solo, un indeciso sapo que andaba de ambiente en ambiente y, sí, unos cuantos mosquitos que se acercaban a nosotros al atardecer… al menos los monos serían respetuosos de la intimidad y no sobrepasarían al límite del balcón.
 Dos grandes intereses perseguimos a lo largo de nuestra visita a Dambulla; así, primeramente, nos acercamos a la gigantesca imagen dorada de Buda que supone al ingreso del “Royal Rock Temple”, una serie de cuevas que albergan ancestrales imágenes, pintadas y talladas, de Buda… un concepto similar al arte de Datong (China) aunque incomparable sin nos remitimos a sus gamas de colores o su tamaño.
Y sí, nos gustaron mucho… tanto o, quizás, más que el elegido, aquel atractivo ubicado a pocos kilómetros de Dambulla que ganó a Anuradhapura y Polonnaruwa, Sigiriya; un precio de entrada que sería violento como su surgimiento de la absoluta planicie; una roca que, a la distancia, no se ve más que como una roca aunque, acercándonos a la misma, aparecen sus secretos… aberturas, escaleras, pasillos que sirvieron como palacio aunque, antes, como monasterio de cuya época datan unas pinturas de insegura utilidad para los monjes; asimismo, obligados a vestirnos acordemente a las avispas grandes como pulgares que albergan sus paredes, ascendimos a la “Roca del León” donde visualizamos ruinas y, obviamente, más panorámicas de las –siempre verdes– tierras del interior de Sri Lanka.
Dambulla y su vecina Sigiriya supusieron una última dosis de cultura por lo que, a partir de ahora, dimos inicio al capítulo que quisimos pero que no fue… porque soportamos al más inaguantable de todos los traslados en Sri Lanka para llegar a Uppuveli, donde negociamos un alojamiento simple, muy simple, aunque ubicado a metros de la playa que, al fin y al cabo, sería nuestro imán al momento de resolver nuestro último objetivo del país… y lo fue aunque, más no sea, gracias a la mañana que aprovechamos porque, al rato de la misma, surgieron los problemas para Carla y, un poco más tarde, para Hernán que, al parecer, no quiso quedarse atrás: alta temperatura e insoportable malestar a los cuales se sumaron náuseas gracias al –supimos, más tarde, erróneo– diagnóstico del Dr. Ganaikabahu del Hospital de Trincomalee; así, pasamos del “rice and curry” del primer día, al simple plato de pasta del segundo –que, anecdóticamente, nos vio junto al guía de buceo de Koh Tao (Tailandia)–, y al puré y tostadas de los siguientes; y del absoluto reposo que no sirvió al –más que acertado– anticipado retorno a Colombo abordo, por primera vez, del vagón de primera clase de servicio del tren al cual ascendimos antes que nadie –y no, justamente, por ansiosos– y que, sin saberlo, sería un sinónimo de tortura para Carla debido al –inexplicable y no menos insoportable– picor de “las manos” que rozó su locura.
Arribados a Colombo, aguardamos que amaneciera e iniciamos al “tour sobre tuk-tuk”: uno de la estación de trenes de Fort al hotel de Mt. Lavinia, otro al Nawaloka Medical Center donde asistieron a Carla aunque, al ver sus análisis de sangre, sugirieron se trasladara –y así lo haríamos, lógicamente, arriba del tuk-tuk– al Nawaloka Hospital adonde la inacción de las recepcionistas sobrepasó a la paciencia de Hernán quien, al grito de “emergency, emergency”, atrajo la atención y consiguió que atendieran al espectro de Carla; un médico de urgencias afirmó su diagnóstico, dengue, y, por consiguiente, su orden de internación –que supuso al segundo robo en Sri Lanka– aunque, a la vez, una atención irreprochable: análisis de los más múltiples, un amplio menú de –siempre picantes– comidas y una atención al picor de manos que, poco a poco, se iría desvaneciendo. Así, a vísperas de la segunda noche e imprevistamente para nosotros, la Dra. Yamuna Ranaweera anunció su alta a Carla quien, sin compañía –ni siquiera de rupias srilankesas– se vio obligada a irrumpir al reposo de Hernán que, a su vez, seguía a las atinadas indicaciones del médico del Nawaloka Medical Center a quien volvió –adrede– a visitar.
Odiosas gestiones administrativas e inoportunas comunicaciones a cargo del indio que intermediaba a la asistencia al viajero siguieron, asimismo, más análisis de sangre que, primero, aseguraron la recuperación del dengue –no explícito– de Hernán y, segundo, la de Carla y, por consiguiente, celebramos –ambos resultado y cumple mes #16 de viaje– y ajustamos nuestro itinerario: una reprogramación del próximo aéreo (y, sí, de lo aparejado al mismo… no, Pablo?) y una ampliación del mes de visado (y se nos siguen yendo las rupias srilankesas sin que queramos).
Uno y otro día dedicado a la recuperación de energías, acompañándolos por siestas que seguían a los amaneceres, sin saltear ningún desayuno, almuerzo, merienda o cena y dándole al Glucolin, sintiéndonos atendidos por el viejo del hotel que no sería como nuestros viejos pero que, al fin y al cabo, se preocupó por nosotros, y preparándonos porque, inevitablemente, íbamos a abandonar a Sri Lanka, un país cuyos acogida y adiós serían incomparables a ningún otro, no obstante, no opacarían nuestro viaje a través de la isla que alberga tanto… un destino imposiblemente más verde que vimos como adorable para mieleros –siempre y cuando vayan aprovisionados de Off!–.
Sri Lanka supone al final del gran e inolvidable capítulo “Lejano Oriente” porque ya nos disponemos a subirnos al avión que nos trasladará al destino #101 del viaje que será, a la vez, el #1 de la poco programada travesía a partir de la cual seguiremos gastando suelas por Medio Oriente.

Carla & Hernán          

13 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (quinta parte)


Otro tren nos trasladaría a Kandy… y sería agradable por todos lados: adentro porque nos acompañarían de los más simpáticos srilankeses –un amable y sonriente matrimonio que nos convidaba algunas de sus frutas, un grupo de adolescentes que improvisaba música y un señor cuyo paraguas serviría de aliado para dormir– y afuera porque seguiríamos viendo más –e idílicos– paisajes de plantaciones de té.
Arribados a la ciudad, optamos por obviar a las ofertas de los conductores de tuk-tuk (llamados “taxis” en Sri Lanka) y cargando nuestro cansancio –y nuestras mochilas, por supuesto, también–, nos dirigimos al área del lago, ubicamos a la calle Saranankara y, sobre ésta, al que sería nuestro alojamiento a lo largo de nuestro paso por Kandy.
Y anduvimos tranquilos, primero, por la salud de Carla que no mejoraba y, segundo –aunque no menos importante para nosotros–, porque sentimos a la gente desesperada tras el turista –o, mejor dicho, los dólares del turista–, situación que se volvió más que evidente al momento de abonar entradas a los puntos de interés, de hecho, proyectamos nuestros itinerarios a partir del “Cultural Triangle Ticket” que, además de habilitarnos a ingresar a algunas de las ruinas más importantes del país, nos serviría para conocer otras atracciones en Kandy aunque, al momento de adquirirlo, supimos sobre la suspensión –por parte del gobierno– del mencionado “combo de entradas” por lo que, ahora, nos vimos obligados a reprogramar nuestro itinerario a futuro (ya que la suspensión supuso, igualmente, la fijación de altísimos precios por entrada) y, asimismo, nuestro paseo a presente, de esta forma, anduvimos por la ciudad y su colorido mercado, ingresamos al Templo de la Reliquia Sagrada del Diente de Buda mas no para ver al diente –ya que nos exigían un pago ídem exagerado al resto– sino para empaparnos del ambiente –más o menos– místico del lugar repleto de peregrinos que se acercan a éste, uno de los más sagrados del budismo en Sri Lanka; además, caminamos alrededor del lago y ascendimos al “acupuntado” y gigantesco Buda que sirve como protector de la ciudad.
Digamos que nuestro paso por Kandy no sería del todo aprovechado, sin embargo, nos sentimos contentos… a partir de nuestras almas que siguen relajadas, causa –o, quizás, consecuencia?– de la satisfacción que sienten nuestros estómagos al sentarse, día tras día, a la mesa de Sri Lanka.
Ahora, por lo pronto, abandonaremos a las tierras altas del país, para dirigirnos al elegido vértice del llamado “Triángulo Cultural”, Dambulla, una ciudad que nos acercará a la “Roca del León” y nos remitirá aún más a la ancestral presencia del budismo en Sri Lanka.

Carla & Hernán          

10 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (cuarta parte)


Y cuando creíamos que nada superaría a las Cameron Highlands de Malasia, conocimos a Haputale.
Ya, por sí mismo, el traslado a la ciudad sería un atractivo, abordo de otro mínimo tren que, esta vez, se zambulliría en campos de té que, progresivamente, se volvieron más grandes y más hermosos.
Si bien la ciudad de Haputale, por su parte, no sería demasiado agradable, sus alrededores más inmediatos apoderados por más plantaciones de té serían lo suficientemente bellos como para hacer de nuestro hotel, uno de los más encantadores de los últimos tiempos a partir de sus –otras vez verdes– vistas.
Justamente, más vistas serían las que nos interesarían al momento de salir a pasear; así, alcanzamos a la antigua mansión del empresario del té, Sir Thomas Lister Villiers, adquirida por la orden benedictina y convertida en monasterio en 1961; además del negocio donde venden mermeladas preparadas por los pocos monjes que habitan al caserón, visitamos un par de salas abiertas al público aunque su mayor atractivo, para nosotros, seguiría siendo su exterior: su arquitectura y sus vistas a las laderas de té que, alguna vez, pertenecieron al mismo Sir Lister Villiers, quien no sería el único británico –obviamente– que se serviría de las tierras altas de Sri Lanka para originar su imperio, de hecho, un poco más alejadas se encuentran la fábrica, el pueblo –de los trabajadores– y las majestuosas plantaciones de Sir Thomas Lipton, a través de las cuales caminamos, visualizamos al minucioso trabajo de recolección de brotes y hojas de té realizado por las mujeres tamiles y alcanzamos al llamado “asiento de Lipton”, un punto panorámico, quizás, aquel mayormente adorado por el escocés, donde conocimos –e hicimos felices– a Sangar Cravi al regalarle una moneda de Argentina… porque aquel simpático srilankés sería, además de cobrador de la entrada al punto panorámico, un gran coleccionista de billetes y monedas del mundo… un mundo que conoce a través de los turistas que allí se acercan.
Ya lo dijimos alguna vez: las plantaciones de té implican un nuevo –aunque ya no tan nuevo– paisaje para nosotros y, a la vez, una de las imágenes más hermosas, simplemente, un paisaje de ensueños, no obstante, ahora debemos volver a partir, incluso, soportando al resfrío vuelto gripe de Carla, rumbo al siguiente destino, una parada obligada en el camino aunque, siendo la segunda de las más importantes ciudades de Sri Lanka, seguramente, no nos arrepentiremos de dedicarle algunos días a la conocida como la capital de las montañas, Kandy.

Carla & Hernán          

7 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (tercera parte)


Aquellos doscientos y pico de kilómetros que nos separaban de Ella serían sorteados por tres ómnibus: un primero desde Unawatuna a Matara a lo largo de la ruta paralela a la costa, un segundo que, desde allí, inició un camino adornado por gigantescas imágenes de Buda que surgían intempestivamente, sutilmente ascendente y verde a Wellawaya, donde abordamos un tercero que, finalmente, ascendió a los 1.041 metros (snm) de Ella.
Ya nuestras energías no son iguales a las del principio del viaje por lo que, arribados próximos al atardecer, elegimos un alojamiento –otra vez familiar, cuyos desayunos servidos en vajilla antigua como la de las abuelas, serían  igualmente grandiosos a los anteriores– e intentamos reponernos para unos siguientes días de actividades.
Ella… un nombre que sería tan romántico como su propia imagen: un pequeño pueblo extendido a lo largo de una única vía –que no sería otra que la ruta–, un poco turística, pues, agrupa un número importante de alojamientos y restaurantes que serían más agradables aún al momento de nuestra visita que coincidió con Vesak Poya, una de las principales celebraciones religiosas del budismo que conmemora al nacimiento de Siddhartha Gautama (Buda), ante la cual se decoran a las calles con lámparas de papel de colores y banderitas budistas que surgen por doquier. Al festejo de Vesak Poya nos invitaron y, en éste, compartiríamos “rice and curry” preparado para miles de personas por montones de voluntarios gracias al apoyo de uno de los empresarios del pueblo (el mismo que, año tras año, arma una mega cocina/comedor para la ocasión) y, por supuesto, a las donaciones de alimentos realizadas por la gente de Ella.
Así, la gastronomía de Sri Lanka volvió a ocupar un papel protagónico debido a la abundancia y excelencia del “rice and curry” del Vesak Poya como al de Nilmini, un restaurantito a cargo de una simpática srilankesa quien prepararía una variedad de frutas o verduras en curry que, noche tras noche, alabaríamos.
Si hablamos de paseos, no más que dos horas se necesitarían para visitar al pueblo de Ella aunque existen sus alrededores inmediatos pensados como mini-trekkings que nos permitieron alcanzar puntos panorámicos como, por ejemplo, Mini Adam’s Peak, al cual ascendimos tras atravesar algunas plantaciones de té y desde donde obtuvimos vistas del verde entorno de Ella, dominado por su “gap” y su “rock” a la cual nos dirigimos, asimismo, abordando una jornada más extensa que nos vio caminando a lo largo de las vías del tren, desviándonos por un angosto sendero rodeado por abundante vegetación, atravesando más plantaciones de té, posteriormente, un bosque y, por último, alcanzando su cima.
Nos gustó Ella: nos sentimos oxigenados a partir de sus aires, su temperatura –notablemente menor a la de la costa– nos instó a abrigarnos por las noches aunque, igualmente, atrajo al resfrío de Carla mientras que sus paisajes nos animaron a ver más plantaciones de té, por ello, seguiremos adentrándonos a la isla e iremos tras las huellas del Sr. Lipton… quizás tengamos suerte y nos invite a ver su “jardín”.

Carla & Hernán          

4 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (segunda parte)


Jamás imaginamos que seguiríamos viajando en tren por Sri Lanka ni, mucho menos, que aquello nos resultara una nueva –y sumamente pintoresca– experiencia: sus antiguas y mínimas estaciones de trenes y trenes junto a las vías que, alineadas a la costa, nos regalaron –casi– ininterrumpidas vistas al mar, volvieron un atractivo por sí mismo al viaje a Unawatuna.
Y lo que nos atrajo al sur de Sri Lanka sería, una vez más, una playa… así que no perdimos tiempo: nos acomodamos en el primer alojamiento apropiado –o un poco más que apropiado… uno de los más bonitos de los últimos meses– y nos dedicamos a la playa de Unawatuna, angosta –desde su reconstrucción tras el tsunami de 2004– aunque innegablemente atractiva gracias al color del agua y al del –verde– ambiente.
Al sur de la playa, se ubica un alto promontorio rocoso y, sobre el mismo, una pagoda a la cual accedimos para obtener panorámicas de Unawatuna aunque ahí no nos quedamos sino que seguimos andando, atravesamos una jungla –actividad que nos generó opuestas sensaciones– y conocimos a Jungle Beach para, más tarde, alcanzar otra pagoda que sería semejante a la de Pokhara (Nepal), no sólo por su nombre, Peace Pagoda, sino por su imagen también, desde donde obtuvimos más panorámicas pero de Galle, una antigua colonia holandesa a la cual nos dirigimos, superamos a la actividad pesquera del camino y al puerto –tan colorido– de Galle y, tras andar unos cinco kilómetros, ingresamos al área amurallada de la ciudad que alberga un ejemplo de arquitectura colonial más bello y mejor conservado que otro… adorable Galle que nos invitó a caminarla de punta a punta por más que el sol –también en punta– no acosara a lo largo de todo el trayecto.
Así, al ambiente relajado de Galle y, por supuesto, de Unawatuna también, se sumaron nuestros ánimos que gozaron de la playa y de los paseos, de los abundantes “rice and curry” que llevábamos a la terraza de la habitación y de los “roti de verduras” que nos servían sobre aquellos platos protegidos por bolsas –o bien por amor al plástico o bien por odio al detergente, aún no lo sabemos– a los cuales ya nos vamos acostumbrando.
Y al igual –o un poco más también– que Colombo, Unawatuna nos generó ganas de quedarnos más días… pero nuestros treinta días de visado nos acotan y obligan a movernos rápido por lo que resolvimos abandonar al sur y a la costa para adentrarnos a la isla y dirigirnos a Ella, nuestra primera parada a lo largo de las llamadas “tierras altas” de Sri Lanka.

Carla & Hernán          

1 de mayo de 2012

... Sri Lanka! (primera parte)


Nuestro vuelo a Colombo, la capital de Sri Lanka, partía a las diez y media de la mañana, no obstante, quisimos irnos del hotel de Chennai a la madrugada, subirnos al tren (porque, sí, la red de medios de transporte de India incluye a los aeropuertos también) y, sin prisa, arribar al aeropuerto adonde aguardaríamos que SpiceJet (que compañía aérea más apropiada para irnos de India!) iniciara su check-in; igualmente serenos nos sentimos al momento de atravesar “migraciones” por más que, al llegar al mostrador, nos separaran del mismo y solicitaran la intervención de un supervisor a quien explicamos nuestras no-intenciones de retornar a India (poseíamos una “single entry visa” para India y al parecer, quienes viajan a Sri Lanka, suelen retornar al país).
Siguió un vuelo ameno aunque sin servicio de comidas –lógicamente si se trata de una aerolínea “low-cost”– y, al rato de acomodarnos en el avión y ver a la verde Sri Lanka desde el aire, aterrizamos en el aeropuerto de Bandaranaike o, más simplemente, en Colombo; un agente de migraciones nos dio la bienvenida –y en español ya que, ante la ausencia de oportunidades, puso en práctica sus conocimientos con nosotros– y, tras tildar los pasos relativos al equipaje –retiro y aduana–, apuntamos nuestra dirección al centro de la ciudad.
Destino… Sí, ambos creemos que existe un destino al cual asociamos que no pudiéramos convertir nuestro excedente de rupias indias (que serían muchas gracias a las últimas noticias de nuestro país) a rupias srilankesas ni en el aeropuerto de Chennai ni en el de Colombo; que, por consiguiente, extrajéramos rupias srilankesas del cajero automático del aeropuerto y que, aleatoriamente, las guardáramos; que, sin inconvenientes, arribáramos al área de Fort mas no encontráramos ni una opción de alojamiento acorde para nosotros (lo cual, en parte, se lo debemos a los modismos de los srilankeses que llaman a los “restaurantes”, “hoteles” y a los “hoteles”, “rooms”); que un joven nos viera y nos sugiriera al área de Mt. Lavinia y que siguiéramos su consejo; que no nos subiéramos al primer colectivo rumbo a Mt. Lavinia, que sí lo hiciéramos al segundo, que en ese segundo hubiera un “punga” y que, al final de la cadena, ese “punga” acertara al bolsillo y nos dejara sin rupias srilankesas.
Uff, así arrancamos nuestra estadía en Colombo; optamos por una de las “rooms” de la familia que regenteaba un multi-espacio (porque sería su casa más hotel más restaurante más, según razonaríamos más tarde, albergue transitorio también), visitamos a la comisaría de Mt. Lavinia (y qué experiencia más bizarra que sería) y, quizás lo más interesante del día, volvimos al supermercado (y atónitos nos sentimos al ver góndolas tan llenas, o sea, tan distintas a las indias) e intentamos animarnos con sandwichitos de jamón o salame y queso (simplezas que son hoy rarezas para nosotros).
Y volvimos al foco… y acordamos que aquel robo no amargaría nuestro viaje por Sri Lanka, así, amanecimos sonrientes a la día siguiente, gozamos del suculento desayuno que nos prepararon y, un primer día, paseamos por Mt. Lavinia y sus playas del océano Índico y, al segundo día de yapa, nos dirigimos al centro de Colombo junto al monzón de mayo (que afecta a la costa oeste del país, teóricamente, nomás) y visitamos al área de negocios tipo Once de Pettah y a la de Fort que alberga un mix de arquitectura colonial y contemporánea, caminamos a lo largo de la costanera y nos adentramos a la llamada Slave Island.
Al final, la suerte que no tuvimos nosotros al arribo a Colombo, sí la tuvo Colombo con nosotros porque, gracias al contraste que supuso India, vimos una prolija y reducida urbe, pulcra y verde, en síntesis, una adorable ciudad!
Y así como nos gustó Colombo, nos gustó la gastronomía de Sri Lanka que comenzamos a descubrir a partir de sus arrolladitos y sus empanaditas y sus aromatizados –y extremadamente picantes– arroces.
Ahora bien, si el resto de Sri Lanka nos interesara menos, nos quedaríamos más días en Colombo… así que, sin vueltas, optimizamos nuestras energías (lo cual significa que, momentáneamente, volviéramos a minimizar nuestras mochilas) y, siguiendo a nuestro instinto de playa, nos dirigimos a la segunda parada del circuito srilankés, Unawatuna.

Carla & Hernán          

28 de abril de 2012

... India! (última parte)


Al igual que otras veces, optamos por una combinación de medios de transporte para arribar a Chennai, nuestra puerta de salida de India, de esta forma, nos subimos al ómnibus que, primeramente, nos trasladaría a Mangalore y que sería una grata sorpresa ya que los supuestos asientos sin refrigeración serían acondicionadas literas, upgrade que, al parecer, agradó a nosotros mas a ningún otro pasajero porque sucede siempre lo mismo… los indios nunca se ponen de acuerdo para ocupar sus asientos y, en esta oportunidad, la unificación de ambos servicios –uno superior al otro– generaría más inconvenientes: más de un pasajero para un mismo número de asiento, algunos que se negaban a subirse a las literas superiores y otros que, por su parte, se quejaban del aire acondicionado… y los minutos pasaban y los indios que no se acomodaban y un nuevo pasajero que aparecía y más agitación que se generaba y uno de los conductores del ómnibus que amenazaba con llamar a la policía y un policía que subió al ómnibus y, al final de la historia, un par de pasajeros que se negaron a sentarse y, por consiguiente, se quedaron sin viaje.
Así, salvo a la demora ocasionada por los asientos que, al fin al cabo, sería oportuna para nosotros y, por otra parte, a la torpeza y, consecuentemente, al accidente de Carla, siguió uno de los trayectos más agradables por India; una vez arribados, nos dirigimos a la estación de trenes, ubicamos nuestras mochilas en el cloak room (guardaequipajes) y paseamos por Mangalore, visitamos unas pocas iglesias –de las muchas que tiene– y nos anonadamos ante las imágenes del interior de la capilla del St. Aloysius College (que poco tiene que envidiar a alguna que otra europea); nos agotamos por apenas un par de horas andando por lo que nos apostamos a la estación de trenes y jugamos a las cartas o, al menos, quisimos hacerlo aunque nos lo impidieron porque sería un restaurante familiar adonde nos ubicábamos “y en los restaurantes familiares de India no se juega a las cartas”, igualmente, no nos retiramos y aprovechamos para probar idlis y parathas, unos de los elementales de la gastronomía de India.
Y sí, nos subimos al último de los trenes que sería igual a otros aunque, quizás, algo más asfixiante también; arribamos puntualmente a Chennai y, una vez instalados (tarea que sería más complicada que otras veces aunque, al final, optaríamos por uno de los alojamientos más agradables a lo largo de nuestro paso por India), nos dirigimos a la que, supusimos acertadamente, sería una de las áreas más atractivas de Chennai, a orillas del Golfo de Bengala, aunque rematada por una playa, diríamos, “más india que ninguna otra”; asimismo, conocimos a su “ciudad tecnológica” de regreso de Mamallapuram porque, siguiendo al consejo de los alemanes, visitamos a la alegre ciudad con aires de pueblo de playa, donde destacan ruinas de templos que datan del siglo VII que nos gustaron, sí, aunque no gozamos del todo debido a la dupla “calor /  cansancio” que nos acompañaba.
Así llegamos al 28 de abril, uno de los días más esperados: el día de irnos de India... porque ingresamos sin saber que nos quedaríamos cuatro meses en este país… un país que avivó amores y odios, que animó a nuestros sentidos como ninguno por sus aromas, sus colores, su música y sus sabores, que se apropió de nuestras energías y de nuestros kilos aunque no de nuestros ahorros, de hecho, gracias a India proyectamos una extensión del viaje; un país que nos dio un “sopapo” y nos mostró que se necesita menos para sonreír aunque nos exigió ser asimilado a lo largo del tiempo por lo que, suponemos, nos será más importante aún cuando nos alejemos del mismo.
Un pollo al tandoori supuso el fin de la etapa “India” y la víspera de otra poco imaginada que nos volverá al adorado budismo y a las playas… un nuevo capítulo de nuestro viaje que se titulará: Sri Lanka.

Carla & Hernán